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viernes, 25 de noviembre de 2011

Zeus, Deus y el Innombrabe


A diferencia de lo que ocurre en países como Alemania o Francia, en España se lee poco, y dentro de ese poco no entran ni la poesía ni el ensayo. Yo me pregunto si, aunque sea remotamente, existe alguna relación entre este hecho (aparentemente banal o mera cuestión de gustos) y nuestra creciente pobreza material. Pero no seré yo quien responda. Digamos que me faltan datos. Me limitaré a destacar, en estas notas críticas, el mucho y buen ensayo que se lea o no ciertamente se publica en español en muchas y variadas editoriales. Creo que es de justicia hacerlo y no se me ocurre por mi parte otra modo de concurrir al esfuerzo colectivo por intentar evitar la miseria que nos atenaza.
Dentro del ensayo, un capítulo especialmente apasionante es la historia de las ideas, y dentro de ésta la historia de las mentalidades y de los llamados procesos de inculturización. A ese fin se dirige el libro del latinista Agustín López-Kindler titulado Zeus vs Deus. La resistencia de la cultura pagana al Cristianismo (Rialp, 2011). El trabajo de López-Kindler, dedicado a entrever como durante el periodo de la antigüedad tardía, los últimos siglos del Imperio romano de occidente y el comienzo de la Edad Media en el siglo VI, la cultura pagana se resistió a la presencia cada vez más abarcante de la religión cristiana y de la cultura a la que iba dando lugar. Tema apasionante y de consecuencias de un alcance tan largo que llegan con toda su fuerza hasta nosotros: la asunción por parte del Estado romano de la religión cristiana como religión oficial del imperio creo una forma de relación política que hoy en día no está del todo superada, por ejemplo en España. La cuestión es muy amplia y el autor la sintetiza en unos cuantos hitos, con frencuencia en la relación polémica entre autores paganos y autores conversos a la nueva religión. Más interesante aún resulta la confrontación cuando, con el paso del tiempo, los contendientes son ambos cristianos pero conciben la cultura clásica sea como un estorbo para llegar a Dios sea como el paso previo natural que debe de ser sobrenaturalizado. El libro es claro, preciso y bastante abierto en una cuestión en la que la estrechez de miras, cuando no el fanatismo abierto de algunos hace imposible la síntesis cristiana con todo lo que de valioso tuvo la herencia greco-romana.
A otra cuestión, distinta pero conexa, se enfrenta la reedición por Trotta del libro de Jürgen Habermas Israel o Atenas. Ensayo sobre religión, teología y racionalidad (2011). Este volumen contiene media docena larga de ensayos que, de un modo u otro, tratan de una cuestión que se podría enunciar así: cuál es el estatuto, de conocimiento específico y único, de esa realidad que llamamos convicción religiosa, qué tipo de conocimiento aporta, cuál es su ratio, su razón de ser, y que relación tiene con la razón filosófica y con la norma democrática. Convencido de que ese rastro hay que seguirlo no sólo en un plano teórico sino también en el estudio detenido de la evolución histórica del legado greco-romano (Atenas) y del judaico (Jersusalen), y en particular en la plasmación lingüistico-cultural de ese legado. El título no plantea necesariamente una exclusión. El castellano lo permite, como cuando decíamos "Bizancio o Constantinopla". Aquí la cosa no es tan simple, pero con sus agudas distinciones Habermas ha limpiado enormemente la cuestión de la parte de la roña que la ha cubierto durante demasiado tiempo.
Por último, en conexión con el libro de Habermas quiero mencionar brevemente el recientemente aparecido trabajo de Élisabeth Roudinesco, A vueltas con la cuestión judía (Anagrama, 2011). El título (parece que parte de un tedioso cansancio con la cuestión) no anuncia el lenguaje asombrosamente ágil, de periodista avezado (he leído sus trescientas páginas en dos largas noches), con el que Roudinesco despliega la “cuestión judía”, o más concretamente una historia del antisemitismo desde la Ilustración y la Shoá hasta los episodios de los campos de Sabra y Chatila, vista muy desde Francia. Apasionada, infiormada, rápida, ofrece lo que a mi juicio es el mejor reportaje sobre las complicidades del mundo intelectual con el antisemitismo político en los últimos dos siglos.

