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miércoles, 16 de mayo de 2012

Carlos Fuentes (1928-2012)


Anoche la pasé leyendo a Carlos Fuentes. No escogí sus novelas cortas o largas, ni sus cuentos, tampoco sus ensayos en los que tanto he aprendido (no he leído nada mejor sobre el Quijote que su Cervantes o la crítica de la lectura, del que no me separo nunca). Fuentes tenía un instinto literario innato que pulió con fiereza durante siete largas décadas de un trabajo constante e ilusionado. Era otro de esos escritores "formados", que son los que más admiro (quitando al puñado de talentos sobrenaturales que cada generación escupe con mesura, a pesar de lo cual ninguna época ha conseguido nunca digerirlos) porque suelen ser grandes maestros en el arte de la lectura que los ha conformado y porque a fin de cuentas acaban siendo los que menos tonterías pronuncian por término medio. La lista es larga y evidente y cualquier lector de este blog sabe perfectamente a que autores me refiero. No, por tanto, no leí al Fuentes más conocido, del que él mismo se sirvió para construirse una imagen de intelectual tan brillante como poderoso, de crítico político afilado y demoledor, de hombre que sabía estar un día con los teólogos de la liberación y al otro fumando un puro en la Casa Blanca, de polemista, de autor cosmoplita, de peregrino en hotel de cinco estrellas, Fuentes el deslumbrante promotor de sí mismo. No me interesaba esa dura máscara de Carlos Fuentes, entre otras cosas porque era falsa, como bien sabían los amigos que le trataban de cerca y que habían experimentado sus más auténticas virtudes entre las que, por lo que me cuentan, destacaba su generosidad con los demás (especialmente con los jóvenes escritores), su valentía, su deseo de autenticidad (en el bien entendido de que desde luego era, a Dios gracias, una personalidad sumamente compleja). Opté a sabiendas por dar vida en mi lectura nocturna al Fuentes íntimo, al más personal y directo, al que escribió un bellísimo libro que se titula, como aquellos testimonios que tanto gustaron a una generación de novelistas franceses, En esto creo (Seix Barral, 2002). El libro se lo dedica a su hijo Carlos Fuentes Lemus, fallecido trágicamente en 1999. Animo al lector a leer la voz Hijos en este alfabeto literario y sobre todo vital, o la voz Muerte, en la que resuena de nuevo la muerte de sus seres más queridos y podrá comprobar, tal vez con lágrimas en los ojos, la capacidad de ternura, de profundidad, de humanidad que Carlos Fuentes era capaz de desplegar. En un momento dado escribe que desconoce si Cristo había venido a resucitar a los muertos pero que en cambio creía con toda la fuerza de una fe que el Hijo de Dios había venido a resucitar a los vivos (cf. p. 153). No creo que Jesús le desmintiera en esa convicción que aúna más de un concepto considerado por muchos irreconciliable. La felicidad aquí, la felicidad ahora, aún en medio de los más terribles sufrimientos físicos o morales, antesala y cifra (metáfora le gustaba decir a él) de cualquier forma de trascendencia. Fuentes, que creía también en la palabra, para la que trabajó, a la que servía con una diligencia absoluta, escribió esta frase genial que hubiera entusiasmado a Joyce: "Después de todo, hay treinta fantasmas detrás de cada individuo". La palabra para exorcizar el mal, para recordar a los que tenemos por detrás mirando por encima de nuestro hombro, invisibles pero presentes, la palabra para dar nueva vida a lo que ya no está de la manera en la que antes sí estaba. Ésa era para Fuentes la tarea primaria del escritor. E incluso del hombre, antes que nada. Sólo desde esa conciencia verbal agudizada podía una obra literaria alcanzar la densidad necesaria para convertirse en una tarea que apuntara a la verdad y a la belleza.

lunes, 26 de marzo de 2012

Tabucchi (in memoriam)

