La escritora Valeria Luiselli (1983) ha publicado Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), una novela en la que recrea el paso por la ciudad de Nueva York del poeta Gilberto Owen, perteneciente al importante grupo poético de "Los contemporáneos". Valeria Luiselli ya había confirmado su sabiduría literaria en el ensayo Papeles falsos (Sexto Piso, 2010), en el que partiendo de una investigación sobre la figura del premio Nobel ruso Josif Brodsky, que le lleva hasta su tumba en el cementerio veneciano de San Michele, reconstruye una cartografía de ciudad de México con la ayuda de una poética abierta que le permite conectar entre sí los planos de la realidad más sorprendente. Aquel primer ensayo deslumbró a lectores, a críticos y a editores que se disputaron fieramente su work in progress, más teniendo en cuenta que iba a tener la forma novela. Pero Luiselli no dudó en mantenerse fiel a su editor, Sexto Piso, una casa artesanal con cabeza en Mexico y en Madrid, y el resultado no ha decepcionado a nadie. El trabajo quizás no es lo más comercial del momento: es arriesgado, valiente, azaroso. Del mismo modo que otras compatriotas suyas a las que hay que estar muy muy atentos en los próximos años (Lolita Bosch y Karla Olvera principalmente), Luiselli mantiene una ética que le impide ofrecer a los lectores nada que no sea liebre por gato; de ese territorio vendrá, a mi juicio, lo mejor de la literatura de las próximas décadas. El trazo argumental de Los ingrávidos no es fácil de resumir. Una editora neoyorquina vende la idea falsa de que trabaja en la traducción de un inédito reencontrado de Gilberto Owen. Su voz, estimulante y energética acaba en un fading final. Paralelamente el propio Owen se deja oír para contarnos su paso por el Nueva York del final de los años veinte (el del crack, el de Lorca…). De mil formas ambas voces se entrecruzan, se asustan y se sostienen mutuamente. Manteniendo el sonido de una voz diferente, hecha en parte de palabras ajenas, Luiselli explora en su novela la potencialidad para devolvernos no tanto la figura real de Gilberto Owen cuanto la sombra de lo que el poeta pudo haber sido y escrito. San Agustín hablaba de la memoria del olvido, o sea, del recuerdo de aquello que se nos fue para siempre inalcanzado; Pascal recogió la idea afirmando que su tarea, ante tanto pensamiento olvidado, era escribir tan sólo su imposible recuerdo. Veo a Luiselli en esta misma línea reconstruyendo un libro inexistente (una falsa traducción de Owen) cuya sombra (la oscuridad que todo libro contiene y que va mucho más allá de la literalidad de la escritura) es capaz de hacer un libro de la nada o sobre la nada. Los ingrávidos contiene un libro sobre todo lo que ocurre alrededor de un libro: en ese sentido es un no-libro, algo que no es y que por eso mismo hubiera emocionado a poetas como Jabès, como Valente o porqué no, al mismo Owen.
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martes, 20 de septiembre de 2011
Los ingrávidos (Valeria Luiselli)
«Algunas noches, mi marido y yo escribimos juntos en la sala, espoleados por el whisky, el tabaco y la promesa del sexo de madrugada. Él dice que en realidad escribimos sólo para poder fumar y beber en paz. Llegaremos a la cama después de haber escrito algunos párrafos, excitados como dos desconocidos que se encuentran por primera vez y no se cuentan nada ni exigen explicaciones. La tabula rasa de las páginas, el anonimato que conceden las muchas voces de la escritura.»
domingo, 24 de julio de 2011
Notas para un diario 212
Reaparece José Tomás en la Valencia de Camps. El coso estaba a rebosar de catalanes exiliados para la ocasión. La faena fue digna de verse, con un espectacular revolcón incluido. Tomás es un fuego y el que se acerca a su arte no puede sino arder con él. Con un poco de suerte lo veré este verano en Francia. Ojalá y qué pueda contarlo. Anoche recibo un email de Enrique Vila-Matas con este texto: "Intento inscribir este comentario en tu blog. ¿Lo podrías incluir tú ya que a mí no me deja hacerlo? COMENTARIO: Era pésima esa crítica de Babelia. Gran parte de la crítica española continúa igual que hace 40 años, sin entender nada de lo que tiene talento y se escapa de lo habitual. El libro de Luiselli es buenísimo, una revelación. V-M". Yo aludí muy de pasada hace días a esa crítica absurda y poco profesional pero Enrique, que antes que nada es un lector en el sentido borgiano de la expresión, lo entendió a la primera. Me ha parecido mejor poner el comentario aquí y no en la entrada correspondiente. Estoy completamente de acuerdo con él. Yo no he acabado con mis campanadas luisellianas. Voy lento pero algo más seguro que otros. Además de bueno y revelador, yo añadiría que es un libro con futuro, de tanto pasado como tiene. Cuánto hubiera cambiado la crítica española si se hubiera leído y asimilado hace ya cuarenta años esa joya que es La literatura como tauromaquia. Nunca es tarde para comprender. De paso se puede entender algo de qué va esa cosa rara que llamamos la vida y que, como la carta robada de Poe, la tenemos delante de las narices pero no la vemos ni a tiros.
