martes, 31 de marzo de 2009

Amor particular (Lluis Llac)

Me gustaría poder contarte todo lo que esta canción significa para mí

El desierto de Atacama

Por el amor llegamos, por el amor subimos,
por el amor se nos volaron los pastos que nos cubrían,
repite el desierto de
Atacama, inmenso, tendido frente a los Andes,
mirándolo
Raúl Zurita, El amor de Chile
Querido Al
¡Cómo contarte lo que vi, lo que sentí al pasar por el desierto de Atacama! Te hubiera encantado… Tantos colores rojizos, marrones, rosados, negros y grises en un solo paisaje conmovedor, donde una no sabía si lo que sentía era el vacío absoluto o la plenitud. Donde una no distinguía si aquello era el olvido de Dios o la protección absoluta al saber que no se necesita nada más porque con el desierto pareces tenerlo todo, a pesar de que parezca contradictorio. No sé como explicarlo: tanta arena, tanta tierra junta, sin nada más. Sólo el silencio porque ni siquiera se escuchaba el viento. Tan solo la nada, el vacío, la no-palabra, el no-sentido. Tú solo con el principio o el fin. Con la tierra seca, de donde vienes y a donde vas. Ahí parecen llegar las preguntas y las respuestas a un tiempo. Es el lugar de la sencillez, del todo y la nada. Del lleno y el vacío. De la tierra y el cielo. Estoy segura de que ahí se encuentra uno consigo mismo o con Alguien. Donde parece que no necesitas nada más que caminar para llegar al otro lado del mundo, para remontarte al principio. 
No sé, Al. Fue impresionante. Estaba sentada en el coche y sólo podía permanecer callada. Todo lo que hubiera podido decir era poco o no tenía sentido. Por favor, tienes que venir para comprenderlo. A lo mejor entre los dos lo conseguimos. Tienes que venir para recorrerlo conmigo. Para respirar conmigo un aire seco que te deja vacío y a la vez te llena por dentro. Frente al desierto, todos los problemas caen el olvido, o desaparecen porque sólo existían en tu mente y ahora la tienes en blanco. Mientras… mi barriga sigue creciendo con alguna que otra patada que resuena de vez en cuando en mi estómago.

lunes, 30 de marzo de 2009

Yo soy aquel (Apnea)

Bolonia

A la ciudad de Bolonia le ha caído una buena con el nombre de la dichosa reforma del sistema universitario europeo (me ahorro si no os parece mal lo de "el espacio europeo"; ya que se trata de reformarse –mi admirado Inciarte decía que sólo había una cosa más regresiva que una reforma: y esto era una revolución–, empecemos por intentar hablar y escribir mejor y, por tanto, evitar a toda costa las cursilerías). Los boloñeses van a añorar los tiempos en que se les tenía presentes por los famosos spaghetti a la boloñesa.
Me encantaría, como os podéis imaginar, detenerme en esa bellísima ciudad itálica, de gran tradición universitaria y libresca (todavía me acuerdo del comienzo de la carta italiana de Josep Pla: Bolonia es una ciudad docta y magnífica, de una generosidad perdurable y soberbia), o empezar por dejar claro que no existe un solo sistema universitario europeo (existen al menos dos distinciones que, por increíble que parezca, los nuevos bolonios no parece que hayan tenido en cuenta: el sistema anglosajón y el continental, por una parte, y por otra el sistema de enseñanza privado y el público). Pero no voy a hacer ni una cosa ni la otra, voy a ir al grano, que tengo muchísimo que hacer (entre otras cosas el infernal papeleo del Plan Bolonia, mal rayo parta a los burócratas) y supongo que a vosotros os ocurrirá otro tanto.
Conste que no pensaba hablar de este asunto en el blog. Por una razón muy sencilla: me aburre profundamente. Soy de los que piensan que las únicas reformas útiles, en este terreno como en tantos otros, son las estrictamente intímas (algo parecido a lo que se consigue por el procedimiento insuperable del examen de conciencia, el arrepentimiento por el mal realizado y la conversión profunda de las actitudes personales), y que, en general, lo que nos viene impuesto desde fuera (humanamente hablando) suele pasar por todo el tracto digestivo y acabar, como dice el Evangelio de las cosas perniciosas, en aquel lugar del que Borges habló tan elocuentemente en su poema tardío La prueba.
Bueno, que me enrollo más que una persiana. No pensaba hablar del tema, que bastante tengo con rellenar los formularios que genera. Pero no hace mucho que mi querido amigo Xavi Pla, el otro Pla, con la sutileza que le caracteriza, colgó una foto del suplemento Arts del New York Times en la que aparecía Leonard Cohen encima del siguiente titular: "En tiempos de dificultad, las Humanidades tienen que demostrar su utilidad". Creo que el retrato no tenía que ver con ese artículo, sino con otro que decía que el poeta volvía a la carretera por razones a la vez prácticas y espirituales.
Como en cuadro cubista, los tres elementos se mezclaron en la vieja y gastada paleta que es mi mente, y todo a la vez me hizo pensar en mi responsabilidad como profesor universitario. Bolonia será útil si lo transformamos en una cuestión de responsabilidad personal. La misma que por cierto teníamos los profesores antes de que a alguien se le ocurriera distraernos a todos con un intento de unificación brutal (que les digan a los universitarios de Barcelona si la palabra resulta exagerada: cuidado, que viene el ilustre consejero Saura para demostrar que la letra con sangre entra).
Al ver la foto del maestro, recordé los fragmentos de una carta que me envió en una ocasión una alumna aventajada y triste, de cuyo nombre no pienso acordarme: Acabo la carrera este año, y me duele decir que tengo ganas de abandonarla. ¿Por qué? Porque me parece vergonzosa la formación que recibimos. Los profesores, o bien se pasan la hora haciéndonos copiar una serie de notas que van leyendo o se dedican a darnos listados interminables de obras, fechas y autores que después debemos aprender de memoria para el examen. Da verdadera pena en una carrera de humanidades que podría ser tan bella como ésta. Lo peor es que hay gente que está pagando dinero por no recibir apenas nada. Los profesores deberían dejarnos al menos la hora para estudiar por nuestra cuenta. Si no nos pueden ofrecer nada mejor, bastaría con que nos indicaran los libros adecuados. Después podrían comentar con nosotros esos libros. ¿A qué tienen miedo? Enseñar no es una tontería, ni lo puede hacer cualquiera: si creen que enseñar es eso, están muy equivocados. A mí no me imponen sus títulos: una cosa es el saber y otra muy distinta el enseñar. Aprender no es memorizar cosas muertas: aprender es llegar a ser más críticos, es adquirir conocimientos válidos, y a esto no nos enseñan la mayoría de los profesores de la Facultad.
Era, y es, una persona triste pero tenía más razón que una santa. Por mi parte, por razones prácticas y espirituales, espero que el Plan Bolonia contribuya a mejorar la enseñanza, pero la verdad es que dudo mucho que lo vaya a hacer.