sábado, 10 de octubre de 2009

Kafka en su laberinto

Veinte años después del fallecimiento de Kafka, en 1924, el poeta angloamericano W.H. Auden definió a la perfección lo que de ahora en adelante, para su generación y probablemente para varias de las venideras, se convertiría en el espíritu de toda una época, en el icono literario y filosófico contemporáneo que mejor la definiría, lo mismo que la célebre frase de Adorno sobre la poesía después de Auschwitz: “Si hubiera de citarse al autor que más se aproxima a nosotros con aquella mismo relación que con sus contemporáneos tuvieron Dante, Shakespeare y Goethe, el primero en que se pensaría sería indudablemente Kafka”.
A la vez que esta hoy ya incuestionable premonición, el crítico y ensayista George Steiner, también advertiría en su lúcido ensayo titulado K, de 1963 (perteneciente a su libro Lenguaje y silencio), que a partir de entonces, “una inmensa montaña de literatura” se levantaría en torno a un hombre que en toda su vida no había publicado más que una media docena de relatos y bocetos. Su solo nombre se convertiría en santo y seña para entrar en la gran casa común de la cultura y de la educación del europeo moderno de nuestros días. Una, en ocasiones, pavorosa “kafkología”, como la llamaría Kundera, o si se prefiere, unos frecuentes y no extraños “casos flagrantes de sobreinterpretación”, como los definiría con ironía Umberto Eco, refiriéndose también a Joyce, que nuestra época abonaría, lo mismo que se había hecho con textos sagrados seculares, con alegre entusiasmo a través de fanáticos “adeptos al velo” y al “mensaje oculto”.
Con el provocador, por anacrónico y no simultáneo en el tiempo, título de Kakfa y el Holocausto, el crítico y profesor de Teoría Literaria y Literatura Comparada, Alvaro de la Rica (Madrid, 1965) rompería con la otra cara de esa pavorosa montaña que advirtiera Steiner: el tabú que significa para cualquier joven estudioso de nuestros días acercarse al sobrecogedor laberinto, a ese mundo entendido como inmensa institución laberíntica, que es la enigmática obra de Kafka. Enfrentarse, sobre todo, al apabullante rastro de trilladas y popularizadas versiones de lo “kafkiano”. En su caso, a través de una brillante, densa y nada rutinaria ni habitual multiplicidad disciplinar, Alvaro de la Rica saldrá más que airoso. Todo en su libro pasa a formar parte de un dinámico e indisoluble diálogo: la revisión de mitos y textos religiosos tanto cristianos como judíos; el análisis de autores, como es el caso de Flaubert, que influirán de forma determinante en la obra de Kafka; el repaso y síntesis de la más importante crítica kafkiana, desde Scholem, Benjamin, Canetti, Calasso o Steiner a Blanchot; las diversas influencias en el arte del siglo XX y, sobre todo, de forma muy especial, formando parte de lo más llamativo y original de este ensayo, la importancia de la obra de Kafka como prefiguración del Holocausto y de los regímenes totalitarios en general. De la Rica se adentra “como un pequeño Talmud”, como lo define Magris en su lúcido y elogioso prólogo, a medio camino del comentario y la narración, en ese torbellino contradictorio y circular que es la obra y existencia kafkiana, con sus recurrentes y obsesivos punto sensibles: el matrimonio, la ley, la víctimas, el poder, la metamorfosis y