domingo, 15 de noviembre de 2009

Notas para un diario 140

En la edición de El País (Babelia) de ayer, leo (además del artículo de Enrique Vila-Matas sobre el último Joyce: yo no tengo la menor duda de que Enrique es el "mejor lector" y que nadie, al menos en España, habla de literatura, y de libros, como él) esta frase: "El psicoanálisis nos ha convencido de que nuestra identidad es el drama eternamente representado de unas cuantas desgracias de nuestra infancia más lejana. Revivimos quejumbrosamente agravios del pasado con la misma mezcla de complacencia y masoquismo con que un nacionalista invoca el ultraje de las batallas perdidas hace unos cuantos siglos". ¿Complacencia? ¿Masoquismo? Así como suena, y de la mano de Muñoz Molina quedan hermanados (y descalificados) el piscoanálisis y el nacionalismo, en lo que para mí es un ejercicio de todosofía (nótese que la frase está escrita, si yo lo entiendo bien, en una suerte de estilo indirecto libre, y que no se sabe si el articulista glosa el pensamiento de alguien, o, como así realmente lo parece, además de resumirlo, lo propone como ejemplo de pensamiento salutífero). Con dicha asociación de ideas (psicoanálisis-nacionalismo) estaríamos ante un ejemplo de lo que mi amigo Javier Gomá ha estudiado como la contradicción moderna que consiste en unir, de un modo fatal, la tendencia al individualismo subjetivista con las estructuras colectivizantes que han finalizado históricamente en las formas políticas totalitarias. Algo de eso trató Javier de explicar en un "programa de libros" de la televisión que tuve que ver hasta el final (por lealtad, ¿o fue solidaridad?, hacia Javier) en el que había un señor empeñado en afirmar, una y otra vez, que él detestaba a Proust (¡y nosotros sin saberlo!: en realidad, aunque el Occidente europeo no se había enterado, el escritor de verdad, entre los de nombre Marcel, es Schwob, y no ese latoso que (se entiende que a diferencia del propio señor que lo anatemizaba) no sabía lo que lo hacía con la pluma). Otro, no menos encantado de haberse conocido, condescendió con Rousseau, al que Gomá procuraba sin el menor eco encuadrar en el sitio que le corresponde, y con toda solemnidad eufónica (era un señor de esos que sabe idiomas y que le encanta dejarlo bien patente), salvó, de toda su obra (y nosotros sin enterarnos tampoco de esto), una frase, dadá según el prócer, referida al futuro de los pueblos que comen pescado. Con el resto de la obra del pensador ginebrino se podía muy bien hacer un hatillo y tirarlo al mar. Pero no voy a esos pormenores, que me aburren profundamente, sino a otra parte del artículo de Muñoz Molina en el que hace un elogio de un tipo de libros que pertenecen "a un género admirable, tan poco cultivado entre nosotros, que mezcla la autobiografía y la erudición, el amor por la literatura y por la divulgación científica, un dejarse llevar por la materia que lo entusiasma a uno con franca curiosidad y puro deseo de saber, sin ir cargado con el fardo verboso de la egolatría". Buena definición. A mí también me entusiasman esos libros. Se refiere a dos de ese "género": Rapt. Attention and The Focus Life de Winifred Gallagher, y Book of Silence de Sara Maitland. Voy a por ellos a La Central. El valor del silencio (cuando lo que nos rodea son espectáculos televisivos y journaliers como los que me he referido), de la atención al presente y al otro, a lo que merece la pena, fuera y dentro de nosotros, la persuasión, en una palabra. Precisamente, Xavier Pla me dejó hace poco una obra maestra que responde a esas características de un modo ejemplar, y que estoy leyendo estos días: The Dominion Of The Dead, de Robert Pogue Harrison. Y me ha llegado también (a ver si esta semana puedo zambullirme a placer en sus 700 densas páginas) el nuevo libro de César Antonio Molina, Lugares donde se calma el dolor (Destino, 2009). Pienso de antemano que también se le pueden aplicar al libro de César los elementos de la definición propuesta más arriba: amor a la sabiduría y a la literatura, un franco dejarse llevar, una mezcla de autobiografía y erudición, carente de egolatría.

