martes, 30 de junio de 2009

Northern Sky (Nick Drake)

Una persona muy especial para mí me mandó hace dos años, más o menos, esta canción. Desde entonces la he escuchado muchas veces, miles, en situaciones diferentes, y siempre me ha parecido increíblemente buena, me he sentido unido a esa canción de una manera muy especial, que no viene al caso pormenorizar. El hecho es que no sabía ni el título de la canción: la grabé en el itunes y en el ipod, pero olvidé escribir el título o el nombre del autor. De hecho la tenía puesta con el nombre propio de la persona en cuestión. Quizás eso fue lo que me hizo identificarla con ella, en cierto sentido y por un tiempo. Hace pocos días le pedí que me dijera el título, porque quería buscarla en youtube para ponerla en el blog. Se la mandé con un sms en formato mp3, pero no la pudo abrir (la verdad es que es un desastre con los ordenadores, lo que por cierto para mí la convierte en alguien especialmente entrañable). Me dijo que no la podía abrir, pero fuese porque vio que yo la tenía grabada con su nombre, o por lo que fuere (la realidad es que me ha mandado a lo largo del tiempo no sé si cientos pero sí decenas de canciones), me dijo que seguramente sería Northern Sky de Nick Drake. Y así era en efecto. Lo adivinó tal cual, a la primera, sin dudar apenas, después de dos años en los que ha llovido mucho mucho sobre las vidas de todos nosotros.
Cuando me la mandó, inicialmente, yo desconocía la existencia de Nick Drake, su autor, y no la había oído nunca antes; cuando vi la película Serendipity, ni siquiera había reparado en ella, lo que demuestra una vez más que soy lento para todo lo mejor. Serendipity: no es fácil traducir esa palabra inglesa que acuñó hace siglo y medio Horace Walpole. Yo la traduciría como una coincidencia especial, pero también como algo que se da por anticipado. No nos damos cuenta de la cantidad de cosas que se nos dan en la vida por adelantado, pero que cuando se nos ofrecen no las vemos. En el mejor de los casos, sólo las intuimos, e incluso apenas nos atrevemos a desearlas para nosotros. A veces porque nos parecen fuera de nuestro alcance, a veces porque nos parecen malas. Cuando hacemos algo malo, muy malo, con eso se nos están dando por adelantado otras cosas buenas, que dependen de esa maldad de una forma misteriosa: por ejemplo se nos puede estar ofreciendo de antemano la humildad, el arrepentimiento, la experiencia de nuestra limitación, la posibilidad de mejorar, por tenue o remota que ésta sea. Siempre he pensado que una resistencia contiene también una fuerza o una luz: los de mi ya casi venerable quinta recordaréis aquellas dinamos que llevábamos en las ruedas de las bicis y que iluminaban los pequeños faros con el rozamiento con la rueda trasera. Cuando comprendí la letra de la canción, especialmente alguna de sus frases (I never felt magic crazy as this/I never saw moons knew the meaning of the sea/I never held emotion in the palm of my hand/Or felt sweet breezes in the top of a tree/But now you’re here/Brighten my northern sky./I’ve been a long time that I’m waiting/Been a long that I’m blown/I’ve been a long time that I’ve wandered/Through the people I have known/Oh, if you would and you could/Straighten my new mind’s eye.../Would you love me through the winter?/Would you love me ’til I’m dead?/Oh, if you would and you could/Come blow your horn on high… ) Es una canción de amor, triste por el tono pero llena de esperanza, en la que alguien le dice a otra persona que nunca ha sentido esa locura mágica por nadie, que nunca ha conocido lunas que le revelaran los secretos del mar, que nunca había sostenido la emoción en la palma de su mano ni sentido una brisa dulce en lo alto de un árbol…, pero que ahora sí, que después de haber esperado largos años, de haberla buscado en los rostros de los demás, de haber sido literalmente barrido por el soplo terrible de la vida o el desamor, que siente el verdadero amor hasta la locura sólo porque esa persona está ahí, y que eso lo cambia todo, y que, si ella puede, y quiere, puede iluminar su cielo y ser su norte, que puede enderezar su mirada perdida y renovarla; después, antes de repetirle esas cosas, por si no se ha enterado bien, le hace dos preguntas sencillas pero de esas que hay que pensarlas bien antes de contestar a la ligera: ¿me amarás a lo largo del crudo invierno?¿me amarás hasta que me mueras?… Si es así, haz que suene tu voz alta y profunda como el sonido de un cuerno. Lo que no sabía entonces, cuando me mandaron esa canción, era lo que se me estaba otorgando al mismo tiempo, lo que esa canción anticipaba. Desde luego nada que tenga que ver en absoluto con la persona que me mandó la canción; nada que ver. Tampoco ahora lo sé del todo, pero por primera vez creo que lo intuyo. De haberlo sabido entonces, de haber conocido que se produciría tal coincidencia, esa increíble coincidencia con otros hechos de mi vida, creo que no hubiera sido capaz de escucharla ni una sola vez. A veces me aterra pensar lo ciegos que estamos, la incapacidad que manifestamos para ver señales de cosas (y me refiero a cosas terribles) que, pasado un tiempo (a veces largo o larguísimo) pueden convertirse en las grandes luminarias de nuestra vida. Hablo por mí, desde luego, en este caso.
La luna sobre un castillo blanco, la esencia en la palma de la mano, la brisa dulce entre las ramas de los árboles, la mente de un hombre nuevo que renace desde el horror, ante una mera presencia clemente y llena de misericordia (la empatía del corazón que surge de la humildad), y el invierno que anuncia la muerte, el deseo íntimo íntimo de la muerte… ¿cómo he podido estar tan ciego? ¿por qué ocurren así las cosas? ¿es que no me voy a dar cuenta jamás de que todo, absolutamente todo, está ya escrito en el libro de la vida? ¿cuándo voy a aprender a leerlo, un poco, aunque sólo sea un poco?… a duras penas soy capaz de conformar las primeras sílabas de una cartilla para principiantes.
Este es un fragmento de la película en la que suena la canción de Nick Drake; por cierto, confieso que me encanta John Cusack, como actor claro está, ja, ja, ja.