la revelación. Empujado y condenado a asumir todo lo negativo de una época y de una condición humana universal, a tocar de cerca con sus visiones un corazón oscuro y tenebroso que tantas veces sobrecogería a sus lectores, Kafka prefiguró y grabó a sangre y fuego en su obra, en la forma de figuras del exterminio, “antes de que sucedieras”, genocidios masivos y posteriores, que sacudirían a su más inmediata familia, ya que sus tres hermanas morirían años después en Auschwitz. Como dirá el autor de este ensasyo: “Ni En la colonia penitenciaria ni ninguna otra de sus ficciones, especialmente El proceso y El castillo, ni las agudas reflexiones que las acompañan, escapan a un momento de la historia europea que se puede calificar de apocalíptico”. Una apocalipsis, que lo hace convertirse en el gran testigo de cargo del totalitarismo político del siglo XX, tanto en la forma de “alfabeto” detallado del nazismo, como en la casi exacta descripción del sistema político comunista y de aquellos aterradores juicios posteriores, en los que las víctimas y castigados sin causa reconocible, acabarían clamando porque se les reconociera culpables. Sin haber llegado a tiempo al destino que probablemente le esperaba, lo mismo que a sus hermanas, nadie como él , como dirá De la Rica, fue capaz de retratar la degeneración de aquellos sistemas políticos y la monstruosidad tantas veces inconcebible del el Holocausto.
Igualmente, con el título de El mundo formidable de Franz Kafka, el escritor estadounidense Louis Begley, nacido en Stryij (hoy Ucrania), hijo de un médico judío polaco, así como autor de varias novelas de éxito, entre ellas A propósito de Schmidt, que sería llevada al cine protagonizada por Jack Nicholson, compondría un interesante ensayo biográfico para hacer comprensible y accesible, desde su rutinaria vida íntima, sus amigos más cercanos, su nutrida correspondencia, la losa insoportable de su familia, su trabajo en la aseguradora , sus sucesivas novias y compromisos fallidos, el drama de ese “ermitaño y hombre sabio, al que la vida aterraba”, como lo definió la inteligente Milena Jesenská (“la mujer que mejor entendió a Kafka y ante la que más completamente se desnudó”, como dirá Begley) en un impresionante elogio fúnebre escrito tras su fallecimiento. Un empeño, narrar el atolladero claustrofóbico y angustioso de una vida aparentemente carente de sucesos reseñables, más difícil de lo que parece. La hipnosis y fascinación que producen cualquiera de sus escritos, por mínimo que sea, se traducía en la vida real en poco más que ocasionales enamoriscamientos, en altibajos en sus relaciones más serias con Felice y Milena y en intentos siempre fracasados de dejar el trabajo y lograr “una existencia pacífica, libre de agobios y consagrada a escribir, que pedía a gritos”, como decía su amigo Max Brod. Unos escasos sucesos que por supuesto se verían marcados por la tragedia de la otra cara de su sufrimiento, aparte del espiritual que siempre le acompañó: los hitos que señalarían, sin darle apenas respiro, el progreso de su enfermedad, esa temprana tuberculosis que lo llevaría a la tumba, poco antes de cumplir los cuarenta.
(Artículo publicado en el ABC de hoy, 10 de octubre de 2009, por Mercedes Monmany; en la foto el cementerio judío de Praga donde está enterrado Franz Kafka)

