jueves 16 de julio de 2009

Stay Golden (Au revoir Simone)

martes 14 de julio de 2009

Dublín, 1

Hace unos días recibí una carta extraordinaria. Me la enviaba, desde Berlín, mi amiga Irene Antón, editora de la casi recién creada Errata Naturae, uno de los proyectos más inspirados y prometedores del panorama editorial español. Irene, además de su labor editorial, es una ensayista fuera de lo corriente (basta con leer su presentación a El niño criminal de Jean Genet, que acaba de aparecer) para darse perfecta cuenta de su talento literario. Me decía, entre otras cosas, lo siguiente: Yo sigo muy bien, con dolor de ojos, pero eso son gajes del oficio (traducir, corregir... la pantalla del ordenador). Por eso me mantengo algo alejada del ordenador. Pero ¿sabes? Ayer miré algo de manera muy distinta. Con otra intensidad. Te lo cuento. Fui a ver el famoso busto de Nefertiti, en el Altes Museum. ¿Lo has visto? Yo voy a visitarlo siempre que vengo. Es impresionante, de una belleza que deja sin aliento. Lo miré muy bien durante unos cinco minutos, desde distintas perspectivas, el cuello, extraordinario, los pómulos, deliciosos, la nariz, perfecta, los ojos, abrumadores y los labios... creo que haría casi cualquier cosa por poder rozarle los labios, pasarles el dedo despacio por encima. En estos cinco minutos me interrumpieron varias veces para pedirme que me apartara: querían, sin cesar, hacerle fotos. Entonces, cansada, me retiré un poco y miré el cuadro general, a toda esa gente agolpada en torno al famoso busto. Ahí estaban, sin mirar, sin mirar de verdad. Con sus cámaras y sus audioguías, como si llevasen guantes, protegiéndose. Ni una mirada limpia: sólo una ojeada rápida a través del objetivo para ver si la cámara había captado bien la imagen. Parados el tiempo justo para escuchar el breve discurso de la audioguía, igual para todos y cada vez. Qué relación más extraña la de nuestros contemporáneos con la belleza. Cuánto miedo. Nadie mira y nadie piensa: todos salen corriendo. Qué gran vacío de verdad, de experiencia. Me recordó también al pasaje de Genet sobre el que hablamos en nuestro desayuno: aquél en el que reprocha a los burgueses su relación con la violencia y el crimen, esa manera de sólo poder soportarla de lejos, a través de la representación que de ella hacen actores y artistas. ¿Te acuerdas? Cuando he tenido ganas de gritarles a todos, de despertar a tanto zombie, he recordado que ésa es la razón por la que me gustan tan poco los museos, me he despedido de Nefertiti que, impasible, nos observa desde sus siglos y me he ido.
A mí tampoco me gustan los museos. En los dos días que llevo en Dubín, no he entrado en uno, ni por asomo. Para mí toda la cuidad es un museo. Las calles especialmente, los rostros enrojecidos. Sólo pensar en quienes se han paseado por aquí, me deja exhausto. Llevo treinta años (leí El retrato del artista adolescente a los 13) leyendo sin parar a los irlandeses: Joyce, Wilde, Beckett, Yeats muy especialmente, Elisabeth Bowen, Le Fanu, Lord Dunsany, Heany, Trevor, Kavannagh, la lista es interminable. Yo he muerto a Dublín a través de sus escritores. Hace mucho que aposté por la muerte vital, por instalarme en el teatro del mundo. Como una máscara. En un escenario. Si hay espectadores mejor, pero al menos siempre hay uno ante el que jugar (play) la divina comedia. Much more than enough! Claro que los burgueses sólo aceptamos el mal a través de las representaciones, Irene. Y follamos con condón. ¿Qué hacen a diario si no los mass media? ¿quién podría desayunar con sangre de la de verdad? Demasiada realidad para ser soportada. Callejeando por las calles peatonales del centro (Dawson, Exchequer, Grafton, Duke Street) he entrado en un anticuario y comprado una edición del De Profundis de Wilde, que he releído mientras cenaba un espectacular monkfish, o sea un rape, sólo, con mi ángel de la guarda que ha impedido por lo demás que me haya metamorfoseado en pez. Wilde era otro sujeto carcelario como Genet. Y otro homosexual, pero éste enamorado del Cristo. ¿Sabes que, cuando salió de la cárcel, tenía como obsesión escribir un ensayo que habría de haberse titulado De Cristo como precursor de los poetas románticos. Lo que nos hemos perdido, aunque en su autobiografía, un monumento de desnudamiento y genio inscrita para los siglos venideros, hay más de una muestra de lo que quería decir al respecto. Salió tan lacerado y crucificado de Reading Goal que no le hizo falta siquiera escribirlo. André Gide, cuando fue a visitarlo, no dudo ni un instante en afirmar que había esperado encontrarse con un poeta y que se dio de narices con un santo. Otro que sabía bien de lo que hablaba. Del bien. Del mal. De la santidad de lo real. Y de la necesidad de la representación.

sábado 11 de julio de 2009

Desiderata

Mi hermana Lourdes me manda estos pensamientos, o tal vez sea una plegaria, fechada en el año 1692, y encontrada en una antigua rectoría de la ciudad de Baltimore (veo en la red, no obstante, que también ha sido atribuida a un tal Max Ehrman, que vivió el siglo pasado en Nueva Inglaterra) Peu importe; para mí lo esencial es lo que dice sobre aquello que deberíamos desear, con lo que que estoy (bastante) de acuerdo:
Camina plácidamente entre el ruido y la prisa,  recuerda que la paz puede estar en el silencio. Si es posible, sin rendirte, procura ser amigo de todos. Dí tu verdad de una manera serena y clara y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante; también ellos tienen su propia historia que contar. Esquiva a las personas ruidosas y agresivas, ya que son un fastidio para el espíritu. Si te comparas con los demás, te volverás alguien vano y amargado, pues siempre habrá personas más grandes o más pequeñas que tú. Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes. Ama tu trabajo, por humilde que sea: es un verdadero tesoro, en el fortuito devenir de los tiempos. Sé cauto en tus negocios, pues el mundo está lleno de engaños, mas no dejes que esto te vuelva ciego para la virtud que existe. Hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar ideales nobles. La vida está llena de heroísmo. Sé sincero contigo mismo, en especial no disimules tus afectos e inclinaciones. No seas cínico en el amor, pues en medio de todas las arideces y desengaños, es perenne como la hierba. Acata dócilmente el consejo de los años, abandonando con naturalidad las cosas de la juventud. Cultiva la firmeza del espíritu, para que te proteja en las adversidades repentinas. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad. Con una sana disciplina, sé benigno contigo mismo. Tú eres una criatura del universo. No menos que las plantas y las estrellas, tienes derecho a existir. Si no dudas de esto, el mundo se abrirá ante ti. Vive en paz con Dios cualquiera que sea tu idea de El. Y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones, conserva la paz con tu alma en la bulliciosa confusión de la vida. Aún con toda su falsía, sus dolores y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso. Sé cauto, ¡esfuérzate por ser feliz!