sábado, 28 de marzo de 2009

La literatura es otra forma de vida 3

En estas últimas entradas, empiezo a comportarme como un niño con una muñeca rusa, pero al revés: en vez de abrirla para descubrir, en su interior, otra muñeca que a su vez contiene otra muñeca más pequeña, que al abrirse contiene otra… en vez de eso, digo, voy cerrando las muñecas pequeñas y recubriéndolas inmediatamente con las mayores, que se convierten para ellas en algo así como el capote del cuento de Gógol. Lo digo porque ayer, antes de hablar de Michelstaedter, me fue necesario escribir sobre Duchamp (¿cómo no había caído antes en que la obra de Vila-Matas nace de una lectura más que particular, visual, del artista francés?), y, hoy, antes de hacer lo propio con el autor del Gran Vidrio, me resulta obligado dirigir la mirada a la obra de la Baronesa Blixen (en la foto): la gran Isak Dinesen, la escritora de las parábolas que más y mejor han ilustrado la cuestión de la identidad (¿existe en castellano la palabra des-identidad?) del artista.
No hay una sola historia de la Dinesen/Blixen, empezando por la suya propia, inmersa en ese juego, imposible de descifrar, con sus nombres y pseudónimos, que no trate a fondo la aporía de la vida y el arte. El primer cuento del Cardenal, La historia inmortal (Magdalena: ¿sabías que Orson Wells hizo para la televisión francesa una maravillosa versión cinematográfica, que por cierto rodó en Chinchón, sí, sí como lo oyes, esto se parece cada vez más a un programa/anecdotario de Garci; ¿pasearemos alguna tarde por sus soportales?), Ecos, El acre del dolor, La página en blanco (éste último es algo realmente impresionante).
A veces pienso que nadie que no posea el genio que tenía la dama de Rungsteldung, es decir casi nadie, debería hablar de una cuestión tan seria como ésta. A mí me emociona pensar en lo que ocurre por ejemplo con el personaje de Babette. Como sabéis, Babette había sido una aguerrida communard. Cocinera en el mítico Café Anglais de París, su implicación política la condena al exilio. La fatalidad le obliga a aceptar un trabajo inferior: atiende a unas ancianas a las que prepara las comidas más sencillas y elementales. Ella, que ha deleitado a los paladares más exquisitos del mundo, se ve condenada a preparar, día sí día también, las mismas insípidas gachas para dos ancianas de Cristania. Un buen día, recibe una carta que contiene un premio: 10.000 francos del juego de la lotería. Se le ocurre ofrecer un regalo a las personas que le han acogido en la adversidad. Ellas no están dispuestas a aceptarlo. Babette, que nunca les ha pedido nada, tras doce años de servicio, se lo suplica encarecidamente. Las ancianas aceptan, a regañadientes. Babette viaja a Francia. Reúne todo lo necesario para preparar una cena, en la que desplegar su arte. El resultado es prodigioso. Las señoras y sus convidados no olvidarán nunca semejante festín. Casi de madrugada, acuden a la cocina a felicitar a Babette y a darle las gracias. Están un poco tristes pensando que, ahora, con su nueva situación económica, tras el premio, les abandonará y volverá a Francia. Creen que ha sido otra cena de despedida. Pero ella lo niega: "si ya no me queda dinero". ¿Cómo? Nadie entiende nada. ¿Qué ha sido, pues, de aquella cantidad astronómica? Muy sencillo: me he gastado hasta el último de los diez mil francos en la cena que les he ofrecido. Ese era mi regalo. Mi arte. Mi entrega. Mi vida.
Querida Babette –dijo suavemente una de las ancianas–, no ha debido desprenderse de cuanto tenía por nosotras.
Babette dirigió a su señora una mirada profunda, una mirada extraña. ¿No había piedad, incluso burla, en el fondo de aquella mirada?
–¿Por ustedes? –replicó–. No, ha sido por mí.
Se levantó del tajo y se quedó de pie ante las hermanas.
–¡Yo soy una gran artista! –dijo. Calló un momento y luego repitió–: Soy una gran artista, Mesdames.
Otra vez, durante largo rato se hizo un profundo silencio en la cocina. Luego dijo la otra anciana:
–Entonces, ahora será pobre toda su vida, Babette.
–¿Pobre? –dijo Babette. Sonrío como para sí–. No, nunca seré pobre. Ya les he dicho que soy una gran artista. Tenemos algo, Mesdames, sobre lo que los demás no saben nada.
Continuará.

viernes, 27 de marzo de 2009

La literatura es otra forma de vida 2

Antes de hablar de Michelstaedter, que son palabras mayores, debo constatar que, de la manera más casual e inesperada posible, me encontré ayer con un párrafo de Vila-Matas (Dietario voluble, Anagrama, 2008) que no puedo dejar de transcribiros. Es un texto de diciembre de 2005, anterior por tanto a los acontecimientos del mes de mayo de 2006, en el que el escritor se vio aquejado de una grave dolencia que le llevó a permanecer internado en un hospital. Un mes más tarde, superada la crisis, escribe: "He cambiado de vida. Tal vez obligado por las circunstancias, pero el hecho es que he cambiado de vida". Carezco de información más precisa, pero lo que si sé es que, como he señalado, seis meses antes del colapso, escribió lo siguiente:
Cuando veía a Marcel Duchamp jugando al ajederez en el Café Melitón de Cadaqués, no sabía que aquel hombre se había retirado de la pintura y había convertido su vida en una obra de arte. Yo entonces tenía diecisiete años y sólo veía a un francés que jugaba todos los días al ajedrez. Fue unos años después cuando me enteré de que había estado viendo a un hombre sabiamente liberado de todas las ataduras estúpidas del arte. No niego que hace tiempo que me tienta la idea de situarme en la estela duchampiana, pero creo que, de dar ese paso, necesitaría un escritor que fuera testigo de todo, que me siguiera y lo narrara, es decir, tendría que contratar a un escritor que contara cómo abandoné la escritura, cómo me dediqué a convertir mi vida en una obra de arte, cómo dejé de escribir y no lo pasé nada mal. Dos posibilidades ante esto: 1) pongo un anuncio y busco a un escritor que esté dispuesto a contar lo que hice después de haber abandonado la escritura, 2) lo escribo yo mismo: me invento a un escritor contratado que sigue mis pasos después del abandono y escribe por mi un dietario, donde piadosamente simula que no he dejado la escritura.
Imposible abordar ahora todo lo que este párrafo me sugiere. Vayamos paso a paso.