miércoles, 7 de octubre de 2009

Zoran Music me sale al paso

Lo último que pensé, mientras paseaba por la calle Provença de Barcelona, la semana pasada, es que me encontraría con esta preciosa veduta del Canal de la Guidecca, una tinta sobre papel, de apenas 22 x31 cm., realizada en 1982 por el pintor Zoran Music. Precisamente, una semana atrás, en el IVAM, la señorita que me atendió, por lo demás muy amablemente, desconocía siquiera que en el museo valenciano se conservase un importante legado que el pintor, nacido ahora cien años en Gorizia, en los márgenes sudorientales del Imperio Habsbúrgico, donó a la España que tanto amó, gracias a los buenos oficios de mi amigo Kosme de Barañano. Menos mal que la Librería del IVAM sigue disponiendo de los catálogos de la donación que se editaron entonces. De otro modo, aquella persona que tenía la función de informar, quizás me hubiera tomado por un loco. "Zoran ¿qué?" Passons. El hecho cierto es que, a los siete días justos, quizás por haber sido respetuoso con aquella buena señora, al girar una esquina, Music me salió al paso. Era tarde, casi las nueve. Apenas resplandecía una luz malva. En un pequeño escaparate, por sorpresa, creí reconocer una tela de Music. Había olvidado las gafas en hotel, como siempre, y pensé que mis sentidos externos me estaban engañando. Pasé unos instantes desorientado. Pero no, seguí mirando, con cara de topo, y por fin reconocí esa tierra amada de Dalmacia, las vistas venecianas, el perfil marino de Ida, los interiores oro rojo de San Marcos, los cadáveres apilados, los autorretratos pintados de memoria, la serie negra, última, insoslayable. Nunca resulta fácil contemplar la obra de Music. Y menos sin mediar ninguna preparación moral y psicológica. Duele. El amor duele. La verdad duele. Por suerte, providencialmente, una bella mujer me ayudó en semejante paso. Se lo agradecí mucho.

martes, 29 de septiembre de 2009

Notas para un diario 132

Claro que yo tampoco acabo de entender bien la Femme au miroir, pero como lo prometido es deuda, voy a intentar si no explicar nada (sabes perfectamente que mi conocimiento de las artes plásticas está en pañales), sí al menos acercarme, por segunda vez, a esa so called master piece of avant-gard´s sculpture. La colocación en las salas Julio González del IVAM está muy lograda. Todo gira entorno a ella. Todo, desde los primeros dibujos (Près de la Mediterranée, por ejemplo) o de la orfebrería, te va conduciendo a ese tour de force final que es la Femme. Lo más fácil de ver, a la primera, es el modo en el que se deshacen (creo que la palabra sería la más adecuada) los planos de un rostro en las máscaras de los años 29, 30 y siguientes: Masque acéré, Masque "Ombre et lumière", la Petit masque decoupé Montserrat… o, más pedagógica aún, la Démie-masque aux dents: un semicírculo que parece una hoja esbelta, con unos dientes cuadrados al pie. No te olvides de que hay que procurar abrir los ojos y la mente, los ojos de la mente, "tratar de percibir cualquier indicio y hacerse eco de cualquier armonía oculta" (Gombrich). A mí la que me emociona más todavía es la Masque d´adolescent (en la foto de abajo), que debe de ser una de las primeras de la serie de las máscaras.
Dicen que los dibujos de los ultimísimos años, los que hizo cuando, ya enfermo, no podía esculpir, con la guerra de España perdida y Francia ocupada por los nazis, son algo que no se puede creer, de belleza y de dolor, pero la serie de las máscaras no está mal tampoco. En las máscaras, al deshacer los rasgos de la cara, convirtiéndola en máscara/mensaje (algo por donde pasa la voz), recortando planos, iba más allá de la vieja aspiración cezaniana y cubista de crear una ilusión de profundidad: aquí no hacía falta representar una tercera dimensión espacial sino que se trataba de reconocerla presente y jugar con ella. Julio González decía que quería "dibujar en el espacio". ¿Lo aprendió en el Picasso del monumento a la tumba de Apollinaire, el Picasso que hablaba de los "hechos de aire" con el que tan estrechamente colaboró? Quizás, pero no sólo. También estaban las civilizaciones antiguas, las mediterráneas por ejemplo, la micénica o la egipcia por ejemplo (El artista usa códigos que nos llevan al menos hasta la prehistoria, Chillida). Esto de la realidad y de lo que se encuentra realmente presente en arte no es algo despreciable, y por eso llama la atención como juega ese principio básico en este caso. ¿Una contradicción más? Seguramente. Me refiero al tamaño de la figura, algo que a todos asombra favorablemente: el hecho de que, a diferencia de la mayor parte de las obras del escultor, la Femme au miroir tenga dimensiones realmente humanas. No hay juego con la escala, o, mejor dicho, el juego consiste en imitarla miméticamente. ¿Por qué? À quoi bon en alguien que juega a apartarse de la reproducción mimética de la naturaleza para mejor reflejar, mediante la imaginación, sus formas reales? Pues mira, no lo sé. Nunca se acaba de aprender en lo que se refiere a arte. Y me alegro de que así sea. Poquet a poquet, ¿no? ¿Quién quiere agotar ningún tema? Al fin y al cabo, y tampoco sé porqué, si tenía que ver contigo o con la mujer en el espejo de la escultura, la que danza delante del espejo lunar, la que nunca debería aspirar a que el espejo le devuelva ni una mínima parte de su ardiente complejidad, yo recordaba, al paso por las salas del IVAM, un pequeño fragmento de El alma y la danza, el diálogo de ValéryGocemos de este instante delicadísimo en que ella muda de voluntad!… Como el pájaro llegado al borde mismo de la techumbre rompe con la hermosura del mármol y cae en vuelo…