domingo, 28 de junio de 2009

Rothko, Scully, Lorca y Foix

Mi amiga Pepa Balsach me pasa un artículo sobre la pintura de Scully, a la luz de la pintura de Rothko y de la poesía de Federico García Lorca y de Foix. Se titula Cuerpos de palabras y es una auténtica maravilla:
En un comentario que Sean Scully hizo sobre su serie de obras titulada Wall of Light (1998-2000), el pintor sintetiza lo que, a mi parecer, es un resumen de la concepción de toda su obra: «Estoy intentando dar a la luz una sensación de cuerpo... Las palabras luz y espíritu son, en mi opinión, intercambiables. Quiero capturar algo que tenga una quietud clásica y al mismo tiempo suficiente emoción o disonancia para crear una condición que no esté resuelta...». Dar a la luz una sensación de cuerpo es despojar la pintura de todo lo accesorio, acceder a la representación del aura de la pintura. Pero, ¿qué es para Scully la pintura? Seguramente, él respondería que la pintura es la quintaesencia de lo humano, lo que se puede expresar plásticamente desde las profundidades del ser. La emoción o la disonancia es la piel —la vibración— de la obra; lo clásico o racional es la forma, la forma geométrica originaria. Inseparables, estas dos propuestas fundamentales se multiplican y se enriquecen con sus múltiples variaciones suspendidas en el tiempo, haciendo coincidir la memoria del pasado con la del futuro.
«El hecho es que figura y fondo, cielo y mar, todas las experiencias vividas por el artista y todas las historias que él quería explicar se encuentran concentradas y destiladas en rectángulos que tienen la solemnidad de las piedras de Stonehenge y lo trágico evanescente de los cielos y las marinas de Turner», escribe Scully en un texto sobre la pintura de Rothko: «Un fervor moral o ético puede conducir a un artista a la simplicidad formal y algunas veces a una pintura muy desnuda, como es el caso de Mondrian. De un lado, Rothko es austero y geométrico; pero por el otro está obsesionado por una desesperación sensual, un desconsuelo entendido como un abrazo físico y melancólico. En una pintura de Rothko nada es definido, nada es seguro y nada es definitivo. Con tristeza y constancia, trabaja contra la muerte de su propia luz, fenómeno que no puede conjurar ni con sus rojos, naranjas, amarillos y azules radiantes. Con el uso que él hace del negro y del gris hacia el fin de su vida, yo no veo tanto la sumisión de una imaginación sensual como la aceptación de su propio encerramiento y fin. La vida acompaña al arte y el arte refleja el curso de la vida, tan inseparables como un cuerpo y su sombra».
En este texto, el pintor irlandés está hablando de su propia obra aunque la pintura de Rothko le sirva de escudo para describir otras formas, otros colores, ajenos a su interior plástico y expresivo. Críticos e historiadores han escrito que la sensualidad, la racionalidad, la comparte Scully con Mondrian, Klee y Matisse, con sus ideales de claridad, armonía y espiritualidad; con Rothko coincide en su concepción abierta de la composición en la que fluye su interioridad. Pero me interesa más lo que surge de los comentarios de Scully sobre la pintura, como el carácter sonoro de los colores y la decisión del pintor de Dvinsk de poner la pintura en finas capas, una sobre otra, pacientemente: oscuro sobre luminoso, luminoso sobre oscuro. Y el temblor vaporoso del marrón y del negro, y el espacio imposible de fijar que resulta de esta vibración visual. Porque «sabía que los bordes del mundo, y todas las cosas en el mundo, están tamizadas por el misterio y la tristeza»
El arte de Rothko, como el de Scully, es abstracto; pero en términos de sentimiento reformula en su tiempo la gran ambición espiritual que corre a través de una gran parte del arte occidental.
El tiempo tiene color de noche
Nada más afín que poemas de García Lorca para la pintura de Scully. En este trabajo Sean realiza un doble salto para generar su obra: hace coincidir su vivencia sensible con la experiencia de la universalidad del poema. La palabra será en esta ocasión el cuerpo de la pintura, ese cuerpo esencial e inmaterial que él quiere iluminar.
El canto quiere ser luz.
En lo oscuro el canto tiene,
hilos de fósforo y luna.
La luz no sabe qué quiere.
En sus límites de ópalo,
se encuentra ella misma,
y vuelve. 
García Lorca es —también— un poeta de lo que, en términos proustianos, sería «la impresión» en pintura. Los colores y sus movimientos imantados los transforma Scully en una relación abstracta de acordes profundos de gris plata, oro y negro, en rectángulos que vibran y parecen desplazarse con el sentido y la emoción de la palabra exacta. La interpretación de la música del poema está también en estos acordes plásticos que surgen y se mantienen fijos en un equilibrio que es sustraído a la intensidad.
El Tiempo
tiene color de noche.
De una noche quieta.
Sobre lunas enormes,
la Eternidad
está fija en las doce.
Y el tiempo se ha dormido
para siempre en su torre.
Nos engañan
todos los relojes.
El tiempo tiene ya
horizontes. 
El concepto del horizonte es clave en la obra de Sean Scully. Es la línea ópticamente física y la imagen conceptual que nos encierra dentro y, a la vez, nos permite ir más allá. Es también un punto de unión simbólico entre dos mundos. Cuatro colores impregnan la obra en la transmutación del poema: negro, gris noche, marrón, blanco. En Arlequín (Teta roja del sol. / Teta azul de luna. / Torso mitad coral, / Mitad plata y penumbra.), la poesía irrumpe en colores en un universo de luz. En la obra de Scully que corresponde a este poema los colores son otros: el azul se torna magenta; el rojo, rojo sangre. Sobre el lienzo, las formas se van tiñendo. Aparece aquí la densidad de un cuerpo que dura y se mantiene suspendido junto a la claridad de los colores lorquianos que son siempre espejos celestes.
El diamante de una estrella
Ha rayado el hondo cielo,
Pájaro de luz que quiere
Escapar del universo
Y huye del enorme nido
Donde estaba prisionero
Sin saber que lleva atada
Una cadena en el cuello.
[...] 
El concepto de cárcel hace aparecer la eternidad. Claro sobre sombrío; oscuro sobre luminoso. Luz y tinieblas juntas, unidas. Oxímoron plástico. Como en Rothko, «el tiempo se suspende y nos deja libres de establecer nuestra propia relación poética “abstracta” con él». «El diamante de una estrella» que raya «el hondo cielo» es otro horizonte. Cárceles podrían ser metafóricamente los rectángulos que se repiten, en múltiples variaciones minimalistas, en las obras de Scully, «la (triste) vida en el cementerio». Pero la pintura, como el poema, va más allá, porque manifiesta el ser, la condición trascendente de lo humano, su anhelo y su grandeza, y a la vez, su sensación de abandono.
Una de las primeras obras de Sean Scully que me impresionaron vivamente fue la que realizó con motivo de la muerte de su madre. Dos cuadrados blanco carne y dos cuadrados negros que tienden al claro se enlazan como se funde la ternura con el dolor.
Me senté en un claro del tiempo.
Era un remanso de silencio,
de un blanco
silencio.
Anillo formidable
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros. 
La reverberación del blanco se impregna de ausencia. Los colores por superposición, por veladuras, aparecen extraños. Su disonancia se desprende de la emoción en términos universales, emoción que encuentra su fuente en la experiencia vivida. En 1945, Rothko decía: «Adhiero la realidad material del mundo y la sustancia de las cosas». Esa sustancia Scully la convierte en cuerpo, como el canto de luz de García Lorca.
La pared
En un poema en prosa de 1972, titulado Aquí mismo, J. V. Foix describe una extraña pared:
Todos sabíamos dónde estaba la Pared, pero ignorábamos qué había tras ella. Hace siglos que los más documentados del pueblo habían descubierto, en crónicas comunales manuscritas y en papeles estrujados de sacristía, una serie de dichos, pronósticos y leyendas que la mencionaban. Escribían sobre ella en los semanarios dominicales, y hacía literatura, erudición, ciencia o fábula. ¿Era un río, una cima, el mar o una selva con bestias fieras? Muchas mañanas, cuando ha amanecido y es todo claro, íbamos allí a mirar los dibujos, los trazos y las pintadas que la decoraban. Veíamos cálculos aritméticos, soles llorones y lunas rientes, frases proféticas en verso trascendental mal calzado, y corazones y falos rememorativos. Un día corrió por el vecindario que había gente del pueblo y de los alrededores decidida a destruir la pared y descubrir qué ocultaba. Quien quería hundirla sin miramientos, con violencia; quien pretendía desmontarla, piedra a piedra, con mucho cuidado, numerándolas. Nadie sabe quién empujó a los vecinos a destruir de pronto, súbitamente, ahora mismo, con desasosiego, como presa de angustia, la pared. Una fiebre contagiosa, una singular enfermedad del espíritu, colectivas, los desazonaba. Toda herramienta fue buena, todo brazo fue útil: la pared ultrasecular —que algunos viejos llamaban la muralla— de sillares antiguos y piedras de todo grosor y tiempo, cayó con el estrépito de las rocas que se despeñan en un llano de cabo de mar y con el estallido de un alud. La polvareda oscureció el día y aterrorizó a los vecinos. Al alba del nuevo día, tibio, luminoso y oloroso, todos a una, chicos y mayores de ambos sexos, estábamos al acecho: ni río, sin embargo, ni bosque ni estanque ni playa. Ni hacia acá de los cimientos seculares de la pared, ni hacia allá, no había agujero alguno con alargamientos misteriosos, ningún pozo con negruras siniestras, ninguna obertura con precipicios espantosos ni abismo alguno con hondonadas magnéticas. Era un todo claro sin forma ni color, un todo blanco, de un blanco neutro difícil de escribir, el cual os atraía no para despeñaros por él descorazonados o para penetrar en él como una cuchilla de tocinero en una pella de manteca del país. Aquellos o aquellas que se decidían o resolvían a hacerlo, se plantaban frente al límite de aquel vacío-lleno soberano, y, atemorizados, reculaban como si alguien los empujara, más fuerte que ellos. El vecindario se apresuró a reunirse paro acordar la reconstrucción. Amontonó materiales aprovechando los escombros: pero tan pronto alguien hollaba el suelo allá donde la pared había tapiado, por aquel lado, el pueblo, imaginaba quimeras y huía hacia la plaza donde se halla la iglesia, la tahona, la taberna y el apotecario, o subía por el atajo del cerro. Este hecho, ya registrado en los archivos, hizo que, en la tierra de los míos, ponerse de cara a la pared tenga un sentido distinto al del castigo escolar. Entre nosotros, testigos reivindicados, quiere decir dar la cara, junto a nuestra casa, a un infinito cuajado de prodigios y de milagros latentes. Aquí mismo.
Este infinito cuajado de prodigios y de milagros latentes es el espacio de la palabra, lo que se encuentra tras los Muros de Scully y que él solariza, su Wall of Light (‘pared de luz’), el lugar de la Cigarra de Lorca:
¡Cigarra!
¡dichosa tú!
Que sobre lecho de tierra
Mueres borracha de luz.
[...]