jueves, 26 de marzo de 2009

One of God´s better people (Robbie Williams)

La literatura es otra forma de vida 1

Todo el mundo sabe que la literatura occidental y los cantos de la guerra mantienen entre sí una relación genésica. Cuando un soldado está en plena batalla, ni puede ni debe hacer otra cosa que pelear. Tiene poco tiempo para dedicarse a ensoñar; la idea de detenerse a escribir sería directamente una locura. Todo recuerdo, aún los más bellos y entrañables, se convierten en ese momento en una trampa íntima y mortal. Tiene que avanzar plus loin plus avant parmi les siens (P.J. Jouve). Sólo el tamborilero puede producir algo distinto de la muerte que se confunde con la vida. Finalizada la lucha, un mensajero corre desde el campo de marte hasta los muros de la ciudad. Todos esperan al heraldo. Ansiosos atienden a su palabra. No aguardan un relato pormenorizado de los hechos. Sólo quieren oír la palabra victoria. Lo demás les sobra; además, el mensajero (basta con recordar al correo de Maratón en la Eubea), no está para largos discursos: apenas le queda ya un hálito de vida y está dispuesto a gastarlo sólo en depositar la mera noticia. Entonces habrá cumplido su misión postrera. Pero los meses y los años pasan. La batalla se aleja, el tiempo se aleja y las gentes ni pueden ni quieren olvidarse de nada. Los héroes que sobrevivieron a la batalla, están inermes contra cronos. Los nuevos retienen las gestas de los mayores que se han ido, escuchando, contando, agrandando. Se las cuentan a sus hijos, y, más tarde, sólo más tarde, éstos quizás las escriben. Para no olvidarlas. Pero cada vez va pasando más tiempo: entre las letras de los poetas y el hecho que las originó se abre un abismo de tiempo, un abismo mortal e insalvable. La presencia del hecho queda fijada como una tenue sombra de realidad. Es tan solo otra forma de vida, mental, incruenta, retórica.
Siempre ha pasado lo mismo con la literatura: y, por paradójico resulte, cuanto más muerta esté, mejor resulta (y si no os lo creéis, repasad a Homero, hasta hoy mismo insuperado)
De los últimos comentarios que se han hecho en este blog, los que más me han interesado son aquellos en los que se me ha calificado (con razón) de retórico, y, lo que parece aún peor, otra amiga me reprochaba mi propensión a sacrificar la vida en favor de la literatura. Hay un tercer tipo de comentarios que parten de un error de similar origen: quieren saber qué hay de "verdad" por ejemplo en la historia que escribí el otro día sobre Gerona: si compre o no el libro de Bolaño. También querrán valorar la veracidad de las confesiones que voy a añadir a continuación, en el próximo párrafo. ¡Ojalá pudiera ayudarles en ese afán por pasar de la literatura a la vida! Literatura y vida, literatura o vida: vel, vel o aut, aut. ¿Son excluyentes una y otra? Hasta cierto punto, sí. Quien crea que vive la vida plenamente, así, sin más, sin la distracción de la escritura y de los tiempos muertos a la que ésta nos obliga, corre el riesgo de la megalomanía; quien, por el contrario, renuncia de entrada a la vida, escondiéndose en la seguridad inerte de la letra escrita, puede haber muerto en vida, y se limitará a mantener una actitud parasitaria, propia de seres realmente capitidisminuidos. Son las famosas trampas en el solitario a las que con frecuencia aluden algunas, sin darse cuenta de que lo de menos son las trampas: lo verdaderamente patético es siempre jugar solo.
¿Entre quiénes me encuentro yo? Sin duda estoy más cerca de los segundos que de los primeros. Soy un mero espectador de mi propia vida, y ni siquiera he elegido para ello la primera fila. A mí me sobra con contemplar lo que me rodea y, si me es posible, detener un poco el paso del tiempo. Ante cualquier posibilidad, yo siempre preferiría no hacerlo. Por no hacerme falta, no necesito ni escribir, ni leer siquiera. Lo que de verdad me llena es el simple pasatiempo de hojear libros. Un amigo fotógrafo, que me quiso hacer un retrato hace unos meses, captó enseguida esa limitación mía. Hace tiempo que hice esa opción vital, o mortal. ¿Quién sabe? Por eso vivo en Pamplona. En la negra provincia en la que no pasa casi nada, y hasta lo poco que pasa a mí me aturde. Aquí soy todo lo feliz que puedo ser. Suscribo plenamente el título del libro en el que Ramón Gómez de la Serna habla de su vida: Automoribundia.
Pero, ¿existe una tercera forma de vida, un tertium genus, equidistante por igual del vitalismo y de la retórica? Os adelanto que creo que sí existe: es lo que un filósofo judío-triestino (Carlo Michelstaedter) llamaba persuasión, algo a lo que llevo años dándole vueltas.
(En la foto La pluma roja de Olek, de Wolf Erlbruch, de quien hablaré los próximos días)

miércoles, 25 de marzo de 2009

Mientras tanto…

Estoy fuera de Pamplona, intentando darle a la caza alcance… Estaré hasta el jueves por la mañana. Ni puedo ni debo, por tanto, escribir en este blog. Mientras tanto…