miércoles, 11 de marzo de 2009

La estrella amarilla

Lunes, 8 de junio de 1942
Es el primer día en que me siento realmente de vacaciones. Hace un día radiante. Muy fresco después de la tormenta de ayer. Los pájaros pían, una mañana como la de Paul Valéry. También es el primer día que voy a llevar la estrella amarilla. Son los dos aspectos de la vida actual: el frescor, la belleza, la juventud de la vida, encarnada en esta mañana límpida; la barbarie y el mal, representados por la estrella amarilla.
Noche del lunes
Dios mío, no creí que sería tan duro.
He tenido mucho valor durante todo el día. Llevo la cabeza alta y miro a la gente tan de frente que desvían la mirada. Pero es duro.
Además, la mayoría de las personas no miran. Lo más penoso es encontrar a otras personas que la llevan. Esta mañana salgo con mamá. Dos críos en la calle nos señalan con el dedo diciendo: "¿Eh? ¿Has visto? Judío". Pero todo lo demás ha sido normal. En la Place de la Madeleine nos encontramos con el señor Simon, que se para y apea de la bicicleta. Vuelvo sola en metro hasta l´Étoile. En l´Étoile voy al Artisanat a buscar mi blusa y luego tomo el 92. Lo esperaban un chico y una chica, y he visto que ella me señalaba a su acompañante. Después han hablado. Instintivamente levanto la cabeza –a pleno sol– y oigo: "Es repugnante".
Vuelvo a salir para la Sorbona; en el metro, otra mujer del pueblo me sonríe. Se me saltan las lágrimas, no sé por qué.
(Estos fragmentos pertenecen al Diario de Hélène Berr publicado por Anagrama)

jueves, 19 de febrero de 2009

Dora Bruder 3 (y último)