Esta bella historia de amor, como tantas otras, comenzó en La Gare de Lyonn. Un estudiante italiano, Antonio, esmirriado, de izquierdas, nacido en 1943 en Vecchiano, un poco más de veinte años, compra en un bouquiniste un libro en francés de un autor desconocido que se titula Bureau de tabac. Los efectos no nocivos del tabaco: aquella lectura orientó su vida. Es el lenguaje el que nos imanta. Antonio decide aprender el idioma de Pessoa y poner rumbo sudoeste, rumbo a Portugal. Desde entonces no para de dar vueltas a uno de los genios del siglo XX, el poeta Fernando Pessoa, lo ha traducido e interpretado, con especial acierto en lo que se refiere a la "heteronimia" pessoana, lo ha reescrito en fábulas extraordinarias como "Los últimos tres días de Fernando Pessoa" y, sobre todo, se ha inspirado en él, en las grietas que abrió su poética, se ha alumbrado con su luz blanquecina y un tanto mortuoria. Antonio Tabucchi ha muerto en Lisboa, no debía de ser de otra forma, antes de cumplir los setenta, profundamente revuelto con su país y con sus gobernantes, con un mundo actual que comprendía pero que no aceptaba plenamente. Tenía un lado político Tabucchi, legítimo cuando no obligado, para mí el menos interesante porque pienso que no estaba bien mesurado, escondía demasiados blancos y negros, aunque esos excesos no influyeron en la realización de esa extraordinaria fábula política que es Sostiene Pereira. Una testiomianza. Tabucchi fue un gran fabulador. Escribió una docena de buenas historias: Dama de Porto Pim, Nocturno hindú, Pequeños equívocos sin importancia, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, etc. Pero creo que será recordado como el mejor lector de Pessoa, aunque no se trate, todo lo contrario, de cosas incompatibles. Italia, Francia, Portugal, España… Tabucchi vino mucho por aquí, al principio de la mano del gran italianista Pedro Luis Ladrón de Guevara que editó uno de sus más grandes libros, Un baúl lleno de gente (Huerga & Fierro, 1997). Tabucchi fue un escritor europeo.

martes, 13 de marzo de 2012

Trabajos forzados (Daria Galateria)

Daria Galateria pertenece a ese sinfín de escritores italianos enamorados de Francia. Durante siglos los autores europeos (de Montaigne a Goethe y a Byron, de Szentkuthi a Stendhal o a Keats) pasaban por los estados italianos de forma religiosamente obligatoria. En el siglo XX en cambio, el camino ha sido más bien el inverso. Italo Calvino, Tabucchi, Sciascia o Magris compraron casa en París, y la lista de afrancesados italianos equivale a la de sus mejores poetas, narradores y cultivadores del ensayo: Lampedusa, Savinio, Spaziani, Montale, Lampedusa, Giovanni Macchia, Calasso, Benedetta Craveri, todos han dedicado la parte del león en su obra a invitar a los demás a asomarse a las grandiosas letras francesas. También es el caso de Daria Galateria. Sus trabajos sobre André Breton, sobre el Gran Siglo, sobre Port-Royal y sobre la Revolución de 1789 son sencillamente extraordinarias. Impedimenta (2012) ofrece ahora un libro, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, en el que podemos apreciar sus mejores cualidades como ensayista. El volumen contiene veinticuatro retratos de escritores (nueve de ellos franceses) escritos desde el punto de vista de su paso por los trabajos no literarios que mantuvieron, o con los que se mantuvieron. La primera nota que caracteriza estos textos es la brevedad. Las vidas breves o mínimas es en sí mismo un género cultivado desde la antigüedad por espíritus tan refinados como Aubry o Schwob, un género que personalmente me apasiona. En unos pocos trazos, desde un punto de vista imaginario o real, el autor presenta una vida entera, la resume y le otorga un sentido. La perspectiva adoptada por Galateria es acertada para ese fin literario: el trabajo alimenticio puede redimir y rehacer una vida, es ahí donde los escritores son de manera más eminente ese "nadie" que se esconde detrás de un verdadero escritor. Daria Galateria ha ido más lejos de esa perspectiva, rozando al paso de las meras informaciones momentos cruciales de la vida de los autores: sea del Chatwin que nunca se dejó atrapar por las excepcionales cualidades físicas e intelectuales que le adornaban y que hacían descollar donde quiera que se encontrase, del Claudel que era capaz de caer casi en el delito por favorecer al amor de su vida, del Hrabal que se abre paso en medio de la experiencia totalitaria y sale no sólo indemne sino cada vez más libre y fuerte, etc, etc. Cada retrato es una pequeña obra de arte. La mirada oblicua, la sabiduría que le lleva a evitar conclusiones fáciles, el estilo y la forma de mirar, en dos palabras. Gran libro. Quizás uno de los últimos trabajos, como traductor, del recordado Félix Romeo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

F.P.O.

