miércoles, 30 de septiembre de 2009

José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009)

Ha muerto ayer, con poco menos de cien años, el poeta Muñoz Rojas. "En un lugar cualquiera/, en este jardín mismo. En lo eterno de un beso/, en una hora cualquiera, noche y día/El cómo, dejárselo al momento…". Borges decía que un escritor acomete en vida dos obras: la escrita y su imagen propia, la persona que aparece ante los demás, pero que ambas están estrechamente vinculadas. Empezaré por ésta última: Muñoz Rojas pertenecía a la inexistente/necesaria tercera España (Un puente entre las dos Españas, titula hoy El País la cobertura de la noticia de su muerte), la que no es cainita, la de la conocordia, la cultura y la gran tradición espiritual y cívica. Hombre entre el 27/36, católico, ilustrado, promotor de la cultura al frente de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del antiguo Banco Urquijo de Don José Lladó (fueron los que editaron y sostuvieron a Xavier Zubiri), dejó al mismo tiempo una obra amplia, clara y plena de sutilezas. Traductor de Eliot (al que conoció personalmente) y de Hopkins (al que personalmente veneraba), afanado con el presente, con el ánimo humano y con la estabilidad divina, nada mejor que un poema suyo, cualquiera, para devolvérnoslo todo entero:
Hay palabras que se unen y crean.
Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga
de huéspedes en el alma será salvo.
Decirlas es perderlas. Viven dentro.
Sus nombres son Silencio y Soledad.
Y su fruto la paz. A veces nuestra.

martes, 29 de septiembre de 2009

Helpless (Neil Young/K.D.Lang)

Notas para un diario 132

Claro que yo tampoco acabo de entender bien la Femme au miroir, pero como lo prometido es deuda, voy a intentar si no explicar nada (sabes perfectamente que mi conocimiento de las artes plásticas está en pañales), sí al menos acercarme, por segunda vez, a esa so called master piece of avant-gard´s sculpture. La colocación en las salas Julio González del IVAM está muy lograda. Todo gira entorno a ella. Todo, desde los primeros dibujos (Près de la Mediterranée, por ejemplo) o de la orfebrería, te va conduciendo a ese tour de force final que es la Femme. Lo más fácil de ver, a la primera, es el modo en el que se deshacen (creo que la palabra sería la más adecuada) los planos de un rostro en las máscaras de los años 29, 30 y siguientes: Masque acéré, Masque "Ombre et lumière", la Petit masque decoupé Montserrat… o, más pedagógica aún, la Démie-masque aux dents: un semicírculo que parece una hoja esbelta, con unos dientes cuadrados al pie. No te olvides de que hay que procurar abrir los ojos y la mente, los ojos de la mente, "tratar de percibir cualquier indicio y hacerse eco de cualquier armonía oculta" (Gombrich). A mí la que me emociona más todavía es la Masque d´adolescent (en la foto de abajo), que debe de ser una de las primeras de la serie de las máscaras.
Dicen que los dibujos de los ultimísimos años, los que hizo cuando, ya enfermo, no podía esculpir, con la guerra de España perdida y Francia ocupada por los nazis, son algo que no se puede creer, de belleza y de dolor, pero la serie de las máscaras no está mal tampoco. En las máscaras, al deshacer los rasgos de la cara, convirtiéndola en máscara/mensaje (algo por donde pasa la voz), recortando planos, iba más allá de la vieja aspiración cezaniana y cubista de crear una ilusión de profundidad: aquí no hacía falta representar una tercera dimensión espacial sino que se trataba de reconocerla presente y jugar con ella. Julio González decía que quería "dibujar en el espacio". ¿Lo aprendió en el Picasso del monumento a la tumba de Apollinaire, el Picasso que hablaba de los "hechos de aire" con el que tan estrechamente colaboró? Quizás, pero no sólo. También estaban las civilizaciones antiguas, las mediterráneas por ejemplo, la micénica o la egipcia por ejemplo (El artista usa códigos que nos llevan al menos hasta la prehistoria, Chillida). Esto de la realidad y de lo que se encuentra realmente presente en arte no es algo despreciable, y por eso llama la atención como juega ese principio básico en este caso. ¿Una contradicción más? Seguramente. Me refiero al tamaño de la figura, algo que a todos asombra favorablemente: el hecho de que, a diferencia de la mayor parte de las obras del escultor, la Femme au miroir tenga dimensiones realmente humanas. No hay juego con la escala, o, mejor dicho, el juego consiste en imitarla miméticamente. ¿Por qué? À quoi bon en alguien que juega a apartarse de la reproducción mimética de la naturaleza para mejor reflejar, mediante la imaginación, sus formas reales? Pues mira, no lo sé. Nunca se acaba de aprender en lo que se refiere a arte. Y me alegro de que así sea. Poquet a poquet, ¿no? ¿Quién quiere agotar ningún tema? Al fin y al cabo, y tampoco sé porqué, si tenía que ver contigo o con la mujer en el espejo de la escultura, la que danza delante del espejo lunar, la que nunca debería aspirar a que el espejo le devuelva ni una mínima parte de su ardiente complejidad, yo recordaba, al paso por las salas del IVAM, un pequeño fragmento de El alma y la danza, el diálogo de ValéryGocemos de este instante delicadísimo en que ella muda de voluntad!… Como el pájaro llegado al borde mismo de la techumbre rompe con la hermosura del mármol y cae en vuelo…

lunes, 28 de septiembre de 2009

Calypso Blues (Nat King Cole)

Una joya.

Michelstaedter

El próximo jueves día 1 de octubre, a las 19 horas, tendrá lugar en la Llibrería La Central de Barcelona (Mallorca, 237) la presentación de la edición de La persuasión y la retórica (Sexto Piso, 2009) del filósofo judeoitaliano Carlo Michelstaedter. Claudio Magris y Roberto Calasso tomarán la palabra en el acto. Hablaré con calma de este libro, escrito por un estudiante de filosofía de apenas 23 años y que representa a mi juicio una de las cumbres filosóficas y literarias del pasado siglo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Notas para un diario 131