lunes, 23 de marzo de 2009

Bolaño y el pensamiento débil

Hoy, veintitrés de marzo, se cumple un año desde que comencé a escribir este blog.
A la vez que os doy las gracias, os dedico a todos los que lo habéis seguido esta pequeña anécdota literaria. Lo siento pero no se me ocurre un modo mejor de celebrarlo.
Por exigencias profesionales, hace algún tiempo, tuve que asistir en la ciudad de Gerona al curso que dictaba un reputado filósofo, nada menos que el inventor del "pensamiento débil". No me hacía mucha gracia la cosa, pero el viaje tenía un aliciente y una circunstancia atenuante del aburrimiento que me producía la idea de tener que escuchar durante cinco días a aquel ilustre sofista. El aliciente no era otro que el de pasar otros tantos días en la ciudad de Gerona. No sé que me pasa pero al entrar por cualquiera de las callejuelas del barrio judío me siento transportado a otro momento histórico en el que me encuentro a mis anchas: la luz dorada y las sombras sobre las piedras del call me inspiran una paz y una alegría que no sería capaz de describir. La circunstancia atenuante es la siguiente: cuando le conté a una amiga el suplicio que me esperaba, le faltó tiempo para apuntarse a pasar conmigo aquel trágala. Decidió acompañarme y sufrir solidariamente. Hace mucho que leí en Bioy Casares que las mayores tonterías las cometemos cuando estamos solos. Por tanto, bien acompañados es más fácil acertar. Ese fue el caso: después de la primera sesión, tras escuchar durante hora y cuarto el más indeterminado conjunto de trivialidades que quepa imaginar, mi amiga y yo decidimos no volver a poner un pie en la, ¡para más coña!, capilla desacralizada en la que tenían lugar las sesudas sesiones. Pensándolo bien, era el sitio adecuado para tanta inanidad.
De ese modo, aliciente y circunstancia quedaron inesperadamente hermanadas: a partir del mediodía de la primera jornada, mi amiga y yo disponíamos de cuatro días largos por delante para disfrutar de la belleza de la ciudad, de la belleza del vino y de la belleza de la amistad (y yo, por mi parte, de la belleza de mi amiga). Paseamos, bebimos, hablamos. Fue casi perfecto.
Ya que no asistíamos al curso, lo más filosófico nos parecía concentrar nuestra capacidad de cogitar para la sobremesa de las cenas, que se prolongaban hasta las tantas de la madrugada. Como ambos somos muy previsores, aprovechábamos los mediodías para comer frugalmente y dormir unas siestas olímpicas. Una tarde, seguramente alterado por la cercanía de mi amiga (no soy de piedra, precisamente), no conseguía dormir. Después de dar vueltas y más vueltas en la cama, peleando contra el ángel de mi conciencia, decidí levantarme y dar un paseo por la ciudad vieja. (¿He dicho ya que mi amiga es, comment-dirais-je, una mujer muy, pero que muy, atractiva?). Como suele ocurrirme en tales casos, acabé emboscado en los estantes de una de las varias buenas librerías de la ciudad. No sé como, cuando me quise dar cuenta, tenía entre mis manos el último volumen de cuentos de Roberto Bolaño (en la foto). Apoyado en la repisa de una ventana baja, me aproximé a él con la prevención de quien no se fía de nada, y menos que de nada de los grandes, y a la vez casi inmediatos, redescubrimientos post-mortem. Cuanto más hiperbólicos, menos me fío. Que si era el mejor escritor del último medio siglo, que si era alguien que escribía en otra división, que si tal, que si cual. Y todo eso, dicho en las tapas de los libros. A la mierda. ¿Se puede estar más ciego que algunos editores? (Una vez más sólo se salva Herralde). Haberse dado cuenta antes, no te jode. Ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. Alba clara sobre el cagadero, que diría el bueno de Roberto, parafraseando al poeta por excelencia.
Bueno, a lo que voy. No conocía El gaucho insufrible. Procuro situarme, como aconsejaba Kant, siempre un paso detrás de la moda. Leí, lo primero, El viaje de Álvaro Rousselot. Por dos cosas: me llamó la atención la dedicatoria, y también el hecho (hasta estos pequeños detalles llega mi inveterado narcisismo) de que el protagonista se llamara como yo. Enseguida me di cuenta de que se trataba de una historia con llave. Una llave que yo no poseía, ni tampoco deseaba poseer. Dejé el libro, pero antes, en un último ojeo, me encontré con este hermoso párrafo:
Honestamente no tengo ni idea de en que consiste el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando, porque carecía del dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico, debí de enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano (eso te lo juro yo). Pero en resumidas cuentas el italiano no cuenta (eso también). Quizá quería decir otras cosas cuando hablaba de pensamiento débil. Es probable. Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento. Y cuando nos referimos a Kafka lo que menos importa (Dios me perdone) es Kafka y el fuego, sino una señora o un señor detrás de una ventanilla. (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino). La fuerza del pensamiento débil, lo intuí como si me hubiera mareado de repente, un mareo producido por el hambre, radicaba en que se proponía a sí mismo como método filosófico para la gente no versada en los sistemas filosóficos. Pensamiento débil para las gentes que pertenece a las clases débiles. Un obrero de la construcción de Girona, que no se ha sentado jamás con su Tractatus lógico-philosophicus al borde del andamio, a treinta metros de altura, ni lo ha releído mientras mastica su bocadillo de chope, podría, con una buena campaña publicitaria, leer al filósofo italiano o a alguno de sus discípulos (allí en Gerona, ese mismo día, se había concentrado una buena colección; lo sé porque había desayunado con ellos y escuchado a hurtadillas sus inteligentes conversaciones), cuya escritura clara y amena e inteligible les llegaría al fondo del corazón.
No podía creerme lo que estaba leyendo. Estaba en la misma ciudad. Me daba cuenta de que estaba leyendo y que, al mismo tiempo, yo estaba dentro de un libro. Era algo realmente extraordinario.

domingo, 22 de marzo de 2009

sábado, 21 de marzo de 2009

Notas para un diario 100


Llevo casi una semana concentrado en la tarea, por igual de gozosa que de ardua y dolorosa, de recopilar la bibliografía sobre el Kafka y el Holocausto que, si Dios quiere, saldrá en mayo en Trotta. Ha sido como volver, en el plazo de unas horas, o días, a los siete años que he tardado en escribirlo (¡pero qué increíblemente lento puedo llegar a ser!). No me resulta posible siquiera mencionar todo lo que ha pasado por mi mente en este espacio de tiempo intensificado. A la vez que revolvía de arriba a abajo mi biblioteca (en la foto), pasaban por mi mente (y por mi corazón) muchas cosas, casi todas buenas la verdad. Algún día contaré la historia secreta de ese libro (the story behind the story). Hablaré de la magnanimidad de algunos amigos, de la lealtad de quien casi se juega su puesto de trabajo para que el libro haya podido salir a la luz (no, no exagero), de la pasión (también erótica) que se esconde en muchas de sus páginas. Hablaré de quienes me han ayudado económicamente en estos años. Sin esa ayuda no habría podido disponer del tiempo ni de la tranquilidad necesarias, ni comprar los libros adecuados, ni viajar adonde debía hacerlo. De las deslealtades, de la suficiencia y la altivez de algunos, ya me he olvidado, o casi. Publicaré con su permiso los correos electrónicos con el editor, porque son un ejemplo de inteligencia lectora; lector asiduo de Trotta desde hace veinte años, ahora comprendo de que clase de ética del trabajo sale un fondo editorial como el que ha conseguido componer.