Ha muerto hace dos semanas escasas Fernando Pérez Ollo (F.P.O). Yo (que soy extraterritorial y jamás leo un periódico local) me enteré ayer. ¿Era mi amigo? Con Fernando nunca se sabía, nunca se podía dar nada por supuesto. Y conmigo tampoco, la verdad, de modo que nos habíamos juntado el hambre con las ganas de comer. Simone Weil decía que la distancia era el alma de la bondad y pocas veces lo he visto encarnado como en mi relación amistosa desde luego con Fernando. Durante años, y no exagero un pelo, coincidimos a diario ( eso de la una de la tarde) en El Parnasillo y he aquí una lista incompleta de las cosas que compartimos: la lectura de autores como Artemidoro, Sidonio Apolinar y Sinesio de Cirene, el piano romántico (nos fascinaba a los dos el último Beethoven y él me descubrió al pianista ruso Sokolov, en el genio alemán y en Brahms o en Schuman; yo le apunté el Liszt de Volodos), compartimos nuestros descubrimientos acerca de un personaje tan fascinante como María Luisa Elío, la lectura admirada de todo Caro Baroja y del último Tony Judt, las visiones abiertas sobre la política y sobre España, la pasión por las interpretaciones del Libro… Fernando tenía el gran estilo, el que que te está diciendo con su distancia nada desdeñosa que no le preguntes más de la cuenta porque "la cosa te concierne sólo a ti". Era un maestro y yo he aprendido muchas cosas de él. Dejaba espacio y su amada Pamplona será mucho más pobre sin alguien como él. Un día me lo encontré en plenos San Fermines. Me dijo que eran los únicos días en los que la ciudad parecía una ciudad. Él la amaba cada día, como amaba a Navarra y al mundo entero: su curiosidad era literalmente universal. He sentido su muerte como algo personal. Debe de ser que sí era mi amigo mío. Hasta eso lo dejó en suspenso…

martes, 25 de octubre de 2011

Cristina Campo en Revisiones 06


Me satisface enormemente anunciar que en el último número de Revisiones, en el 06, hay una traducción de la Elegía de Portland Road (1958) de Cristina Campo, dedicada a contemplar la última estancia de Simone Weil en dicha calle londinense. María Pertile, con ayuda de Pepa Balsach han realizado una espléndida versión del poema, y María ha introducido la figura de Cristina Campo en un artículo precioso. Hay muchas más cosas en el número: Jean Clair, Alice Munro, Jiménez Lozano, Peter Zumthor, Robert Motherwell, Agustina Bessa-Luis, Borys Groys escriben en él o son objeto de un artículo monográfico. El número cuenta además con una traducción de Tres muertes de Tolstoi a cargo de Selma Ancira (en el centenario de la muerte del escritor ruso) y con un año entero en exclusiva del diario del escritor portugués Joao Bigotte Chorao.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Dimitrijevic, Maurice Nadeau y Annemarie Schwarzenbach


Hace pocos días me enteré de la muerte de Vladimir Dimitrijevic. El creador de las ediciones L´Àge d´Homme, una de las más editoriales realmente europeas que quedan en pie. Dimitrijevic era un escritor tan grande que no le importó dedicarse a publicar a los demás, empezando, siguiendo y terminando por los clásicos (especialmente los del Este de Europa) estuviesen vivos o no. Me imagino que su recibimiento en el más allá habrá sido de campeonato. Me imagino la cerrada ovación a la que me sumo. Otro clásico de la edición, Maurice Nadeau (en la foto de Di Marco), el editor de La Quinzaine Littéraire, ha presentado recién el libro de Annemarie Schwarzenbach de su colección Voyager avec… Me apasiona esta colección. Hay cada joya… (Sôseki por ejemplo, o Maspero o Larbaud o Magris). Sueño con ver en esa colección, tan bien editada, tan atinada y completa un Vila-Matas y un Pla, para mí los dos grandes viajeros literarios españoles (con Azorín) de la modernidad. El volumen de la Schwarzenbach, autora que me resulta cada día más fascinante, me deja con la boca abierta. Ahí están sus textos más occidentales (Minúscula ha editado con primor los viajes a Oriente). Ahora puedo leer Estados Unidos, Francia, Austria, Portugal y España. Para mí sorpresa el viaje español que se recoge es un viaje a Pamplona.

viernes, 22 de julio de 2011

Lucien Freud (1922-2011)

¡Apartaos, el olor de la pintura es insano!
Rembrandt

Lucien Freud ha muerto en Londres a los 88 años de edad. Freud aparecía en este comienzo de siglo como un ancla con las distintas tradiciones clásicas y modernas y estaba reconocido universalmente como el gran testigo del atormentado y artísticamente inigualable siglo XX. Nacido en Berlín en 1922 era nieto de Sigmund Freud que lo llevó con toda la familia a Londres en 1933. Su padre, el hijo menor del famoso psicoanalista, era arquitecto y pintor y se había formado en Viena y Berlín, entre la Secesión y la escuela de la Nueva Objetividad. Ambas tendencias reaparecerán vivas en la pintura de su hijo Lucien, que asimiló asimismo no pocas influencias inglesas (desde el realismo de Stanley Spencer hasta todo el mundo insular que cristalizó en la llamada Escuela de Londres a la que perteneció entre otros Francis Bacon). Freud pintó sobre todo el cuerpo humano, de la cabeza a los pies, creando una de las más ricas estructuras de color de toda la historia de la pintura al servicio del reflejo estético de la carne humana a la vez mortal y cambiante, germen de corrupción y de una entrevista inmortalidad.