Si este blog no ha de servir para nada, que sirva al menos como registro parcial de mis andanzas. Para que nada (por ejemplo de lo que he vivido estos últimos tres días en Valencia: pasión, muerte y resurrección) se pierda, o para que se pierda definitivamente: no sé que prefiero, la verdad: recuerdo que de pequeño me decían cosas tan extrañas como que estar alegre era una obligación, o que nada de lo que se da, se pierde. Lo que tengo más que claro es que lo único que puedo hacer con ese material/memoria son estas notas inconexas, notas para un diario, pero nunca algo orgánico ni menos elaborado ni aún menos entrelazado. Me limito a apuntar las cosas una por una, en su orden o no, como el que compone una lista (me he pasado la vista haciendo listas, mis hermanos se reían de mí, con razón; hace años, hasta para emprender un viaje de un día hacía una lista de listas que tenía que hacer: lista de cosas para llevar, lista de cosas para ver, lista de cosas para no hacer, … fíjate con que clase de psicolgía enfermiza te juegas los cuartos, aunque confieso que estoy mejorando, digamos que me estoy descomplicando un poco). Hay cosas que a uno le imantan a la primera: a mí me sucedió así con el Montgó, la montaña mágica que preside la villa de Dénia. Me quedé estupefacto y supe que volvería a contemplarla, siempre que pudiera. Al pasear con Tomàs por Las Rotas, a la vez que hablábamos de todo y de nada, yo volvía constantemente la vista sobre esa mole perfecta. Me sentía acogido por su medida grandeza. Mucho más que por las casas que dan sobre la bahía, y no precisamente por que dejaran de atraerme: podría vivir allí, desde mañana, no me pararía ni a hacer la maleta, frente a ese mar verde y turquesa, pero nunca habitar las casas concretas que habían sido la guarida del lobo. No hay lejía ni muerte suficientes que limpien esa indignidad. Digamos que las vibraciones no eran buenas, a pesar de que en la compañía de Tomàs uno podría permanecer hasta en las mismas puertas del infierno. Hablamos precisamente de como, a partir del final de los treinta, la obra de tantos (Matisse, Picasso, Julio González…) se ennegrece hasta sondear la oscuridad más completa. Él tendrá el reto de explicarlo algún día próximo, pero yo tampoco abandono esa idea, que me obsesiona. Me gustaría poder mostrar, aunque sea un poco, la clase de maestría que ejerce Tomàs. El gran estilo, el modo indirecto, siempre difícil. Si el problema del abandono de la figuración, en las artes, es un problema de escala, una forma de búsqueda de una nueva escala, más cosmológica que antropológica, si el hombre cae en la cuenta, una vez más, al asomarse al abismo del mal, y si yo voy a estar dos días más en Valencia, además de sugerirme que me plante delante de Femme au miroir (1936-1937), me dice que no me pierda los tesoros del Colegio del Patriarca, empezando por el propio colegio y su espíritu fundacional, que me explica pormenorizadamente. Reforma/Contrarreforma. Otro momento de búsqueda de la escala. Erasmo. Vives. Ribera, y Moro. ¿Conoces el escrito, de la torre de Londres, titulado De la tristeza de Cristo? No, no lo conozco. Pues el manuscrito está en Valencia, en el Colegio de San Juan de Ribera. Me voy derecho a verlo allí. Me encuentro con una Misa cantada en gregoriano. Ni el menor atisbo de tradicionalismo; al contrario, un pequeño grupo de sacerdotes mayores y cansados. Me quedo. Introvertido. Pienso mucho en ti. Te siento muy cerca. Me voy abriendo poco a poco. Como si te tuviera al lado en aquel banco de palo de rosa. Por la noche, en plena oscuridad, leo, o mejor dicho me lee, y me desnuda, el texto en internet, las casi cincuenta páginas. No puedo explicar bien esta parte. Tristis est anima mea usque ad mortem, dice el SiervoEt factus in agonia prolixius orabat. Entrado en agonía…, dice con precisión Lucas. Juan por su parte calla, ni una palabra directa sobre ese rato. Yo sólo sé que me identifico místicamente con un personaje al que sólo alude Marcos. Lo abandonaron todos. Huyeron todos. No extraña que Juan callase. "Y un joven (adolescente quaedam), cubierto sólo con una tela de sábana, le seguía. Y lo agarraron. Pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo."
Necesitaría dos días de conversación con Henri de Lubac para apuntar al menos los cuatro sentidos de esa información evangélica. Por cierto, hay quien ha dicho que ese joven era el propio Juan. No lo parece porque él sí que estuvo después en casa del Pontífice, y hasta habló con la portera. E iría vestido, claro. ¿Corrió a abrigarse y se unió después al grupo? Un poco complicado, ¿no? Seguramente el joven llegó más bien con los que iban a prenderle. Hasta entonces no le molestaron, pero habría algo, en su mirada, en su forma de permanecer junto al Señor, algo que dijo, que le traicionó. Iba desnudo, acaso venía de estar con una mujer, pero enseguida todos notaron que le amaba a Él, y por eso quisieron prenderle y darle muerte. Le salvó su desnudez, salió ileso porque salió desnudo. Sólo la violencia, la fuerza bruta, la intolerancia, le apartó momentáneamente del Maestro. El Moro saca de este episodio, de la huida de los apóstoles y de la valentía del adolescente, un principio de actuación moral que debería aplicarme: Si alguien escapa cuando Dios le manda permanecer y afrontar el peligro con confianza, bien por razón de su salvación, o por la de aquellos que le han sido encomendados, ese tal se comporta, sin ninguna duda, de un modo muy insensato. Tomàs me hablaba con razón del valor existencial de esta obra del Canciller inglés. En eso mismo pensaba yo cuando, ante la entrada de la vieja Universidad, en la antigua Calle de la Nave, leí el famoso letrero: Universidad Literaria. Recordé el comienzo del Valencia de Azorín, cuando explica el malestar que ese dictum de bronce le provocó desde su primer día de estudiante: Y recuerdo yo que, adorador de la literatura creadora, literatura de imaginación, verdadera literatura, ese rótulo me irritaba sordamente. Respondía tal concepto de literatura al concepto antiguo, comprensivo de letras y ciencias en su sentido más lato… Inmóvil yo en el umbral de la puerta, considero el contraste flagrante que ofrece a mi ánimo la pugna entre las letras broncíneas del dintel y mi personalidad psiquíca. Arriba está lo oficial, inflexible, y abajo lo particular, irreductible. A lo largo de toda mi vida ha de manifestarse tal discrepancia… Inmóvil en el umbral bajo el letrero de Universidad Literaria, no sé que va a ser de mí en la vida que se me abre. Pero no me encuentro sólo en mi actitud. Y, a quién apela el viejo Azorín, el que rememora Valencia: a Cervantes, cómo no. Un preterido, dice. Preterido del mundo, de la oficialidad, de las falsas jerarquías, pero amado, muy amado por la musas, y me atrevo a decir que hasta por los ángeles. Menudo tema. De nuevo la cuestión de la medida, de la escala, del corazón, libre, de la libertad interior, y de la búsqueda de la verdad, que se necesita como el aire para respirar.
Después de una noche mortal, en la que apenas encontré consuelo en el desconsolado Moro, noche en la que los ángeles batallaron por nuestra libertad, amanecí frente a un sol de un color literalmente indescriptible. Fue como si uno de ellos, uno andrógino, me hubiera despertado susurrándome al oído algo así: oye, venga, despiértate ya, levanta, resurge, mira por la ventana, el frente del mar, la aurora, mira ese sol que despunta, esos rojos de amor, esos dorados, esos rosas, toda esa belleza que es para ti y para mí, y abandona tu escala, acepta la otra, la de verdad, hazlo por mí, al menos por hoy, y serás feliz, y tendrás algo de paz, y yo estaré contigo, un rato, sólo un rato, hasta que te serenes y vuelvas en ti…
Quizás mañana diré algo de la mujer, ante el espejo.
La tabla, del trecento, es de Duccio, y se conserva en el Museo de la Catedral de Siena.

sábado, 26 de septiembre de 2009

jueves, 24 de septiembre de 2009

Gino Rubert

La primeras imágenes de Gino Rubert que tuve entre las manos fueron las ilustraciones que realizó para Salomé de Oscar Wilde (Círculo de Lectores). El hecho cierto es que no me he podido olvidar de ellas. Más tarde, como a otras muchas personas, sus imágenes me han rondado (casi perseguido), al encontrármelas, una y otra vez, en las tapas apiladas de una trilogía de libros de moda que por alguna razón extraña todo el mundo desea leer. A mí no se me ha concedido el tiempo para leerlas, pero las caras y los cuerpos, sinuosos, de las portadas no me las puedo quitar de la cabeza. Son figuras salidas de Comala. Jamás la obra de Delvaux, ni la de Balthus por supuesto, han tenido ese poder sobre mí. Si pudiera expresar todo que veo, todo lo que siento, al contemplar la pintura de Gino Rubert… pero no puedo, o mejor aún, no debo. Reconozco que no sé si me acercaré a la Galería Senda en donde se expone hasta el 24 de octubre la obra última. No sé si me atrevo. No me apetece demasiado comprobar, más allá de su reproducción en imágenes industriales, cuál es la calidad real, presencial, icónica, de esos productos. Diréis que soy muy raro pero por si acaso yo no voy. Una vez leí una declaración suya, muy inquietante. Le preguntan si cree en el destino, y contesta: "No, pero sí compruebo a menudo cómo parece existir una tendencia superior que me conduce a equivocarme con una coherencia apabullante". 