viernes, 26 de junio de 2009

Young Folks (Peter Bjorn & John)

Young Folks - Peter Bjorn & John

Notas para un diario 118

Miniatura
Al principio me dediqué a mirar el mar azul, azul turquesa; unas olas pequeñas rompían regularmente contra las rocas. Apenas podía oír el sonido de sus crestas batiendo sobre la piedra negra. Un cielo inmenso aparecía blanqueando el azur. Desde donde tú no estabas, la brisa me traía el sonido de tu voz, las notas levemente agudas de tus palabras. Poco a poco me fueron envolviendo en una dulzura aterradora que me impedía sestear, en mi sombra, detrás de ti. Ya no miraba el mar. Me limité a escuchar las inflexiones de tu voz. Me enamoré de tu voz. Me enamoré de ti.
(En Biarritz, Cafe de Paris, Place de Bellevue 5, 24 de junio de 2009, 16:14. La foto, de Obén Antón, pertenece a la serie Angelo o Diavolo y se titula Bella Durmiente)

jueves, 25 de junio de 2009

Kafka en Madrid

Ayer recibí, de noche, el siguiente mail:
Querido Al, a que c. estás esperando para hablar de la presentación. No te hagas el modesto, el que no te gusta hablar de tus cosas y todo ese rollo, que además no te lo crees ni tú. Quieres hacer el favor de contar algo de la presentación. ¿Qué es, una venganza por no haber estado? ¿Cómo quieres que te lo pida?
Bueno, pues antes de que me de con algo en la cabeza (os aseguro que es perfectamente capaz), voy a hacer una breve crónica del acto del pasado lunes (y conste que te la dedico a ti, bruja) Vaya por delante que fue una maravilla (al menos para mí), por muchas razones, pero fundamentalmente porque, como era previsible, fue un acto sencillo, entre amigos, con unos presentadores de lujo. Empezaré por éstos: moderó la mesa Alejandro Sierra, que es el Director de Trotta, y que inició la sesión con unas palabras muy cariñosas para mí, repitiendo algo que me había escrito en los primeros correos que nos cruzamos, allá por el mes de febrero, y en concreto que para él, desde que leyó por primera vez el libro, pensó que pertenecía a la familia de la editorial, que formaba parte de la biblioteca interior que todo editor sueña con formar poco a poco. Un elogio importante, teniendo en cuenta quienes pertenecen a esa biblioteca que Alejandro y sus colaboradores (que también tuvieron el detalle de acompañarme) han ido conformando con el paso del tiempo. Después habló Julio Trebolle, a quien acababa de conocer unos minutos antes, e hizo un discurso largo, lleno de densidad, aportando a la lectura del libro varias referencias, especialmente de la Cábala judía. Ojalá hubiera hablado con él en el proceso de redacción. Guardo como un tesoro las cosas que nos descubrió a todos, especialmente la etimología de la palabra paraíso en lengua hebrea que, yo no lo sabía, pasó a la lengua de los profetas bíblicos a través de Persia. Me asombró su conocimiento, sus dotes pedagógicas y, sobre todo, su estilo: elegante, sobrio, profundamente amable. A Julio le sucedió Mercedes Monmany en el uso de la palabra. Mercedes contextualizó el libro en el mar nostrum de la literatura y la crítica del siglo XX. En un momento dado, mientras hablaba, pude ver una doble página del ejemplar de mi libro que ella había leído. No os puedo contar la cantidad de anotaciones, subrayados, etc, que había sobre el papel. ¡Típico de Mercedes!. Constante, generosa, lúcida, abierta. Siempre trabaja así, y me honro con ser su amigo y haber aprendido de ella tantas cosas intelectuales y morales. Por fin me tocó hablar a mí. Aunque te fastidie, bruja, voy a ser lacónico: me limité a dar las gracias, especialmente a Paula (en la foto), que me ha acompañado cada día en estos años, a la Universidad de Navarra, que es mi alma mater, a mi hermana espiritual, Esther Bendahan, sin cuyo coraje y amor por mí este libro no estaría tan magníficamente publicado, y por supuesto, a los editores, confirmándoles que siempre me había considerado un miembro de la familia Trotta.
Fue un acto lleno de amigos. Muchos de Pamplona, que habían venido ex profeso o que están ya viviendo en Madrid, pero con los que he vivido un momento importante de formación en la Universidad. Hasta un antiguo Rector, metafísico, al que admiro y aprecio desde hace veinte años. Mi familia, como siempre, bien representada (me hizo especial ilusión ver a algunos sobrinos, ya mayores), tres de mis hijos, por hermanos, cuñados, y esa gran persona que es mi suegro. Había varios antiguos alumnos míos, a los que os podéis imaginar la alegría que da verles, a veces décadas después de aquel primer encuentro en las clases. Había amigos de Madrid, del colegio, de la carrera, amigos más recientes, amigos también cuya amistad ha estado siempre ahí, o al menos a mí me lo parece. Alguno vino con sus hijos, lo que insisto me parece un regalo muy especial, y la mejor señal de que las cosas se renuevan desde dentro (por ejemplo Mercedes, que vino acompañada de César y de Laura, en la foto)
Había un grupo de personas que vinieron convocados por la editorial y otros por Casa Sefarad o por Blanquerna. A algunas las conocía, a otras no. Había incluso una persona admirable que fue víctima directa de la barbarie nazi: por cierto se trata de una de las personas más enteras y felices que conozco. Lectores del blog, también. Colegas escritores, algún editor y una editora a quien me encantó conocer y de la que hablaré en los próximos días.
Fue un acto sencillo, como le hubiera gustado a Kafka. Mi padre me había regalado un vino para después de la presentación. Nos supo a gloria. La gloria de la amistad. Gracias a todos, también a los que sé que habéis querido venir y no habéis podido. Una amiga me escribió algo increíble: que se había arreglado especialmente esa tarde, como si fuera a estar presente acompañándome, aunque vive a cientos de kilómetros de distancia. Bendita sea por ese gesto que no olvido. Acabé cenando (puro incluido), cerrando un círculo casi perfecto, con los más íntimos entre los íntimos, en Príncipe de Viana. También debo las fotos a mi hermana Lourdes.


