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domingo, 20 de septiembre de 2009

Enis Batur, 4ª (y última)

Querido Enis:
¿No habrías pensado que iba a dejar mi carta ahí? En absoluto. Lo que pasa es que he querido releer tu libro antes de continuar escribiéndote. No te puedes imaginar el lío en el que estoy metido este comienzo de curso. Pero, por fin, anoche lo he conseguido. Sinceramente creo que he comprendido el libro algo mejor. Me he dado cuenta (qué importante es leer bien el incipit de una obra literaria) de que todo reposa, como ocurre tantas veces, en un dato escondido. Has tenido el coraje (moral y literario) de aludir a eso de lo que no hablas (directamente) en el mismo principio. Me refiero al punto de partida, al hecho que pone todo en marcha, la auténtica materia del libro, a lo que fuese que ocurriera a mediados del año 1986. Un suceso con secuelas, dices tú. Una de ellas (me temo que ni siquiera la más trascendente) fue la pérdida de tu primera biblioteca. Tenías 35 años. Volviste a ponerte en marcha. No nos dices que pasó pero aquello marcó tu vida. A lo mejor estoy siendo un osado; no hay razón alguna para que, si tú has preferido mantener todo eso oculto, aunque sea el horizonte sobre el que se recorta tu escritura y tu filosofía de la vida, nadie pretenda sacarlo a la luz. Desde luego no es mi caso. Déjame sólo apuntar que de tu libro se desprende que aquello te marcó con el estigma de la soledad. De un modo u otro lo dices repetidamente a lo largo de tu obra. Soledad y aislamiento en ese país (de libros) en el que eres el único señor. Como le ocurría a Dédalo, tu santo patrón, durante un tiempo has pensado que rehacer tu biblioteca era una cuestión de sabiduría práctica. Pensabas que se trataba de decidir sobre esto o aquello con la astucia, la mètis, del héroe ateniense/cretense de adopción. Al fin y al cabo se trata siempre de encerrar al minotauro. Pero, cuando te has querido dar cuenta, en la segunda navegación que es un escrito como el tuyo (Nietzche hablaría directamente de examen de conciencia, para eso no le dolían prendas), estabas del todo enredado en el laberinto, sin una Ariadna a la que seguir, aunque fuese de lejos. Realmente todo en tu libro es profundamente bello y profundamente dramático.
Creo que por fin llegué a un punto esencial de Las bibliotecas de Dédalo. Como compuse el libro a lo largo de un extenso periodo de tiempo, en cierto momento entró en funcionamiento un texto distinto: me resultó muy atractivo abrirme a esa casa de los libros hasta cierto purificado de las cargas de mi mente, caminar más desnudo habiendo enviado de antemano mis respetos.
Al final has preferido que tu casa (y por aquí asoman siempre las metafóras heideggerianas sobre la casa del ser) fuese una casa de libros (es el espléndido título del original turco), ligándola a la ciudad invisible que es la gran Biblioteca babélica que se pierde en la noche de los tiempos. Has querido que esa fuese además tu familia. Una estirpe de solitarios, de personas en fuga que anhelan pura y simplemente la desaparición final.
Primero vi a lo lejos un espejismo de llamas, luego se elevó durante un largo rato un espejismo de humo; por fin se esparció por los aires un espejismo de cenizas que volvieron a mí convertidas en un puñado de polvo.
Reconozco que pocas veces he leído una confesión tan impresionante como la que haces tú al inicio del libro (de ninguna manera lo había pillado a la primera). Te has desnudado, claramente, quitado el velo, levantado para siempre la cubierta de tu casa. Tampoco puedo ignorar que has usado, para ello, tres veces, el siempre inquietante símil del espejismo, el espejismo de los enigmas del que habló Borges en Otras inquisiciones.
Bueno, ya está bien, que no debo "trabajar" en domingo. Me voy a Misa. Tengo un deseo loco de comulgar.