sábado, 30 de abril de 2011

Ernesto Sábato (1911-2011)

"Sólo existió un ser que entendió mi pintura. Mientras tanto, estos cuadros deben de confirmarlos cada vez más en su estúpido punto de vista. Y los muros de este infierno serán, así, cada día más herméticos". Ha muerto el maestro Sábato. Y cuánto lo siento. Cuando muere un hombre así el mundo se empobrece tanto. Como muestran las palabras finales de El túnel, sábatos había al menos dos: el diurno (autor de ensayos como El escritor y sus fantasmas o el último Antes del fin) y el novelista oscuro, nocturno, casi casi negro. El de Abbadon y Sobre héroes y tumbas. El gran mito que exploró (como hicieron tantos otros antes al surgir las letras y lo después harán mientras el arte siga formando parte de la vida de los hombres) es el de la ceguera. Corran y lean si no el Informe sobre ciegos. En la foto de Danilo di Marco aparece en su casa junto a sus pinturas goyescas. Así me gusta imaginarlo. Charlando no más. Acogedor, tranquilo, pero consciente como el que más de la inmensa estupidez del mundo.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Don José Orlandis (1918-2010)

Ha muerto en Mallorca, en la víspera de la Navidad de 2010, a la edad de noventa y dos años, Don José Orlandis. Tengo la inmensa suerte de haberle conocido, de haber hablado muchas horas con él, y de poder contarme entre sus amigos. Guardo como oro en paño una docena de cartas suyas. Nos separaba medio siglo (con todo lo que eso significa), pero nos unían cosas que están más allá del tiempo. Me ayudó en varios de mis libros, a fondo, como hacía él las cosas, me leyó, me corrigió. Por supuesto yo le leí mucho más a él, especialmente todo lo que escribió sobre la génesis y el desarrollo de la España visigótica; he de confesar que tenía por su persona y por sus escritos (cuyos planteamientos no siempre comparto) un respeto reverencial. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que, de alguna forma, aún desde la discrepancia, los aceptaba acríticamente. Me parecía alguien tocado por algo especial, algo que poca gente tiene y que después él cultivó hasta la extenuación. Es una mezcla de bondad, de experiencia, de moderación, de sabiduría, en una palabra. Un ejemplo, tonto quizás. Un día le confesé que estaba harto de Pamplona. Me parecía pequeña, chata, aburrida. Le explicaba, con entusiasmo, que deseaba vivir en Nueva York, en París o en Berlín, y que estaba haciendo planes para irme. Me miró con verdadero amor paterno. Con su voz entrecortada, me dijo: "Álvaro, te entiendo muy bien, si te vas yo iré a verte con mucho gusto, pero también te digo que, para un cristiano, cualquier ciudad es buena". No se me ha olvidado esa afirmación. Don José conocía el siglo XX como pocos. Lo había vivido (y escrito) en gran parte, había tratado a muchos de sus protagonistas, lo había estudiado, sondeado, contrastado con el pasado, con la tradición en la que vivía con toda naturalidad. Nunca le oí hablar mal de nadie. Lo suyo era comprender y, siempre que podía, amar. Con distancia. Como los artistas, pero amar al fin y al cabo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Enrique Morente (1942-2010)

Hoy el mundo es más pobre.
Ha muerto el maestro.
Me dicen que su hija Estrella (que aparece como un ángel al final de este audio) llevaba días a su vera, cantándole nanas al oído.
Descanse en paz.
¡Qué grande, qué grande, Enrique Morente!


Valentín García Yebra (1917-2010)

Para entendernos bien, debemos saber el nombre de las cosas y llamar a cada cosa por su nombre. Pero el habitante de la ciudad suele desconocer –en España, no tanto en otros países– el nombre de las cosas del campo. ¿Y cómo se puede conocer de veras aquello cuyo nombre se desconoce? ¿Cómo se puede amar sin saber el nombre de lo que se ama? La necesidad radical de nombrar se manifiesta ya en el relato bíblico (Génesis, I, 19): "Yahvé Dios, habiendo formado de tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, las llevó ante Adán para que viera cómo las llamaría… Y Adán dio nombre a todos los animales, a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo". No se dice que diese nombre también a los vegetales. Quizás dejó esa tarea para sus descendientes. En cualquier caso, es bueno aprender, y aprender bien, el nombre de las plantas.