miércoles 8 de julio de 2009

Notas para un diario 121

Un árbol de Navidad. El sorteo nacional de la lotería. Un sorteo peculiar. Un sorteo personalizado. No hay ningún participante más. Sólo yo, aunque nadie queda excluido del mismo. Consiste en introducir, por la copa del árbol, una bola blanca. Si yo la veo, y la cojo, antes de que caiga al suelo, me toca la lotería y me convierto en alguien inmensamente rico. La mano inocente que lanza la bola es un viejo poeta al que admiro (también hay algo en su poesía que me repele profundamente). Un poeta viejo y muerto que me habla con la claridad y la parsimonia con la que lo hacía en vida, deletreando suavemente cada palabra. Por fin introduce la bola en el árbol. La bola comienza a descender entre las ramas. Cuando está a la altura de los ojos la oigo, pero no la veo; cuando llega a la altura de mis manos, la veo pero no la puedo alcanzar. Durante un tiempo pienso que he perdido el sorteo. Lo esperado. No tiene nada de particular, al fin y al cabo es prácticamente imposible, en esta vida, que a uno le toque la lotería. Cuando voy a darme la vuelta, para irme, oigo de nuevo la bola. Miro y está todavía en el árbol, casi a la altura de mis pies. Me agacho y la recojo con toda tranquilidad. Tengo una felicidad inmensa, mezclada con una cierta incredulidad, tan grande y desorbitado es el premio que voy a obtener. El poeta, que hace el papel de notario del premio, consulta con un ayudante si ha visto de donde he recogido la bola. ¿Del suelo? ¿Del árbol? Ninguno de los dos lo ha visto realmente. Yo no digo nada, no me defiendo. El poeta sentencia que, puesto que no puede atestiguar de donde la he recogido, no me pueden dar el premio. Me lo dice de un modo amargo y añade que se trata del precio que tengo que pagar si quiero ser poeta: renunciar al premio. Entonces me enfado y me encaro con él: le reprocho que esté amargado y le digo que conozco perfectamente la causa, que la he visto reflejada en su poesía. Tiene algo que ver con su relación con Dios. El viejo poeta me mira con odio y me dice que me acuerde de Fausto. Por dentro, más que triste, estoy rebelado por la injusticia.
(El cuadro de la foto pertenece al pintor y poeta polaco Josef Czapski)

martes 7 de julio de 2009

Notas para un diario 120


Hablando de la luz, ayer pasé la tarde, precisamente, en Saint Jean de Lux, Donibane Lohizune (nombre bello y eufónico donde los haya; joder, aquí lo mismo le damos al vasco que al gallego que al catalán: la intimidad tiene estas cosas, que uno se abre a los demás y se olvida de la gran política, la de Camps y sus trajes, por ejemplo), San Juan de Luz (en la foto, not bad, hein?, si picas en ella la verás en grande; al que no tenga nada mejor que hacer en septiembre le invito a comer unos moules en una terraza y a contemplar la luz dorada de la tarde, una de las más bellas del mundo). Mi hijo Álvaro se había sacado el carnet de moto y nos fuimos, con Victoria también, a comprarle un regalo a su madre. Recorrimos los quince kilómetros que separan Biarritz de San Juan de Luz por la costa, por la so called Côte des Basques, yo (muerto de miedo por el niño) con María un poco más adelante, y Álvaro detrás, dando sus primeros pasos motorizados. Aún le recuerdo, como si fuera ayer, sobre las cuatro ruedas de la bici en el parque de la Media Luna, y mira… Horror: tempus fugit! Fuimos, bebimos café en la rue Gambetta, charlamos los tres, dimos un paseo por el puerto, hicimos la compra (una blusa de hilo color verde hoja seca y una camiseta a juego que María Victoria eligió) y volvimos felices y reconfortados a casa. Pensaba, mientras pasaba unas horas con mis hijos, ya bastante mayores, en la relación entre la luz y el fuego. Mi amiga Isabel me escribía por la mañana que, como había escrito Larbaud, acaso en la vida puede ser preferible la sombra. De lo que no cabe duda es de que asociamos la luz con el calor y la sombra con la fresca. El fuego es a la luz lo que lo trascendente a sus consecuencias. En muchas tradiciones religiosas es así. La luz es el significado del significante fuego. En realidad, creo que es una cuestión mucho más compleja, dura y vital de lo que parece. La capacidad o el deseo que tengamos del fuego (y no me refiero ahora a helios, sino a esa realidad en sí que hace que las cosas sean, al fuego de la vida, a eso que quema con tan sólo acercarse, y quema hasta el punto de que puede destruir e incendiar toda nuestra casa, la casa del ser de la que tantísimo habló Heidegger), determina nuestra postura ante la vida: podemos enmascararla cuanto queramos pero al final siempre se revela el fondo de nuestra condición humana. A más cercanía con el fuego, más posibilidad tenemos de ser aniquilados. Pero a la sombra, y por seguir con la imagen taurina de mi amiga, los toros se ven siempre desde la barrera. Dicho de otro modo, en la arena siempre luce el máximo sol. Su misma forma y el color albero del suelo así lo reflejan simbólicamente. Ahí bulle, y puede morir masacrado, todo: la pasión sexual, la exultación, el arte, la gloria de la vida. En mi Kafka, he planteado la cosa con la imagen de las tres mariposas y el fuego. No es mía. Es una leyenda franciscana. Francisco (de quien se ha dicho que ha sido la persona sobre la tierra que más se ha parecido al Cristo; yo lo comparto, si excluimos por supuesto a María) sabía mucho del fuego del amor. Que se le pregunten si no a Santa Clara. O a Giotto di Bondone, que lo inmortalizó en los frescos de Assis.Tres mariposas que contemplan el fuego. Una se acerca y, al darse cuenta de que se le queman los ojos, se vuelve hacia atrás. A la segunda le pasa lo mismo con las alas. Renuncia y se vuelve. La tercera (la tercera persona, la más espiritual y material a la vez, la más consciente de lo que puede perder y de lo que se puede perder si no accede, la más familiar con el fuego) se zambulle en las llamas como en una orgía o como en el interior de una mirada de amor de esas que te deja todo el aparato respiratorio (cuando no la conciencia misma) abrasado. Durante un instante se hace una con el fuego, para después desaparecer fulminada. Siempre que llego a este punto, además de sentir envidia de los místicos (Francisco, Giotto, Juan el teólogo, Juan de la Cruz, Caravaggio, Tom, el viejo gato, al mismo tiempo, por cierto, grandísimos artistas), recuerdo el verso de Mandelstam sobre la necesidad de dominar el arte de la separación. He pensado mucho estos días en el arte de la separación, pero soy plenamente consciente de que separarse también significa la muerte. Otra forma de muerte. A la sombra, sin toreo, sin vida, de una manera más o menos plácida o escéptica (Larbaud era un gran escéptico; yo procuro no serlo). De modo que, resumiendo, al final tengo que darle una vez más la razón a Unamuno (que tanto amaba San Juan de Luz) y reconocer que la condición humana es trágica. Me contaba un amigo librero que, cuando Don Miguel vivía en Hendaya, muy cerca de aquí, cuando salía a dar paseos por la frontera francoespañola, se metía un ajo en el bolsillo para no olvidarse de que era español (creo que Joyce, en Trieste, hacia lo mismo con una patata irlandesa). Esa es la parte cómica de la tragedia, a la que irá consagrado mi próximo libro. Pero eso sólo será posible si tú me ayudas, un poco. 

