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domingo, 18 de marzo de 2012
Notas para un diario 232
Me resulta emocionante leer, al comienzo de Guerra del 15 de Giani Stuparich (Minúscula, 2012) que los soldados italianos cargaban con libros las mochilas antes de partir al frente. ¿A dónde creían que iban? ¿De excursión boy scout? Iban al infierno, pero hasta ese espacio es más llevadero con libros. Poco más adelante, tras días enteros y semanas de marchas extenuantes bajo la lluvia, cuando debían ir dejándolo todo por el camino que lleva hacia una muerte a la que había que enfrentarse desnudo, sin nada, ascéticamente, lo que más les costaba soltar era el bendito lastre de los libros. Se les formaban llagas en los hombros de tanta carga pero resistían cuanto podían y se aferraban a esos amigos silenciosos como si se tratara de un auténtico viático. Es emocionante todo lo que se refiere a los libros, al menos para alguien como yo. Hace poco hablaba con una amiga francesa de la biblioteca de uno, de si se puede o se debe entrar físicamente en la biblioteca de un amigo. Pienso más bien que no. Si no le conocemos, no tiene mucho sentido; si le conocemos, admiramos, queremos, el sacrosanto respeto a la intimidad nos lo impide. Sólo cabe "hacer una biblioteca" con alguien a quien de verdad deseamos, como hacemos con el amor. Entonces sí, ahí la desnudez debe ser tan total como en la cama, pero sólo entonces. Cada vez veo más clara la conexión éros-libros-muerte.
martes, 13 de marzo de 2012
Trabajos forzados (Daria Galateria)
Daria Galateria pertenece a ese sinfín de escritores italianos enamorados de Francia. Durante siglos los autores europeos (de Montaigne a Goethe y a Byron, de Szentkuthi a Stendhal o a Keats) pasaban por los estados italianos de forma religiosamente obligatoria. En el siglo XX en cambio, el camino ha sido más bien el inverso. Italo Calvino, Tabucchi, Sciascia o Magris compraron casa en París, y la lista de afrancesados italianos equivale a la de sus mejores poetas, narradores y cultivadores del ensayo: Lampedusa, Savinio, Spaziani, Montale, Lampedusa, Giovanni Macchia, Calasso, Benedetta Craveri, todos han dedicado la parte del león en su obra a invitar a los demás a asomarse a las grandiosas letras francesas. También es el caso de Daria Galateria. Sus trabajos sobre André Breton, sobre el Gran Siglo, sobre Port-Royal y sobre la Revolución de 1789 son sencillamente extraordinarias. Impedimenta (2012) ofrece ahora un libro, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, en el que podemos apreciar sus mejores cualidades como ensayista. El volumen contiene veinticuatro retratos de escritores (nueve de ellos franceses) escritos desde el punto de vista de su paso por los trabajos no literarios que mantuvieron, o con los que se mantuvieron. La primera nota que caracteriza estos textos es la brevedad. Las vidas breves o mínimas es en sí mismo un género cultivado desde la antigüedad por espíritus tan refinados como Aubry o Schwob, un género que personalmente me apasiona. En unos pocos trazos, desde un punto de vista imaginario o real, el autor presenta una vida entera, la resume y le otorga un sentido. La perspectiva adoptada por Galateria es acertada para ese fin literario: el trabajo alimenticio puede redimir y rehacer una vida, es ahí donde los escritores son de manera más eminente ese "nadie" que se esconde detrás de un verdadero escritor. Daria Galateria ha ido más lejos de esa perspectiva, rozando al paso de las meras informaciones momentos cruciales de la vida de los autores: sea del Chatwin que nunca se dejó atrapar por las excepcionales cualidades físicas e intelectuales que le adornaban y que hacían descollar donde quiera que se encontrase, del Claudel que era capaz de caer casi en el delito por favorecer al amor de su vida, del Hrabal que se abre paso en medio de la experiencia totalitaria y sale no sólo indemne sino cada vez más libre y fuerte, etc, etc. Cada retrato es una pequeña obra de arte. La mirada oblicua, la sabiduría que le lleva a evitar conclusiones fáciles, el estilo y la forma de mirar, en dos palabras. Gran libro. Quizás uno de los últimos trabajos, como traductor, del recordado Félix Romeo.
