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miércoles, 9 de mayo de 2012

Notas para un diario 235


El divino azar ha dispuesto que haya tenido que revisar a la vez y en el día de mi cumpleaños las pruebas de dos libros que saldrán próximamente. Por motivos distintos, los dos me llegan muy dentro y, mientras los leía a la búsqueda de erratas, faltas de concordancia verbal y demás, no podía evitar sumirme en una atmósfera de melancolía y ensueño (nefasta para la tarea que tenía entre manos) y al mismo tiempo de dolor. En esas horas de concentración me parecía estar leyendo mi vida, no en el plano anecdótico (eso es lo de menos para alguien como yo) sino in my inner most. He sentido miedo. Me pregunto qué pensarán los lectores, no de mí, me preocupa bien poco, sino de los mundos en los que habito. Escribir un libro, cuando de verdad te importa, y hasta traducir uno, si es de los que te ha marcado para siempre, significa desnudarse de un modo mucho más radical que el desnudo físico. Kafka el naturista lo sabía como nadie. Y Borges cuando dijo aquello de que no hay nada más casto que la pornografía.

jueves, 26 de abril de 2012

The inner ring

El trabajo de años en alguien como Kafka te marca de por vida. Pasaría lo mismo con Dante, con Shakespeare, Cervantes y Calderón, con Joyce o con Proust. Quizás no ocurra lo mismo con los demás. ¿Son entonces un mero resto? No exactamente, pero no te marcan así, no tienen esa fuerza de conformación interior. Esos autores se te instalan en el tuétano y acabas viéndolo todo bajo su especie. El otro día me escribía una amiga argentina que, gracias al amor de una persona, había descubierto dentro de sí un espacio de libertad que ni siquiera sospechaba que existiera. Enseguida pensé que Kafka toda su vida buscó eso precisamente. Sus historias son el intento frustrado, imposible, de acceder a lo que se puede llamar el círculo interno, an inner ring. En ellas queda patente que, detrás de lo que vemos, de lo que tocamos, de las estructuras de las cosas, hay algo más, otro orden, otros poderes que condicionan fatalmente lo exterior. La realidad es un conjunto de círculos de poder inverso al tamaño de los mismos: cuanto más grande es el círculo, cuanto más externo, más insignificante resulta ser. Lo que ocurre es que cada círculo (de personas, de ideas, de sentimientos) te encierra y no hay manera de salir de él y de su ámbito de influencia. Todo son obstáculos para coger con la mano un aro menor, más restringido y esencial. Sería liberador. Acceder a los anillos del centro de las cosas queda descartado, por muy pequeño que uno se haga, por mucho que se mengue. The inner circle es un mero ideal. Creo que Kafka acertó en mostrar que esta lógica cambia radicalmente si se trata de aplicarla a aspectos externos de la vida o a la existencia más íntima y personal. Se trata de la gran paradoja kafkiana, que yo entiendo así: en la vida social, en las relaciones de poder, los círculos internos (que desde luego existen, todos lo sabemos: basta con que se junten media docena de personas para que se generen de inmediato) son tan inevitables como odiosos. Con frecuencia las personas más libres los detestan, no quieren saber nada de ellos y mucho menos participar en su lógica conservadora y hostil. Pensemos en un campamento de verano, en una universidad, en un sindicato o en la sociedad entera. Pasa siempre lo mismo. Sería extraordinario saber por ejemplo quién coño esta mandando en este momento en el mundo capitalista. Desde luego yo dudo de que sean los que aparecen en el horizonte político. Hay círculos internos que determinan la política. La peor de las corrupciones. En la vida íntima ocurre lo contrario: una persona libre quiere encontrar esos círculos internos, acercarse cuanto más mejor a la verdad, a la transparencia, a la realidad en suma. En el centro mismo, en el centro minúsculo del anillo más pequeño está el amor, eso para mí está claro. Por eso para ser libre, como mi amiga, hay que amar mucho y hacerse muy pequeño. Melville, Robert Walser, Hawthorne, Leskov, Azorín y algunos otros lo sabían. Y Kafka lo explicó como nadie.