P.S. De El buen uso de las palabras (Gredos, 2003)

jueves, 17 de junio de 2010

Louise Bourgeois (1911-2010)

-Dime, por favor, ¿cómo son unos ojos bonitos? ¿Es la mirada? A mi los ojos nunca me han parecido bonitos (Franz Kafka)

En mi escultura, lo que trato de buscar no es una imagen ni tampoco una idea.
Mi objetivo es re-vivir una emoción pasada. Mi arte es un exorcismo, y la belleza es algo de lo que nunca hablo.
Mi escultura me permite re-experimentar el miedo, concederle una entidad física, de tal modo que soy capaz de eliminarlo. En mi escultura actual digo lo que no pude hacer en el pasado. Me permite re-experimentar el pasado, ver el pasado en sus proporciones objetivas y realistas.
El miedo es un estado pasivo, y el propósito es permanecer activo y tomar el control, estar vivo aquí y ahora. El movimiento va desde lo pasivo hasta lo activo, ya que si el presente no anula el pasado, no es posible que podamos vivir.
Puesto que los miedos del pasado se conectan con las funciones del cuerpo, éstos re-aparecen a través del mismo cuerpo. Para mí la escultura es el cuerpo. Mi cuerpo es mi escultura (Louise Bourgoise)

El imitador ha de procurar ser parecido, no igual, y el parecido ha de ser no como el que hay entre el original y la copia, que cuanto más se le asemeje más es de alabar, sino como el que hay entre padre e hijo. Entre ellos, aunque exista mucha diversidad en el aspecto, hay siempre cierta sombra, lo que nuestros pintores llamaban "aire", que se revela sobre todo en el rostro y en los ojos, que es como una semejanza que nos hace, así que vemos al hijo, recordemos al padre, aunque si después procedemos a un examen detallado se nos muestre diverso; pero hay algo entre ellos oculto que produce tal efecto (Francesco Petrarca)

Título de la escultura: Cell: Eyes & Mirrors (1989-1993)

martes, 15 de junio de 2010

Avigdor Arikha (1929-2010)




La pintura de Arikha, sea el interior de una biblioteca, sea la vista desde una ventana, nos hace sumergirnos inmediatamente en el seno de lo visible, según ese entramado vivo y cálido que vemos al instante cuando entramos en un cuarto. La superficie de la tela se organiza de acuerdo a las leyes propias de la pintura, pero jamás rehusa la obediencia a la realidad visible.

Jean Clair, en Autoportrait au visage absente.

sábado, 30 de enero de 2010

J.D. Salinger (1919-2010)

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es donde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero, porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de mi vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquilloso no hay quien le gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Solo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D. B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. Él será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizás el mes próximo…


P.S. Ayer, un viejo amigo me dio la noticia, como suele hacerlo él, con un sms en el que decía: "Hoy somos más Holden que nunca. ¿Verdad? Un abrazo, P." Pues sí, yo al menos (y él también, desde luego). Sigo pensando que, en cierto sentido, nuestra vida vale por aquello en lo que no nos hemos mimetizado con el status quo. No voy a hacer tragar a nadie la idea de que soy un marginal, o cosa así. Me conformo con no haberme asimilado del todo al sistema, a ningún sistema. Y menos que a ninguno al consumista/materialista/golfista (de golf, me refiero), y yo añadiría, como la cuarta peste apocalíptica, masculino. ¿Adolescencia eterna? ¿complejo de peterpan? Pues bienvenido sea, si nos otorga un gramo más de independencia y de libertad interior. En fin, neuras mías. ¡Salinger ha muerto! ¡Viva Salinger!, vivan sus libros, llenos de verdad, de humor, de causticidad, de ternura. Ahora, al recopiar esa primera página de su novela más conocida (he preferido hacerlo), me he dado cuenta de que el tan traído tema de su aislamiento (¿era tan difícil dejarle en paz y vivir cada uno su propia vida, sin meterse para nada en la de los demás?) ya estaba más que aludido ahí. Así ocurre siempre con los mejores escritores, pero es que hay que aprender a leer; yo el primero.