Vale et vale
Alvaro
P.S. En la foto, el escritor turco Enis Batur (autor de Las bibliotecas de Dédalo, Prólogo de Alberto Manguel, errata naturae, 2009, 9,90 €)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Enis Batur, 3

Querido Enis:
Hoy, a la fuerza, debo ser más breve; ya seguiré mañana, la verdad es que llevo unos días de locos, aunque espero en los próximos días terminar de una vez esta carta, quizás ya demasiado larga y pesada.
Hoy sólo quiero, de pasada, hacerte un comentario a una afirmación contenida en tu precioso libro. Me refiero a la alusión que haces, también de pasada, a San Pablo. Aparece en el contexto de una lista de destrucciones masivas de libros: la biblioteca de Alejandría, Babilonia en el 747 a.C., Ci-Huang-Ti en el 213 a.C., Bizancio en el 476 d.C., etc. En el curso de la enumeración, que se refiere a pérdidas por desastres naturales, o por la barbarie y la intolerancia humanas, añades el caso de San Pablo. En concreto, escribiste lo siguiente: "En el año 54, San Pablo hirió con una violencia ciega la Biblioteca de Efeso, y con una enorme severidad: eliminó todos los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo". Cuando leí eso me quedé estupefacto. Yo no conocía ese dato, y me indigné con el converso de Damasco (pensé que al final iba a tener que darle la razón a un amigo que se ha pasado la vida diciéndome que lo peor de las religiones son los conversos). El caso es que salté de la cama (eran las tres de la mañana y casi despierto a mi querida esposa), fui corriendo a la biblioteca y empecé a buscar algún otro dato que corroborara tu afirmación. Estaba agitado. Cabreado es la palabra exacta. ¿Cómo era posible? Las afirmaciones más duras del apóstol se me venían a la cabeza de golpe: su machismo, todo lo demás, pero encima ahora tendría que reconocer que había sido un censor vil, un destructor de libros, como Hitler y sus secuaces por ejemplo; en pocas palabras: San Pablo fue un aniquilador de la cultura clásica. ¡Joder, qué mal lo estaba pasando! Me fui a lo que a mí me parece (te pido encarecidamente que me ilustres y me digas a cuáles otras puedo acudir también) que es la fuente más directa sobre la pira que tú mencionas. Me refiero al Libro de Hechos. No me costó mucho encontrar el episodio y como es muy divertido y curioso lo voy a contar de manera breve pero completa.
Pablo permanece en Éfeso varios años, al comienzo de la década de los 50 del siglo I. Predicaba al Cristo, de quien se había enamorado. Intentaba convencer a los habitantes de aquella ciudad de que se abrieran a lo mismo. El Libro de Hechos dice que Dios obraba milagros por medio de Pablo. Y añade, en el capítulo 19, que a veces bastaba un pañuelo o un trozo de tela que le hubiera rozado para que los familiares de los enfermos se los aplicaran y éstos sanaran de inmediato. Algunos querían literalmente adorar a Pablo, pero, en la línea del pensamiento religioso judaico en el que se había formado, él se afanaba en demostrar que eso habría sido pura y simple idolatría. Sólo a Dios adorarás. Tampoco se lucraba en modo alguno con esos poderes o pseudopoderes (como dice en algún sitio, le gustaba vivir de lo que ganaba trabajando con sus propias manos). En un momento dado, algunos magos profesionales, viendo que la invocación del Cristo por Pablo ofrecía resultados, decidieron invocarlo ellos también en sus sanaciones, y de paso aumentar su fortuna. Lo mismo o parecido intentaron otros, tal vez personajes aún más serios. Los famosos siete hijos de Esceva, por ejemplo. Éstos no eran simples curanderos: pertenecían a la casta de los príncipes sacerdotales judíos. El caso es que intentaron hacer un exorcismo, invocando el nombre de Jesús de Nazaret. El espíritu maligno, que habitaba en el endemoniado, les dijo que sí, que sí, que sabía muy bien quien era ese tal Pablo, y por supuesto el Cristo al que invocaban, pero que, ellos, ¿quién narices eran para querer perturbarle? Primero los despreció olímpicamente y acto seguido, mediante el cuerpo de su malogrado huésped, se abalanzó sobre ellos, propinándoles una paliza. Salieron de allí los siete malheridos y desnudos.