martes, 19 de julio de 2011
Campanadas por Valeria Luiselli (3)
4. "No importa que la narradora principal sostenga que no se trata de un relato fragmentario, sino de "una novela horizontal, contada verticalmente", como apunta en varias ocasiones. El propio texto lo desmiente…" * ¿Qué es lo que desmiente el texto? A mí, en cambio, me parece que dicha aproximación ("una novela horizontal, contada verticalmente") no sólo es la clave de Los ingrávidos sino que es preciso celebrar que alguien esgrima en una novela hispana una concepción formal y juguetona como ésa. Lusielli ha dicho de sí misma que su vocación, como escritora, es la de ser prosista. O sea la de buscar no tanto el fragmento cuanto la horizontalidad sin picos ni simas en la forma de la narración (las miradas sucesivas desde el subway neoyorquino apuntan decididamente al raso del suelo). Eso es lo que la hace radicalmente moderna (los signos de los tiempos tienen muy poco que ver aquí), emparentándola en su búsqueda con el Baudelaire del poema en prosa o con el Petrarca que sube al Ventoux, primero mira desde la altura del monte y después, casi fortuitamente, se concentra en el íntimo escrito agustiniano. La historia de la literatura se ha escrito así, adoptando una perspectiva formal. Eso es lo que hace grande y prometedor a un intento de escritura. Como ocurre ciertamente con la obra de Luiselli. Rara avis!P.S. La ilustración es de Sonia Pulido.
miércoles, 6 de julio de 2011
Campanadas por Valeria Luiselli (2)
3. A diferencia de la propia Luiselli, Gilberto Owen daba a las coordenadas espaciales un valor que iba más allá de la pura forma: de hecho llegó a pensar (en la novela, claro) que la ceguera homérica "como los castigos y las cataratas, viene desde arriba, sin un propósito o sentido determinable" (70). De modo que la famosa Ley de Owen, que enunció Jorge Cuesta en el retrato que le escribió ("Cuando el aire es homogéneo y casi rígido/y las cosas que envuelve no están/ entremezcladas el paisaje no es un estado de alma/sino un sistema de coordenadas"), más que Ley de Owen fue Ley de Cuesta, porque exigía reprimir las emociones hasta que parecieran suprimidas del todo para que "el juego poético parezca un mero juego de sombras en una campana pneumática" (Owen). Todo este juego entre la forma y la emoción se puede quizás apreciar en algo en la exposición que organiza el Prado: Roma. Naturaleza e ideal (Paisajes 1600-1650). Aquí (y no en los impresionistas de finales del XIX) empezaron a cambiar muchas cosas, cuando los pintores volvieron a atreverse a pintar lo que veían, no lo que sabían. Mira Velázquez en su cuadrito de la Villa Medicis como jugó con la vertical y la horizontal. En materia artística un giro copernicano pero al revés. También me gustaría ver lo que ha hecho Peter Zumthor en Hyde Park, construyendo una galería secreta. ¿Secreta? Mira tú por donde el arte muestra más cuanto más esconde.
sábado, 2 de julio de 2011
Campanadas por Valeria Luiselli
1. En un programa de radio que pude oír por internet, le escuché decir a Valeria Luiselli que el ensayo que ella escribe tenía raíces profundas, que al menos entroncaba con Francesco Petrarca y sus "cartas familiares". No era el hecho de que en una carta el emisor, entre bromas y veras, hablase de esto y lo otro más o menos desordenadamente, ni tampoco el que para escribir una misiva hubiese que adoptar necesariamente y a la vez una perspectiva autobiográfica manteniendo en el punto de mira al interlocutor al que uno se dirige. No. Todo eso por supuesto, lo que llamaba la atención de la escritora era que Petrarca se correspondiera por ejemplo con Marco Tulio Cicerón y que lo hiciera como si ambos están vivos, han compartido cantina y les separa sólo un espacio físico. ¿Es ese el origen del ensayo? Puede ser que ésta mujer, como su soul mate Josif Brodsky, tenga mente de geómetra y entienda mejor que nadie el modo real en que espacio y tiempo nos condicionan. En todo caso, ahí comienza su concepción del ensayo, género que cada vez que aparece debe reinventarse a sí mismo para ser lo que es (no siendo) o lo que no es (siendo).2. En su novela Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), entre los muchos y fértiles planos de la realidad que explora con mano maestra, destacan los ejes de coordenadas alto-bajo, horizontal-vertical. Naturalmente que quedan afectados por la ley de la gravedad, la constancia de que la tierra atrae hacia sí (como la muerte a la vida) cualquier peso con una fuerza proporcional a su masa. Todo parece ser que empezó, según me confesó ella misma, cuando encontró en la correspondencia de Gilberto Owen la confidencia de que cada mañana se pesaba en el metro de Nueva York: el poeta no entendía como podía simultáneamente estar cada día más gordo (tenía unas tetas formidables) y sentir por momentos su propia desaparición física por medio de la ingravidez. Bella, paradójica y fecunda idea germinal para una novela. Algo así debió de entrever (sin acertar a reconocerla) Tabucchi con los cambios de peso de su Pereira.
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