martes, 23 de junio de 2009

La Biblia

Hace un mes aproximadamente, leí este artículo de Francesc Torralba, en La Vanguardia, acerca de cómo puede o debe leerse hoy la Biblia. Me pareció impecable, y lo suscribo íntegramente:
¿Cómo puede interpretarse la Biblia hoy?
Quizás es más fácil responder a la pregunta de un modo negativo. La Biblia nunca jamás debería ser utilizada como un pretexto para defender intereses de grupo, para legitimar actitudes xenófobas y, menos aún, para ensalzar la guerra. Los doctos exégetas siempre nos recuerdan que un texto fuera de su contexto se convierte en un pretexto para defender cualquier ideología. El referente más importante de la filosofía de la interpretación, Hans Georg Gadamer, autor de Verdad y método (1960), ya advirtió del riesgo de sucumbir al círculo hermenéutico. Leer desde prejuicios o pre-comprensiones determina la interpretación. Por ello, cuando menos, resulta esencial explicitarlos, tomar consciencia de ellos, abrirse al diálogo. Con la Biblia, el sesgo interpretativo ha sido una operación constante y reiterada a lo largo de la historia. De ahí la necesidad de conocer el texto en su contexto, su genealogía, las tradiciones literarias que coexisten en su trasfondo y su consistencia interna. A lo largo de la historia, la Biblia ha suscitado un acalorado y prolongado conflicto de interpretaciones que no sólo se ha desarrollado en el ámbito académico, sino que ha tenido consecuencias en lo político, lo social y lo civil. Después del siglo XX y del exhaustivo desarrollo de la hermenéutica, queda claro que no debe ser interpretada literalmente, pero tampoco debe someterse, integralmente, a un proceso de desmitificación. Para muchos de nuestros contemporá- neos, la Biblia es un universo enigmático. Entre las generaciones de jóvenes universitarios crece su desconocimiento. No sólo ignoran los libros y personajes veterotestamentarios, también las parábolas del Nuevo Testamento. Para ellos, la cuestión no es cómo interpretarla, sino por qué leerla. Se preguntan qué beneficios emanan de tal ejercitación, qué tipo de nutriente espiritual contiene el Libro de los Libros. Más allá de su valor confesional, la Biblia, como subraya Søren Kierkegaard, no es un texto para ser analizado y troceado, sino para edificar el alma, para construir un mundo alternativo, para suscitar nuevas experiencias. Esta enorme biblioteca, más allá de sus usos religiosos, es una fuente de creatividad artística, de consuelo emocional, pero también un aguijón para la metamorfosis social. Los más grandes creadores de Occidente han hallado, en sus páginas, el estímulo a sus obras intelectuales. Incluso los más grandes filósofos ateos de la historia no pueden interpretarse sin considerar su recepción de la Biblia. ¿Se puede, acaso, comprender el Anticristo de Friedrich Nietzsche o Moisés y el monoteísmo de Sigmund Freud sin el libro sagrado? Por su naturaleza poliédrica, la Biblia puede ser leída como una fuente de sanación interior, como un impulso de transformación social, como una forma de sabiduría práctica, pero sobre todo como una pedagogía del amor que libera y eleva. 

Correspondencia sobre Matisse

A mi entrada sobre el cuadro de la Naturaleza muerta con durmiente de la exposición Matisse, que se puede ver estos días en el Museo Thyssen de Madrid, en la que comparaba ese cuadro con El sueño del caballero de Pereda, Tomàs Llorens (en la foto, junto a una escultura en una de las salas de la exposición actual) me manda un correo antológico que por su enorme interés me permito reproducir aquí en parte, junto con mi contestación posterior.
Querido Alvaro:
He leido con placer tu comentario sobre Nature morte à la dormeuse y la comparación que haces con El sueño del caballero. Por supuesto se trata de una vanitas y en ambos casos es especialmente intenso el dolor por la huida del tiempo. La comparación entre el ángel de Pereda y la ventana de Matisse es muy interesante, aunque no tenga casi más base que la homología compositiva. En ambos casos se trata de elementos mediadores. La "ventana" de Matisse es en realidad un cuadro, La verdure del Museo Matisse de Nice-Cimiez, que hubiera querido conseguir para la exposición, pero que no pudo venir, pese a mis visitas, cartas varias y numerosos ruegos. Es un cuadro inacabado. En alguna fotografia del estudio de Matisse, hecha durante la segunda mitad de los años treinta, se ve al pintor trabajando en él, montado en una escalera de tijera (es la tela de mayor dimensión que emprendió en esos años: 243 cms de altura. En otra fotografía se ve a Lidia Delectorskaya borrando la tela, subida también a la misma escalera de tijera, para que Matisse vuelva a comenzar a pintar el día siguiente. Representa un sotobosque con los troncos de los árboles muy rectos y blancos, con un camino que se pierde hacia la izquierda, y en primer término, tambièn a la izquierda, una ninfa rosada -un desnudo yacente como el Nu rose de Baltimore (es decir una variante del prototipo helenístico de la Ariadna dormida)- y un fauno. El lienzo blanco dibujado al carboncillo, procedente del Pompidou (que sí pude conseguir para la exposición) representa el mismo tema, aunque agrandando las figuras, centrándose en sus ritmos lineales y prescindiendo del bosque. La vanitas de Matisse contiene dos referencias específicas a Mallarmé. El pequeño jarrón chino entronizado sobre un pedestal de escultor detrás de la mesa es el mismo que Matisse usa en un dibujo con el que "decora" -es su expresión- , en su edición ilustrada de las Poésies la canción que comienza con el verso "Las de l'amer repos..." y que constituye obviamente un ars poetica: "Imiter le chinois au coeur limpide et fin...". La inclusión del jarrón chino en la vanitas de 1939-40 (inmediatamente tras su separación matrimonial y el comienzo de la guerra) es para Matisse una manera de reafirmar su adhesión a Mallarmé en unas circunstancias vitales muy nocturnas. La ninfa y el fauno son por supuesto una referencia a la siesta-la última de una cadena de citas que comienza en 1906 con Bonheur de vivre, alcanza un primer punto culminante en la composición de 1908-09 hecha para Shchukin (que también está, rompiendo la cronología,en la exposición), vuelve a repetirse en las Poésies de 1932 y constituye el polo en torno del cual gira su obra a partir de 1934-35. El alejandrino "une sonore vaine et monotone ligne" con el que concluye la cuarta stanza de la égloga es, para mí, un motivo que preside la deriva de Matisse hacia el dibujo conforme se le van acercando la guerra, la enfermedad y la muerte. Volviendo a tu comparación con Pereda, el tema de la posesión sexual es para Matisse (y para Mallarmé)una figura de la inspiración. En un pequeño esquema manuscrito de c. 1934-35 (la fecha en que comienza La verdure) que publica Lidia Delectorskaya, Matisse escribe, inmediatamente debajo de la palabra "inspiration", la palabra "ravissement" que, en este contexto no puede tener otro significado que la "posesión" daimónica de Platón. Me pregunto si el ángel de Pereda -aunque tenga una progenie judeocristiana más que helénica- no lleva consigo también algún eco de esa función mediadora en el desvelarse de la verdad oculta.
Un abrazo,
Tomàs
Querido Tomàs:
Muchas gracias por tu respuesta y por las explicaciones que me das, parte de las cuales había leído en el catálogo, animado inicialmente por la atracción que supuso para mí ese cuadro, sostenido después (no lo voy a negar) por la curiosidad que me producía ese momento concreto de la vida de Matisse (por la separación conyugal y también por la cercanía de la guerra: me parece increible encontrarme, una vez más, creo que una vez lo hablamos a propósito de lo que significó Mímesis en la vida de Auerbach, con la necesidad de hacer ese recuento en el momento en el que barbarie asoma a las puertas de la ciudad de los hombres libres), y culminado por el reconocimiento, que tras tu correo no ha hecho sino aumentar, de que se trata de un momento clave para Matisse y, al mismo tiempo, uno de los ejemplos más extraordinarios que se puedan encontrar, en la aventura reciente de la pintura, de climax creativo.
A lo que dices respecto de la posibilidad de comparar el ángel de Pereda y el cuadro dentro del cuadro en la Dormeuse, estoy de acuerdo en que hay muy poca base, más allá de la homología de la composición. En efecto yo había pensado, precipitadamente, que ventana y ángel eran elementos de mediación, lógicamente cada uno de un tipo distinto, pero ahora, al reconocer que se trata de un cuadro, y además de un cuadro concreto, pienso no sólo que la mediación es relevante, sino que se me ocurre añadir otra cosa, en la que acaso ninguno de los dos artistas pensó de manera consciente. En ambos casos se trataría de un elemento personal (diferente pues de los objetos que conforman la natura morta) y en este caso serían además mensajes o noticias, siguiendo en un caso con el sentido etimológico de la palabra ángel y en otro en la dimensión comunicativa de la obra artística. Ambos les estarían diciendo algo sobre el paso de la vida y sobre la muerte que se enmascara en el amor y el sexo. En Pereda, se lo dice en latín: hiere eternamente, vuela rápido y mata. Nada muy distinto del erotismo, mediado por la culpa, de la imagen de la escena de La Verdure. Tú lo dices muy bien:
Me pregunto si el ángel de Pereda -aunque tenga una progenie judeocristiana más que helénica- no lleva consigo también algún eco de esa función mediadora en el desvelarse de la verdad oculta.
Por otra parte, el caso de los seres angélicos, las dos tradiciones, mucho más que en otros puntos en los que seguramente son irreconciliables, se avienen muy bien, como refleja por ejemplo la doctrina paulina de los dos hombres (el doble del que hablaba Baudelaire y por lo que dices también Matisse), de la que nadie ha podido decir si es de filiación judía o por contra griega (como lo era Pablo, lingüisticamente hablando)
Están magníficamente bien traídas las referencias a Mallarmé, a través de Aragon (que alegría ver la cita de Mario Luzi, justamente ahí).
Por último, dos cosas: la resolución plástica, justo en ese periodo, de la tensión reposo/dinamismo (en El sueño de 1940, en la imagen más abajo), recuerda mucho la presencia simultánea de actividad en el reposo en tantos poemas místicos, especialmente de la mística carmelitana. Es lo que Cernuda llamaba en Juan de la Cruz el "milagro técnico" de su poesía. Por último último, al ver la foto de la Delectorskaya borrando la tela, ¿cómo no acordarse de Penélope?
Un abrazo
Alvaro