lunes, 11 de enero de 2010

Eric Rhomer

Hoy ha muerto, a la edad de ochenta y nueve años, Eric Rhomer. He visto toda su obra. Varias veces. Y la volveré a ver, no una sino muchas veces más. Ya explicaré por qué. Ahora no puedo hablar. Su muerte, como la de Bergman, me afecta en lo más profundo de mi ser; tampoco entonces pude hablar de ese hecho. Lo que sé es que me siento un poco más solo desde que me lo han dicho. Era un gran hombre, y un gran artista. Sabía, quizás como nadie, contar la historia de un alma, con todos los cambios sutiles que se van produciendo en el ánimo de alguien, según va pasando el tiempo, los encuentros, las circunstancias. Era magnífico y delicado. Con el tiempo, se fue interesando, casi de manera exclusiva, por personajes femeninos. A mí eso no me extraña.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Notas para un diario 149

"¿Qué es un parecido? Las personas, al morir, dejan atrás, para quienes les conocieron, un vacío, un espacio; ese espacio tiene contornos y es diferente en cada muerte. Dicho espacio, con sus contornos, es el parecido de la persona y es lo que busca el artista cuando retrata a una persona viva. Un parecido es algo que se deja atrás sin ser visto" (John Berger, Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible)
A la misma hora, de antes de ayer, a la que llegaba a Madrid, moría mi amiga Adriana. Después de años de luchar contra el cáncer (esta metáfora, tópica, siempre me ha parecido falsa, pero no voy ahora a detenerme en porqué lo es), de tratamientos, de esperanzas frustradas, de dolor, también de aceptación de los hechos (Adriana era literalmente una persona de fe), se moría en Madrid, rodeada de su marido y de sus cuatro hijos, de su madre y de sus hermanos. Yo no llegué a verla en los últimos días. Nos habíamos despedido, sin decirlo, hace tiempo. Por otra parte, no tengo ni la menor sospecha de que las cosas se hayan terminado antes de ayer, con su muerte. No es así, ni mucho menos.
Como ocurre con frecuencia, en las grandes amistades, hay altos y bajos. Y éstos, a su vez, pueden ser de dos tipos: o de trato, o de fondo. Con Adriana hubo altibajos en el trato, pero nunca en el fondo. Años de intensa convivencia, en un momento muy importante de nuestras vidas (un momento que coincidió con los nacimientos y los primeros años de nuestros respectivos hijos), de los que me acuerdo demasiado bien, con todos los detalles incluidos, hicieron que esa amistad fuera profunda e indestructible en más de un sentido. Nos entendíamos muy bien, a la primera, y nos apreciábamos mutuamente. Recuerdo especialmente su llamada la mañana en la que murió mi madre, y todo lo que me dijo (ella estaba ya enferma).
No se me ocurre un modo mejor de entrar en el Misterio de la Navidad, un misterio de vida y de muerte, de muerte para la vida. Ave verum corpus, realmente tenía un cuerpo, un cuerpo dispuesto al sacrificio y al dolor, pero también al gozo y a la resurrección. Así es nuestra fe, la que compartía con Adriana, la que le habrá llevado, como una barca de oro, al encuentro de amor con el Padre.
Ayer, en el entierro, hubo un momento, después de que las oraciones y de que las palas comenzaran a echar tierra sobre su tumba, cuando ya nos volvíamos hacia los coches, en el que los cuatro hijos de Adriana se abrazaron, los cuatro, camino del coche que les esperaba en la entrada del camposanto. Iban andando deprisa, llorando los cuatro, pero fuertemente entrelazados y unidos por los hombros. A veces caminábamos así en el colegio, con el corazón ligero. Ayer, a esos niños (Andrea, Luis, Paula y Beatríz), el corazón seguro que les pesaba una tonelada. Todos se parecen de un modo u otro a sus padres, y lo que es mucho más importante, porque es interno, misterioso e indescifrable, se parecen al amor de sus padres. Sobre todo en ese gesto de afecto y de ternura que se prodigaron ayer, a la vista de todos cuantos les acompañábamos. Un parecido es algo que se deja atrás, sin ser visto. Es el parecido de Adriana.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009)

Ha muerto ayer, con poco menos de cien años, el poeta Muñoz Rojas. "En un lugar cualquiera/, en este jardín mismo. En lo eterno de un beso/, en una hora cualquiera, noche y día/El cómo, dejárselo al momento…". Borges decía que un escritor acomete en vida dos obras: la escrita y su imagen propia, la persona que aparece ante los demás, pero que ambas están estrechamente vinculadas. Empezaré por ésta última: Muñoz Rojas pertenecía a la inexistente/necesaria tercera España (Un puente entre las dos Españas, titula hoy El País la cobertura de la noticia de su muerte), la que no es cainita, la de la conocordia, la cultura y la gran tradición espiritual y cívica. Hombre entre el 27/36, católico, ilustrado, promotor de la cultura al frente de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del antiguo Banco Urquijo de Don José Lladó (fueron los que editaron y sostuvieron a Xavier Zubiri), dejó al mismo tiempo una obra amplia, clara y plena de sutilezas. Traductor de Eliot (al que conoció personalmente) y de Hopkins (al que personalmente veneraba), afanado con el presente, con el ánimo humano y con la estabilidad divina, nada mejor que un poema suyo, cualquiera, para devolvérnoslo todo entero:
Hay palabras que se unen y crean.
Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son Silencio y Soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Ted Kennedy