19 de febrero. Día de mi santo. Beato, en este caso. Álvaro de Córdoba. ¿A qué no sabéis con lo que le tocó lidiar a mi patrono cordobés? Nada menos que con el Cisma de Occidente. A falta de una tiara, entonces había tres: el papa de Avignon, otro en Pisa, y el romano. Lo digo para los pusilánimes. Y para los que ven el final del cristianismo asomando a la vuelta de la esquina. Hemos salido de situaciones peores. Mucho peores. Gracias a que siempre hubo gentes, como Álvaro, que amaron por encima de todo la unidad. No soy santo, ni beato, precisamente, pero sí amo la unidad. O sea, lo que se opone a la uniformidad y al comunismo. Porque la unidad requiere libertad y consciencia. Pero lo dejo ahí, que no estáis para sermones, y yo tampoco la verdad.
Hay un pasaje en Dora Bruder, seguramente su climax, verdaderamente emocionante. Acaso responde a muchas de las cuestiones planteadas estos días. Si no es el climax, sí es su secreto más íntimo y radical. Modiano no cuenta apenas con datos de su protagonista. Hay momentos en los que apenas tiene nada. Se desespera, porque ve en esa ausencia un signo evidente de un enorme vacío. Un agujero negro que lo devora todo, que sume en la nada aquello que fue y que nació del amor de unos padres. (Sólo por eso para mí un rostro como el de la Bruder será siempre hermoso).
Todo se difumina, inevitablemente, en un estado intermedio e indiferenciado. El olvido. Es de noche, en invierno. Modiano está leyendo entonces Los Miserables de Víctor Hugo. Con la ingenuidad de quien desea encontrar una pista o un detalle en otra narración parisina de cien años atrás. ¿Lo logrará? En los libros quinto y sexto se describe una persecución nocturna. Javert acosa de nuevo a Jean Valjean y a la pequeña Cosette. Modiano reconstruye mentalmente, de la mano de Hugo, todo el camino, con un plano delante. En un momento dado, la realidad se pierde y, como en un sueño, Valjean se introduce en una parte imaginada de la vieja ciudad. Finalmente, los perseguidos escapan saltando un muro y atravesando un jardín. Es el jardín de un convento y, de repente, Hugo vuelve y dice que la pradera se sitúa en el número 62 de la calle Picpus. Se habían refugiado allí varias Órdenes acosadas por los revolucionarios. Modiano se cae de la silla en la que está leyendo: pero si es la misma dirección del jardín del Pensionado del que escapa de los asesinos, cien años después, Dora Bruder.
¿Una coincidencia? ¿un signo?¿una profecía?¿una revelación?
Digamos que se trata del poder anticipatorio y reiterativo de la literatura. Una experiencia única, para el que la ha vivido. Después de años de escribir a ciegas, después de años de escribir otras obras sin saber en realidad lo que buscaba, ni lo que estaba haciendo. Sólo entonces descubre lo esencial. Que lleva toda la vida trabajando para "captar, inconscientemente, un vago reflejo de la realidad". Que en ese momento, de la lectura y de su relato, se había acercado a la verdadera vida de Dora, superando las medidas convencionales de tiempo y espacio.
(La foto de los tejados de París es de Eugène Atget)

martes, 17 de febrero de 2009

Dora Bruder 2

Esta foto, que aparece en la edición Écoutez/Lire de Gallimard, es, junto con la noticia del periódico en la que se avisa de su desaparición, la única que se conserva de Dora Bruder. Aquella instantánea, a la que se acompañaba del texto "Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1.55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París.", apareció como un suelto en la edición del 31 de diciembre de 1941 del periódico París-Soir. El vespertino llega casualmente a manos de Modiano a finales de los años ochenta. Él ya ha escrito una parte importante de su obra, con el horizonte de fondo de la Ocupación de Francia y el colaboracionismo filonazi. Algo llama la atención de Modiano. ¿El bello rostro de la muchacha? ¿Su temprana edad?¿El hecho de que vivieran y frecuentaran el mismo barrio, bulevar Ornano? Quién sabe. El libro es un intento de indagar en esos porqués escondidos. La cosa empieza poco a poco, pero acaba convirtiéndose en algo grande, decisivo para el escritor. En el dato que le permite comprender el sentido de su obra (y de su vida): la presente, pero también la que ha escrito (vivido) en el pasado.
¿Cómo lo hace esto? ¿Cómo se produce ese desvelamiento? ¿De qué naturaleza es dicha revelación?