viernes, 20 de marzo de 2009

Fast Car (Tracy Chapman)

Arthur Rimbaud

La editorial Barril & Barral (fundada en Barcelona el año pasado), edita las cartas completas de Arthur Rimbaud, Prometo ser bueno, incluyendo en el mismo volúmen las actas del proceso judicial que se siguió en Bélgica contra el poeta por el espisodio, que empezó como una atracción fata por su amigo Paul Verlaine, y terminó literalmente a tiros. Leer las cartas del autor de Una temporada en el infierno es la mejor manera de introducirse en su bilografía, y seguro que nos descubren más de un aspecto inesperado del alma de un ser realmente extraordinario. Los trabajos impecables de Enid Starkie fijaron, ya hace décadas, lo esencial de lo que se puede comprender de esa vida, con un rigor y una empatía poco frecuentes en el difícil arte biográfico. Pero el acceso directo a este material, inédito en castellano, representa sin duda un paso adelante en el intento de aproximarse a uno de los poetas más grandes de todos los tiempos.

jueves, 19 de marzo de 2009

Palabras para Covadonga

Ayer nació en Madrid mi sobrina Covadonga (en la foto con unas pocas horas de vida). He pensado mucho qué decirle, pero no se me ocurre nada mejor que lo que contiene este poema de J.A. Goytisolo en la voz de Paco Ibañez. Son palabras para ella y para todos.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Notas para un diario 99