lunes 6 de julio de 2009

Notas para un diario 119

No sé si he hablado aquí suficientemente de lo hospitalaria que puede ser, en la vida de una persona, la presencia de una luz, cuando luce detrás de una puerta abierta. La luz puede llegar a ser necesaria e imprescindible. Todos los niños del mundo se duermen más tranquilos si se les deja encendida una luz, por pequeña que sea o tamizada que esté. Cando maxino que es ida,/ no mesmo sol te me amostras,/ i eres a estrela que brila,/ i eres o vento que zoa./ Por cierto, ¿sabes gallego? Por si acaso te copio esas Follas novas de la inmortal Rosalía. La verdad es que (tranquila, no voy a hacer el chiste) no es fácil distinguir la luz de la sombra. Primero porque las cosas están constantemente moviéndose. Después porque, como dejó escrito Leonardo (Notas para el Tratado de la Pintura; qué gracia, otras notas para algo…), sombra y luz nacen de la luz, o sea que con la luz nació la sombra. Claro que una cosa es la sombra y otra la oscuridad y las tinieblas. No tienen demasiado que ver entre sí. Yo me he pasado algunos años de mi vida (los últimos) instalado en la sombra, y a punto de sucumbir a la tentación de la tiniebla. Y, creyendo que la sombra era la luz, casi me quedo ciego. Lo que pasa es que eso no lo sabes hasta mucho después. Personalmente parto de la premisa mayor de que en la vida hay muchas cosas que no se eligen (entre ellas algunas muy fundamentales) y de la menor de que hay que aceptarlas como vengan. En muy buena medida. Pero con frecuencia me he visto sorprendido, cuando he descubierto que algo que me había deslumbrado, y orientado durante un tiempo, no era más que una sombra. La sombra de un amor, de una llamada interior, de un anhelo profundo. Y, en cambio, aunque parezca increíble, cuando una luz de verdad nos espera, a veces no es nada fácil aceptarla o salirle al encuentro. Hay un pasaje del Testamento impresionante en el que se habla de esto mismo, aunque en otro plano. Supongo que no hace falta que te lo recuerde. Además, como no soy capaz de sacarte de tu duda, con aquel otro pasaje que te obsesiona (sí, el de la mirada y el deseo), sé que desconfías de mi condición de exégeta (cosa en la que desde luego aciertas). Bueno, pero por si acaso te lo voy a recordar. El texto más importante, a estos efectos, es una vez más el prólogo del Cuarto Testamento. Allí se dice del Bautista (la lámpara que arde y brilla, la luz de la que los hombres han querido gozar un instante, Jn. 5, 35-36), que "no era la luz, sino un enviado para dar testimonio de la luz", o sea que era más bien una sombra; por eso la única luz era la del Verbo, del que se dice literalmente algo emocionante y terrible a la vez: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y esta luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido/no la han extinguido" (Jn 1, 4 y 5). Menuda diferencia en las dos traducciones. Esa será por tanto su peculiaridad, la de iluminar a los seres racionales (por eso hay tantos milagros asociados con la recuperación de la vista de los ciegos). La sabiduría de Dios, unida íntimamente a la vida. Lo habían dicho ya Isaías y otros profetas, cuando por ejemplo llama al Siervo "luz de las naciones" (42,6 y 49,6). O lo que algunos llaman los salmos solares, por ejemplo el 19 ó el 104 (Tú te recubres de la luz como de un vestido, reza el bellísimo y dantesco versículo segundo). Pero no sigo por aquí que veo que empiezas a bostezar, y no me extraña. Luz inaccesible, le dice Pablo a Tito; luz admirable, dice en cambio el primer Papa. Y el discípulo amado, el teólogo, identifica luz y amor, comunión, ágape (1 Jn, 5 y ss; 2, 8-11). A mí me interesa mucho la asociación luz/vida. Viene de las primerísimas palabras del Génesis, de la creación de la luz (el espíritu que flotaba sobre las aguas y entre las tinieblas de la nada creo la luz concibiéndola íntimamente, y después nombrándola, fiat lux, para que existiera y marcara el orden de los días y las noches). La realidad es la luz, sobrepuesta a la oscuridad, a la nada previas. Esa oscuridad primordial no tiene nada que ver, por tanto, con la sombra de la luz. Se opone a la sombra tanto como a la luz. La oscuridad, y la nada, no forman parte de lo propiamente creado, son precisamente su ausencia. La luz puede iluminar, o sea dar (luz) porque es. Y junto a la luz misma, también da sombra. Esto es un requiebro metafísico que se desprende tanto del protoevangelio como del famoso prólogo joánico, que por lo demás están conectados y cosidos por dentro. La luz es la vida, en tanto que es algo y, alguien que nos la da, sea de forma absoluta o relativa, cuando nos acompaña al paso de los días, se convierte para nosotros en la mejor parte de nuestra vida. Decirle a alguien que es nuestra vida, y decirle que para nosotros es una luz, viene a ser lo mismo. Luz de nuestra vida. Quevedo, ¡qué poeta! (recuerdo, como si la hubiese pronunciado ayer, la última conferencia de Octavio Paz en la Nacional, dedicada a Don Francisco, antes de que al autor del libro sobre las trampas de la fe se le quemara la biblioteca en su casa de México, y como manifestó que Quevedo era el mejor poeta castellano de todos los tiempos), escribió un poema sobre la luz y la vida con el que me gustaría despedirme de ti esta noche: ¿Agradeces curioso/el saber cuánto vives/ y la luz y las horas que recibes?/ Empero si olvidares, estudioso,/con pensamiento ocioso,/el saber cuánto mueres,/ingrato a tu vivir y a tu morir eres:/pues tu vida, si atiendes su doctrina,/camina al paso que su luz camina. Se refiere a la luz de la verdad. La verdad del amor y de la vida. Menudo rodeo he dado para decirte, con Quevedo, que mi vida camina al paso de tu luz. A lo mejor mañana te largo otro rollo, veremos si me lo permite el corto viaje a la frontera de Francia, antes en todo caso de que vuelvas a clavarme esos ojos color miel como espadas (espadas como ojos; tus labios no pienso, por prudencia, ni siquiera mentarlos): por ejemplo, podríamos hablar de la asociación, omnipresente en mi universo simbólico, que es judío y griego al tiempo, troyano como tú, entre la luz y el fuego. Ya me dirás si te interesa porque si no, la verdad es que escribir por escribir es una solemne tontería.