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Feliz 60 cumpleaños

Gracias por recordármelo, y por todo lo demás. 

Viva Cuba Libre

La paz, sin la libertad, no es siquiera la paz de los cementerios. Es inhumana, vejatoria, terrible. Además, yo no me fío de los cantantes españoles que han promovido el concierto de La Habana del 20 de septiembre de 2009. Me parecen sectarios en lo político, equidistantes con algunas dictaduras (y las democracias) y, salvo excepciones, muy, muy flojos desde el punto de vista artístico e intelectual. No obstante, he querido reproducir aquí, por su admirable ponderación, por su lucidez, la entrada que escribió, a propósito, Yoani Sánchez:

Mañana amanecerá como cada lunes. El peso convertible seguirá por las nubes, Adolfo y sus colegas tendrán otro día tras las rejas en la prisión de Canaleta, mi hijo escuchará en la escuela que el socialismo es la única opción para el país y en los aeropuertos nos seguirán pidiendo un permiso para salir de la Isla. El concierto de Juanes no habrá cambiado significativamente nuestra vida, pero tampoco fui a la Plaza con esa ilusión. Sería injusto exigirle al joven cantante colombiano que impulse aquellos cambios que nosotros mismos no hemos logrado hacer, a pesar de desearlos tanto.

Estuve en aquella explanada para comprobar cuán diferente puede ser un mismo espacio cuando alberga concentraciones organizadas desde arriba o cuando cobija a un grupo de personas necesitada de bailar, cantar e interactuar, sin la política de por medio. Fue una experiencia rara estar allí, sin gritar una consigna y sin tener que aplaudir mecánicamente cuando el tono del discurso apuntaba que era el momento de ovacionar. Claro que algunos elementos sí se parecían a los de cualquier marcha por el primero de mayo, especialmente la proporción de policías vestidos de civil dentro del público.

Ciertos detalles técnicos resultaron incómodos. El audio no se escuchaba bien, la pequeña pantalla que reproducía lo que ocurría sobre el escenario no se veía en la distancia y la hora elegida era inhumana, por coincidir con los peores momentos del sol. Por suerte se nubló después de las cuatro y los que estaban atrincherados debajo de los pocos árboles se lanzaron a bailar con Orishas. Son detalles a superar en la próxima presentación que hará Juanes en Cuba, esa donde no abundarán las fallas técnicas y en la que sí podrán cantar los excluidos de esta tarde.

Si vemos la presentación de este 20 de septiembre como el ensayo general del concierto que algún día tendremos, entonces hay que felicitar a los que participaron. Incluso si no hubiera otra y la Plaza retomara sus solemnidad y su grisura, al menos esta tarde de domingo vivimos algo diferente. En un sitio donde se ha sembrado sistemáticamente la división entre nosotros, Juanes –al caer el sol- ha gritado “¡Por una sola familia cubana!”

martes, 22 de septiembre de 2009

Notas para un diario 130

Últimamente no hemos parado de hablar de libros. Let´s talk then about love! Te diré que me he quedado bastante melancólico después de la lectura del libro de Batur. Délivrez-moi des livres/librez-moi vos lèvres. Te digo lo que Robert Marteau en aquel maravilloso poema del libro Vigía (por cierto, parece que eso es lo que significa exactamente mi nombre propio: vigía, el que vigila, el que atalaya y está atento, mira tú por donde). Libradme de los libros,/y dadme vuestros labios (en la magnífica traducción de Edison Simons). Creo que quizás sea una de las más bellas aliteraciones que jamás se hayan escrito. Fíjate en el sonido de los versos en el original francés: cómo suenan las silbantes y cómo se suceden las fricativas (en realidad se trata de una especie de fricativa al cuadrado porque, para colmo, está hablando precisamente de los labios con los que el aire roza al pasar: ¿cabe mayor sensualidad poética?). Lo más difícil de todo es hacerlo de tal modo que en realidad algo puramente físico, el sonido, se convierte en una contraposición conceptual (livres/lèvres, Délivrez/Livrez), como de hecho ocurre en el mismo amor, en el que cualquier gesto, de la mano o de los labios, un suave reclinar de la cabeza, se transforma en un mensaje cargado de significado ¿Conoces ese poema? Por si acaso, te lo copio entero: Délivrez-moi des livres,/livrez-moi vos lèvres/De tous temps incertains/Les sentiers s´insinuent/Aux méandres de la mer./Ni l´a venir ni lendemain,/Rien que nous délivre./L´illusoire nénmoins/Nous permet de vivre// Libradme de los libros,/Y dadme los labios/Desde siempre inciertos/Se insinúan los senderos/En los meandros del mar./Ni el porvenir ni mañana,/No hay nada que nos libre./Lo ilusorio empero/nos permite vivir. Precioso canto a la teoría de la irrealidad, la irrealidad del amor, preferible siempre a la irrealidad del conocimiento intelectual. Pensaba en todo esto al releer a Batur, y a la vez me acordaba de algo que te escribí hace por lo menos veinte años (pero, ¿guardas las cartas?, "Por supuesto que sí, las tuyas y las mías también"): "Me he dado cuenta de una cosa curiosa: hasta ahora, cuando estábamos juntos, paseando (en Madrid por ejemplo), yo me lo pasaba muy bien, íbamos hablando, y nos hemos contado muchas cosas, y las que nos quedan (por lo menos a mí), pero en este viaje, también ha habido ratos de silencio, en los paseos y en otros momentos, y lo curioso es que en vez de sentirme incómodo, me he sentido muy a gusto, cuando se han producido, y me daba la sensación de que aunque estábamos callados, nos estábamos diciendo muchas cosas, y comprendiendo y queriendo en silencio; no te puedes imaginar la seguridad (y la alegría que eso me ha dado): no entiendo porqué me tratas así, con ese cariño y con esa dulzura" Joder, ¡qué mal escribía entonces! Bueno, qué le vamos a hacer, a todo se aprende. Precisamente, me acuerdo ahora de que uno de los treinta y tres nombres de Dios, según la Yourcenar, el treinta y dos exactamente, era éste: "Le silence/entre deux amis". Lo creo, y quizás ahora, cuando han pasado tantos años, comprendo un poco mejor el porqué. Pienso que tiene que ver con el temor por la pérdida que anida en toda relación amorosa. Te lo voy a decir, para no romper esta manía mía de citar a todos todo el tiempo (es un poco de paletos esto, ¿no?), con palabras de Pascal: En amor no se atreve uno a nada, de miedo a perderlo todo: no obstante hay que avanzar, pero ¿quién puede decir hasta dónde? Tiembla uno siempre hasta hallar ese punto. Pues eso es lo que me pasa a mí contigo: que no me atrevo a nada, y tengo miedo y no termino de encontrar el punto. Por eso, porque estoy perdido, la mayor parte de las veces me callo, aunque sea un callar dulce y confiado: sé que, de una manera u otra, Dios está de por medio en nuestros silencios.
(Esta foto se titula En el camino, y como aquella, magnífica, y de la misma serie, que puse hace pocos días, pertenece también al fotoblog de Annie Leibowitz)

lunes, 21 de septiembre de 2009

domingo, 20 de septiembre de 2009

Enis Batur, 4ª (y última)