Hacía mucho que no tenías que soportar, pies de nácar, estas notas de condenado, notas duras, con frecuencia desagradables, como pueda serlo una verdad lanzada a la cara sin más miramientos, como un puñetazo inesperado en pleno rostro, aquella manera tan peculiar que tenía Kakfa de señalar hacia la poca literatura que de verdad a él le interesaba. Y no me extraña, tampoco es que tú me hagas ni puñetero caso, tan metida como estás en organizar eventos musicales (mucho más divertido y lucrativo que pensar en seminarios y lecciones de poética) y en exquisiteces lampedusianas (que no precisamemente gatopardescas) que sólo os interesan a lo más exquisitos de lo poco que queda de la gauche-ou-droite-divine-nationaliste-barcelonaise, menuda mierda de película por cierto que están perpetrando con la memoria de don Gil (de Biedma), el primo díscolo de Esperanza Aguirre (a la que también hay que echarla de comer aparte, tantas escuchas indebidas y tanto maquiavelismo, todo menos tirar por la calle de en medio y ver sencillamente que pasa), para tantos la única esperanza que queda viva, por el momento.
Llevamos dos semanas muy convulsas para los que nos importa una parte de la vida del espíritu (no hay más que leer tanto blog apologético, sacudidos por dos grandes asuntos: la nueva propuesta de ley del aborto y lo que se ha cosificado ya como la soledad del Papa Benedicto (para mí la quisiera) que, como las cosas no cambien, no va a hacer precisamente honor a ese nombre, al menos en la dirección que viene de los hombres, o mejor dicho de la so called opinión pública mundial, vaticanistas y teólogos progresistas incluidos, que ya no le perdonan ni una y que están cabreados como monas, si se me permite la expresión, en buena parte porque este Papa no está demasiado o nada preocupado por ellos (lo cual por cierto no sé si es bueno o malo)
He tenido la prudencia de esperar para hablar de estos dos asuntos (aunque por lo que veo lo que voy a decir parece haber surgido en caliente), y voy a hacerlo de manera conjunta, si es que todavía sigo enseñoreándome de este pequeño y poco transitado espacio esférico que es mi blog. No he sabido muy bien qué decir hasta ahora porque veo cosas contradictorias en todo esto. Empezaré por todo aquello que me ha disgustado: me ha producido inquietud el hecho de que se filtrase la famosa carta a los Obispos del Obispo de Roma (veis como hay gentuza no solo en el Juzgado de Garzón, ay ay ay), me ha sorprendido el tono y algunas de sus afirmaciones, sobre las que volveré, y tengo que reconocer que no me ha hecho muy feliz que se produzca un levantamiento de las penas canónicas a los obispos lefebrianos (máxime al declaradamente antisemita), aunque naturalmente me someto de cabo a rabo al mejor entendimiento del Papa en esta delicada cuestión. En cuanto al aborto, no me gusta nada, pero nada, la dichosa campaña del lince ibérico, y menos me gusta que los mismos responsables de la Conferencia Episcopal, que mantienen la línea belicista de la COPE, sean los que la han promovido y presentado. ¿Pero es que nadie más que yo se da cuenta de que, con esa apuesta de naturaleza política (cuando no partidista) se pierden toneladas de autoridad moral para hablar de un tema como el aborto, no tanto a los católicos, cuanto, como deben de hacer, en temas de ley natural, a todas aquellas personas de buena fe que quieran considerar sus juicios y planteos morales?
Yo, que soy claramente antiabortista, e hijo espiritual del Papa de Roma (sea el que sea), me sentía incómodo con todas estas cosas: tengo la mala costumbre de fijarme más en la mota de polvo en el ojo propio que en la viga en el ojo ajeno.
Una vez más la liturgia vino en mi auxilio el pasado domingo (3ª semana de cuaresma): fue oír la frase, "la salvación viene por los judíos", en el Evangelio de Juan de la Misa, justo horas después de que, ordenando la bibliografía para la edición del libro sobre Kafka y el Holocausto, me tocara dar la referencia de la obra homónima de Léon Bloy, y ver de paso el cielo abierto.
Me intentaré explicar. La escena que narra el Evangelio es la del pozo de Sicar. ¡Qué belleza! Reto a mis cuatro lectores a encontrar un pasaje más increíblemente bello, inteligente, humano, en cualquier obra literaria de los primeros 130o años de la era común (ya hablaré de esta denominación en otro momento, que si no me pierdo), al menos hasta Chrétien de Troyes. Yo escribiría un libro entero glosando cada palabra de ese pasaje místico (y como no lo voy a hacer, por ahora, puse al menos la maravillosa canción de Jesus met the woman at the well el domingo por la tarde).
Todos, hasta el más ateo, conocen la escena: Jesús, en la hora sexta (la de la muerte en la Pasión), se encuentra junto al pozo de Jacob, llega una samaritana y es Jesús quien le pide de beber. Que haga el favor de sacar agua para él ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, samaritana, que te dé de beber? Si conocieses el don de Dios, si scires donun Dei, y quién te pide de beber (la sed del Cristo, otro momentum de la Pasión), tú ciertamente serías la que me pedirías a mí el agua, no el agua que sacia momentáneamente, sino aquella que sacia para siempre. Dáme, pues, de ese agua, dice la buena mujer, etc. Lo siento pero no me puedo detener, por más que la emoción me embargue cada vez que me aproximo a esta escena luminosa que contiene la historia de mi vida.
Después viene la cuestión del adulterio. Passons, que no quiero meter a nadie el dedo en el ojo. Jesús conoce el fuero interno de la mujer, y el de cada uno de nosotros. Y entonces le dice: Vosotros adoráis lo que ignoráis, nosotros adoramos a aquel que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Por si no ha quedado suficientemente claro, lo reptito: el Cristo dice que la salvación viene de los judíos.
De repente se me aclararon algunas dudas y cavilaciones de las dos semanas precedentes.
Recordé los pasajes de la antigua literatura judía (Jeremías, Job, Salmos) en los que, contradiciendo incluso a los defensores de que la nueva vida es humana desde su concepción, señala que lo es incluso antes de la misma: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía y antes de que nacieses te tenía consagrado… Yo era hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra…. Estoy oyendo las carcajadas de los expertos del comité de la ministra (por favor, qué alguien haga pública la lista), pero yo, que pretendo ser un hombre sencillo que se hace preguntas sencillas, pregunto lo siguiente: ¿algún padre puede afirmar, estando en su sano juicio, que él, y su pareja, son realmente los que han conformado esa nueva vida? Tengo cuatro hijos y de nada, en toda mi vida, me he sentido tan ajeno como de la conformación de la vida de cada uno de ellos (conste que no albergo duda alguna de paternidad, ja, ja, pobre Poli). Hay algo más, un secretum, más allá del padre y de la madre, y cualquier padre o madre lo saben. Nosotros no hacemos nada, nada, más que procurar no estorbar, poner el cuerpo, para gozar, sufrir y amar, pero de ahí a crear y conformar al niño, va un abismo.
La carta del Papa. La soledad del Papa. El desgobierno de la Iglesia. Qué manía. ¡Que no gobierna el Papa, sino el Espíritu Santo! ¿Ahora es cuando te has vuelto definitivamente loco? Puede que sí.
Dicen que el problema de fondo es que muchos miembros de la Iglesia (Cardenales, Obispos, sacerdotes, consagrados, laicos) temen una involución. El sacrosanto Concilio. ¿Acoger ahora los lefebrianos, que tanto han blasfemado contra el Concilio? ¿Era necesario? ¿Era urgente? ¿Por qué esa flexibilidad con unos (que suman al pecado de la soberbia el de la intransigencia) y esa mano dura con otros: teólogos de la liberación, curas casados, personas pendientes de secularización, partidarios de una apertura definitiva al mundo, a las prácticas sexuales "normales" (píldora, preservativos, más en el caso límite del SIDA, y especialmente en África), etc, etc?
Lo que me ha impresionado de la carta del Papa no es su sinceridad (siempre lo es), sino el hecho de que sugiera que se pueda llegar a convertir a los lefebrianos en un chivo expiatorio. Se dice que la sociedad contemporánea necesita un grupo al que estigmatizar, un grupo con el que mantener un grado cero de tolerancia. La imagen es peligrosa: podría deducirse que el grupo en cuestión, ¿debido a su fidelidad al Cristo? (¿por qué habría de ser si no?), se identifica con el Justo Doliente. Un asunto espinoso, ciertamente.
El chivo expiatorio del mundo contemporáneo no será otro que el que sea fiel al Cristo, al Cristo de Sicar, que lee en el fuero interno de la samaritana, que le confiesa (sin ella saberlo), que recuerda la tradición judaica de un Dios personal y comprometido con cada ser, antes de ser siquiera concebido, de un Dios al que le importa mucho más el amor que el pecado, la salvación que el juicio.
Y Jesús le dijo: Yo soy (como en la teofanía de la zarza), el que hablo contigo.
(En la foto, mi amiga Belén C. con su maravillosa hija M.)

martes, 17 de marzo de 2009

Walk Of Life (Shooter Jennings)

Gil de Biedma


Una clara conciencia de lo que se ha perdido,
es lo que le consuela.

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.
Mirad:
somos nosotros.


(Versos iniciales de Príncipe de Aquitania, en su torre abolida y de Amistad a lo largo respectivamente.
Foto de Irene Jacob y Kristof Kieslowski durante el rodaje en Cracovia de La Double Vie de Véronique)

lunes, 16 de marzo de 2009

Dos invitaciones

pa los privilegiados de la capital; os recomiendo vivamente ambas cosas (la gente que lo organiza, en ambos casos, es de primera)

Mi vida (Manu Chao)

