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lunes, 23 de agosto de 2010

El aficionado (sin comentarios)


P.S: Se ruega picar sobre la foto y contemplar en silencio toda su belleza.

lunes, 2 de agosto de 2010

Bonjour tristesse

Sigo profundamente afectado por la prohibición de los toros en Cataluña. Anoche, tras leer a Bergamín, escuché en la radio los programas taurinos de la SER y la COPE hermanados por una causa con causa. ¡Qué sentimiento de traición, de laceración, de crueldad reina en el mundo taurino! Hace falta un poco de imaginación para saber lo que significa el toro para una parte importante de la población española (y qué decir de la hispana). Algo radical y constituyente. Pasar uno mismo, entero, con las fibras más íntimas del ser propio, a la clandestinidad, en un determinado territorio al que se ama, no es cosa fácil de digerir. Yo no sé si volveré a Cataluña mientras la prohibición perdure. No lo tengo claro, aún; creo que es un deber de justicia ante aquellos que han quedado proscritos. Me importan mucho más sus sentimientos, su vida espléndida de autenticidad, que las heridas del toro. Me importa mucho más el arte. La libertad. La humanidad. Toda la inmensa verdad que la corrida hace patente. Su ritmo, sobre todo. La medida del tiempo, el reloj, que es la clave secreta de toda buena faena (el toreo es el arte ultra-rápido del que habla Florence Delay). El rito. El reglamento. La seducción y el éros. La feminidad luminosa del traje. La tradición y el misterio. El concepto. La disputa. El método. Todo un sentido de la vida (y de la muerte) ha sido abolido allí. La literatura como tauromaquia ha quedado prohibida. Yo, aún, no me lo puedo creer: y espero que se lleve al Constitucional, que se decrete la Fiesta como bien de protección artístico y cultural (competencia exclusiva del Estado), y, si no prospera el camino jurídico, deseo que se celebren corridas clandestinas. Yo asistiré, y con la cabeza bien alta.
P.S. La foto, como todo el mundo sabe, recoge la reciente cogida al diestro Julio Aparicio. Ayer, pocas semanas después del lance, Aparicio reapareció (resucitó habría que decir, milagros de la tauromaquia) ante el toro, ante el público y ante sí mismo.

miércoles, 28 de julio de 2010

Au Revoir, Liberté Chérie

Hay una cosa a la que amo más que a los toros: a Cataluña, que para mí ha representado siempre lo mejor. Pero hay una que amo aún más que a Cataluña: y es la libertad. Si me hacen elegir entre ambas, no lo dudaré. Para mí hoy es un día lamentable, sobre el que podría escribir horas. Lo que se pierde, y es el meollo de la cosa (ni España ni leches), es la libertad (algo que por lo demás, y que lo sepan esos señores tristes e ignorantes, no se deja compartimentar). ¿Hay alguien ahí que haya oído lo que significa el concepto de derecho subjetivo? ¿A alguien le importa todavía respetar lo que hace el otro, aunque a uno no le guste? Creta, Atenas, Cartago, Roma, Jerusalen. Un acto de despotismo como el de hoy es ilegítimo y bárbaro. Ampútese Usted un brazo, no le jode. ¿Y quién lo dice? ¿Quién se atrevería a ir contra el consenso? Yo me atrevo, porque me lo dice la historia, la difícil historia del respeto al otro que nace a ambas orillas del Mediterráneo. Claro que hay otras pretendidas legitimidades. La de los vegetarianos, la de los animalistas, pero ninguna podrá nunca imponerse contra la gran tradición humanista (la cosa es muy sencilla: lo que importa es el hombre, el hombre que come, el hombre que caza, el hombre que torea a la muerte). Y, con corsi e ricorsi, ésta se acaba imponiendo siempre. La forza de la ragione!