jueves, 16 de febrero de 2012
Notas para un diario 230
Días intensos dedicados a penas a ordenar la segunda parte de la biblioteca. Poner "orden" en varios miles de libros que encarnan el trabajo diario de decenios cansa de un modo que no lo puede "saber quien no lo prueba". Por momentos, uno se queda de lado, y los libros representan un muro, a la vez muro de la vergüenza y escala de Jacob. La ansiedad se dispara en alguien como yo, "maldecido" con una curiosidad babélica. En otros momentos hay ráfagas de luz que caen del cielo y abren por unos instantes las cavernas del sentido. Lo que más me ha divertido, como siempre, es el modo en el que unos libros eligen la cercanía de otros, como cuando sin haber yo hecho nada para que así fuese me di cuenta de que los libros de Menchu Gutiérrez y los de Unica Zürn se habían colocado chic to chic en el rincón de una de las baldas principales. No podía ser de otra manera y podía poner otros muchos ejemplos de ese fenómeno que me fascina. Alguien me preguntó ayer que cuál era el orden, sí alfabético, por temas, por siglos. Nada, nada. El único orden posible en un escritor afectivo como yo es el que usábamos jugando a las tinieblas: frío, frío, caliente, caliente, !!!!caliente¡¡¡¡. El muro se transforma entonces en una pared de fuego, como en un cuadro de Rothko: cada libro es un límite con otros, a los lados, arriba abajo, y cuando uno busca alguno en concreto se va aproximando a ciegas a una determinada zona de ignición, con una mano tendida en signo de derrota, y en el pecho va notando un calor progresivo que le indica que lo que busca en ese momento no está lejos y que tal vez está ahí esperándole.
lunes, 18 de abril de 2011
Notas para un diario 203
Se acercan las vacaciones de Semana Santa. En el norte de España, se descansa la semana de Resurrección, no la de Dolores. Me pregunto porqué. En todo caso, después de un trimestre de mucho trabajo, estoy deseando seguir leyendo y trabajando, pero con otro ritmo (Unamuno, Bouvier, Ángel Alcala, Vila-Matas, Menchu Gutiérrez, algo de Simenon…). Francia y mi hermana Lourdes me acogen, de nuevo. No necesito nada. Una ventana. Unos pocos libros. Sólo un poco de tiempo por delante. Poder contemplar un rato el mar desde tierra, con eso me basta. Tuve la suerte de acudir el sábado a una Pasión según San Juan dirigida por Ton Koopman. Fue grandioso, y a la vez muy íntimo. Con la música de Bach vas pasando por muchas estancias, a cada cual más increíblemente bella. De maravilla en maravilla. Y la letra de la pasión joánica tiene muchos ecos, dolorosos, gozosos, gloriosos. Luz de luz. Te pone en carne viva. Yo he mamado la religión con la leche materna, y cuando resuena, hacia el final del proceso sumario al Cristo, ese Was is Wahrheit? todo – el plano de la decisión moral, la libertad en su concepto más absolutamente radical – se pone delante con la humildad de un Dios cuya espalda azotada "cada vez se parece más al cielo" (Bach). Carne esculpida, penetrada. Carne viva para una esperanza viva, en medio del infierno. Hace ya dos semanas leía este texto abismal en el capítulo 37 de Ezequiel: " Yo reconstruiré sobre vosotros (es Él hablando a unos huesos de muerto) vuestras nervaduras, haré que recrezca sobre vosotros la carne, y os cubriré de piel y os daré un espíritu y viviréis, y así sabréis que yo soy Yahvé". La Biblia desde la que lo he traducido (Jérusalem, ed francesa 2003) dice al lado del texto que se trata de una metáfora, que desde luego en tiempos de Ezequiel la resurrección no formaba parte de la "esperanza bíblica". ¡Joder lo que saben los eruditos! Como metáfora me parece de lo más extraña: además, con los tropos pasa lo que con las chistes, que entre broma y broma la verdad asoma. Ya lo decía Kris, el amigo de Gombrich. Pero a lo que voy. Desde hace muchos años leo todo lo que encuentro sobre eso que llamamos resurrección y sólo ahora y gracias a una persona más que querida creo que empiezo a entrañar algo de su significado. Hablaré de esto próximamente.
miércoles, 6 de abril de 2011
La casa y los libros
lunes, 28 de marzo de 2011
Notas para un diario 198 (Estar en el mundo)

Leía anoche (Gª Morente) este pasaje deslumbrante: "Nosotros vivimos, estamos viviendo. Y, ¿en qué consiste nuestro vivir? Nuestra vida consiste en que estamos en el mundo. Y, estar en el mundo, consiste en tener más o menos cosas – diré– a la mano, una porción de cosas, una porción de objetos, una porción de objetos materiales, de objetos de toda clase, que constituyen el ámbito donde nos movemos y donde actuamos. Nuestra vida, pues, consiste en tratar con las cosas que hay. Y las cosas que hay, las hay en nuestra vida y para nuestra vida. Y ese trato con las cosas es enormemente variado. Nosotros hacemos con las cosas – para vivir y viviendo– una multitud de actos: comemos frutas, plantamos árboles, cortamos madera, fabricamos objetos, trasponemos los mares, es decir, estamos constantemente actuando con y sobre todo lo que hay en nuestro derredor. Y una, una de las cosas que hacemos con las cosas, es pensarlas. Además de encender el fuego, podemos preguntarnos: ¿qué es el fuego? Pero nuestra actitud primera y fundamental no es pensar, sino que pensar es algo que en el curso de nuestra vida se nos impone. Pues bien; si nosotros tomamos esa actitud, si nosotros tomamos esa actitud reflexiva del pensamiento (que repito no es la primaria, sino ya una actitud derivada o secundaria) entonces empieza el conjunto de las cosas a adquirir, de pronto, un matiz, un aspecto completamente distinto".