Querido Enis:
¿No habrías pensado que iba a dejar mi carta ahí? En absoluto. Lo que pasa es que he querido releer tu libro antes de continuar escribiéndote. No te puedes imaginar el lío en el que estoy metido este comienzo de curso. Pero, por fin, anoche lo he conseguido. Sinceramente creo que he comprendido el libro algo mejor. Me he dado cuenta (qué importante es leer bien el incipit de una obra literaria) de que todo reposa, como ocurre tantas veces, en un dato escondido. Has tenido el coraje (moral y literario) de aludir a eso de lo que no hablas (directamente) en el mismo principio. Me refiero al punto de partida, al hecho que pone todo en marcha, la auténtica materia del libro, a lo que fuese que ocurriera a mediados del año 1986. Un suceso con secuelas, dices tú. Una de ellas (me temo que ni siquiera la más trascendente) fue la pérdida de tu primera biblioteca. Tenías 35 años. Volviste a ponerte en marcha. No nos dices que pasó pero aquello marcó tu vida. A lo mejor estoy siendo un osado; no hay razón alguna para que, si tú has preferido mantener todo eso oculto, aunque sea el horizonte sobre el que se recorta tu escritura y tu filosofía de la vida, nadie pretenda sacarlo a la luz. Desde luego no es mi caso. Déjame sólo apuntar que de tu libro se desprende que aquello te marcó con el estigma de la soledad. De un modo u otro lo dices repetidamente a lo largo de tu obra. Soledad y aislamiento en ese país (de libros) en el que eres el único señor. Como le ocurría a Dédalo, tu santo patrón, durante un tiempo has pensado que rehacer tu biblioteca era una cuestión de sabiduría práctica. Pensabas que se trataba de decidir sobre esto o aquello con la astucia, la mètis, del héroe ateniense/cretense de adopción. Al fin y al cabo se trata siempre de encerrar al minotauro. Pero, cuando te has querido dar cuenta, en la segunda navegación que es un escrito como el tuyo (Nietzche hablaría directamente de examen de conciencia, para eso no le dolían prendas), estabas del todo enredado en el laberinto, sin una Ariadna a la que seguir, aunque fuese de lejos. Realmente todo en tu libro es profundamente bello y profundamente dramático.
Creo que por fin llegué a un punto esencial de Las bibliotecas de Dédalo. Como compuse el libro a lo largo de un extenso periodo de tiempo, en cierto momento entró en funcionamiento un texto distinto: me resultó muy atractivo abrirme a esa casa de los libros hasta cierto purificado de las cargas de mi mente, caminar más desnudo habiendo enviado de antemano mis respetos.
Al final has preferido que tu casa (y por aquí asoman siempre las metafóras heideggerianas sobre la casa del ser) fuese una casa de libros (es el espléndido título del original turco), ligándola a la ciudad invisible que es la gran Biblioteca babélica que se pierde en la noche de los tiempos. Has querido que esa fuese además tu familia. Una estirpe de solitarios, de personas en fuga que anhelan pura y simplemente la desaparición final.
Primero vi a lo lejos un espejismo de llamas, luego se elevó durante un largo rato un espejismo de humo; por fin se esparció por los aires un espejismo de cenizas que volvieron a mí convertidas en un puñado de polvo.
Reconozco que pocas veces he leído una confesión tan impresionante como la que haces tú al inicio del libro (de ninguna manera lo había pillado a la primera). Te has desnudado, claramente, quitado el velo, levantado para siempre la cubierta de tu casa. Tampoco puedo ignorar que has usado, para ello, tres veces, el siempre inquietante símil del espejismo, el espejismo de los enigmas del que habló Borges en Otras inquisiciones.
Bueno, ya está bien, que no debo "trabajar" en domingo. Me voy a Misa. Tengo un deseo loco de comulgar.
Vale et vale
Alvaro
P.S. En la foto, el escritor turco Enis Batur (autor de Las bibliotecas de Dédalo, Prólogo de Alberto Manguel, errata naturae, 2009, 9,90 €)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Dos películas/Dos ciudades

La primera la vi anoche y me pareció excelente; la segunda, no pienso perdérmela.

Snowflakes (Just Jack)

viernes, 18 de septiembre de 2009

Beso Robado

Hay media docena de cuadros por los que estaría dispuesto a todo. ¡Qué exagerado! Piensa lo que tú quieras…, pero acompáñame al Hermitage a verlo. No puedo ni imaginarme como me van a temblar las piernas cuando me encuentre delante de Le baiser à la dérobée. Casi nadie ha pintado el gesto del amor como Fragonard: ¿conoces la serie El Progeso del Amor? Pues no te la pierdas, por favor: te hará más lúcida y más libre. Por cierto, todo esto venía a cuento de que Ediciones Siruela ha sacado hace poco un librito precioso, titulado justamente: Delante de la pintura. Son escritos, poemas, apuntes de Robert Walser acerca del arte pictorico. Mira, yo siempre había pensado que Walser (uno de los verdaderamente imprescindibles) era un hombre tocado por el cielo. Pero ahora, después de leerle estos días, estoy aún más convencido de ello. Te copio con emoción lo que escribe sobre este cuadro: Lo que acontece en el primer plano del cuadro puede ciertamente haber acontecido en cualquier época, no ha de significar por fuerza algo parecido a una revolución, y sin embargo lo es, pues una relación de veras hermosa, íntima, siempre se rebela de algún modo contra los convencionalismos y la autoridad. La señora de la casa, evidentemente lo es, una figura por así decirlo armoniosa, le ofrece su rostro para que él lo bese, y dado que el caballero en cuestión es más bajo que ella, para darle prueba de alguna manera de ternura tiene que dilatarse, alargarse, estirarse. El rostro de ella, que está tan animada, denota miedo y dicha a la vez (ambas cosas están concentradas en el modo en el que se cogen las manos), y mientras un rostro tan hermoso de mujer trasluce esta mezcolanza de sentimientos, se ocupan de saborear el vino, inmersos en una conversación divertida e ingeniosa, aquellos que dejarían en el acto de estar de buen humor, si un vientecito llevase a sus oídos lo más liviano del proceso que aquí se retrata. Ojalá los que en su calidad de consumados clasicistas que desprecian todo lo romántico, es decir: profundo, estén dotados de abundantes aptitudes para no albergar recelos. Creo que la exquisitez del cuadro reside en el modo de representar el propio beso. Cuando la boca de él roza la mejilla de ella, en esta última se percibe un hoyuelo, como si la blanda mejilla fuese un cojín. Fragonard parace uno de eso pintores que han trabajado poco, pero también hay otros ejemplos en el ámbito artístico que han mostrado que una obra vital imperecedera no requiere acumulaciones, más bien dice algo que enriquece la existencia, algo que puede ser olvidado, para ser más tarde de nuevo amado, que de vez en cuando puede censurarse, pero que quizá precisamente por eso surta luego un efecto mucho más profundo.
Casi nada…

jueves, 17 de septiembre de 2009

Notas para un diario 129

Esta noche también me he despertado de madrugada. "Cuando hoy, mientras dormía cargado de sueños,/tomé tu mano en la mía: ¿fue un premio o fue un castigo?" Ya eran las seis. "No está tan mal", he pensado. Me he encendido un cigarillo, junto a la ventana. El termómetro de enfrente de casa, el de la farmacia, marcaba . Entraba sin preguntar un aire frío. Ha sido un instante de calma perfecta. De paz. De luz, aunque no había amanecido. La calle está vacía en el fin de la noche. Y yo he recordado aquellos otros versos finales de Broch, que llevo inscritos en el corazón: Immer noch ist es der Garten,/Sonnenkringelhaft bemalt/Hinterm Zaun jedoch im zarten/Echodunkel steht der Wald, lo que significa más o menos: "sigue siendo el jardín/pintado con los garabatos del sol,/pero detrás de la cerca, en la suave/oscuridad del eco, está el bosque".