Cuando la gente de Efeso se enteró del acontecimiento, se quedaron mudos de miedo. Y bastantes de ellos se convirtieron, creyendo ver que en todo aquellos acontecimientos, y en el modo de actuar de Pablo (obrar hechos extraordinarios pero no cobrar, no querer nada para si mismo, y menos que nada que se le adorase), había algo radicalmente distinto de lo que hasta entonces habían visto y practicado ellos mismos. Dice entonces el texto de Lucas: "Muchos de los que habían creído venían para confesar y manifestar sus prácticas supersticiosas. Bastantes de los que cultivaban la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos"
De ninguna manera señala que fuese Pablo el que sugiriese u ordenase la quema, y fíjate si en semejante estado de agitación de los espíritus de los conversos podía haberlo hecho: no hubiera encontrado oposición: le creían divino.
A lo mejor todo esto es un matiz, pero no entiendo que afirmes de ese modo que San Pablo "hirió con una violencia ciega la Biblioteca de Efeso, y con una enorme severidad: eliminó todos los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo".
San Pablo había sido un hombre violento (un nacionalista zelote), pero una parte de su conversión tuvo que ver precisamente con eso, con el abandono de la violencia (no hay atisbo de que la ejerciera después del episodio de Damasco). Pasó de perseguidor a perseguido, y eso hasta su muerte de cruz.
No obstante, estoy convencido de que has manejado fuentes que yo desconozco.
Yo siempre he tenido a San Pablo por uno de los catalizadores de la perduración del mundo clásico en la historia humana, pero imagínate en que tipo de diálogo entraríamos…
Además, te había prometido que sería breve, pero no lo he cumplido. ¿Me perdonas?
Mañana sigo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Enis Batur, 2

Querido Enis:
Aunque estoy convencido de que nunca leerás esta carta, voy a seguir escribiéndotela. ¿Te acuerdas de Vanka, el protagonista del cuento de Chéjov? Querido abuelo… Voy a escribirte una carta. Te felicito la Navidad y te deseo todos los bienes de Dios. No tengo ni padre ni madre, sólo me quedas tú… Te picaré el tabaco, rezaré a Dios por ti y, si hago mal, azótame todo lo que quieras ¡Qué cosas le dice aquella criatura angelical, otro siervo doliente! Abuelo, ya no puedo más, esto es sencillamente la muerte. Mi vida es triste, peor que la de un perro, querido abuelito, todos me pegan, ven a por mí, apiádate y sálvame. El narrador, cuando el niño de apenas nueve años ha acabado de garabatear la carta, doblado el papel e introducido el mismo en un sobre que ha comprado con sus escasos ahorros, dice que escribió al frente la siguiente dirección: Para el abuelo que está en la aldea. No sé si hay un cuento más triste en Chéjov o elsewhere, pero a mí me hubiera gustado escribir esa carta.
Otra pregunta: ¿sabías que cuando Bruce Chatwin le encargó a John Pawson que le reconstruyera su apartamento en Londres, lo único que le pidió (conocía el del propio Pawson, en la foto) fue que no se vieran los libros. Estaban allí, escondidos, ya lo creo que sí. No hay más que haber leído cualquier obra de Chatwin, Retorno a la Patagonia especialmente, para darse cuenta de que había leído (y asimilado) cientos o miles de libros, pero el hecho es que no quería ni verlos alrededor. Su presencia inmediata, al dueño de casa, se le hacía insoportable.