domingo 5 de julio de 2009

Far Far (Yael Naim)

jueves 2 de julio de 2009

Autorretrato de Miguel Angel

Acabo de leer la noticia del hallazgo de un autorretrato de Miguel Ángel en la recién restaurada Capilla Paulina del Vaticano. En este oratorio se hayan los frescos de dos escenas importantes que representan los tiempos apostólicos: La conversión de Saulo y La Crucifixión de Pedro. Las pinturas han sido sometidas a una restauración que ha durado siete años y, como no hay restauración de esta naturaleza que se precie, sin un descubrimiento historiográfico sonado, pues resulta que se ha informado de que en efecto, en La Crucifixión del primer Papa, se ha querido reconocer un autorretrato del genio tocado con un turbante azul (en la foto superior). En el diario La Repubblica se pone en boca del jefe de los restauradores de los Museos Vaticanos, Maurizio De Luca, que, en uno de los dos frescos de la capilla, el de la Crucifixión de Pedro, aparece un "autoritario" Miguel Ángel, con turbante azul como uno de los tres caballeros romanos que acompañan la crucifixión, a la izquierda de la escena. De la misma opinión es el director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci, quien precisa que "la restauración se ha hecho de forma excelente, el resto son opiniones, lo digo con toda sinceridad, el caballero con el turbante me parece que es Miguel Ángel aunque más joven porque en aquella época tenía 70 años". Al parecer de estos expertos se han sumado otros estudiosos del arte y del genio renacentista, entre ellos su biógrafo y restaurador, Antonio Forcellino, quien habla de una "restauración maravillosa que ha devuelto el esplendor original a la Capilla Paulina". Sobre el autorretrato dice que "forma parte de la tradición de Miguel Ángel" y que "en este caso aparece de modo evidente el tormento que caracterizaba el ánimo del artista, como en cada personaje de su obra". En cuanto al turbante con el que aparece tocado, dice que "acostumbraba a protegerse del polvo con un turbante blanco cuando trabajaba", y el hecho de que se muestre a lomos de un caballo es normal porque "a Miguel Ángel le placía cabalgar". Para la experta Cristina Acidini, del Polo Museale Romano, el rostro de Miguel Ángel se parece mucho al famoso retrato del genio pintado por Daniele da Volterra en 1541 y agrega que "su expresión es de sufrimiento, triste, tensa, como si comprendiese la injusticia que se estaba llevando a cabo" al crucificar a San Pedro boca abajo.
No sé muy bien que pensar de todo esto. Miro un poco sus obras y veo a Miguel Angel, con arreglo a esos criterios, en muchas otras imágenes, que deberían constituir otros tantos autorretratos. Sin ir más lejos, en el mismo fresco hay caras muy parecidas como la del hombre, junto a la cruz, en la foto de abajo, que por cierto está tomada antes de la última restauración.
Ubicada a dos pasos de la Sixtina, la Capilla Paulina, lugar de culto (en ella se expone el Santísimo Sacramento), y reservada al Papa, fue encargada por el papa Pablo III Farnese (1534-1549) a Antonio de Sangallo, que la comenzó en 1537. Miguel Ángel acometió los frescos sobre la Conversión de Saulo, que comenzó en 1542, y de la Crucifixión de Pedro, iniciado tres años más tarde, para concluir el conjunto en 1550. Estamos en los últimos años de la vida del pintor y poeta, que murió en 1564. Los años de la Capilla Paulina son justamente los que vieron el momento más intenso de amistad de Miguel Angel con Victoria Colonna. Una amistad que cambió el sentido espiritual y estético del artista, y de la que conservamos un testimonio elocuentísimo en los versos de los sonetos miguelangescos. La vita è breve e poco me n´avanza, escribe en el soneto 295. La vida es breve y poco ya me resta. Son los años del tormento místico que, como dijo André Chastel, pusieron fin al sueño y al éxtasis florentino. Son los años, y esto lo añado yo, de la ciencia de la cruz.