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Enis Batur, 3

Querido Enis:
Hoy, a la fuerza, debo ser más breve; ya seguiré mañana, la verdad es que llevo unos días de locos, aunque espero en los próximos días terminar de una vez esta carta, quizás ya demasiado larga y pesada.
Hoy sólo quiero, de pasada, hacerte un comentario a una afirmación contenida en tu precioso libro. Me refiero a la alusión que haces, también de pasada, a San Pablo. Aparece en el contexto de una lista de destrucciones masivas de libros: la biblioteca de Alejandría, Babilonia en el 747 a.C., Ci-Huang-Ti en el 213 a.C., Bizancio en el 476 d.C., etc. En el curso de la enumeración, que se refiere a pérdidas por desastres naturales, o por la barbarie y la intolerancia humanas, añades el caso de San Pablo. En concreto, escribiste lo siguiente: "En el año 54, San Pablo hirió con una violencia ciega la Biblioteca de Efeso, y con una enorme severidad: eliminó todos los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo". Cuando leí eso me quedé estupefacto. Yo no conocía ese dato, y me indigné con el converso de Damasco (pensé que al final iba a tener que darle la razón a un amigo que se ha pasado la vida diciéndome que lo peor de las religiones son los conversos). El caso es que salté de la cama (eran las tres de la mañana y casi despierto a mi querida esposa), fui corriendo a la biblioteca y empecé a buscar algún otro dato que corroborara tu afirmación. Estaba agitado. Cabreado es la palabra exacta. ¿Cómo era posible? Las afirmaciones más duras del apóstol se me venían a la cabeza de golpe: su machismo, todo lo demás, pero encima ahora tendría que reconocer que había sido un censor vil, un destructor de libros, como Hitler y sus secuaces por ejemplo; en pocas palabras: San Pablo fue un aniquilador de la cultura clásica. ¡Joder, qué mal lo estaba pasando! Me fui a lo que a mí me parece (te pido encarecidamente que me ilustres y me digas a cuáles otras puedo acudir también) que es la fuente más directa sobre la pira que tú mencionas. Me refiero al Libro de Hechos. No me costó mucho encontrar el episodio y como es muy divertido y curioso lo voy a contar de manera breve pero completa.
Pablo permanece en Éfeso varios años, al comienzo de la década de los 50 del siglo I. Predicaba al Cristo, de quien se había enamorado. Intentaba convencer a los habitantes de aquella ciudad de que se abrieran a lo mismo. El Libro de Hechos dice que Dios obraba milagros por medio de Pablo. Y añade, en el capítulo 19, que a veces bastaba un pañuelo o un trozo de tela que le hubiera rozado para que los familiares de los enfermos se los aplicaran y éstos sanaran de inmediato. Algunos querían literalmente adorar a Pablo, pero, en la línea del pensamiento religioso judaico en el que se había formado, él se afanaba en demostrar que eso habría sido pura y simple idolatría. Sólo a Dios adorarás. Tampoco se lucraba en modo alguno con esos poderes o pseudopoderes (como dice en algún sitio, le gustaba vivir de lo que ganaba trabajando con sus propias manos). En un momento dado, algunos magos profesionales, viendo que la invocación del Cristo por Pablo ofrecía resultados, decidieron invocarlo ellos también en sus sanaciones, y de paso aumentar su fortuna. Lo mismo o parecido intentaron otros, tal vez personajes aún más serios. Los famosos siete hijos de Esceva, por ejemplo. Éstos no eran simples curanderos: pertenecían a la casta de los príncipes sacerdotales judíos. El caso es que intentaron hacer un exorcismo, invocando el nombre de Jesús de Nazaret. El espíritu maligno, que habitaba en el endemoniado, les dijo que sí, que sí, que sabía muy bien quien era ese tal Pablo, y por supuesto el Cristo al que invocaban, pero que, ellos, ¿quién narices eran para querer perturbarle? Primero los despreció olímpicamente y acto seguido, mediante el cuerpo de su malogrado huésped, se abalanzó sobre ellos, propinándoles una paliza. Salieron de allí los siete malheridos y desnudos.
Cuando la gente de Efeso se enteró del acontecimiento, se quedaron mudos de miedo. Y bastantes de ellos se convirtieron, creyendo ver que en todo aquellos acontecimientos, y en el modo de actuar de Pablo (obrar hechos extraordinarios pero no cobrar, no querer nada para si mismo, y menos que nada que se le adorase), había algo radicalmente distinto de lo que hasta entonces habían visto y practicado ellos mismos. Dice entonces el texto de Lucas: "Muchos de los que habían creído venían para confesar y manifestar sus prácticas supersticiosas. Bastantes de los que cultivaban la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos"
De ninguna manera señala que fuese Pablo el que sugiriese u ordenase la quema, y fíjate si en semejante estado de agitación de los espíritus de los conversos podía haberlo hecho: no hubiera encontrado oposición: le creían divino.
A lo mejor todo esto es un matiz, pero no entiendo que afirmes de ese modo que San Pablo "hirió con una violencia ciega la Biblioteca de Efeso, y con una enorme severidad: eliminó todos los libros que se referían a las religiones orientales y al paganismo".
San Pablo había sido un hombre violento (un nacionalista zelote), pero una parte de su conversión tuvo que ver precisamente con eso, con el abandono de la violencia (no hay atisbo de que la ejerciera después del episodio de Damasco). Pasó de perseguidor a perseguido, y eso hasta su muerte de cruz.
No obstante, estoy convencido de que has manejado fuentes que yo desconozco.
Yo siempre he tenido a San Pablo por uno de los catalizadores de la perduración del mundo clásico en la historia humana, pero imagínate en que tipo de diálogo entraríamos…
Además, te había prometido que sería breve, pero no lo he cumplido. ¿Me perdonas?
Mañana sigo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Enis Batur, 2

Querido Enis:
Aunque estoy convencido de que nunca leerás esta carta, voy a seguir escribiéndotela. ¿Te acuerdas de Vanka, el protagonista del cuento de Chéjov? Querido abuelo… Voy a escribirte una carta. Te felicito la Navidad y te deseo todos los bienes de Dios. No tengo ni padre ni madre, sólo me quedas tú… Te picaré el tabaco, rezaré a Dios por ti y, si hago mal, azótame todo lo que quieras ¡Qué cosas le dice aquella criatura angelical, otro siervo doliente! Abuelo, ya no puedo más, esto es sencillamente la muerte. Mi vida es triste, peor que la de un perro, querido abuelito, todos me pegan, ven a por mí, apiádate y sálvame. El narrador, cuando el niño de apenas nueve años ha acabado de garabatear la carta, doblado el papel e introducido el mismo en un sobre que ha comprado con sus escasos ahorros, dice que escribió al frente la siguiente dirección: Para el abuelo que está en la aldea. No sé si hay un cuento más triste en Chéjov o elsewhere, pero a mí me hubiera gustado escribir esa carta.
Otra pregunta: ¿sabías que cuando Bruce Chatwin le encargó a John Pawson que le reconstruyera su apartamento en Londres, lo único que le pidió (conocía el del propio Pawson, en la foto) fue que no se vieran los libros. Estaban allí, escondidos, ya lo creo que sí. No hay más que haber leído cualquier obra de Chatwin, Retorno a la Patagonia especialmente, para darse cuenta de que había leído (y asimilado) cientos o miles de libros, pero el hecho es que no quería ni verlos alrededor. Su presencia inmediata, al dueño de casa, se le hacía insoportable.
¿Por qué te digo yo todo esto? Pues la verdad es que no lo sé muy bien, pero me temo que tu libro ha tocado alguna fibra sensible de mi interior, y alterado aún más mi equilibrio, siempre precario, en relación con mi formación y con mi biblioteca. Así pues, podrá decirse que el laberinto de mi biblioteca comienza en las paredes de mi casa y desde allí se extiende por toda la corteza terrestre. Puede que sea discutible la objetividad de esta afirmación, pero todos aquellos que comprendan lo acertado de su subjetividad en lo que vale la suscribirán de inmediato. Llega un día en que junto a la identidad de Dédalo aparece la del hijo. El deseo de huir de mis libros, de la Biblioteca, el impulso de planear hacia una comarca en la que no me salga al paso ni una sola línea, aparta al otro, lo esquiva. Subo y desde la terraza miro largo rato la ciudad, los cerros de atrás y más allá: a veces le abruma a un la sed de silencio absoluto. Como a Chatwin entonces.
A ver si he entendido bien lo que dices (pobre traductor, por cierto: el final de ese párrafo tuyo sí que es laberíntico). Cuando alguien vive en los libros, y el mundo entero sale directamente de los estantes, cuando la Biblioteca –que no es la biblioteca física de cada uno sino el hecho de formar parte, a través de nuestra vida de lectores que se rodean de libros, y se alimentan espiritualmente de ellos, de una realidad que resulta intercambiable con conceptos como el de Proceso, y hasta con el de Ley (en el sentido kafkiano de los mismos)– lo es Todo para uno, entonces puede aparecer, por generación intelectual, una identidad, de hijo, que desea (como la mariposa que sale del gusano de seda) volar libre, en silencio, describiendo un vuelo mágico, nocturno, silencioso.
El esclavo, el que depende de los libros, mental y materialmente, el que se ata a ellos, puede tal vez engendrar un concepto libre. ¿Es eso? ¡Qué bonito pensamiento!
Seguiremos, tal vez.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Enis Batur, 1