De todo lo que he leído a la muerte del Senador Edward Kennedy, ha sido este pequeño artículo de Mónica Fernández-Aceytuno el que más me ha interesado.
La casa
Siempre había querido conocer la casa de los Kennedy en Hyannis.
Veía las fotos y me preguntaba en qué lugar se podía sonreír de esa manera. En realidad, de la casa, se veía muy poco, un porche muy grande, y el océano ahí mismo como si la casa estuviera enclavada y clavada en la arena. De hecho, según vas llegando desde Plymouth hay arena en la carretera recién traída por el viento, y ya en Hyannis Port se diría que está a punto de cerrarse el camino.
Sin embargo las casas están abiertas a las miradas, y ese poder verlas al completo es quizás lo que las vuelve, en su aparente vulnerabilidad, más hermosas. Eso no quiere decir que no estén rodeadas de árboles, porque lo más valioso de Cape Cod es precisamente eso: el bosque más silvestre y el océano más salvaje unidos, y las casas por el medio en las dunas.
La casa de los Kennedy, aún no lo he escrito, es completamente blanca. Está hecha como con tablones muy anchos, quizás del robledal que hay detrás de ella. Al lado tiene unos cuantos vecinos, cosa que no esperaba, y de frente la playa privada. Porque aquí las casas tienen su propia playa. Y así, según vas leyendo los letreros que te impiden darte un baño, te das cuenta de que en cada uno de ellos figura el apellido de una familia, propietaria feliz de la arena y de las olas.
Teniendo eso, ¿para qué hacer pretenciosa la casa? Y así la casa de los Kennedy, aun siendo grande, como si hubiera ido creciendo con el tiempo, asombra por su sencillez, que hasta la chimenea de piedra está pintada de blanco, como para quitarle importancia. Las ventanas de guillotina son de un gris muy discreto, y el tejado tiene una ligera curva al final, y delante un arce sobre el que ondeaba la bandera americana a media asta, y después el horizonte.
De la casa de los Kennedy lo que vale es el lugar, y la vida que pusieron a lo largo de los años en ella (5-9-2009)

sábado, 8 de agosto de 2009

María Luisa Elío

Ayer, tras la corrida de toros, ya en la cena en Achtall, me entero de que ha muerto en México, hace apenas dos semanas, María Luisa Elío. Et in arcadia, ego. He querido ir al Diario de Navarra, pensando que Fernando Pérez Ollo habría escrito una necrológica. Por ahora, ha redactado personalmente la noticia, lo que ya es bastante. Fernando fue quien me introdujo en el mundo de los Elío, y creo que es la persona más fiable para ofrecer los datos de la vida y la muerte de María Luisa. Lo hace escuetamente: El pasado 17 de julio murió en Coyoacán, Ciudad de México, María Luisa Elío Bernal, pamplonesa y destacada figura de las letras y el cine mexicano. María Luisa Elío nació en la calle Arrieta el 17 de agosto de 1926, tercera hija de Luis Elío Torres, abogado, de aristocrática familia navarra, y de Carmen Bernal López de Lago, murciana de Mazarrón. Proclamada la República, Luis Elío fue juez municipal y presidente de un Comité Paritario. En julio de 1936 Luis Elío fue detenido en su casa, ante su mujer e hijas, pero logró escapar de la comisaría y pasó el trienio de la guerra oculto gracias a personas de filiación carlista. Pasó a Francia, y luego ya con su familia, a México. María Luisa, que estudió teatro, casó con Josemí García Ascot, también hijo de exiliados y cineasta. Con él rodó El balcón vacío, bello corto basado en un texto de la pamplonesa. La escritora viajó a su ciudad natal, muerto ya su padre, y reflejó la experiencia en Tiempo de llorar (México, 1988), cuya primera frase es definitiva: "Y ahora me doy cuenta que regresar es irse". A María Luisa Elío dedicó Gabriel García Márquez su obra maestra, Cien años de soledad. Son los datos principales, el armazón externo de una vida. Tiempo habrá de rellenarlos. Ahora es otro tiempo de llorar por la muerte de María Luisa. 
(La foto pertenece al rodaje en México de El balcón vacío. María Luisa, de perfil afilado y ojos abismales, en el plano de la esquina izquierda).