Baker Street (Gerry Rafferty)

martes 30 de junio de 2009

Northern Sky (Nick Drake)

Una persona muy especial para mí me mandó hace dos años, más o menos, esta canción. Desde entonces la he escuchado muchas veces, miles, en situaciones diferentes, y siempre me ha parecido increíblemente buena, me he sentido unido a esa canción de una manera muy especial, que no viene al caso pormenorizar. El hecho es que no sabía ni el título de la canción: la grabé en el itunes y en el ipod, pero olvidé escribir el título o el nombre del autor. De hecho la tenía puesta con el nombre propio de la persona en cuestión. Quizás eso fue lo que me hizo identificarla con ella, en cierto sentido y por un tiempo. Hace pocos días le pedí que me dijera el título, porque quería buscarla en youtube para ponerla en el blog. Se la mandé con un sms en formato mp3, pero no la pudo abrir (la verdad es que es un desastre con los ordenadores, lo que por cierto para mí la convierte en alguien especialmente entrañable). Me dijo que no la podía abrir, pero fuese porque vio que yo la tenía grabada con su nombre, o por lo qué fuere (la realidad es que me ha mandado a lo largo del tiempo no sé si cientos pero sí decenas de canciones), me dijo que seguramente sería Northern Sky de Nick Drake. Y así era en efecto. Lo adivinó tal cual, a la primera, sin dudar apenas, después de dos años en los que ha llovido mucho mucho sobre las vidas de todos nosotros.
Cuando me la mandó, inicialmente, yo desconocía la existencia de Nick Drake, su autor, y no la había oído nunca antes; cuando vi la película Serendipity, ni siquiera había reparado en ella, lo que demuestra una vez más que soy lento para todo lo mejor. Serendipity: no es fácil traducir esa palabra inglesa que acuñó hace siglo y medio Horace Walpole. Yo la traduciría como una coincidencia especial, pero también como algo que se da por anticipado. No nos damos cuenta de la cantidad de cosas que se nos dan en la vida por adelantado, pero que cuando se nos ofrecen no las vemos. En el mejor de los casos, sólo las intuimos, e incluso apenas nos atrevemos a desearlas para nosotros. A veces porque nos parecen fuera de nuestro alcance, a veces porque nos parecen malas. Cuando hacemos algo malo, muy malo, con eso se nos están dando por adelantado otras cosas buenas, que dependen de esa maldad de una forma misteriosa: por ejemplo se nos puede estar ofreciendo de antemano la humildad, el arrepentimiento, la experiencia de nuestra limitación, la posibilidad de mejorar, por tenue o remota que ésta sea. Siempre he pensado que una resistencia contiene también una fuerza o una luz: los de mi ya casi venerable quinta recordaréis aquellas dinamos que llevábamos en las ruedas de las bicis y que iluminaban los pequeños faros con el rozamiento con la rueda trasera. Cuando comprendí la letra de la canción, especialmente alguna de sus frases (I never felt magic crazy as this/I never saw moons knew the meaning of the sea/I never held emotion in the palm of my hand/Or felt sweet breezes in the top of a tree/But now you’re here/Brighten my northern sky./I’ve been a long time that I’m waiting/Been a long that I’m blown/I’ve been a long time that I’ve wandered/Through the people I have known/Oh, if you would and you could/Straighten my new mind’s eye.../Would you love me through the winter?/Would you love me ’til I’m dead?/Oh, if you would and you could/Come blow your horn on high… ) Es una canción de amor, triste por el tono pero llena de esperanza, en la que alguien le dice a otra persona que nunca ha sentido esa locura mágica por nadie, que nunca ha conocido lunas que le revelaran los secretos del mar, que nunca había sostenido la emoción en la palma de su mano ni sentido una brisa dulce en lo alto de un árbol…, pero que ahora sí, que después de haber esperado largos años, de haberla buscado en los rostros de los demás, de haber sido literalmente barrido por el soplo terrible de la vida o el desamor, que siente el verdadero amor hasta la locura sólo porque esa persona está ahí, y que eso lo cambia todo, y que, si ella puede, y quiere, puede iluminar su cielo y ser su norte, que puede enderezar su mirada perdida y renovarla; después, antes de repetirle esas cosas, por si no se ha enterado bien, le hace dos preguntas sencillas pero de esas que hay que pensarlas bien antes de contestar a la ligera: ¿me amarás a lo largo del crudo invierno?¿me amarás hasta que me mueras?… Si es así, haz que suene tu voz alta y profunda como el sonido de un cuerno. Lo que no sabía entonces, cuando me mandaron esa canción, era lo que se me estaba otorgando al mismo tiempo, lo que esa canción anticipaba. Desde luego nada que tenga que ver en absoluto con la persona que me mandó la canción; nada que ver. Tampoco ahora lo sé del todo, pero por primera vez creo que lo intuyo. De haberlo sabido entonces, de haber conocido que se produciría tal coincidencia, esa increíble coincidencia con otros hechos de mi vida, creo que no hubiera sido capaz de escucharla ni una sola vez. A veces me aterra pensar lo ciegos que estamos, la incapacidad que manifestamos para ver señales de cosas (y me refiero a cosas terribles) que, pasado un tiempo (a veces largo o larguísimo) pueden convertirse en las grandes luminarias de nuestra vida. Hablo por mí, desde luego, en este caso.
La luna sobre un castillo blanco, la esencia en la palma de la mano, la brisa dulce entre las ramas de los árboles, la mente de un hombre nuevo que renace desde el horror, ante una mera presencia clemente y llena de misericordia (la empatía del corazón que surge de la humildad), y el invierno que anuncia la muerte, el deseo íntimo íntimo de la muerte… ¿cómo he podido estar tan ciego? ¿por qué ocurren así las cosas? ¿es que no me voy a dar cuenta jamás de que todo, absolutamente todo, está ya escrito en el libro de la vida? ¿cuándo voy a aprender a leerlo, un poco, aunque sólo sea un poco?… a duras penas soy capaz de conformar las primeras sílabas de una cartilla para principiantes.
Este es un fragmento de la película en la que suena la canción de Nick Drake; por cierto, confieso que me encanta John Cusack, como actor claro está, ja, ja, ja.