viernes, 16 de marzo de 2012

Train to hell: El túnel de Dürrenmatt


Alpha Decay publica, en su cuidada colección Alpha Mini, El Tunel de Friedrich Dürrenmatt en una edición primorosa de Juan de Sola. Como ya hicieran entre otras con obras tan emblemáticas como la de Delmore Schwartz (En los sueños empiezan las responsabilidades), los editores de Alpha Decay proponen en estos volúmenes un juego especular que a mí me parece hoy más que necesario: a una obra capital, en este caso la nouvelle El túnel del siempre inquietante autor suizo Dürrenmatt, en una nueva traducción (casi una edición crítica), se le añade un largo epílogo que es un esfuerzo por contestar al texto que le precede y al que sirve con lucidez. En el caso del germanista Juan de Sola el resultado no puede ser más satisfactorio. A la clásica narración se añade un espacio de reflexión y de crítica que nos permite realizar una lectura ejemplar del texto. Animo a la legión de escépticos, en este caso equivalente a la de los incultos, a zambullirse en el volumen para darse cuenta de que la lectura de una crítica, alejada tanto de la pedantería como de la superficialidad, puede ser tan memorable como la de una ficción. En realidad la crítica es otra forma de ficción.
El polifacético Dürrenmatt nunca defrauda, y mucho menos lo hace en las narraciones cortas como ésta. En ellas acumula sus virtudes como literarto, como hombre conformado por el teatro y por la arquitectura: la capacidad de plantear una situación netamente espacializada, la destreza en profundizar en la angustia de un hombre contemporáneo que se hunde sin saberlo hasta profundidades abismales, el talento para dotar a sus historias de una dimensión alegórica que las abre hasta hacerlas universales.
La "inmediata proximidad de las paredes del túnel", un túnel por el que se precipita hacia la "nada" a la que se alude al final de forma más o menos secante. En esa proximidad que convierte las paredes de la montaña en una segunda piel para el viajero consciente (y que recuerda como un calco a las paredes con la que Santa Teresa describe sus visiones de los espacios más allá), y en esa alusión final de corte nihilista (pero también místico) se encierra a mi juicio una parte importante del sentido de esta maravillosa narración.

sábado, 10 de marzo de 2012

Notas para un diario 231 (Rue Visconti)


Al azar de una búsqueda encontré ayer esta foto de un patio trasero, el del número 21 de la rue Visconti en París. Siempre me fascinó ese nombre italiano au coeur même de la ville. Es una calle pequeña paralela al río (a la altura del Quais Malaquais), paralela también a otras callejas bellísimas como lo son la rue Jacob o la rue des Beaux Arts, perpendicular a la rue de Seine y a la de Bonaparte, con la que forma un ángulo casi recto. He paseado mucho por ahí – ¿quién de los que amamos París ha dejado de hacerlo? –, conozco muchas de sus puertas y ventanas, he husmeado en sus recibidores e imaginado las vidas que transcurrían tras esos gruesos y húmedos muros. Me encantó hallar esa foto justo cuando estoy intentando traducir un pequeño libro de Julien Green. Ese patio cubierto por parras vírgenes le hubiera fascinado al gran escritor sudista. Vignes vierges en francés. Apenas sé nada de jardinería, aparte del hecho de que me encantan las plantas, pero tengo entendido que a diferencia de la hiedra las parras que se asientan en la piedra de los muros cambian de color y con frecuencia adquieren esos tonos que oscilan entre el malva, el morado, el color del vino. Burdeos, decimos en español también, y por algo. El relato greeniano, que conozco desde hace más de veinte años, leído y pensado ahora de nuevo, me está impresionando. El tema de fondo es la religión, claro; muy unida a la sexualidad y a la escritura. Claro en alguien como él, que no vivió más que para ese misterio de amor y de muerte que encierra la literatura. Creo que el caso de Kafka es distinto, y no sólo por el hecho de que fuese de origen judío. Kafka estaba inmerso más bien en una tradición humanística y atea que, sobra decirlo, parte del hecho religioso también aunque se puede afirmar que lo ha abandonado (en algunos casos habría que decir más bien que se ha sentido abandonada). No me gusta la palabra superado en este contexto, como rechazo una visión lineal del progreso. Siempre estamos volviendo a lo mismo, nuestro caminar describe más que una recta un círculo. Entre todas esas corrientes, idas y venidas, me encuentro a gusto en los lugares más indeterminados, como me encuentro en casa en las estrechas aceras de las calles más viejas de París. No me engaño: soy muy consciente de que esa opción, para alguien como yo, es del todo dramática.

