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miércoles, 27 de abril de 2011

Notas para un diario 205

Paso la semana pegado literalmente al volumen de Nicolas Bouvier de Quarto (Gallimard, 2004). Ahí aprendo un montón de cosas. Poco a poco. Sobre él. Sobre mí. Cosas que no sabía, la verdad. Todavía es mucho más lo que no sé. Además, todo cambia todo el rato: sin duda se trata de un libro vivo y único, escrito me temo a costa de la propia vida. Anoche leía casi con lágrimas en los ojos el capítulo que da título a Le Poisson-scorpion. Habla por separado de cada uno de sus padres y (creo yo) del amor de su vida. Alguien a quien perdió y nunca recuperó. Estaba tan herido de muerte por sus padres (¿por el mero hecho de nacer?) como podía estarlo Fritz Zorn, el autor de Bajo el signo de marte (otro suizo). Bouvier optó por viajar y por buscar la verdad en vez de despotricar contra todo el mundo. Pero la profundidad de la herida de uno no era menor que la del otro. Considero que las seis páginas de ese capítulo deben colocarse encima de las grandes líneas escritas en el siglo XX, y considero también que son intraducibles (en su precisión geométrica, en su emoción, en su musicalidad interna). Debajo late la verdad buscada con un ahínco absoluto y pagada a precio de sangre. Todo depende de la verdad, de su búsqueda y de los hallazgos más o menos fulminantes que podemos hacer de ella. Deux vies, un instant, la plénitude, la félicité… A Bouvier escribir esas páginas le costó más de veinte años. No pudo enfrentarse a lo intuido en esa deprimente habitación de Ceylan hasta tantos años después. Pero nunca cesó de buscar lo que había entrevisto. Y no le valieron excusas. Tampoco los grandes planteamientos, the bloody big words, good for nothing. Se metió muy adentro de sí mismo, en su "habitación roja" y peleó a vida o muerte con el ángel jacobeo. Bendito, bendito sea Bouvier.

martes, 26 de abril de 2011

El librero






… quien tuviera un buen librero que pasase las noches leyendo por ti, que te quisiese y que te hiciera participar de sus enamoramientos (N.B.)


Arcimboldo, El librero, siglo XVI

lunes, 18 de abril de 2011

Notas para un diario 203

Se acercan las vacaciones de Semana Santa. En el norte de España, se descansa la semana de Resurrección, no la de Dolores. Me pregunto porqué. En todo caso, después de un trimestre de mucho trabajo, estoy deseando seguir leyendo y trabajando, pero con otro ritmo (Unamuno, Bouvier, Ángel Alcala, Vila-Matas, Menchu Gutiérrez, algo de Simenon…). Francia y mi hermana Lourdes me acogen, de nuevo. No necesito nada. Una ventana. Unos pocos libros. Sólo un poco de tiempo por delante. Poder contemplar un rato el mar desde tierra, con eso me basta. Tuve la suerte de acudir el sábado a una Pasión según San Juan dirigida por Ton Koopman. Fue grandioso, y a la vez muy íntimo. Con la música de Bach vas pasando por muchas estancias, a cada cual más increíblemente bella. De maravilla en maravilla. Y la letra de la pasión joánica tiene muchos ecos, dolorosos, gozosos, gloriosos. Luz de luz. Te pone en carne viva. Yo he mamado la religión con la leche materna, y cuando resuena, hacia el final del proceso sumario al Cristo, ese Was is Wahrheit? todo – el plano de la decisión moral, la libertad en su concepto más absolutamente radical – se pone delante con la humildad de un Dios cuya espalda azotada "cada vez se parece más al cielo" (Bach). Carne esculpida, penetrada. Carne viva para una esperanza viva, en medio del infierno. Hace ya dos semanas leía este texto abismal en el capítulo 37 de Ezequiel: " Yo reconstruiré sobre vosotros (es Él hablando a unos huesos de muerto) vuestras nervaduras, haré que recrezca sobre vosotros la carne, y os cubriré de piel y os daré un espíritu y viviréis, y así sabréis que yo soy Yahvé". La Biblia desde la que lo he traducido (Jérusalem, ed francesa 2003) dice al lado del texto que se trata de una metáfora, que desde luego en tiempos de Ezequiel la resurrección no formaba parte de la "esperanza bíblica". ¡Joder lo que saben los eruditos! Como metáfora me parece de lo más extraña: además, con los tropos pasa lo que con las chistes, que entre broma y broma la verdad asoma. Ya lo decía Kris, el amigo de Gombrich. Pero a lo que voy. Desde hace muchos años leo todo lo que encuentro sobre eso que llamamos resurrección y sólo ahora y gracias a una persona más que querida creo que empiezo a entrañar algo de su significado. Hablaré de esto próximamente.