Querido Enis:
No nos conocemos de nada, ¿o sí?, pero me permito dirigirme a ti en tu mismo tono de cordialidad, y lo que es más importante aún, de confidencialidad. Estas quieren ser palabras privadas que te dirijo en público. ¿Te acuerdas, bibliófilo, de quién escribió este verso? Seguro que sí. A mí por ejemplo, una de las cosas que me ha alegrado al leer tu libro (Las Bibliotecas de Dédalo, Prólogo de Alberto Manguel, Errata Naturae, 94 páginas, 2009, 9,90 €), es el que no haya una sola cita, un solo intertexto, una referencia que no produjera en mí alguna forma de eco (y de paso de Narciso). Esto puede querer decir al menos dos cosas: o bien que me voy haciendo viejo, y por lo tanto que mi memoria (costrosa por falta de interés para casi todo lo demás), está en un momento de esplendor libresco, o bien que tú eres una persona muy buena y has mencionado situaciones históricas, libros, autores con un afán casi casi divulgativo. Por otra parte, me permito dirigirme a ti en la forma de una carta personal, porque nos une al menos una amistad común, la de Irene, tu editora española; no sé si la conoces aún en carne y hueso, pero estoy seguro de que cuando la conozcas la considerarás tu amiga. A mí me bastó un rato para que así fuera. Has tenido mucha suerte. Irene (acaso por su juventud) sigue abierta a la amistad desinteresada. Tú que eres también editor, debes de saber mucho de la relación necesaria entre editor y escritor, ¡cuánto me gustaría preguntarte sobre el asunto!,  pero por ahora voy a dejarlo aparte.
Te lo digo pronto, y de antemano: lo que más me ha gustado de tu libro, lo que desde el primero momento me ha mostrado que no se trataba de otra obra más sobre libros, bibliotecas y otras neuras de bibliómano (¿acaso Dante o Chretien escribieron sobre su biblioteca? ¿lo hicieron tal vez Homero o Safo?), de esas que no interesan ni al propio escritor siquiera, han sido las preguntas retóricas que formulas a lo largo de sus cien páginas. Me he quedado maravillado, cada una se perfila como una saeta gitana, todas se te quedan clavadas en el corazón, y hasta puede que no te dejen dormir tranquilo. Por ejemplo, cuando dices: "Paso de sala en sala mirando la Biblioteca y los libros de los estantes, y entonces, lanzas la pregunta: ¿durante cuánto tiempo más?". Tu libro tiene como horizonte la muerte, y la desaparición final (llegas a decir que escribir un libro puede dar derecho, tanto o más que a la anhelada y tópica inmortalidad, a la absoluta desaparición, al aniquilamiento, a la inmersión definitiva en la Nada incolora). Me parece precioso ese pensamiento que a mí me ronda cada vez que recorro el pasillo de mi casa para dirigirme a la cama. Una vez tumbado transito de nuevo por el pasillo de los libros y repaso mentalmente los estantes. Te confesaré una cosa, confidencia por confidencia: una vez un médico chino al que acudía para recibir masajes en los pies (conste que me los daba su enfermera), me dijo que para liberar el estrés pensara en algo que me relajara. Así lo hacía, sin resultado aparente, quizás porque en realidad pensaba en mi biblioteca (las otras en las que se me ocurría pensar o engordaban o eran pecaminosas). No me atreví a reconocérselo a mi amigo Wan, sobre todo porque antes le había dicho que mi cansancio, cómo no, venía de un exceso de lectura y escritura. La cosa es que, antes de caer en la sima del sueño, como ocurrirá en ese día final, pienso en los días que me queden para leer. No sé si el hecho de haber reconvertido la medida del tiempo que resta en un cómputo de días de lectura (y escritura) me convierte o no en sosias tuyo, pero en el fondo creo que eso no tiene importancia alguna.
El horizonte de la lectura es la muerte. En eso estamos de acuerdo. Lo han dicho todos, de Platón a Kafka. La letra mata, el espíritu vivifica. Cada línea es un desvío, o mejor, un atajo, en el camino de la vida. Al surgir calinosa de la pluma, la tinta deseca el papel, abrasándolo, recortando sin misericordia el espacio en blanco en el que debiéramos movernos. Tú lo dices también en algún punto, te refieres con un deje melancólico a lo que tu biblioteca esconde u oculta, a todo lo que ha sustituido, en un momento o en otro de tu vida (¡ah!, por cierto, echo de menos en tu escrito el erotismo; lo siento, no todo iban a ser halagos: hablas de pasada de los visitantes de la Biblioteca en general, y de la tuya en particular, y deduzco que se tratara de gente a la que amas, pero no me queda suficientemente claro: Manguel dice en el prólogo que eres una persona discreta y elegante, ¿pero tanto?).
Otra pregunta de las tuyas: ¿cómo se enfrentará, un lector ideal, un asiduo de los mejores estantes, de las categorías mayores, a sus propios garabatos? Realmente no lo sé. Otra, que parece menor, pero esta muy lejos de ser banal: ¿cuál es el medio natural de una colección de libros? ¿Se puede hablar de que pierda su aura si se aleja de allí? O aquellas, aparentemente melodramáticas (sólo quien desconozca de verdad de que estás hablando puede pensar de esa forma) del comienzo: ¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué se sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?
Al miedo a la muerte, quizás, por cerrar el círculo: al final el deseo de desaparición quizás no baste. La inmortalidad del alma, esa intuición de absoluto amor que tantos hemos tenido, nos impide, sin más, zambullirnos en la cárcel bibliotecaria, o en la orgía perpetua flaubertiana. ¿Atudirse de literatura? Ojalá fuera tan fácil, y con eso bastara. La Biblioteca, en eso creo que aciertas hasta el dolor, describe un límite, un límite entre el amor y la muerte.
Pero, antes de hablar de todo eso, más a fondo, quería preguntarte algo, públicamente. Tiene bastante que ver con el límite, con la noción de límite que expresa la letra escrita. He visto que el libro, esta pequeña joya que Irene nos brinda a los lectores españoles, está escrito entre el año 2001 y el 2005. Si le sumamos el epílogo, bellísimo también, hay que ascender hasta el 2007 incluso. No entiendo una cosa: si te has tomado ese tiempo (la densidad, y la levedad del libro lo justificarían plenamente por lo demás), ¿cómo es que parece escrito de un tirón Además de las preguntas, incisivas, otro de los tesoros del libro se esconde en el ritmo. La medida exacta de los capítulos, el espacio que se crea entre ellos, el volúmen (nunca mejor empleada esta palabra) del conjunto. Parece una obra de otro tiempo, como esas ermitas de proporciones exactas, perfectas, que pueblan tu península turca. Ambos sabemos que eso es justo lo más difícil. Y tú y yo, que podemos distinguirlo con ojos de marino avezado a mil leguas, que disfrutamos con ese tipo de cosas por adelantado, lo comprobamos con alegría cuando miramos un objeto bello (como tu libro) muy muy de cerca.
Mañana sigo. Deo volens.