¿Por qué te digo yo todo esto? Pues la verdad es que no lo sé muy bien, pero me temo que tu libro ha tocado alguna fibra sensible de mi interior, y alterado aún más mi equilibrio, siempre precario, en relación con mi formación y con mi biblioteca. Así pues, podrá decirse que el laberinto de mi biblioteca comienza en las paredes de mi casa y desde allí se extiende por toda la corteza terrestre. Puede que sea discutible la objetividad de esta afirmación, pero todos aquellos que comprendan lo acertado de su subjetividad en lo que vale la suscribirán de inmediato. Llega un día en que junto a la identidad de Dédalo aparece la del hijo. El deseo de huir de mis libros, de la Biblioteca, el impulso de planear hacia una comarca en la que no me salga al paso ni una sola línea, aparta al otro, lo esquiva. Subo y desde la terraza miro largo rato la ciudad, los cerros de atrás y más allá: a veces le abruma a un la sed de silencio absoluto. Como a Chatwin entonces.
A ver si he entendido bien lo que dices (pobre traductor, por cierto: el final de ese párrafo tuyo sí que es laberíntico). Cuando alguien vive en los libros, y el mundo entero sale directamente de los estantes, cuando la Biblioteca –que no es la biblioteca física de cada uno sino el hecho de formar parte, a través de nuestra vida de lectores que se rodean de libros, y se alimentan espiritualmente de ellos, de una realidad que resulta intercambiable con conceptos como el de Proceso, y hasta con el de Ley (en el sentido kafkiano de los mismos)– lo es Todo para uno, entonces puede aparecer, por generación intelectual, una identidad, de hijo, que desea (como la mariposa que sale del gusano de seda) volar libre, en silencio, describiendo un vuelo mágico, nocturno, silencioso.
El esclavo, el que depende de los libros, mental y materialmente, el que se ata a ellos, puede tal vez engendrar un concepto libre. ¿Es eso? ¡Qué bonito pensamiento!
Seguiremos, tal vez.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Enis Batur, 1

Querido Enis:
No nos conocemos de nada, ¿o sí?, pero me permito dirigirme a ti en tu mismo tono de cordialidad, y lo que es más importante aún, de confidencialidad. Estas quieren ser palabras privadas que te dirijo en público. ¿Te acuerdas, bibliófilo, de quién escribió este verso? Seguro que sí. A mí por ejemplo, una de las cosas que me ha alegrado al leer tu libro (Las Bibliotecas de Dédalo, Prólogo de Alberto Manguel, Errata Naturae, 94 páginas, 2009, 9,90 €), es el que no haya una sola cita, un solo intertexto, una referencia que no produjera en mí alguna forma de eco (y de paso de Narciso). Esto puede querer decir al menos dos cosas: o bien que me voy haciendo viejo, y por lo tanto que mi memoria (costrosa por falta de interés para casi todo lo demás), está en un momento de esplendor libresco, o bien que tú eres una persona muy buena y has mencionado situaciones históricas, libros, autores con un afán casi casi divulgativo. Por otra parte, me permito dirigirme a ti en la forma de una carta personal, porque nos une al menos una amistad común, la de Irene, tu editora española; no sé si la conoces aún en carne y hueso, pero estoy seguro de que cuando la conozcas la considerarás tu amiga. A mí me bastó un rato para que así fuera. Has tenido mucha suerte. Irene (acaso por su juventud) sigue abierta a la amistad desinteresada. Tú que eres también editor, debes de saber mucho de la relación necesaria entre editor y escritor, ¡cuánto me gustaría preguntarte sobre el asunto!,  pero por ahora voy a dejarlo aparte.