jueves, 14 de abril de 2011

Un capítulo de la historia de la literatura

Un buen día llamé por teléfono a un viejo amigo poeta al que habían otorgado un premio internacional. Le di la enhorabuena pero me cortó en seco y con evidente malestar me dijo: "Lo que no entiendo es qué he hecho mal para que me lo den".
Recordé de inmediato la insistencia de los poetas áureos romanos en que el gusto del laurel es amargo.
Recordé también que ni a Proust, ni a Joyce ni a Kafka ni a Celan ni a Rulfo les dieron el así llamado "máximo galardón de las letras universales".
Recordé que Ramón, acaso el mayor talento literario del siglo pasado en España, en cincuenta y nueve años de escritura diaria e ininterrumpida, no recibió ni un solo premio (el exilio no cuenta como tal).
Que Milosz contó alguna vez que el día en que cumplió sesenta años no recibió ni una felicitación. Su compatriota y poeta máximo, Zbigniev Herbert, pasó una noche entera deambulando solo con su mujer y una maleta vieja por las calles de Madrid. Nadie fue a recibirles a la estación y como no conocían a nadie acabaron en un hospital con una inmensa tiritona.
Que Miguel Torga se autoeditó todos sus libros (a nadie parecía interesarle). También lo hizo Nicolas Bouvier con L´usage du monde.
Que Lampedusa, tras varios rechazos editoriales, murió creyendo que su novela permanecería inédita.
Que Joseph Roth murió solo, alcoholizado y sin un real (llevaba años viviendo de la caridad de sus amigos).
Que Katherine Mansfield murió sola, abducida por una secta.
Que Oscar Wilde murió solo, abandonado por todos los que le habían jaleado (su hijo llegó a renegar hasta de su nombre)
Que Robert Walser murió tirado en la nieve, dado por loco, olvidado por la sociedad literaria, la misma de la que Rimbaud abominó fieramente.
Que la Nemiroswski murió sola, traicionada por todos, asesinada, y que los últimos años malvivía escribiendo con pseudónimo noveluchas para revistas de señoritas.
Que Emmanuel Bove murió sólo, abandonado y desnutrido, de una extraña enfermedad parecida a la anorexia.
Que Max Jacob murió sólo, traicionado por sus "amigos" (Picasso) que no movieron un dedo para sacarlo del campo de Drancy.
Que Mandelstam murió de frío, la Ajmátova de pena, Lorca fusilado y el viejo Unamuno de puro miedo y de asco.
Y eso dejando aparte la larga lista de los suicidas ilustres.
Recordé que el mayor teólogo de Francia del siglo XX, gran santo y gran escritor, mi patrón, murió en un prostíbulo (y que nadie, por un absurdo pudor, quiso hablar de ello)
Kafka no tuvo en toda su vida más de dos mil lectores. ¿Cuántos tuvo Brodsky antes del Nobel? ¿Y Simone Weil? ¿Y María Zambrano?
Nadie que no esté muy metido, pero que muy metido, en la lectura de lo esencial, conoce siquiera nombres capitales de la creación y el pensamiento como el de Cristina Campo, Edmond Jabès o Tomas Tranströmer. Casi nadie sabe tampoco quien es Auberbach ni Spitzer. Lo mejor de la obra de C.S. Lewis permanece totalmente inatendido.
Que apenas se lee a Cernuda ni a Bergamín ni a Prados ni a Altolaguirre (como mucho se les "estudia" en unas universidades en las que se identifica leer con "contar palabras").
Lo malo de este capítulo es que es interminable…
Yo me pregunto si tuvieron algo en común todos ellos, y tengo bastante claro que sí: escribieron lo que sus semejantes no querían oír (fueron especialmente molestos para los poderosos), y nunca, nunca, hicieron fácil lo difícil.
No recomiendo a nadie ese camino. Ya se ve adónde conduce.