domingo 28 de junio de 2009

Rothko, Scully, Lorca y Foix

Mi amiga Pepa Balsach me pasa un artículo sobre la pintura de Scully, a la luz de la pintura de Rothko y de la poesía de Federico García Lorca y de Foix. Se titula Cuerpos de palabras y es una auténtica maravilla:
En un comentario que Sean Scully hizo sobre su serie de obras titulada Wall of Light (1998-2000), el pintor sintetiza lo que, a mi parecer, es un resumen de la concepción de toda su obra: «Estoy intentando dar a la luz una sensación de cuerpo... Las palabras luz y espíritu son, en mi opinión, intercambiables. Quiero capturar algo que tenga una quietud clásica y al mismo tiempo suficiente emoción o disonancia para crear una condición que no esté resuelta...». Dar a la luz una sensación de cuerpo es despojar la pintura de todo lo accesorio, acceder a la representación del aura de la pintura. Pero, ¿qué es para Scully la pintura? Seguramente, él respondería que la pintura es la quintaesencia de lo humano, lo que se puede expresar plásticamente desde las profundidades del ser. La emoción o la disonancia es la piel —la vibración— de la obra; lo clásico o racional es la forma, la forma geométrica originaria. Inseparables, estas dos propuestas fundamentales se multiplican y se enriquecen con sus múltiples variaciones suspendidas en el tiempo, haciendo coincidir la memoria del pasado con la del futuro.
«El hecho es que figura y fondo, cielo y mar, todas las experiencias vividas por el artista y todas las historias que él quería explicar se encuentran concentradas y destiladas en rectángulos que tienen la solemnidad de las piedras de Stonehenge y lo trágico evanescente de los cielos y las marinas de Turner», escribe Scully en un texto sobre la pintura de Rothko: «Un fervor moral o ético puede conducir a un artista a la simplicidad formal y algunas veces a una pintura muy desnuda, como es el caso de Mondrian. De un lado, Rothko es austero y geométrico; pero por el otro está obsesionado por una desesperación sensual, un desconsuelo entendido como un abrazo físico y melancólico. En una pintura de Rothko nada es definido, nada es seguro y nada es definitivo. Con tristeza y constancia, trabaja contra la muerte de su propia luz, fenómeno que no puede conjurar ni con sus rojos, naranjas, amarillos y azules radiantes. Con el uso que él hace del negro y del gris hacia el fin de su vida, yo no veo tanto la sumisión de una imaginación sensual como la aceptación de su propio encerramiento y fin. La vida acompaña al arte y el arte refleja el curso de la vida, tan inseparables como un cuerpo y su sombra».
En este texto, el pintor irlandés está hablando de su propia obra aunque la pintura de Rothko le sirva de escudo para describir otras formas, otros colores, ajenos a su interior plástico y expresivo. Críticos e historiadores han escrito que la sensualidad, la racionalidad, la comparte Scully con Mondrian, Klee y Matisse, con sus ideales de claridad, armonía y espiritualidad; con Rothko coincide en su concepción abierta de la composición en la que fluye su interioridad. Pero me interesa más lo que surge de los comentarios de Scully sobre la pintura, como el carácter sonoro de los colores y la decisión del pintor de Dvinsk de poner la pintura en finas capas, una sobre otra, pacientemente: oscuro sobre luminoso, luminoso sobre oscuro. Y el temblor vaporoso del marrón y del negro, y el espacio imposible de fijar que resulta de esta vibración visual. Porque «sabía que los bordes del mundo, y todas las cosas en el mundo, están tamizadas por el misterio y la tristeza»
El arte de Rothko, como el de Scully, es abstracto; pero en términos de sentimiento reformula en su tiempo la gran ambición espiritual que corre a través de una gran parte del arte occidental.
El tiempo tiene color de noche
Nada más afín que poemas de García Lorca para la pintura de Scully. En este trabajo Sean realiza un doble salto para generar su obra: hace coincidir su vivencia sensible con la experiencia de la universalidad del poema. La palabra será en esta ocasión el cuerpo de la pintura, ese cuerpo esencial e inmaterial que él quiere iluminar.
El canto quiere ser luz.
En lo oscuro el canto tiene,
hilos de fósforo y luna.
La luz no sabe qué quiere.
En sus límites de ópalo,
se encuentra ella misma,
y vuelve. 
García Lorca es —también— un poeta de lo que, en términos proustianos, sería «la impresión» en pintura. Los colores y sus movimientos imantados los transforma Scully en una relación abstracta de acordes profundos de gris plata, oro y negro, en rectángulos que vibran y parecen desplazarse con el sentido y la emoción de la palabra exacta. La interpretación de la música del poema está también en estos acordes plásticos que surgen y se mantienen fijos en un equilibrio que es sustraído a la intensidad.
El Tiempo
tiene color de noche.
De una noche quieta.
Sobre lunas enormes,
la Eternidad
está fija en las doce.
Y el tiempo se ha dormido
para siempre en su torre.
Nos engañan
todos los relojes.
El tiempo tiene ya
horizontes. 
El concepto del horizonte es clave en la obra de Sean Scully. Es la línea ópticamente física y la imagen conceptual que nos encierra dentro y, a la vez, nos permite ir más allá. Es también un punto de unión simbólico entre dos mundos. Cuatro colores impregnan la obra en la transmutación del poema: negro, gris noche, marrón, blanco. En Arlequín (Teta roja del sol. / Teta azul de luna. / Torso mitad coral, / Mitad plata y penumbra.), la poesía irrumpe en colores en un universo de luz. En la obra de Scully que corresponde a este poema los colores son otros: el azul se torna magenta; el rojo, rojo sangre. Sobre el lienzo, las formas se van tiñendo. Aparece aquí la densidad de un cuerpo que dura y se mantiene suspendido junto a la claridad de los colores lorquianos que son siempre espejos celestes.