lunes, 16 de febrero de 2009

Dora Bruder 1

Hace ya unos meses, dediqué una entrada a Patrick Modiano, en concreto a su libro Un pedigrí, que acababa de leer. No pude ser muy incisivo en aquella ocasión. La lectura había despertado mi interés pero no supe, entonces, bien porqué. Me daba perfecta cuenta de que se trataba de un texto que se refería a cosas que estaban fuera de él, encadenadas con él, y que no obstante yo desconocía. Aún  así el libro me intrigó, y supe que en algún momento se rellenarían los huecos y se completaría el mapa. Lo que no sospechaba era el modo, tan fulminante e intenso, en el que eso había de ocurrir. Cuando, este fin de semana, he leído Dora Bruder (Seix Barral, 2009), he comprendido algunas cosas. La primera, que la obra de Modiano es una novela por entregas, en la que unos textos se refieren a los otros. Segundo, que se trata de una novela sobre su vida: la de un judío, un paria, un niño abandonado a su suerte en el París del final de la Ocupación. Tercero, que Modiano realiza la indagación más impresionante que quepa imaginar sobre un único hecho: a saber, cómo es posible que cualesquiera otros tuvieran que morir, del modo más abominable y cruel, para que él pudiera vivir en paz. Cuarto, y último, por ahora, que la escritura (su escritura) es el medio idóneo para salvar a esas gentes del olvido sistemático en el que la historia ha decidido sumirles.
(Las fotos son del polémico fotógrafo André Zucca)

sábado, 26 de abril de 2008

El Papa, cristiano y judío

En el último y reciente viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos, en medio de sus numerosos compromisos oficiales, encontró tiempo para acudir a la Sinagoga de Park East en Nueva York. Era el día 19 de abril. Quiso estar allí con sus hermanos hebreos para desearles lo mejor para la Pessah (la Pascua) que se iniciaba justamente al caer de esa tarde.
¿Cómo no recordar a propósito de ese breve encuentro el paso por Auschwitz que hizo al comienzo de su pontificado?
Aquella visita al Läger de Oswiezim tuvo lugar el 28 de mayo del año 2006. Fue, si no recuerdo mal, su primer viaje. Sé que había estado antes en Alemania, pero esa cita la había concertado Juan Pablo II. Benedicto XVI quiso que su primer destino fuese Polonia (cuna de su predecesor), y acaso el propio campo de exterminio. En el avión de ida, comentó a los periodistas que acudía como hijo del pueblo alemán, con toda la dificultad que eso le suponía. Pronunció un discurso fuerte y contenido. Entre otras cosas, lanzó al cielo negro de Auschwitz dos preguntas que aún resuenan en mí: "¿Por qué Señor permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar esto?"
Acabo de leer el último libro del Papa publicado en español. Se titula "La Iglesia, Israel y las demás religiones", y en el primer escrito dice lo siguiente: "Desde Auschwitz la tarea de reconciliación y aceptación se ha hecho totalmente inevitable". Me preguntó si se refiere a la reconciliación y mutua aceptación de cristianos y judíos. En realidad yo creo que no. Que se refiere a la reconciliación de ambas religiones pero sobre todo a la aceptación de los judíos por parte de los cristianos. Al menos eso es lo que me gustaría creer que plantea en el fondo.
La cuestión no es intrascendente. Se trata, para mí, de la más importante en el plano personal: la necesidad de un planteamiento no excluyente del judaísmo por parte del cristianismo, o, dicho de otro modo, la plena aceptación de las raíces judías del cristianismo.
Pienso que esta es para Benedicto XVI una cuestión abierta y que él es muy consciente de que todavía hay mucho que hacer para allanar el camino que pueda llevar a esa reconciliación. Después de su discurso en Polonia fue duramente criticado por el Rabino de Roma. Al Papa le afectaron esas críticas. Al poco tiempo el Rabino suavizó sus palabras pero el Papa no se quedó del todo tranquilo. Puede que reconociese un fondo de verdad en quienes opinaron que debía de haber ido más lejos en un planteamiento como el suyo que nace de un deseo de auténtica catársis.
La gran cuestión, que por supuesto no se puede reducir a unas pocas ideas y que no puedo siquiera resumir aquí, no es otra que la que se enuncia al comienzo del libro citado: "¿Deriva esta enemistad de la fe los cristianos, de la esencia del cristianismo, de modo que, para que pueda darse una verdadera reconciliación, haya que apartarse de este núcleo y renegar del contenido central del cristianismo?"
Se me ocurren unas cuantas cosas: para los que no están en el ajo de los tecnicismos filosóficos y teológicos os diré que la expresión "esencia del cristianismo" la toma el Papa del libro de un teólogo italo-alemán que se se llamaba Romano Guardini, cuya vida y obra son para él una referencia. Pero, por eso mismo resulta paradójico que la traiga aquí a colación: ambos saben que el cristianismo no tiene una esencia sino que su núcleo duro es una persona viva en una relación trinitaria. Una persona que como es bien sabido era judío, descendiente directo de los reyes y patriarcas de Israel (cf. el inicio del Evangelio según Mateo) y, al mismo tiempo, "encarnación del Verbo" (cf. el inicio del Evangelio según Juan).
He dedicado siete años a escribir un libro sobre esta cuestión que espero que aparezca pronto publicado y que se titulará Apocalipsis secundum Kafka. Es tan sólo un inicio, un intento de dar vueltas a algo que me obsesiona. Como ha obsesionado antes a Heidegger (cuyo principal error vital fue su aceptar que Auschwitz era lo Innombrable) y a Celan y a Rothko (que se suicidaron porque no pudieron entenderlo por más que lo intentaron), o por supuesto a Kafka (que lo vio todo por adelantado).
Creo honestamente que la cuestión obsesiona también al Papa hasta el punto de que no le deja respirar. Hay que llevar ese peso con él. Estoy convencido de que tiene todavía mucho que decir al respecto y deseo con todo mi corazón que el Espíritu Santo le inspire con un viento suave que limpie las cenizas de una historia muy oscura.