lunes, 22 de junio de 2009

Notas para un diario 117

El viernes era el gran día. El ingreso en la Academia, la Institución fundada en 1635, en tiempos de Luis XIII, por el Cardenal Richelieu, cuya larga sombra no ha dejado de planear sobre ese espacio ambiguo que se abre bajo la inmensa cúpula de la foto, tomada desde el Pont des Arts. Me levanté de un humor un poco nostálgico por la energía que me llegaba de España. Notaba ya entonces una corriente imparable y la tormenta preparándose dentro de mí; una de esas tormentas largas y duraderas en las que el desorden primigenio del mar del que venimos puede echar por la borda todo el precario orden interior que nos creamos, tantas veces de forma inútil. Confiemos, de cara al futuro próximo, en que alguien vele por nosotros, aunque nos parezca que duerme plácidamente delante de nuestros rostros atemorizados, como diciendo que no es para tanto, que les affaires du coeur nunca son para tanto. Algo de todo esta melancolía sobrevuela la comida, por lo demás profundamente entrañable, con Florence Delay en el Café Rostand, frente a la verja del Luxemburgo. Le ha interesado mi Kafka, lo que me alegra sinceramente: ella puede comprender bien de que hablo, y porque hablo en ese tono, y con esa composición en forma de mosáico (esta tarde, si se tercia, diré algo sobre el particular). Florence es una gran lectora y me dice que el libro está vivo. Hablamos, como siempre, de España, de toros, de la Iglesia, de amor, de nuestros amigos comunes. La comida es breve, como nos gusta a ambos. Ella debe vestirse para el acto que comienza, con toda puntualidad, a las tres. Nos vemos allí, bajo la cúpula dorada. La preparación es un prodigio de esmero: todo está en su sitio, los invitados nos sentamos en unos cómodos sillones de terciopelo color berenjena claro. Se ve perfectamente a la presidencia y a los ponentes. Una guarnición de fusileros hace guardia y presentan armas ante el paso de cualquier académico (curiosa relación armas y letras). El acto fue largo, dos horas casi, dos discursos, y una dialéctica sin síntesis posible, por eso yo seré especialmente breve. Primero tomó la palabra Jean Clair. La dinámica es la siguiente: el académico electo hace el elogio del académico cuyo sillón ocupará, tras su muerte. En este caso, Bertrand Poirot-Delpeche, novelista, habitual de los medios franceses. No se le ve cómodo al nuevo académico, que confiesa, según me pareció entender, que no conocía apenas su obra literaria, hasta ese momento. El discurso consiste en el análisis, a través de su obra, de un momento complicado de la cultura francesa de la 5ª República. Después, retoma la palabra la presidencia, encarnada en este caso por Marc Fumaroli. Comienza la segunda parte, el segundo largo parlamento. La Academia encarga, en cada caso, a uno de sus miembros, el elogio del nuevo miembro. El encargado preside la sesión y, tras el elogio fúnebre previo, debe glosar ampliamente la figura del que accede a la "inmortalidad". Todo muy personalista y por tanto humano, demasiado humano. Fumaroli comienza equivocándose: compara (me da la impresión de que no es la primera vez que lo hace) las dos partes de la sesión (elogio fúnebre/elogio del ingresado) con las ceremonias católicas de beatificación y canonización. Craso error que demuestra que no ha entendido la verdad misteriosa que se esconde en el culto católico a los santos y, lo que en este caso es peor, no ha entendido lo que le corresponde hacer a él en ese momento procesal. Habla, de un modo irritante, desde su atalaya, y en cambio aquí los milagros marinos o terrestres no están cerca de producirse. Al contrario, el ambiente se carga con la tensión negativa de una tormenta en un desierto. La confusión inicial, el error de concepto del que parte el por algunos (no será por mí) celebrado historiador de los clásicos franceses, le acaba perdiendo de forma irremisible. El problema principal es que, autoconvertido en inquisidor desdeñoso, cree que su papel es juzgar al nuevo miembro. Y nunca se debe juzgar a los demás (acaso la verdad fundante de la moral cristiana, por eso mismo tan olvidada), y menos que nunca cuando se trata de elogiarlos. Ni siquiera está, dentro de sus posibilidades, hacer un balance de la trayectoria de Jean Clair. Les separan años (o décadas o siglos) de modernidad espiritual. Hablan dos lenguajes distintos, cuando no opuestos. Cuando, en el cóctel posterior, Philippe de Montebello, Clair y yo comentamos por encima este pequeño horror al que hubimos de asistir (padecer en el caso de Gérard), acabamos los tres mirándonos con una empatía profunda y alguno soltó un oportuno: Et bien, c´est la vie.
No sigo, por el momento. Esta tarde seré yo el que deba hablar, y no vaya a ser que me ocurra lo mismo. Me encomendaré antes al Espíritu que debe presidir cualquier reunión entre los hombres. Decididamente en el acto de la Academia, el boato, el prestigio, la inmortalidad no pudieron –se trata de un imposible metafísico– suplir la evidente ausencia de espíritu.