N.B. La foto está tomada en la famosa librería parisina Shakespeare´s & Co.
lunes, 14 de marzo de 2011
Notas para un diario 193
El climax de la tercera temporada de In treatment llega a mi juicio en la quinta semana, en la sesión de terapia que Paul Weston mantiene con Adele, su nueva terapeuta. La charla se va poniendo más y más tensa, Paul está hecho polvo: acaba de dejar a Max, su hijo pequeño con el novio de su mujer en la casa que ellos van a compartir en el futuro, se encuentra solo, muy solo y no soporta la idea de hablar en serio con su novia Wendy, veinte años más joven que él; no avanza gran cosa con los pacientes que está llevando, casos difíciles que interfieren de mil modos con su propio dolor, y ahí está el bueno de Paul, convencido de que tiene Parkinson, de que va a morir pronto y abandonado por todos, incapaz de reaccionar ni de tomar ninguna decisión, tampoco en el plano profesional, alargando como un doble de Kafka su agonía y los eternos tormentos del morir. Al menos ha encontrado a Adele, su terapeuta, fría, inteligente, elegante, que le ha demostrado ya que le entiende, que ve en su vida mejor que lo hace él mismo. Paul desea su cercanía, la admira y desea compartirlo todo con ella, el trabajo que les une profesionalmente, la vida, sin más, la larga experiencia que ambos han acumulado de la vida. Se lo ha dicho en la sesión de la semana anterior y ahora se lo repite, la necesita, eso es todo. No es capaz de afrontar los restos del naufragio sin ella a su lado, y no sólo como terapeuta. Ocurren muchas cosas en esa corta sesión de la quinta semana. Mucha mucha nada. Paul está tan paralizado que, como le dice Adele, que quiere cumpla el horario establecido y que se marche y vuelva la semana siguiente, "no es capaz siquiera de levantarse del sofá". El único problema de Paul es que ha llevado su individualidad tan lejos que no se parece a nadie, sólo a él mismo, y por eso mismo ya nadie, nadie, le reconoce.
viernes, 11 de marzo de 2011
Kikí Dimulá, Ewa Lipska y Andreu Vidal: tres libros de poesía
He estado leyendo estos días tres volúmenes de poesía, a cual más fascinante. La poeta griega Kikí Dimulá ha publicado, bajo el título Símbolos solubles, una antología de su obra en Linteo Poesía. Los versos claros, rotundos, vienen precedidos de una presentación de Juan Antonio González Iglesias, filólogo clásico y uno de los poetas españoles actuales más interesantes. Tampoco conocía de nada a Ewa Lipska, poeta polaca, de la última de los dos grandes generaciones de polacos del siglo XX. Lipska nació en Cracovia en 1945 y hunde sus raíces con fuerza en el siglo presente. Su poesía me parece que tiene una radicalidad y una valentía que no había visto ni siquiera en Baranczak o en Zagajewski. La naranja de Newton, editado en Trea, contiene dos poemarios: Astilla y La naranja de Newton. Ambos espléndidos, cortantes, un tanto altivos en el modo de decir. Autocríticos hasta la crueldad. Pero qué intuiciones, que ráfagas de luz y de viento soplan por sus páginas. Un ejemplo. Se llama ENVIDIA: "No me dices todo/lo que dicen tus ojos//Bebamos ginebra y martini/con una rodaja de limón//Mi guardián se sintió mal estando de servicio/durante esta noche/en la que tu mano acariciaba al perro//Mas yo sabía/que no se trataba de eso". Y por último Andreu Vidal, Huesos de sol. Poeta de culto, traductor de Celan, orfebre de una obra desatendida en gran parte. Las Ediciones de la Rosa Cúbica, que tantas alegrías nos ha dado, lo traduce ahora al castellano, manteniendo las versiones originales en catalán. Es tan solo una muestra de poemas y aforismos, de lo mucho que debe de haber inédito en castellano. Me quedo con un aforismo poemático que da fe de su genio y que me golpea como un martillo en medio de la cara: "El dios de mi infancia era un dios familiar, próximo, tan de andar por casa que acabó pasando totalmente desapercibido".P.S. La foto está tomada en la librería anticuaria Umberto Saba, cerca del puerto de Trieste.
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