martes, 25 de marzo de 2008

Sin destino de Imre Kertész

He visto que en el videoclub ha aparecido ya la película Sin destino de Lajos Koltai. Es una adaptación de la novela del mismo nombre del Premio Nobel húngaro Imre Kertész. En ambas historias se cuenta el paso de un niño de catorce años por los campos de concentración de Auschwitz y Büchenbald. Nunca he leído una novela (o testimonio) sobre esos hechos que me haya impresionado tan hondamente. Cuando Paula y yo vimos la película, prácticamente solos en un minicine cercano a la estación de Chamartín en Madrid, nos pasamos todo el tiempo cogidos de la mano y conteniendo las lágrimas. En este caso, las dos, la novela y la película son extraordinarias, cada una a su manera. Kertesz ha insistido siempre en que se trata propiamente de una novela pero no ha negado que en ella se cuente con pelos y señales lo esencial de su experiencia en el Läger.
La novela empieza con la despedida del protagonista (György) de su padre. Ha sido obligado a la deportación por el gobierno colaboracionista de los nazis. Su crimen: ser judío. Imaginaros: hoy, hijo, no vayas a la escuela, ven al almacen de maderas. Debo irme por un tiempo y debo dejar arreglados el mayor número de asuntos. Te necesito.
Es el primer gran golpe de la vida de György. Uno, tan enorme, que quizás nada será igual después. El autor ha dedicado un libro entero a la paternidad en este mundo. A la de su padre y a la que él nunca fue capaz de vivir. Se llama el Kaddish por el hijo no nacido y es una larga meditación sobre su destino de víctima en la Shoah.
Después él mismo es deportado. Empieza una vida nueva. Sobrevive milagrosamente cuando se encuentra al borde mismo de la muerte. Llega a ser apilado en las montañas de cadáveres que después pintó el esloveno Zoran Music. Alguien se percata de que respira y es extraído de la muerte. Casi una resurreción.
El final es impresionante. Vuelve a casa por instinto. Como los perros, dice. Y entonces pronuncia interiormente un epílogo que está entre las oraciones más bellas que yo haya leído jamás. Acaba hablando de la felicidad que tuvo por momentos en los campos de concentración: "Incluso allá había habido, al lado de las chimeneas, entre las torturas, en los intervalos de las torturas, algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los horrores, cuando para mí esa era la experiencia que más recordaba".
Tuve ocasión hace unos meses de cenar con Imre Kertesz en Barcelona. Además de su mujer, estábamos tres amigos. Enseguida nos dimos cuenta de que nos hallábamos ante un alma grande.