Te lo digo pronto, y de antemano: lo que más me ha gustado de tu libro, lo que desde el primero momento me ha mostrado que no se trataba de otra obra más sobre libros, bibliotecas y otras neuras de bibliómano (¿acaso Dante o Chretien escribieron sobre su biblioteca? ¿lo hicieron tal vez Homero o Safo?), de esas que no interesan ni al propio escritor siquiera, han sido las preguntas retóricas que formulas a lo largo de sus cien páginas. Me he quedado maravillado, cada una se perfila como una saeta gitana, todas se te quedan clavadas en el corazón, y hasta puede que no te dejen dormir tranquilo. Por ejemplo, cuando dices: "Paso de sala en sala mirando la Biblioteca y los libros de los estantes, y entonces, lanzas la pregunta: ¿durante cuánto tiempo más?". Tu libro tiene como horizonte la muerte, y la desaparición final (llegas a decir que escribir un libro puede dar derecho, tanto o más que a la anhelada y tópica inmortalidad, a la absoluta desaparición, al aniquilamiento, a la inmersión definitiva en la Nada incolora). Me parece precioso ese pensamiento que a mí me ronda cada vez que recorro el pasillo de mi casa para dirigirme a la cama. Una vez tumbado transito de nuevo por el pasillo de los libros y repaso mentalmente los estantes. Te confesaré una cosa, confidencia por confidencia: una vez un médico chino al que acudía para recibir masajes en los pies (conste que me los daba su enfermera), me dijo que para liberar el estrés pensara en algo que me relajara. Así lo hacía, sin resultado aparente, quizás porque en realidad pensaba en mi biblioteca (las otras en las que se me ocurría pensar o engordaban o eran pecaminosas). No me atreví a reconocérselo a mi amigo Wan, sobre todo porque antes le había dicho que mi cansancio, cómo no, venía de un exceso de lectura y escritura. La cosa es que, antes de caer en la sima del sueño, como ocurrirá en ese día final, pienso en los días que me queden para leer. No sé si el hecho de haber reconvertido la medida del tiempo que resta en un cómputo de días de lectura (y escritura) me convierte o no en sosias tuyo, pero en el fondo creo que eso no tiene importancia alguna.
El horizonte de la lectura es la muerte. En eso estamos de acuerdo. Lo han dicho todos, de Platón a Kafka. La letra mata, el espíritu vivifica. Cada línea es un desvío, o mejor, un atajo, en el camino de la vida. Al surgir calinosa de la pluma, la tinta deseca el papel, abrasándolo, recortando sin misericordia el espacio en blanco en el que debiéramos movernos. Tú lo dices también en algún punto, te refieres con un deje melancólico a lo que tu biblioteca esconde u oculta, a todo lo que ha sustituido, en un momento o en otro de tu vida (¡ah!, por cierto, echo de menos en tu escrito el erotismo; lo siento, no todo iban a ser halagos: hablas de pasada de los visitantes de la Biblioteca en general, y de la tuya en particular, y deduzco que se tratara de gente a la que amas, pero no me queda suficientemente claro: Manguel dice en el prólogo que eres una persona discreta y elegante, ¿pero tanto?).
Otra pregunta de las tuyas: ¿cómo se enfrentará, un lector ideal, un asiduo de los mejores estantes, de las categorías mayores, a sus propios garabatos? Realmente no lo sé. Otra, que parece menor, pero esta muy lejos de ser banal: ¿cuál es el medio natural de una colección de libros? ¿Se puede hablar de que pierda su aura si se aleja de allí? O aquellas, aparentemente melodramáticas (sólo quien desconozca de verdad de que estás hablando puede pensar de esa forma) del comienzo: ¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué se sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?
Al miedo a la muerte, quizás, por cerrar el círculo: al final el deseo de desaparición quizás no baste. La inmortalidad del alma, esa intuición de absoluto amor que tantos hemos tenido, nos impide, sin más, zambullirnos en la cárcel bibliotecaria, o en la orgía perpetua flaubertiana. ¿Atudirse de literatura? Ojalá fuera tan fácil, y con eso bastara. La Biblioteca, en eso creo que aciertas hasta el dolor, describe un límite, un límite entre el amor y la muerte.