8 comentarios:

David dijo...

Los hay que consideran que cualquier tema es adecuado para pontificar sobre el nacionalismo (por supuesto el de los otros). No sé si tamaña obsesión podría ser explicada a través del relato de la infancia del articulista en cuestión.
Habría que leer más a I. Berlin, sin duda.

Henohenomoheji dijo...

A mí también me gustan esa clase de libros. Más allá de las categorías del pensar (en las que me pierdo), no me parece del todo descabellada esa unión de psicoanálisis y nacionalismo. Algo de eso avanzó Ricardo Piglia: que el psicoanálisis era nuestro drama, nuestra épica. El nacionalismo abusa de esa costumbre regresiva y busca en el agravio su causa fundacional. Al nacionalismo no le sacia la historia -que siempre se puede rebatir documentalmente- y necesita refugiarse en la oscuridad irrefutable del mito como origen de su identidad. Pero claro, entiendo y comparto tu argumentación: no metamos a Freud en el mismo saco que a Milosevic (por ejemplo, y por no buscar referencias más próximas).
Un saludo

Belnu dijo...

Es una frase superficial que poco tiene que ver con el psicoanálisis. Sólo alguien que no ha leído ni conocido de qué trata podría decirla. En cambio el artículo de VM sobre Joyce, la lectura difícil de Finnegans Wake y su juego con los oráculos y horóscopos me ha alegrado la mañana (me lo reservé para hoy, enterrada como estaba en mis galeras de traducción miserable y mi catarro creciente. Bonita foto! Y gracias pro las referencias, que ahora emparento sin querer a otra lectura tuya

delarica@unav.es dijo...

Sí, que gran lector es Enrique. Por cierto, Piglia también. Y Berlin, de quien se vuelve a publicar su libro sobre Tólstoi.

delarica@unav.es dijo...

con esto lo que quiero decir es que sólo me fío de los que leen bien, como es el caso de vosotros tres (no hay más que leer vuestros blogs); el psicoanálisis tiene mucho más que ver con la lectura de lo que algunos se creen: es una logoterapia, lo único que puede por cierto aplicarse al alma humana. Por eso me indignan esos programas de libros, pagados con el poco dinero público que se destina a estas cosas, en los que alguien puede sentarse cómodamente y decir, yo aborrezco a Proust, que era un don nadie, yo no me trago a Rousseau, que era un memo, no como yo, que soy el más listo de la clase.
Es patético el grado de egolatría de algunos, su falta de respeto, el punto hasta el que han perdido el sentido de la realidad.
No son lectores, son unos pedantes insufribles que están ahí por de amigos del presentador.
Se me ha olvidado comentar que el tal Monsieur que despreciaba olímpicamente a Rousseau, se permitió en cambio recomendarnos un cuento "excelente" de Cármen Posadas.
Otra forma de corrupción, ¿no?

David dijo...

Aquí en Catalunya sólo hay un programa sobre libros y, curiosamente, no està mal. Se llama "L'hora del lector" i casi nunca suelen aparecer el tipo de pedantes al que te refieres.
(Totalmente de acuerdo con la definición que haces de ellos).

paisajescritos dijo...

Cuánta verdad has condensado en esta entrada. Me queda la curiosidad (no muy sana, he de admitir) sobre el programa y los señores, pero con lo que comentas de Posadas me puedo hacer una idea. Deberíamos hablar más de leídas que de oídas. Por cierto, el libro de César Antonio Molina resulta apetecible (tomé nota de él en las reseñas de la prensa de estas semanas pasadas), ya me contarás, porque si algo me disuade no es más que el número de páginas.

delarica@unav.es dijo...

que no te disuada porque está compuesto por partes, y cada una de ellas se tiene en pie por sí misma; es también una magnífica guía cultural de Europa, de América, y hasta de China