domingo, 21 de junio de 2009

Notas para un diario 116

Apenas son las nueve de la mañana, una brisa fresca y (me temo que) fugaz recorre las calles de Madrid, y me gustaría recordar ahora, cuando todos duermen aún, el tipo exacto de felicidad que me ha invadido estos dos días pasados, una vez más, en París. Llegué a las once de la mañana del jueves y me dirigí directamente a mi hotel, situado justamente entre las dos librerías parisinas que prefiero, La Hune y l´Ecume des pages, un pequeño hotel de pocas habitaciones en la rue Saint Benoît, a pocos pasos de los cafés de Flore y Aux Deux Magots; se podrá decir lo que se quiera pero esa milla cuadrada, cuyo centro sigue siendo la vieja iglesia de los prados, tiene algo especial que me imanta, desde la primera vez que pasé por allí, hace ya más de 25 años. La habitación, como de costumbre, no estaba hecha y esa fue la excusa perfecta para dejar en el recibidor las maletas y lanzarme a una primera ronda a los estantes de ambas librerías: no es fácil describir, en alguien como yo, lo que se siente al entrar por la puerta de esos lugares llenos de libros. A veces tengo que respirar despacio, intentar que los pensamientos y la emoción pasen en fila india por mi mente estrecha y agitada, sentarme incluso y mirar despacio mi pequeña libreta negra para ver lo que busco realmente, aunque en esas dos librerías, como en La Central del carrer Mallorca, lo mejor te encuentra a ti, te sale al paso, sorprendiéndote, te hace olvidar lo que buscabas y se te impone con una mezcla de lucidez y de dulzura. Así fue, así ha sido una vez más, en las seis o siete veces que durante estos dos días (La Hune cierra a medianoche) he pasado por entre las mesas centrales y las estanterías, encontrando cosas de las que supongo que iré hablando en este cuaderno digital. Cargado con una primera remesa de adquisiciones, entre las que destacaba un ensayo de Maurice Blanchot sobre las amistades intelectuales, que leí durante la comida, y después de descansar un rato (me había levantado a las 6 menos veinte de la mañana), llegué a la Editorial Gallimard donde se celebraba el acto de la entrega de la espada a Jean Clair (en la foto), nuevo miembro de la Academia Francesa de la Lengua. Es una vieja costumbre: los amigos de los académicos electos les ofrecen una espada que ellos mismos diseñan, incorporando los símbolos y leyendas con los que desean adornarla. Un día antes del ingreso en la Institución por excelencia, en algún lugar de su elección (con frecuencia en la editorial a cuya familia pertenecen; allí las editoriales son familias, pero de eso hablaré otro día), se entrega la espada entre los amigos que la han sufragado. Fue un acto memorable, la verdad. Por muchos motivos. El principal, para mí, era que se trató de un acto a la medida del homenajeado: sin retórica (lo cual, dicho sea de paso, en Francia hoy en día es casi casi un milagro), pleno de naturalidad, de la sencillez de la inteligencia. Hablaron varias personas: Philippe de Montebello, amigo íntimo de Jean Clair, treinta años Director del Metropolitain Museum de Nueva York, quien ha presidido el comité de la espada; Pierre Nora, el historiador, que glosó la figura intelectual del nuevo académico de una manera impresionante, por su precisión, por su lucidez al señalar en qué había sobresalido precisamente su amigo; en tercer lugar, habló el anfitrión, Antoine Gallimard, el nieto de Gaston Gallimard, el fundador de la que seguramente es la editorial más importante del mundo: fue breve pero sustancioso lo que dijo, contó la relación de Jean Clair con la casa, que se remonta nada menos que a finales de los años 60, cuando Marcel Arland y Jean Paulhan, los directores de la NRF recibieron en aquellas mismas salas a un joven escritor, cuyo talento supieron reconocer de inmediato. Por fin habló el homenajeado, con pausa, con emoción, evocando el valor de la amistad (aludió, cómo no, a los muchos amigos desaparecidos, a sus maestros en el arte de la vida), y lo que para él significaba esa editorial en la historia de Francia y en la suya propia. Fue, como siempre, un pequeño discurso ágil, directo, pleno de verdades. Contó también el significado de la espada que había encargado hacer a un artesano italiano, el porqué de sus símbolos, la figura inquietante de Medusa (a la que por cierto le dedicó hace años un libro espléndido), de su lema petrino (et si omnes, ego non…) leído por primera vez no directamente en el Libro sino en una inscripción de una pequeña capilla en Torcello. No conocía personalmente a muchos de los presentes, pero los distinguía porque conocía su obra pictórica o literaria, por haber asistido a las exposiciones organizadas por ellos, por haber seguido el hilo de sus trabajos. Laura Bossi, en primer lugar, Avigdor Arikha, Raymond Mason, Werner Hoffman, Jean-Louis Prat, Florence Delay… la lista es interminable. De allí, casi a las nueve de la noche, me fui a cenar a casa de unos amigos, los dos fotógrafos. Sus niños me esperaban en la puerta con dos preciosos dibujos (adoro los dibujos infantiles, que me confirman lo que me decía Green sobre el modo en el que nos deseducan con toda formalidad, igualándonos, sumiéndonos para siempre en la vulgaridad, haciendo que perdamos la capacidad de ver que teníamos en la infancia). Fue una cena llena de paz, de confidencias, de admiración mutua. Mañana contaré lo que dio de sí el viernes.