domingo, 13 de septiembre de 2009

By the Rivers of Babylon (Popular Song)


Además de esta versión gospel de Liz McComb, os paso ésta, más maravillosa aún (creo que la música, the tune, es de Don Mclean, pero no lo sé a ciencia cierta), que vi en un de los capítulos de Mad men. Por cierto, menudo pedazo de serie: de lo mejor que he visto en mucho tiempo.

sábado, 12 de septiembre de 2009

viernes, 11 de septiembre de 2009

L´Estatut (y la ley)

El Tribunal Constitucional no merece respeto. Porque están caducos, porque están politizados, porque obedecen a razones de partido, porque están preocupados por quien va a ser el próximo presidente (Jordi Pujol, Ex-President de la Generalitat, 8.9.2009)
El cumplimiento del Estatuto chocará con resistencias e incomprensiones, pero nada impedirá que convirtamos en hechos nuestra voluntad de autogobierno (José Montilla, President de la Generalitat, Mensaje Institucional de la Diada de 2009, 10.9.2009)
Cataluña dice: "Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español". La pretensión es legítima; es legítima porque la autoriza la ley, nada menos que la ley constitucional. La ley fija los trámites que debe seguir esta pretensión y quién y cómo debe resolver sobre ella. Los catalanes han cumplido estos trámites, y ahora nos encontramos ante un problema que se define de esta manera: conjugar la aspiración particularista de Cataluña con los intereses o los fines generales de España dentro del Estado organizado por la República. Éste el problema y no otro alguno (Manuel Azaña, Presidente del Consejo de Ministros, 27.5.1932)
Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá existiendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar (José Ortega y Gasset, Filósofo y Parlamentario en Cortes Generales, 13.5.1932)
Tot és llegendari, incert, sensa forma, vagarós, inefarrable (Josep Plá, escritor, cir. 1976)
La rebelión frente a la ley ejerce, con frecuencia, mayor fascinación que su observancia. La ley sin embargo tiene una profunda y melancólica poesía; es el intento de hacer descender concretamente las exigencias de la conciencia a la realidad vivida –fatalmente un intento de compromiso, puesto que está obligado a echar cuentas con los límites de lo real, pero grande precisamente por esa ardua e ingrata confrontación con la dura prosa del mundo (Claudio Magris, Profesor de Literatura, 1996)
(La imagen es una reproducción del cuadro El espíritu catalán de Antoni Tàpies, 1971).

jueves, 10 de septiembre de 2009

Dueling Guitars (from August Rush)

Ted Kennedy


De todo lo que he leído a la muerte del Senador Edward Kennedy, ha sido este pequeño artículo de Mónica Fernández-Aceytuno el que más me ha interesado.
La casa
Siempre había querido conocer la casa de los Kennedy en Hyannis.
Veía las fotos y me preguntaba en qué lugar se podía sonreír de esa manera. En realidad, de la casa, se veía muy poco, un porche muy grande, y el océano ahí mismo como si la casa estuviera enclavada y clavada en la arena. De hecho, según vas llegando desde Plymouth hay arena en la carretera recién traída por el viento, y ya en Hyannis Port se diría que está a punto de cerrarse el camino.
Sin embargo las casas están abiertas a las miradas, y ese poder verlas al completo es quizás lo que las vuelve, en su aparente vulnerabilidad, más hermosas. Eso no quiere decir que no estén rodeadas de árboles, porque lo más valioso de Cape Cod es precisamente eso: el bosque más silvestre y el océano más salvaje unidos, y las casas por el medio en las dunas.
La casa de los Kennedy, aún no lo he escrito, es completamente blanca. Está hecha como con tablones muy anchos, quizás del robledal que hay detrás de ella. Al lado tiene unos cuantos vecinos, cosa que no esperaba, y de frente la playa privada. Porque aquí las casas tienen su propia playa. Y así, según vas leyendo los letreros que te impiden darte un baño, te das cuenta de que en cada uno de ellos figura el apellido de una familia, propietaria feliz de la arena y de las olas.
Teniendo eso, ¿para qué hacer pretenciosa la casa? Y así la casa de los Kennedy, aun siendo grande, como si hubiera ido creciendo con el tiempo, asombra por su sencillez, que hasta la chimenea de piedra está pintada de blanco, como para quitarle importancia. Las ventanas de guillotina son de un gris muy discreto, y el tejado tiene una ligera curva al final, y delante un arce sobre el que ondeaba la bandera americana a media asta, y después el horizonte.
De la casa de los Kennedy lo que vale es el lugar, y la vida que pusieron a lo largo de los años en ella (5-9-2009)

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Al Alba (Aute/Aute)

Notas para un diario 128

La primera vez que leí este párrafo, hace más de veinte años, no sólo pensé que expresaba una gran verdad sino que tuve clara e inmediata conciencia de que el viejo Hem (A moveable feast) me estaba mandando un mensaje muy personal.
When you have two people who love each other, are happy and gay and really good work is being done by one or both of them, people are drawn to them as surely as migrating birds are drawn at night to a powerful beacon. If the two people were solidly constructed as the beacon there would be little damage except for the birds. Those who attract people by their happiness and there performance are usually unexperienced. They do not know how to overrun and how to go away. They do not always learn about the good, the attractive, the charming, the soon-beloved, the generous, the understanding rich who have no bad qualities and who give each day the quality of a festival and who, when they have passed and taken the nourishment they needed, leave everything deader than the roots of any grass Attila´s horses hoofs have ever scoured.
Naturalmente, como todas las entradas de este blog, ésta también es una entrada à clef.

martes, 8 de septiembre de 2009

Al Alba (Aute/Mercé)

Para Mercedes también, que se merece esto y muchísimo más.

