
Sigo profundamente afectado por la
prohibición de los toros en Cataluña. Anoche, tras leer a
Bergamín, escuché en la radio los programas taurinos de la
SER y la
COPE hermanados por una causa con causa. ¡Qué sentimiento de traición, de laceración, de crueldad reina en el mundo taurino! Hace falta un poco de imaginación para saber lo que significa el toro para una parte importante de la población española (y qué decir de la hispana). Algo radical y constituyente. Pasar uno mismo, entero, con las fibras más íntimas del ser propio, a la clandestinidad, en un determinado territorio al que se ama, no es cosa fácil de digerir. Yo no sé si volveré a
Cataluña mientras la prohibición perdure. No lo tengo claro, aún; creo que es un deber de justicia ante aquellos que han quedado proscritos. Me importan mucho más sus sentimientos, su vida espléndida de autenticidad, que las heridas del toro. Me importa mucho más el arte. La libertad. La humanidad. Toda la inmensa verdad que la corrida hace patente. Su ritmo, sobre todo. La medida del tiempo, el reloj, que es la clave secreta de toda buena faena (el toreo es
el arte ultra-rápido del que habla
Florence Delay). El rito. El reglamento. La seducción y el
éros. La feminidad luminosa del traje. La tradición y el misterio. El concepto. La disputa. El método. Todo un sentido de la vida (y de la muerte) ha sido abolido allí. La
literatura como tauromaquia ha quedado prohibida. Yo, aún, no me lo puedo creer: y espero que se lleve al
Constitucional, que se decrete la Fiesta como bien de protección artístico y cultural (competencia exclusiva del Estado), y, si no prospera el camino jurídico, deseo que se celebren corridas clandestinas. Yo asistiré, y con la cabeza bien alta.
P.S. La foto, como todo el mundo sabe, recoge la reciente cogida al diestro Julio Aparicio. Ayer, pocas semanas después del lance, Aparicio reapareció (resucitó habría que decir, milagros de la tauromaquia) ante el toro, ante el público y ante sí mismo.