El diamante de una estrella
Ha rayado el hondo cielo,
Pájaro de luz que quiere
Escapar del universo
Y huye del enorme nido
Donde estaba prisionero
Sin saber que lleva atada
Una cadena en el cuello.
[...] 
El concepto de cárcel hace aparecer la eternidad. Claro sobre sombrío; oscuro sobre luminoso. Luz y tinieblas juntas, unidas. Oxímoron plástico. Como en Rothko, «el tiempo se suspende y nos deja libres de establecer nuestra propia relación poética “abstracta” con él». «El diamante de una estrella» que raya «el hondo cielo» es otro horizonte. Cárceles podrían ser metafóricamente los rectángulos que se repiten, en múltiples variaciones minimalistas, en las obras de Scully, «la (triste) vida en el cementerio». Pero la pintura, como el poema, va más allá, porque manifiesta el ser, la condición trascendente de lo humano, su anhelo y su grandeza, y a la vez, su sensación de abandono.
Una de las primeras obras de Sean Scully que me impresionaron vivamente fue la que realizó con motivo de la muerte de su madre. Dos cuadrados blanco carne y dos cuadrados negros que tienden al claro se enlazan como se funde la ternura con el dolor.
Me senté en un claro del tiempo.
Era un remanso de silencio,
de un blanco
silencio.
Anillo formidable
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros. 
La reverberación del blanco se impregna de ausencia. Los colores por superposición, por veladuras, aparecen extraños. Su disonancia se desprende de la emoción en términos universales, emoción que encuentra su fuente en la experiencia vivida. En 1945, Rothko decía: «Adhiero la realidad material del mundo y la sustancia de las cosas». Esa sustancia Scully la convierte en cuerpo, como el canto de luz de García Lorca.
La pared
En un poema en prosa de 1972, titulado Aquí mismo, J. V. Foix describe una extraña pared:
Todos sabíamos dónde estaba la Pared, pero ignorábamos qué había tras ella. Hace siglos que los más documentados del pueblo habían descubierto, en crónicas comunales manuscritas y en papeles estrujados de sacristía, una serie de dichos, pronósticos y leyendas que la mencionaban. Escribían sobre ella en los semanarios dominicales, y hacía literatura, erudición, ciencia o fábula. ¿Era un río, una cima, el mar o una selva con bestias fieras? Muchas mañanas, cuando ha amanecido y es todo claro, íbamos allí a mirar los dibujos, los trazos y las pintadas que la decoraban. Veíamos cálculos aritméticos, soles llorones y lunas rientes, frases proféticas en verso trascendental mal calzado, y corazones y falos rememorativos. Un día corrió por el vecindario que había gente del pueblo y de los alrededores decidida a destruir la pared y descubrir qué ocultaba. Quien quería hundirla sin miramientos, con violencia; quien pretendía desmontarla, piedra a piedra, con mucho cuidado, numerándolas. Nadie sabe quién empujó a los vecinos a destruir de pronto, súbitamente, ahora mismo, con desasosiego, como presa de angustia, la pared. Una fiebre contagiosa, una singular enfermedad del espíritu, colectivas, los desazonaba. Toda herramienta fue buena, todo brazo fue útil: la pared ultrasecular —que algunos viejos llamaban la muralla— de sillares antiguos y piedras de todo grosor y tiempo, cayó con el estrépito de las rocas que se despeñan en un llano de cabo de mar y con el estallido de un alud. La polvareda oscureció el día y aterrorizó a los vecinos. Al alba del nuevo día, tibio, luminoso y oloroso, todos a una, chicos y mayores de ambos sexos, estábamos al acecho: ni río, sin embargo, ni bosque ni estanque ni playa. Ni hacia acá de los cimientos seculares de la pared, ni hacia allá, no había agujero alguno con alargamientos misteriosos, ningún pozo con negruras siniestras, ninguna obertura con precipicios espantosos ni abismo alguno con hondonadas magnéticas. Era un todo claro sin forma ni color, un todo blanco, de un blanco neutro difícil de escribir, el cual os atraía no para despeñaros por él descorazonados o para penetrar en él como una cuchilla de tocinero en una pella de manteca del país. Aquellos o aquellas que se decidían o resolvían a hacerlo, se plantaban frente al límite de aquel vacío-lleno soberano, y, atemorizados, reculaban como si alguien los empujara, más fuerte que ellos. El vecindario se apresuró a reunirse paro acordar la reconstrucción. Amontonó materiales aprovechando los escombros: pero tan pronto alguien hollaba el suelo allá donde la pared había tapiado, por aquel lado, el pueblo, imaginaba quimeras y huía hacia la plaza donde se halla la iglesia, la tahona, la taberna y el apotecario, o subía por el atajo del cerro. Este hecho, ya registrado en los archivos, hizo que, en la tierra de los míos, ponerse de cara a la pared tenga un sentido distinto al del castigo escolar. Entre nosotros, testigos reivindicados, quiere decir dar la cara, junto a nuestra casa, a un infinito cuajado de prodigios y de milagros latentes. Aquí mismo.
Este infinito cuajado de prodigios y de milagros latentes es el espacio de la palabra, lo que se encuentra tras los Muros de Scully y que él solariza, su Wall of Light (‘pared de luz’), el lugar de la Cigarra de Lorca:
¡Cigarra!
¡dichosa tú!
Que sobre lecho de tierra
Mueres borracha de luz.
[...]

viernes 26 de junio de 2009

Young Folks (Peter Bjorn & John)