Pero, antes de hablar de todo eso, más a fondo, quería preguntarte algo, públicamente. Tiene bastante que ver con el límite, con la noción de límite que expresa la letra escrita. He visto que el libro, esta pequeña joya que Irene nos brinda a los lectores españoles, está escrito entre el año 2001 y el 2005. Si le sumamos el epílogo, bellísimo también, hay que ascender hasta el 2007 incluso. No entiendo una cosa: si te has tomado ese tiempo (la densidad, y la levedad del libro lo justificarían plenamente por lo demás), ¿cómo es que parece escrito de un tirón Además de las preguntas, incisivas, otro de los tesoros del libro se esconde en el ritmo. La medida exacta de los capítulos, el espacio que se crea entre ellos, el volúmen (nunca mejor empleada esta palabra) del conjunto. Parece una obra de otro tiempo, como esas ermitas de proporciones exactas, perfectas, que pueblan tu península turca. Ambos sabemos que eso es justo lo más difícil. Y tú y yo, que podemos distinguirlo con ojos de marino avezado a mil leguas, que disfrutamos con ese tipo de cosas por adelantado, lo comprobamos con alegría cuando miramos un objeto bello (como tu libro) muy muy de cerca.
Mañana sigo. Deo volens.

sábado, 5 de septiembre de 2009

New York, New York (A letter to Sara)

Querida Sara: 
Quería contarte, por si no te habías enterado, que se ha inaugurado un parque en Nueva York. Como sé que te encantan los parques, te diré que se trata de uno muy particular, que está realizado a seis metros de altura, aprovechando las vías de una línea de tren abandonado hace más de treinta años. Lo han bautizado como el High Line Park, quizás aprovechando la resonancia de aquella expresión tan gastada del New York´s Sky Line, por lo demás de triste recuerdo septembrino. Todos asociamos Nueva York con la altura, pero en realidad yo la asocio más bien con el agua, que está presente por todas partes en la ciudad, y que es la que la salva desde el punto de vista urbanístico/humano/vital (otro tanto pasa con tu querido París, qué sería de la ciudad sin el Sena, por mucho que bajo sus puentes corra más sangre que agua, André Chénier dixit: por cierto, pedazo poeta; oye, tú que tienes la inmensa suerte de vivir en la ciudad de la luz (y de las tinieblas), ¿es que alguien por allí lee todavía a Chénier? Pues yo sí que lo hago, aunque no viva en el quartierlatin, que por cierto es lo que más me gustaría del mundo). A mí Nueva York, y la importancia del agua, me la enseñó Josep Pla, y aquella vieja recomendación suya de, antes de nada, situarse en la misma punta, en Battery Park, de espaldas a la estatua y de cara a Manhattan. Parece de risa pero fui, aquella primera vez (lo contaré pronto en un libro que se titula Viaje a Savannah), desde el hotel hasta la punta de la isla con los ojos cerrados, fíjate que obediente. De hecho, dejando a un lado Central Park, el jardín que más me gusta, por la cercanía con el agua, es el paseo por South Cove, y por el Museum of Jewish Heritage, una maravilla, ¿lo conoces? Bueno, pero todo esto no tiene nada que ver con lo que iba a decirte. En realidad te escribo para aceptar tu reto. ¿Pensabas que lo iba a dejar pasar así como así? No me conoces, entonces. Me ponen el capote literario y allá que voy como un astado. Pues no, dirás tú: no te conozco, ni falta que hace. Y es verdad, pero, en todo caso, acepto encantado el reto: veinte títulos de novela o poesía, a cambio de un libro tuyo dedicado. ¡Joder, es que no hay quien se resista a eso! Y eso que no me gusta recomendar lecturas (sólo hay una recomendación posible: cómprese La Ilíada y tire del hilo en ambos sentidos), pero en cambio sí me gusta ese côté tómbola de la vida, siempre que no sea por Navidades (si se tercia ya te contaré a que viene esto, aquí no puedo hacerlo porque heriría a los más cercanos). Yo lo voy a hacer a mi modo, por partes, como siempre, y si te parece suficiente me mandas el libro, y si no pues no pasa absolutamente nada. Te voy a dar veinte títulos en los que aparezca Nueva York (otro día, aunque no lo creo, a lo mejor hacemos lo mismo con Budapest, Cracovia, Viena o hasta con Pamplona), veinte joyas avejentadas pero, como tú pides, totalmente "imprescindibles". Era eso, ¿no? Ojalá algún día podamos hablar de alguna de ellas sentados a seis metros de altura, sobre el asfalto y los juncos, sobre el agua y bajo el cielo también sangrante de Manhattan.