Libertad para comer basura

"Llevo mucho tiempo comiendo de los cubos de la basura y antes tiraban muchas más cosas, como yogures caducados, bocadillos, latas de conservas caducadas, pescado, botellas de bebidas; un día me encontré un trozo de jamón. Pero ahora se encuentran muy pocas cosas que merezcan la pena; lo más, algún yogur caducado".
Sí, la crisis ha llegado a la basura, no sólo los bancos están en crisis. Éste es el relato de una persona que lleva "mucho tiempo" comiendo de la basura y se lo cuenta a un periodista.
En todo el mundo innumerables personas comen gracias a lo que encuentran en la basura. Para estas personas es su única posibilidad de sobrevivir y por supuesto no les preocupan, en lo más mínimo, posibles intoxicaciones que puedan sufrir. Peor es morir de hambre.
En Nueva York no pocas personas sobreviven consumiendo basura, y además, en Nueva York, tan creativa, se ha constituido el Club de los Comedores de Basura (el freeganismo), organización que agrupa a unas cien personas, muchas de ellas profesionales, profesores universitarios, con trabajo, pero les repugna que se tire tanta comida en los contenedores. Pretenden demostrar que una sociedad donde está presente tan dramáticamente la pobreza, se derrochen tantos recursos de manera tan insensata. Sólo se alimentan de basura, exclusivamente.
En España, algunos ayuntamientos han sancionado lo de revolver en la basura. No produce escándalo comer basura, produce escándalo revolver en la basura. En algunas ciudades catalanas la multa es de 90 euros, en Madrid de 750 euros. ¿Creen que estas personas pueden pagar una multa? De lo contrario, ¿serían sancionadas a realizar una labor social? Si las encarcelan, al menos en prisión podrán comer todos los días, ya que derivarlas a comedores sociales tampoco resolvería el problema, están colapsados. Según parece, los llamados sin techo no serán sancionados; una anciana que percibe una pensión de 250 euros, sí. Ella puede ser sancionada y condenada a pagar una multa porque tiene un techo que está por derrumbarse sobre su cabeza, pero tiene techo.
Por favor, libertad para comer basura. Si una sociedad no puede alimentar a sus miembros, que se siga mirando para otro lado. Si da asco, que no se mire.
(Carta al Director de El País de Héctor Anabitarte Rivas, 14/03/2009)
(El dibujo es el El Roto)

sábado, 14 de marzo de 2009

Llorenç Villalonga

Anagrama, que ha acertado con tantos autores de su catálogo, deja caer de vez en cuando algunas perlas, pequeñas y más o menos berruecas, que podrían parecer un tanto fuera de lugar, pero que en el fondo están sacadas del mismo fondo inmenso que alimenta las colecciones principales: me basta con recordar aquel impresionante La leyenda del Santo Bebedor, con un prólogo de Carlos Barral que hacía justicia a uno de los mejores relatos de nuestro tiempo, o Una pena en observación de C.S. Lewis, traducida con verdadera empatía por Carmen Martín Gaite.
Aunque se trate de una reedición, hay que sumar a aquellas dos joyas este Dos pastiches proustianos de Llorenç Villalonga (en la foto). El editor ha cuidado al máximo los paratextos de la obra, desde la brillante portada de Julio Vivas hasta el epílogo que él mismo escribe y que incluye dos autógrafos de Villalonga, pasando por un prólogo de José Carlos Llop que sitúa con acierto y una pasión contenida estos escritos del autor de Bearn o la sala de las muñecas.
Dos pastiches de la obra de Marcel Proust, acaso la gran inspiradora de un autor que nos ha dejado memoria recobrada de un mundo dorado y en permanente fuga: la isla que los últimos aristócratas de Mallorca formaban entorno a su pasado, a sus casas, a su refinado cosmopolitismo y a una sabiduría antigua que les venía directamente de todas las orillas del mare nostrum.
En el primero de estos dos homenajes, Villalonga pone en la pluma de Proust los párrafos sutiles, largos y farragosos que éste dirige a su administrador para deshacerse de un coche De-Dion Bouton. En el segundo, el barón de Charlus se adentra directamente en el terruño de Bearn para descubrirnos los trazos más íntimos y sufrientes de su alter-ego, Robert de Montesquiou.
Villalonga realiza, en estos dos relatos breves, una incursión dificilísima en el mundo proustiano, y lo hace de una manera tan deliciosa como lograda a través de una imitación, menos caricaturesca de lo que puede parecer, del estilo de ese genio que fue Marcel Proust. Un pastiche. Una impostación que acentúa los rasgos para relativizarlos mediante el humor. Pero también, como he señalado antes, un homenaje, una traducción al idioma propio de un universo literario en principio ajeno. Con sus metáforas y aliteraciones. Con sus gestos, apenas recuperados. Con su puntuación. Con todo el amor que imitador e imitado sentían por el “tiempo” que se va irremediablemente. Antes siquiera de acabar de leer este bello libro.

viernes, 13 de marzo de 2009

No voy a ser yo (Kevin Johansen/Jorge Drexler)

Para todos los loosers del universo mundo, entre los que desde luego me encuentro.

Adolph Gottlieb

Si mostramos una empatía con el arte del hombre primitivo, se debe a que los sentimientos que ellos expresaron tienen hoy una pertinencia específica. En tiempos de violencia, la predilección por las lindezas del color y de la forma parecen irrelevantes. Toda expresión primitiva revela una conciencia alerta a fuerzas poderosas, la presencia inmediata del terror y del miedo, el reconocimiento y la aceptación tanto de la brutalidad del mundo natural como de la eterna inseguridad de la vida.
(De una declaración radiofónica conjunta de Gottlieb y Rothko en la radio el 13 de octubre de 1943)
(Desde el próximo 12 de marzo y hasta el 9 de mayo se puede contemplar en la Galería Elvira González, y adquirir, je je, obra en papel de Adolph Gottlieb)

jueves, 12 de marzo de 2009

Nada (Carlos de France)

Para Andrés, que me enseñó esta canción, por ser una de las personas mejores que conozco.

Julio González

En el Banquete de Platón, la violencia de la acción teatral, la entrada de Alcibíades borracho, interrumpe la concatenación dialéctica de los discursos. Platón sitúa la interrupción después de la medianoche, justo cuando llega a Sócrates el turno de habla. La entrada de Alcibíades desordena la reunión, se generaliza la embriaguez y el testigo narrador se duerme durante un tiempo. En consecuencia luego es incapaz de reconstruir adecuadamente el discurso de Sócrates. Es así como, con un hiato nocturno, como la realidad del mundo se interrumpe y destruye la continuidad luminosa del hilo discursivo.
Valéry, más modestamente, sitúa su acción dramático al final de El alma y la danza. Concluyendo el ordenado hilo del diálogo que mantienen sus espectadores, Athikté, el objeto exterior de su discurso, se desvanece y cae al suelo. Fedro teme que esté muerta, pero tal y como predice Erixímaco, pronto comienza a recobrar la conciencia. "¿Cómo te sientes?, pregunta Erixímaco. "No siento nada. No estoy muerta. Pero tampoco estoy viva". "¿De dónde vienes?, pregunta Sócrates. "Asilo, asilo, asilo mío, ¡oh Torbellino! Estaba en ti, ¡0h, movimiento" Y fuera de todas las cosas.
(Fragmento de Forma, de Tomàs Llorens)
Desde el 10 de marzo y hasta el 1 de junio, se puede contemplar una retrospectiva de Julio González en el Reina Sofía de Madrid.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La estrella amarilla