sábado, 9 de abril de 2011

Nicolas Bouvier

Me adentro con paso tembloroso en la vida y en la obra de Nicolas Bouvier. Curiosamente sentí una emoción parecida cuando descubrí el trabajo de Bruce Chatwin. Digo curiosamente porqué no puede haber escritores, o mejor dicho personas, cuyas vidas sean más distintas de la mía: ambos fueron nómadas, enemigos de la teoría, gente en fuga a la búsqueda de sí mismos. Yo soy pascaliano, partidario de salir lo menos posible de la propia estancia y a día de hoy sigo convencido de que los viajes decisivos son los interiores. Pero los extremos se tocan, es verdad, y prueba de ello es la profunda atracción que siento ante semejantes retrouvailles. Bouvier era suizo ginebrino, nieto del rector de su prestigiosa universidad e hijo de un bibliotecario amigo de Thomas Mann, de Hesse, de Zweig, de la Yourcenar, y de tantos otros que pasaron por la ciudad y requirieron de su inmensa diligencia con los libros. Educado en la tolerancia, el rigor y un cosmpolitismo auténtico, tuvo como tutor universitario al gran Jean Starobinsky, quien reconocería años después que fue un alumno pleno de talento y una pérdida sensible para la academia. Pero Bouvier apostó por la vida, decididamente. Antes de los veinte años, con su amigo del alma, el pintor Thierry Vernet, a los mandos de un ya legendario Fiat Topolino se fue a ver el mundo: Italia, los Balcanes, Anatolia, Afganistán, Ceilán, etc. De ese viaje salieron dos libros inmensos: L´usage du monde y Le poisson-scorpion (cara y cruz de un mismo viaje iniciático, podemos leer ambos en castellano gracias al buen ojo editorial de Albert Padrol, cofundador de ese milagro que es Altaïr). Bouvier estuvo seis veces en China, pero apenas escribió unas pocas páginas sobre la ciudad de Xiam. Su pasión fue el Japón, al que dedicó un libro de crónicas muy celebrado.
En aquel primer grand tour viajaron con lo puesto: lápices, abundante papel, una cámara de fotos y, ojo, con Les Essais de Montaigne. Je peins pas l' être, je peins le passage… la frase del bordelés la llevaba Bouvier tatuada en la piel. Personaje fascinante, libre, abierto de verdad al mundo, con una zona oscura asomando siempre por encima de su hombro, algo que aún no sé qué es. Apenas he comenzado a leerlo pero he podido comprobar que era antes que nada un virtuoso del idioma. Su prosa es taumatúrgica, lo contiene todo a la vez: ligereza y gravedad, precisión evocadora y una rapidez contemplativa que sabe hablar de lo importante, distinguir entre lo que tenemos delante de los ojos, al alcance de la mano, observar y acariciar la materia prima que nos rodea y que nos hace y deshace a cada instante. He pedido a mi querida librera bayonesa el ejemplar de Quarto en el que se recoge el conjunto su quintaesenciada obra. Pega pero que muy bien con la música de Bach, así que será para mí una lectura pascual.

jueves, 7 de abril de 2011

Estragos del calor

El otro día mencionaba yo que el calor me apartaba de la religión. Y que me sentía cerca de la gente que se encaraba a veces con Dios. Leyendo anoche El pez escorpión, un relato fascinante del escritor suizo Nicolas Bouvier, del que hablaré mucho en los próximos meses, leo esta frase entresacada de su encuentro en Ceilán con un viejo padre jesuita: Soy el padre Álvaro – volvió a decir la voz quintinosa - con más de ochenta años, cincuenta de los cuales he pasado al servicio de la Compañía. Nadie ora aquí. Yo puedo afirmarlo mejor que cualquiera. No se puede, el cielo está demasiado cargado, el aire es demasiado pesado, no funciona. Incluso nuestros jóvenes con todo su entusiasmo… hacen todo por aplicarse, pero cuando veo sus caras falsamente satisfechas, me doy cuenta de que fingen. Cada año los enviamos a Ampitya, nuestro seminario en las colinas situado a dos mil pies de altura, para que de nuevo se encuentren un poco con Quien hablar. Sin esta tregua no lo soportarían. Este clima, como usted ha comprobado, no favorece las convicciones bien afianzadas. Yo hace muchos años que no subo, pero a mi edad se soporta mejor esta soledad. Durante mucho tiempo creí en Dios, ahora le corresponde a Él creer en mí…

La foto está tomada por Manel Armengol en Eunate, Navarra (1989)