martes, 16 de junio de 2009

Notas para un diario 115

A pocas horas de salir volando hacia París, donde me esperan, por ese orden, varios amigos, dos o tres librerías (entre ellas L´Écume des pages, en la foto), y mi plato favorito, la Boeuf Bourguignonne de un pequeño bistrôt del Marais, además de la installation en la Academia de mi amigo Jean Clair (confieso que estoy ansioso por asistir a la ceremonia, quién me ha visto y quien me ve, yo que cuando atisbo más de dos o tres congregados, sea en el nombre de quien sea, salgo huyendo para el lado contrario), leo (me hacía mucha falta) los fragmentos de Faustina Kowaslka, a mi modo de ver la escritora mística más importante de la primera mitad del siglo XX, y encuentro palabras, premoniciones, profecías de las que se cumplen cada día en cualquier lugar del mundo: En el momento actual mi vida pasa en un silencioso conocimiento (de la presencia) de Dios… El silencio es un lenguaje tan poderoso que alcanza el trono de Dios. El silencio es su lenguaje, aunque misterioso, pero poderoso y vivo… Oh Jesús, me das a conocer y entender en qué consiste la grandeza del alma: no en grandes acciones, sino en un gran amor… Necesitaba, especialmente estos días atrás, volver a los fundamentos de la cosa y he recurrido con gran provecho a esta mujer llena de misericordia y comprensión. También he leído al maestro Steiner, que nunca deja de sorprenderme, en concreto su libro, ¡por fin ha salido!, con los artículos publicados a lo largo de tres décadas en The New Yorker.
Se trata de una selección mínina (los editores, siguiendo la edición americana, han tenido el acierto de ofrecer al final la lista completa de los artículos). Como todos lo de Steiner (de quien llama la atención precisamente la extensión y la calidad homogénea de cuanto ha escrito), para el que lo sepa leer, es un libro prodigioso. Se aprende más leyendo las reseñas largas de Steiner que leyendo varios de los libros reseñados. Nadie tiene la finura, la pasión, la clarividencia de Steiner, ese gran maître à lire, que convierte en letras de oro todo lo que toca. A veces destroza un libro, pero con una inteligencia tan fenomenal que se sigue aprendiendo muchísimo al leer las razones de su crítica. Me ha impresionado especialmente el artículo que le dedica a Guy Davenport. En él cita una de las cincuenta vistas de su libro Fifty -seven views of Fujiyama que, en cuanto lo leí, pensé que sería un texto muy adecuado para el comentario de textos del examen final de mi asignatura. La prueba de que la lectura de los clásicos griegos y romanos, que hemos hecho a lo largo del curso, ha servido para algo sólo puede ser el que nos permita comprender mejor la literatura de nuestro momento histórico. Si no sirve para entender mejor el presente, la cultura no sirve para nada. El texto es el siguiente: Todo aquello otra vez, dijo. Estoy deseando ver todo aquello otra vez, los Pirineos, Pau, las carreteras. Oh, Dios mío. Oler el café francés otra vez, todo mezclado con el olor a tierra, el brandy, el heno. Algo habrá cambiado, no todo. El campesino francés permanece siempre. Le pregunté si realmente tenía alguna oportunidad, alguna probabilidad de ir. Su sonrisa era de resignada ironía. ¿Quién sabe, dijo, que san Antonio no tomó el tranvía a Alejandría? No ha habido un padre del desierto durante siglos y siglos, y hay una considerable confusión en cuanto a las reglas de juego. Señaló un campo a nuestra izquierda, al otro lado del bosque de robles blancos y liquidámbar por el que paseábamos, un campo de rastrojo trigo. Allí fue donde le pedí a Joan Baez que se quitara los zapatos y las medias para volver a ver unos piés de mujer. Estaba extremadamente encantadora ante el trigo primaveral. De vuelta en la ermita, comimos queso de cabra y guisantes salteados y bebimos whisky en vasos para jalea. En la mesa de él había cartas de Nicanor Parra y de Marguerite Yourcenar. Levantó la botella de whisky y la sostuvo ante la luz fría y radiante de Kentucky, que entraba a raudales por la ventana. Y después salió al excusado, cuya puerta golpeó con su bote de clavos para ahuyentar a la culebra negra que solía estar dentro. “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vieja hija de perra! Ya volverás luego". La verdad es que los alumnos no han puesto demasiada buena cara cuando lo han visto, pero yo sé que lo harán muy bien. Estoy seguro. Bueno, pues eso, que hasta el viernes no habrá más entradas en este blog.

lunes, 15 de junio de 2009

I Find It Hard To Say (Lauryn Hill)

De las cosas más difíciles de aceptar es que a veces se pueda querer a alguien tanto que haya que dejar que salga de tu vida.

Una temporada en Venecia

"Entre veinte minutos de paseo por una calle de París y la más larga y minuciosa colección de fotografías, hay un abismo. La una es una mera idea, una representación, un concepto, una elaboración intelectual; mientras que la otra es ponerse realmente uno en presencia del objeto, esto es vivirlo, vivir con él; tenerlo propia y realmente en la vida; no en el concepto que lo sustituya; no la fotografía que lo sustituya; no el plano, no el esquema que lo sustituya, sino él mismo." Con esta frase cerraba García Morente la cuestión de quién conoce mejor una ciudad (París, Venecia, peu importe, la foto es una vista de la playa veneciana del Lido), si quien la ha estudiado y amado durante una vida, conoce cada esquina de su plano topográfico, su historia, su literatura, su música, la memoria escrita de sus gentes, pero no ha estado físicamente allí, o quien, ignorante de todo lo demás, da un largo paseo distraído por sus calles y parques. Esta cuestión, por medio de esta imagen polémica, conflictiva, me ha rondado desde que, con catorce o quince años, leí el comienzo magistral de las Lecciones preliminares de filosofía. Ya entonces, aunque la cosa se me metió hasta bien dentro de mi mente, me negué a aceptar la solución vitalista de Don Manuel. Ni estuve ni estoy de acuerdo con el prestigio que tiene entre los hombres lo fáctico, lo que se ha llamado la Erlebnis, la vivencia. Lejos nos llevaría justificar mi posición, y no es el caso, pero como buen nihilista que soy, prefiero el ser cuando se manifiesta como carencia, como ausencia y hasta como representación. Eliot dijo, también en este sentido, que la humanidad no podemos soportar mucha realidad, porque se nos atraganta y en cuanto tenemos "contacto" con ella nos sacia y llega a darnos asco. Las mejores melodías, dijo Keats, en los versos de la Ode to a grecian urn, son las canciones inaudibles, las que suenan sólo para los oídos interiores del espíritu. Frente al mito de la vivencia, yo antepuse sin saberlo, y lo sostengo hoy aún con más fuerza, el final eterno de esa oda: Beauty is truth, truth beauty,– that is all. No he podido dejar de recordar este hito, de mis lecturas, al disfrutar con la última (o casi) propuesta de la editorial minúscula, el precioso relato del polaco Odojewski titulado Una temporada en Venecia. No quiero hablar mucho del contenido del libro; se trata de una historia de las que es mucho mejor que nos coja por sorpresa; pero si la leéis, os daréis cuenta de que la cuestión de la que he hablado antes, lo que yo llamaría la pertinencia o no de reducir la vivencia a lo puramente vivencial, sigue hoy como ayer como siempre plenamente vigente. 

sábado, 13 de junio de 2009

Volver (Estrella Morente)

Pa perder el sentío!

viernes, 12 de junio de 2009

Presentación del libro de Kafka

Estáis todos más que invitados a la presentación madrileña de mi libro sobre Franz Kafka, que tendrá lugar del próximo lunes en ocho. Picando sobre la invitación se pueden ver todos los datos de la convocatoria. Conociendo a quienes participan conmigo, creo que será un acto sencillo y entre amigos. Mercedes y Julio son dos personas sabias, a las que da gusto escuchar, cuando hablan sobre literatura. Yo prometo, si puedo, no decir absolutamente nada. Lo poco que sabía lo he dicho en el libro.