Lunes, 8 de junio de 1942
Es el primer día en que me siento realmente de vacaciones. Hace un día radiante. Muy fresco después de la tormenta de ayer. Los pájaros pían, una mañana como la de Paul Valéry. También es el primer día que voy a llevar la estrella amarilla. Son los dos aspectos de la vida actual: el frescor, la belleza, la juventud de la vida, encarnada en esta mañana límpida; la barbarie y el mal, representados por la estrella amarilla.
Noche del lunes
Dios mío, no creí que sería tan duro.
He tenido mucho valor durante todo el día. Llevo la cabeza alta y miro a la gente tan de frente que desvían la mirada. Pero es duro.
Además, la mayoría de las personas no miran. Lo más penoso es encontrar a otras personas que la llevan. Esta mañana salgo con mamá. Dos críos en la calle nos señalan con el dedo diciendo: "¿Eh? ¿Has visto? Judío". Pero todo lo demás ha sido normal. En la Place de la Madeleine nos encontramos con el señor Simon, que se para y apea de la bicicleta. Vuelvo sola en metro hasta l´Étoile. En l´Étoile voy al Artisanat a buscar mi blusa y luego tomo el 92. Lo esperaban un chico y una chica, y he visto que ella me señalaba a su acompañante. Después han hablado. Instintivamente levanto la cabeza –a pleno sol– y oigo: "Es repugnante".
Vuelvo a salir para la Sorbona; en el metro, otra mujer del pueblo me sonríe. Se me saltan las lágrimas, no sé por qué.
(Estos fragmentos pertenecen al Diario de Hélène Berr publicado por Anagrama)

martes, 10 de marzo de 2009

Dylan meets Johnny Cash

Soledad y matrimonio

No estoy a gusto sin mi esposo, le sigo extrañando tras quince años tanto como el primer día. Vivir sola me gusta, me agrada dar vueltas por la casa, miro al patio o más allá, hacia los álamos, me embriaga el silencio. Tengo miedo al silencio, giro el botón que le dará sonido a mi radio, oigo incluso los anuncios, los oigo, no los escucho. No necesito conversaciones, sino voces, dejo que las voces ajenas llenen mi casa, puedo trabajar mejor, hace menos frío. Porque tengo muchos amigos, la gente me considera de carácter sociable, en realidad soy una eremita, estoy a gusto en compañía y al final renuncio con gusto a toda compañía. Hago escaso uso del teléfono, la idea de vivir sin él es pavorosa, sin conexión, sin buenas tardes, buenas noches. Estoy a gusto sola al aire libre, ir al teatro sin acompañante me entristece, ver una película sola me parece la cima de la melancolía. Recibo las buenas noches de los presentadores de televisión, estoy feliz de verles desaparecer cuando finaliza la emisión, cuando llega la oscuridad, estoy a gusto sola en la oscuridad. Estoy a gusto en la habitación oscura, me basta la poca luz de la calle, y el cigarillo, la chispita de vida.
(El texto pertenece al libro Orte, Lugares de Marie Luise Kaschnitz)
(En la foto aparece la escritora Annemarie Schwarzenbach. Acaba de aparecer en minúscula su último libro Todos los caminos están abiertos)

lunes, 9 de marzo de 2009

Helplessly Hoping (Crosby, Still & Nash)

Para mi hermano Alfonso, con agradecimiento y admiración por el increíble trabajo que desarrolla.

Opiniones mohicanas

He visto, este fin de semana, dos películas (El lector y Gran Torino), me gustaría expresar de paso algunas opiniones un tanto particulares y conocer la vuestra (que nadie se agobie: soy plenamente consciente de que hay que trabajar y de que tendréis cosas mejores que hacer que entreteneros, como hago yo, con estas naderías):
1. Por más que lo intento, no consigo tomarme en serio el cine de masas (me pasa lo mismo que con algunas personas).
2. No me gusta que el cine de masas plantee dilemas morales. Dichos dilemas me parecen casi siempre superficiales, cuando no directamente falsos o tendenciosos.
3. Lo único que se puede salvar, de una película como El lector, es el erotismo: el modo en el que está contado el descubrimiento del sexo por parte de un adolescente en celo (recuerda vagamente al mejor Singer, el autobiográfico). Si no fuera porque no me lo perdonaríais, diría que… venga, ¡qué coño!, llevamos un año de confidencias y somos todos adultos, diría que lo único que salvo de la peli es el culo de la Winslet. La imagen de la desnudez de los cuerpos es un narcótico para que después te tragues el sapo. El erotismo, en este caso, está unido a un morbo sádico (el hecho de que sabemos que la mujer ha sido una torturadora). De ese modo, ella le tiene cogido a él (en este caso el argentinismo viene como anillo al dedo), de por vida, por la parte que no voy a nombrar.
4. Lo único que se puede salvar de una película como Gran Torino es el modo en el que está reflejada la verdad de que, con frecuencia, la unión con la familia de sangre queda reducida a una relación convencional y destructiva. La única fraternidad posible pasa necesariamente por la elección y el espíritu (algo tan fuerte, humano y maravilloso que puede en ocasiones hasta salvar la relación familiar y de sangre). El señuelo que te prepara para la farsa final, en este caso, es el atractivo que tiene la figura de un Eastwood evocador del mito Dirty Harry. La inmensa mayoría de los espectadores nos vemos íntimamente defraudados: hubiéramos preferido mil veces que pasara a cuchillo a cada uno de los rollitos de primavera.
5. El resto, en ambos casos (la pretendida confesión de Eastwood de que hay que encontrar un modo de superar la violencia mediante la autodonación, y la idea falsa de que pudiera haber una injusticia en la aspiración a un resarcimiento legal por las atrocidades del Holocausto) están planteadas con dosis insoportables de grandilocuencia e inverosimilitud.
6. La aceptación acrítica de cuanto el cine de masas nos presenta como verdades emotivas nos hace más débiles, moral e intelectualmente hablando. Nos prepara para aceptar atrocidades morales por razones emotivas (os podéis imaginar, a la vista de lo ocurrido la semana pasada, en qué estoy pensando). Nos aleja de la realidad del ser humano.
7. En el cine de masas todo pasa de modo vertiginoso. Es un recurso para que no te des cuenta de que te están metiendo la porquería de canto. Cuánto más se imposta la voz, cuanto más serio quiere parecer, resulta en el fondo más insostenible.