lunes, 3 de agosto de 2009

Leszek Kolakowski (1927-2009)

El pasado día 17 de julio ha muerto en Oxford, Inglaterra, uno de los grandes filósofos del siglo XX: Leszek Kolakowski. Polaco, marxista inicialmente, liberal, occidental, después, católico siempre, Kolakowski representa, acaso como nadie, la tragedia del humanista europeo del siglo pasado, su travesía en el oscuro bosque ideológico de una centuria vertigionosa. Yo he leído, con fruición, a un Kolakowski, no el más conocido y apreciado, el de los tres tomos de Las grandes corrientes del marxismo (quizás lo lea el verano que viene, éste estoy metido de lleno en el Ulises de Joyce), sino el del historiador de las ideas religiosas: sus obras Dios no nos debe nada (en el que estudia las polémicas sobre la Gracia en el Gran Siglo francés, o sea Port-Royal), y su enciclopédico Cristianos sin Iglesia (un tocho que me ha servido de almohada en no pocas ocasiones), pero también el Horror Metaphysicus, La presencia del mito, Las conversaciones con el diablo, en aquellas viejas (venerables) ediciones de Amorrortu y de Monte Ávila (Chávez, gañán, sal huyendo, y llévate a toda la tropa de tiranezuelos, incluido a Zelaya, la razón y la historia no van a dejar de vosotros ni las raspas).
Tuve la inmensa suerte de conocer personalmente a Kolakowski. En Gerona. Durante una semana asistí a las lecciones magistrales que dictó en la Cátedra Ferrater Mora, hace ya algunos años. Fueron diez lecciones inolvidables: sobre la libertad, sobre el juicio (intelectual), sobre la responsabilidad, sobre el marxismo, etc. Diez grandes tópicos revisitados cada uno en una hora y media de discurso. Estábamos pocos. Una docena larga, creo recordar. Yo no me lo creía. Aquello ha sido uno de los grandes regalos de mi vida. Pasar una semana escuchando a un genio, en aquella Facultad de Letras, en pleno barrio judío, era para no creérselo. Guardo un moleshkine entero con las notas tomadas aquellos días, pero desgraciadamente no lo tengo a mano. Recuerdo que en algún sitio describí físicamente al viejo profesor. Me recordaba (ver la foto) a una bella figura de Giacometti. No ya delgado sino adelgazándose por momentos, para dejar espacio al resto. Elegante, mordaz en ocasiones (recuerdo sus comentarios tras una visita al Museo Dalí de Figueras), diáfano siempre. Yo no soy filósofo, así que no entendí mucho de lo que iba diciendo. Pero disfruté un montón, y me hubiera quedado un mes a su lado, escuchando, observando, escribiendo, dejando la mente en blanco. Lo había leído sí, sin tener ninguna seguridad de haberle comprendido tampoco en su escritura. Pero me dejó una huella profunda que no sabría muy bien decir en qué ha consistido. Una lección ética supongo, más que nada. El valor de la verdad, siempre. El valor de lo complejo. De la tradición occidental, la de Aristóteles, Platón y Pablo de Tarso. La de los mil años de Edad Media, con Agustín y Boecio a la cabeza. La de los heresiarcas también. La de la Ilustración. Que las cosas hay que repensarlas, sobre todo. Que ya está bien de papanatas intelectuales que no saben de lo que hablan. Que el cristianismo no es un invento de los curas para meternos miedo. Que es un mensaje, una noticia, un evangelio. Así me lo dijo al terminar una clase. Fue una de las últimas. Yo le había formulado una única pregunta. Le dije si, aquellos diez asuntos, no eran otros tantos preambula fidei. Lo dije así, en latín. Me contestó con una media sonrisa y un "supongo". I suppose… Lánguidamente, de una maniera muy inglesa, o muy polaca y delicada. No lo olvido. Después, al final de la clase, cuando pasé a su lado, añadió lo del miedo y la noticia. Entonces fui yo quien sonrió. Nos entendimos con mirarnos. Fue una mirada llena de cariño, o de amor, porqué no decirlo, de amor al prójimo.
Cuando muere un hombre como Kolakowski nuestro mundo es más pobre, aún. Pero yo me consuelo pensando que morir se me hará más leve. Por dos razones que ya están implícitas en lo que acabo de escribir: porque dejaré un mundo empobrecido y, mucho más importante, porque iré a reunirme con él. Así lo espero.