Young Folks - Peter Bjorn & John

Notas para un diario 118

Miniatura
Al principio me dediqué a mirar el mar azul, azul turquesa; unas olas pequeñas rompían regularmente contra las rocas. Apenas podía oír el sonido de sus crestas batiendo sobre la piedra negra. Un cielo inmenso aparecía blanqueando el azur. Desde donde tú no estabas, la brisa me traía el sonido de tu voz, las notas levemente agudas de tus palabras. Poco a poco me fueron envolviendo en una dulzura aterradora que me impedía sestear, en mi sombra, detrás de ti. Ya no miraba el mar. Me limité a escuchar las inflexiones de tu voz. Me enamoré de tu voz. Me enamoré de ti.
(En Biarritz, Cafe de Paris, Place de Bellevue 5, 24 de junio de 2009, 16:14. La foto, de Obén Antón, pertenece a la serie Angelo o Diavolo y se titula Bella Durmiente)

jueves 25 de junio de 2009

Kafka en Madrid

Ayer recibí, de noche, el siguiente mail:
Querido Al, a que c. estás esperando para hablar de la presentación. No te hagas el modesto, el que no te gusta hablar de tus cosas y todo ese rollo, que además no te lo crees ni tú. Quieres hacer el favor de contar algo de la presentación. ¿Qué es, una venganza por no haber estado? ¿Cómo quieres que te lo pida?
Bueno, pues antes de que me de con algo en la cabeza (os aseguro que es perfectamente capaz), voy a hacer una breve crónica del acto del pasado lunes (y conste que te la dedico a ti, bruja) Vaya por delante que fue una maravilla (al menos para mí), por muchas razones, pero fundamentalmente porque, como era previsible, fue un acto sencillo, entre amigos, con unos presentadores de lujo. Empezaré por éstos: moderó la mesa Alejandro Sierra, que es el Director de Trotta, y que inició la sesión con unas palabras muy cariñosas para mí, repitiendo algo que me había escrito en los primeros correos que nos cruzamos, allá por el mes de febrero, y en concreto que para él, desde que leyó por primera vez el libro, pensó que pertenecía a la familia de la editorial, que formaba parte de la biblioteca interior que todo editor sueña con formar poco a poco. Un elogio importante, teniendo en cuenta quienes pertenecen a esa biblioteca que Alejandro y sus colaboradores (que también tuvieron el detalle de acompañarme) han ido conformando con el paso del tiempo. Después habló Julio Trebolle, a quien acababa de conocer unos minutos antes, e hizo un discurso largo, lleno de densidad, aportando a la lectura del libro varias referencias, especialmente de la Cábala judía. Ojalá hubiera hablado con él en el proceso de redacción. Guardo como un tesoro las cosas que nos descubrió a todos, especialmente la etimología de la palabra paraíso en lengua hebrea que, yo no lo sabía, pasó a la lengua de los profetas bíblicos a través de Persia. Me asombró su conocimiento, sus dotes pedagógicas y, sobre todo, su estilo: elegante, sobrio, profundamente amable. A Julio le sucedió Mercedes Monmany en el uso de la palabra. Mercedes contextualizó el libro en el mar nostrum de la literatura y la crítica del siglo XX. En un momento dado, mientras hablaba, pude ver una doble página del ejemplar de mi libro que ella había leído. No os puedo contar la cantidad de anotaciones, subrayados, etc, que había sobre el papel. ¡Típico de Mercedes!. Constante, generosa, lúcida, abierta. Siempre trabaja así, y me honro con ser su amigo y haber aprendido de ella tantas cosas intelectuales y morales. Por fin me tocó hablar a mí. Aunque te fastidie, bruja, voy a ser lacónico: me limité a dar las gracias, especialmente a Paula (en la foto), que me ha acompañado cada día en estos años, a la Universidad de Navarra, que es mi alma mater, a mi hermana espiritual, Esther Bendahan, sin cuyo coraje y amor por mí este libro no estaría tan magníficamente publicado, y por supuesto, a los editores, confirmándoles que siempre me había considerado un miembro de la familia Trotta.
Fue un acto lleno de amigos. Muchos de Pamplona, que habían venido ex profeso o que están ya viviendo en Madrid, pero con los que he vivido un momento importante de formación en la Universidad. Hasta un antiguo Rector, metafísico, al que admiro y aprecio desde hace veinte años. Mi familia, como siempre, bien representada (me hizo especial ilusión ver a algunos sobrinos, ya mayores), tres de mis hijos, por hermanos, cuñados, y esa gran persona que es mi suegro. Había varios antiguos alumnos míos, a los que os podéis imaginar la alegría que da verles, a veces décadas después de aquel primer encuentro en las clases. Había amigos de Madrid, del colegio, de la carrera, amigos más recientes, amigos también cuya amistad ha estado siempre ahí, o al menos a mí me lo parece. Alguno vino con sus hijos, lo que insisto me parece un regalo muy especial, y la mejor señal de que las cosas se renuevan desde dentro (por ejemplo Mercedes, que vino acompañada de César y de Laura, en la foto)
Había un grupo de personas que vinieron convocados por la editorial y otros por Casa Sefarad o por Blanquerna. A algunas las conocía, a otras no. Había incluso una persona admirable que fue víctima directa de la barbarie nazi: por cierto se trata de una de las personas más enteras y felices que conozco. Lectores del blog, también. Colegas escritores, algún editor y una editora a quien me encantó conocer y de la que hablaré en los próximos días.
Fue un acto sencillo, como le hubiera gustado a Kafka. Mi padre me había regalado un vino para después de la presentación. Nos supo a gloria. La gloria de la amistad. Gracias a todos, también a los que sé que habéis querido venir y no habéis podido. Una amiga me escribió algo increíble: que se había arreglado especialmente esa tarde, como si fuera a estar presente acompañándome, aunque vive a cientos de kilómetros de distancia. Bendita sea por ese gesto que no olvido. Acabé cenando (puro incluido), cerrando un círculo casi perfecto, con los más íntimos entre los íntimos, en Príncipe de Viana. También debo las fotos a mi hermana Lourdes.