Cuentos completos (o sea, cualquiera de ellos; todos y cada uno contienen un mundo) de O´Henry
Cuentos completos de Salinger
Cuentos completos de Dorothy Parker
Carta breve para un largo adiós de Peter Handke (uno de los 5 libros que me susurran por la noche)
Esto es Nueva York de E. B. White
Mi Nueva York de Brendan Behan
Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin
El cuaderno rojo de Paul Auster
Long-winded lady de Maeve Brennan
Desayuno con diamantes de Capote (inspirado precisamente en la Brennan)
Plegarias atendidas de Capote
Cartas americanas de José Emilio Burucúa
Viaje a América de Josep Pla (mi favorito)
El secreto de Joe Gould de Joseph Mitchell
Autobiografía de I.B. Singer (otro favorito)
Elegía/Patrimonio de Roth
Certezas absolutas de Simon Schama
América de Kafka
El diario de un juppie de Louis Auchincloss
Ensayos completos de Susan Sontag
La edad de la inocencia de Edith Wharton
Hojas de hierba de Whitman (yo prefiero la traducción de Borges)
Todo Doblátov
Todo Horacio (haz una prueba: léete por ejemplo la Epístola II (Libro II) o la Sátira IX (Libro I) y verás que cuanto dice de la Roma augusta puede ser perfectamente transplantable al Nueva York actual)
Poeta en Nueva York (Lorca)/Diario del poeta recién casado (JRJ)
El puente de Hart Crane
Todo Robert Duncan
Vida y muerte de Robert Creely
Poesía norteamericana (1900-1950) de Louise Bogan (una joya)
Nueva York (Paul Morand)
Diarios (1939-1945) de Julien Green
Gangs de Nueva York (Asbury)/Cómo vive la otra mitad (Riis; la trad. es de Isabel, que también tradujo con toda brillantez media docena larga de los cuentos imposibles de la Parker)
Dime-Store Alchemy, The art of Joseph Cornell de Charles Simic (esencial para entender el surrealismo neoyorquino. No me olvido del comienzo del capítulo Terra incognita: America still waits to be discovered. Even in its cities there are still places left blank by the map makers)
Refraiming Abstract Expresionism de Michel Leja (el libro más importante sobre expresionismo norteamericano: Rothko, Barnet-Newman, Pollock, etc, etc)
Café Julien de Dan Powell
Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh (el capítulo sobre Nueva York es mi favorito)
Poesía completa de Elisabeth Bishop
Poesía completa de Mariane Moore (otro favorito, bueno en realidad todos los de la lista lo son)
Poesía completa de e.e. cummings
La ya vieja Guía Acento de Nueva York (está agotada agotada, pero se encuentra en iberlibros: una joya!) (aunque parezca de broma, a mí me encanta la guía de Nueva York de Louis Vuitton)
Ermitaño en París de Italo Calvino
Ensayos americanos de Cesare Pavese
New York´s not my home de Jim Croce (¿lo conoces?)
¿Son veinte? Cuenta tú, que a mí se me dan fatal los números (y así me va). Bueno, y si no, por fa, haz la vista gorda,
Abrazos
Al