jueves, 11 de junio de 2009

Notas para un diario 114

Querido Al:
Hace mucho que no te escribía, y la verdad es que he intentado no hacerlo, pero hoy no he podido esperar más. No he tenido fuerzas para luchar contra mí misma, contra mi desesperación. He estado cansada; muy cansada. He pensado de nuevo que pudiera estar embarazada, pero no. Será al menos esta maldita anemia, que me acompañará hasta la tumba a pesar de que no la acepte como compañera de fatigas, y también el calor que ya nos ronda por estas tierras mediterráneas. Me dejan baldada. Y para colmo, tengo un dolor de cabeza que no se ha querido despedir del todo. Comenzó hace una semana, justo después de vernos. ¿Habré heredado las jaquecas de mi padre, las que acabaron con él? Seguramente… No obstante, cada mañana me levanto temprano para acompañar a X a desayunar; para despedirle con un beso en la puerta del ascensor. Y cada mañana me vuelvo a la cama porque apenas puedo mantenerme de pie. ¡Qué limitación! Entonces, con frecuencia –¿te molesta que te lo diga?–, pienso en ti y en nuestras conversaciones. Me tumbo y pongo el Unplugged de Lauryn Hill que me regalaste. Ya lo he oído mil veces: I Gotta Find Peace Of Mind. Me da vergüenza confesártelo pero yo también lloro mucho, como una auténtica Magdalena. Merciful, merciful, merciful… no sé a quién se está dirigiendo, a Dios tal vez, a un amante, no repite otra cosa al final de la canción y yo necesito esa misma misericordia. Me emociona esa forma de desnudarse ante el público; yo quisiera hacer lo mismo ante ti. Pienso en la última vez que hablamos y en lo que hablamos. No lo puedo evitar. ¿Te acuerdas? Tú pontificaste sin parar precisamente del corazón, de eso que es mucho más que un músculo, de eso que es en realidad, ¿cómo lo dijiste?, "el límite en el que el hombre, en el propio origen, limita con el misterio de Dios". ¡Joder, Al! Pero, ¿de qué vas? Como seguro que recuerdas, me entró la risa al oír aquello y, para que no te enfadaras conmigo, te pedí que me lo repitieras despacio para copiarlo en una servilleta. Lo escribí con tu pluma, esa en la que tienes grabado en oro los nombres de tu mujer y tus hijas ("las mujeres de mi vida", me dijiste) y lo guardé en el bolso. No se puede escribir con pluma en la servilleta de un bar barato. Te pedí que me lo explicaras en cristiano, y vaya si lo intentaste. Que si el corazón es un pozo sin fondo, allí donde todo comienza y recomienza, aquello que es uno antes de que se desparrame en nuestros actos y deseos, aquello que nunca sabemos hasta que punto está limpio o podrido, y que por tanto hay que purificar a cada instante, qué se yo cuantos rodeos para no aceptar que sencillamente es algo que no controlas por mucho que sea el centro de la vida del hombre y de su ser.  A veces te veo como un personaje cómico. Mi viaje de vuelta, te lo puedes imaginar. Cuando llevaba una hora conduciendo, creí que la cabeza (¿o sería el corazón, Al?) me iba a estallar. Pedí a mi fellowman (ese que te cae tan bien, ja, ja, ja) una tregua. Necesitaba salir del coche. Encontramos enseguida una gasolinera. Paramos y, mientras él compraba algo para comer, me coloqué lejos y me encendí un cigarro. No sé si aquello me ayudó a calmarme o si me mareó aún más. No podía aclararme y la tentación de la desesperación me invadía con una fuerza como no he sentido nunca. Te juro que me temblaba el cuerpo pensando que tenía que volver a casa. Esa angustia, y la secuela del dolor de cabeza, me ha acompañado todos estos días. Ha sido un infierno (acaso tú dirías que ha sido un purgatorio; ¿querrás explicarme la diferencia? yo te prometo que intentaré no descojonarme). ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? ¿Por qué haces que las cosas sean tan complicadas y retorcidas? Necesito algo inmediato, algo que esté presente, y que pueda ver y tocar. Necesito primero tocar para luego desprenderme y relativizarlo. ¿Tú me entiendes? ¿Cómo podemos encajar todo esto en un mundo tan consumista, placentero y materialista? Te diré que no te entendí cuando hablamos, que me reí de ti, pero la verdad es que la servilleta, en la que apenas se puede leer ya nada, me ha acompañado desde entonces. La guardo en mi bolsillo y con frecuencia la aprieto dentro de mi puño…

miércoles, 10 de junio de 2009

Notas para un diario 113

Para mí, a veces, una ciudad queda contenida en un cuadro. Me ocurre con Madrid, un lugar cuyas huellas mi mente se ha empeñado desde hace tiempo en borrar, y el cuadro de Pereda, El sueño del caballero. Cada vez que vuelvo a la ciudad de mi infancia, un lugar que me parece cada día más vacío (en el sentido radical y nihilista de esta palabra), sólo consigo hacer pie si paso por la Academia de Bellas Artes de San Fernando y paso un rato frente a esta alegoría. Fue mi amiga Florence Delay la que me lo mostró por primera vez, y entonces recibí un flechazo literalmente providencial. Seguramente, si no fuese porque ese cuadro existe y sostiene todo mi imaginario madrileño, que por ende es mi imaginario español, no volvería por mi ciudad natal nada más que por pura obligación. Sobre el imaginario español, visto desde el exilio, hablaré si Dios quiere en mi próximo libro, de modo que ahora no me voy a extender sobre el tema de porqué Madrid significa para mí lo que en inglés se indica perfectamente con la expresión The Void. Cuando antes de ayer, a la vuelta de las Islas Baleares, recalé en la exposición Matisse 1917-1941, y me vi enfrente del cuadro Naturaleza muerta con mujer durmiendo, dejé de mirar a nada más, me olvidé del resto de los cuadros, y empecé a mirar en cambio hacia dentro de mí, donde se alojan las grandes verdades y las pocas certezas sobre las que yo camino por la vida, como el Cristo caminó sobre las aguas de Tiberíades, o sea de milagro. Tenía que ser de la mano de otro amigo y maestro (qué relaciones más curiosas e intensas se generan con aquellos que nos abren los ojos con las suaves yemas de sus dedos benefactores), de Tomàs Llorens, como descubriese este cuadro deslumbrante y emparentado íntimamente con la vánitas de Antonio de Pereda. Me sería imposible en términos de tiempo decir ni siquiera una parte de lo que pensé, de lo que  reviví, de lo que recordé al contemplar esa tela. El Descartes de las Meditaciones metafísicas y todo Calderón me salieron al paso, pero también los trabajos sobre la naturaleza muerta de Charles Sterling (Still-Life Painting from the Antiquity to the Twentieh Century) y de Guy Davenport (Objects on a table). Al fin y al cabo esto son sólo unas notas. Ni puedo ni quiero desarrollar los temas, entre otras cosas porque no podría hacer otra cosa a lo largo del día. Sólo doy pistas y hago recuento, para trabajos futuros, de cosas que se me ocurren. Naderías apenas esbozadas y sin ningún valor en sí. Intuiciones (sin apenas estudio) de las que nunca se debe vivir, Pla dixit, en el trabajo intelectual. Y preguntas, muchas preguntas que después, con el tiempo, se irán respondiendo solas porque no hay manera de forzarlas, de querer violar su espacio íntimo y secreto. Mirando el Matisse (cuadro que se convierte para mí en un emblema de la ciudad de Washington, en cuya National Gallery se mantiene en suspenso), me preguntaba por el significado de la mano derecha de la mujer que duerme (en concreto pensaba en lo que me recuerda a la posición de la mano maternal y abandonada de tantas Madonnas en otras tantas pietas); por la colocación de la mujer (similar a la del caballero de Pereda) al borde justo y opuesto de la mesa; por el modo en el que, entre un cuadro y otro, se han simplificado y purificado los objetos, y la vestimenta (¿se trata sólo de la dialéctica femenino/masculino o, como yo creo más bien, se trata del regreso a la naturaleza iniciado en el preromanticismo francés y sublimado por una parte de los vanguardistas de entreguerras?), pensaba en la comparación, que tanto podría iluminar mis inquietudes espirituales de este preciso momento, entre la ventana matissiana y el ángel áureo, en el tiempo del sueño, sobre todo pensaba en el tiempo al que pertenece el sueño al que a su vez la vida debería pertenecer… Como veis, todo esto no es sino un largo rodeo, una súplica en realidad, para que no dejéis de ver este cuadro que está de paso en Madrid.