Mavis Gallant

A mi amiga M.M. en su cumpleaños
De ninguna manera inédita en castellano (existen dos espléndidas colecciones previas de Sirmio y una de Alba, sobre el mayo del 68), Mavis Gallant (Montreal, 1922) sigue siendo no obstante una desconocida entre los lectores españoles. Y vaya si es una pena. Lumen, que va sumando aciertos, recoge ahora una suerte de Collected Stories de la Gallant, agrupadas con un criterio cronológico. A mí me fascina Mary Gallant. Me parece una de las más grandes de los últimos cincuenta años. Historias con frecuencia mínimas. Bien trenzadas; mimadas con ternura. En la máxima soledad creativa. Con unos personajes (especialmente los femeninos) sutiles, elocuentes, inolvidables. Situaciones a menudo de cambio: de ciudad, de pareja, de vida. Inicios de etapa, con sus falsas promesas. Partidas, apuestas que llevan en sí la semilla podrida de la falta de futuro. Vocaciones, llamadas interiores, otras tantas frustraciones. Sabe como nadie que el ser humano necesita, para desarrollarse, un tiempo del que a menudo va a carecer. Parece un tópico, pero es la más europea de las escritoras en lengua sajona. Mucho más que las inglesas (Elizabeth Bowen incluida). Ninguna de las corrientes filosóficas o estéticas del siglo pasado, desde el nihilismo hasta el nouveau roman, deja de tener su eco en el mundo de la Gallant. Pero lo esencial es, claro, el modo en el que todo eso ha quedado asimilado y digerido, vivido diría yo. Ni un gramo de pedantería. Al contrario, la mayor naturalidad, la más desarmante naturalidad.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El sueño americano: Mad Men/Mad Women

Ya os dije que seguiría hablando un poco (y aún me queda cuerda) del sueño/pesadilla norteamericano (pobre viejaeuropa: esa sí que ha sido una invasión en toda regla, orsonwelles, pero aquí no son marcianos, somos nosotros mismos, nuestros ancestros del mayflower tomándose la revancha por la expulsiónpormotivosreligiosos de los foundingfathers). Pues la cosa es que llevo días viendo una serie titulada Mad Men, y cuál sería mi sorpresa ayer cuando Mercedes Monmany, desde su reseña semanal de literatura extranjera del ABC (de las Letras: yo no me las perdería, ya hablaré otro día de las virtudes críticas de Mercedes), comentó Lo mejor de la vida, la novela de Rona Jaffe en la que se ha inspirado el creador de la serie. Con su permiso reproduzco íntegro el excelente artículo.
A muchos, hoy, el nombre de Rona Jaffe (Brooklyn 1931 – Londres 2005) probablemente no les dirá gran cosa, pero publicada en 1958 su novela Lo mejor de la vida, que muy pronto sería llevada al cine, protagonizada por Joan Crawford, provocaría una notable conmoción y se convertiría en un clamoroso éxito de ventas en Estados Unidos. Fuente inagotable para guionistas, espejo literario donde navegaban tanto la amarga y terrible ironía cáustica de El apartamento de Billy Wilder como los casi siempre ilícitos e inconfesables sueños de una generación de chicas por primera vez libres y laboralmente independientes de novelas espléndidas como Pájaros de América (Tusquets) de Mary McCarthy, el libro de Jaffe se convertiría mucho después, en nuestros mismos días, en la fuente de inspiración preferida para los creadores de una de las mejores series de culto actuales, la mítica Mad Men. Pero si en el perverso y sobrecargado ambiente retratado con sutil y sádico hiperrealismo en la serie televisiva los hombres eran los protagonistas absolutos de aquella oficina y aquella empresa de publicidad de la calle Madison entendida como un darwiniano y letal campo de batalla sólo apto para los más fuertes en la lucha diaria por el poder y la sobrevivencia, en la novela de Jaffe el punto de vista se trasladaba a unos márgenes, por aquel entonces aún habitualmente desdibujados u obviados, que eran las mujeres. Eslabón débil y apenas decorativo en la mayoría de los centros de trabajo por aquellos días, a los personajes de Caroline Bender y sus amigas de la editorial Fabian, o a la presencia masiva en general de jóvenes atractivas que poblaban oficinas y rascacielos neoyorquinos, había que añadir en la novela de Jaffe temas aún tabú y proscritos como el sexo. En Lo mejor de la vida, entre genuinos y apasionados enamoramientos, tormentosos líos prohibidos e interesados o adulterios con casados, el tema sexual era tratado por primera vez con absoluto desparpajo, cincuenta años antes de la alegre falta de prejuicios con la que cómodamente ser moverían sin problema alguno de conciencia las sofisticadas heroínas de Sexo en Nueva York.

Para escribir su libro, la entonces joven Rona Jaffe traspasaría una gran parte de sus experiencias vividas, así como cientos de testimonios escuchados a su alrededor. Licenciada a los 19 años, como la protagonista de su novela, por la Universidad de Radcliffe, enseguida se puso a trabajar en la editorial Fawcett, que en su libro tomaría el nombre de Fabian y que se dedicaba a la fabricación en cadena de best-sellers – “somos los responsables de cambiar el gusto literario de Estados Unidos”, le dirá con orgullo uno de los ejecutivos de la editorial, nada más empezar a trabajar- vendidos en supermercados de todo el país y normalmente clasificados de “literatura basura” por los entendidos. De simple e inicial secretaria, Jaffe, como su personaje central, pasaría a ser editora, hasta que decidió hacerse escritora, gracias sobre todo a un afortunado encuentro con un productor de Hollywood, que le dio la idea de su libro. Afilada y sagaz observadora, notable recreadora de ambientes, de clases sociales y matices psicológicos que con un simple gesto, exceso de avidez o traspiés equivocado llevaban al que lo ejercía a la ruina o bien a mantenerse por un tiempo más en las ansiadas cimas simbólicas del “asalto de una fortaleza como Nueva York”, Jaffe supo combinar con agilidad y dignidad, entre citas literarias y escritores legendarios como Hemingway y Scott Fitzgerald, bares de Manhattan abiertos toda la noche, estrenos de Broadway, suites en el Plaza y clubs de la alta burguesía financiera u hoteles de culto literario como el Algonquin, escenas de cama y abortos clandestinos, el entretenimiento y la denuncia de los abusos y de la hipócrita aridez con la que se encontraban aquellas primeras chicas que se lanzaban en soledad al mundo, sin reglas aprendidas en ninguna escuela, del trabajo, del arribismo feroz, de las zancadillas y la competencia, de la humillación y los desaires, y en general del enmascaramiento de sentimientos e emociones personales, con los que a menudo se les extorsionaba y se les liquidaba, dejándolas fuera de juego.

Jóvenes de apenas veinte años, como los que tenía Rona y su alter-ego, la inteligente y perspicaz Caroline, sus madres y la estrechez de convenciones en las que habían crecido no les habían enseñado nada de la vida. Pero sobre todo no les habían enseñado a detectar las finas fronteras que dividían lo apropiado y lo inapropiado y que sin cesar se veían obligadas a traspasar con una copa de whisky en la mano o con el jefe dictándoles una carta en un despacho cerrado a cal y canto. Ambiciosas y capaces, o simplemente nubladas por la única y obsesiva meta para la que habían sido educadas, echarle el lazo a un aceptable o buen partido, y casarse lo más pronto posible, antes de que languideciera la ilusión y el hechizo, ninguna de ellas estaba a salvo de caer en las redes del otro fantasma de cuatro letras, aparte del sexo, y muchas veces incompatible él, que era el amor. Educadas en el culto a la virginidad, todas ellas, desde las más lúcidas como era el caso de Caroline, o las más cínicas y corrosivas como Gregg, de trágico final, por no hablar de la inocentona y deslumbrante April, recién llegada de Colorado, y la muy pronto traicionada Barbara, divorciada y madre de una niña con tan sólo veinte años, se tenían que defender a diario, o sortearlo como podían, del chantaje o disyuntiva que les obligaba a elegir, como mandaban las costumbres, o como presionaban sus jefes, novios y púdicos admiradores, entre sexo y amor. Cualquier paso en falso en ese sentido se pagaba duramente. Practicado a la ligera podía cavar la tumba de muchas de ellas o enviarlas a habitar en las sórdidas mazmorras de una temible palabra “impronunciable”: la de “amante”. Incluso ejercido con pasión y sincera espontaneidad, en aquellos días el sexo podía jugar en cualquier momento en su contra. Por ejemplo, para ser abandonadas estratégicamente por novios que les reprocharían más tarde haberse entregado a ellos “con demasiada facilidad”…