martes, 6 de marzo de 2012

Los mutilados de Hermann Ungar


Me sigo preguntado cada día qué es lo que hace que la literatura sea tan fascinante, tan inagotable, tan rumorosa: en efecto, la literatura es un confuso ruido de voces que no garantiza nada pero que nos preserva de caer en esa postura humana indigna que es la autosuficiencia. Pensaba eso al leer estos días, no sin dificultad, Los mutilados de Hermann Ungar (Siruela, 2012). No es precisamente un plato de buen gusto. En la mejor tradición mitteleuropea de entreguerras, Ungar narra la no vida de un hombre del subsuelo, Franz Polzer, de una caricatura humana que no sólo no puede decir quién es sino que su paso por la vida consiste en una lacerante sustracción en todos los planos. Trabajador incansable, ordenado hasta la manía, el único atributo de Polzer es la facilidad con la que se deja esclavizar por quienes le rodean, le utilizan y le oprimen, aprovechándose de su miedo cerval a la vida, de su rancia imaginación, de una ausencia de autoestima larvada en una infancia desoladoramente violenta. El trabajo de Ungar con el personaje de Franz, y con el resto de la siniestra troupe con la que convive (Frau Porges, su patrona, su amigo Karl Fanta con su mujer Dora, Kamilla, Herr Fogl, Herr Wodak el director del banco en el que presta sus servicios) es de primera división narrativa: los distintos caracteres están delineados hasta el más mínimo detalle, son tan horribles como verosímiles y se te clavan en el ánimo para siempre. Más cercano a Robert Walser que a Kafka, a Musil o a Broch que a Thomas Mann, Ungar era para mí hasta ahora un perfecto desconocido. Praguense, judío, estudioso del Oriente, vivió en el Berlín cabaretero y weimariano y murió con apenas cuarenta años. Datos irrelevantes ante la densidad que rezuman sus páginas, ante la luz negra que proyectan acerca de los mecanismos del mal y de la siempre correlativa inocencia victimaria. Un libro duro pero a la vez puro, con la pureza de la realidad, eso sí de una realidad mutilada.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Notas para un diario 214


Increíble esta foto de Sander, el minero-fotógrafo-apuntalador. Qué necesidad habría de leer ni una palabra sobre Kafka habiendo fotos así. Lo dicen todo. El vacío por fuera y por dentro. La vestimenta, coraza del burgués sobre el cuerpo como una piel auténtica, mucho más auténtica que la que hay por debajo. La calle podría ser otra "gran vía" de cualquiera ciudad europea. Son todas iguales. Somos todos iguales por fuera, y tal vez por dentro mucho más de lo que pensamos. ¿A qué espera Sander? Ya sé que ni siquera se llama Sander pero acabo de rebautizar al tipo de mirada torva. Es un hombre hueco, pero no en menor medida en que lo seamos tú o yo, mi hermano mi compadre. Yo en concreto tenía unos guantes idénticos de carpincho traídos directamente de la Argentina por una amante fielmente infiel. Conste que es mejor eso que ser infielmente fiel, vamos digo yo, aunque sobre eso hay mucho escrito y debatido por todos los beodos que en el mundo han sido. Me voy a callar porque si sigo por aquí esto dejará de ser un ejercicio de estilo y se convertirá en una confesión y no podré publicarlo, que yo no soy San Agustín aunque diga mil veces al día" todavía no", nodum, que no hay nada más imposible que convertirse en un personaje de ficción sobre todo si la ficción es una ficción real. Os dejo con esa foto walseriana, azoriniana, larbodiana, vilamatiana, sveviana, boviana y sobre todo sobre todo kafkiana.

lunes, 6 de junio de 2011

Claude Monet y el jardín de Giverny


Leo con interés un librito titulado Claude Monet y Giverny (Olañeta, 2011, 6 €). Contiene los dos ensayos principales que Octave Mirbeau escribió sobre su amigo pintor ("Claude Monet y Giverny" y "Claude Monet, discípulo de nadie"). A Mirbeau lo que más le atraía de Monet era la radicalidad con la que se había "aislado" en Giverny, a la búsqueda de una atmósfera en la que crear. Naturalmente lo más creativo de todo fue el intento en sí de hacer un mundo propio para después reproducirlo en los paneles y en las telas. Una especie de adelanto de lo que después se ha llamado pomposamente la obra de arte total. Mirbeau era un experto en jardinería, como se muestra en las primeras páginas de su ensayo sobre el jardín de Giverny en el que cita no menos de cincuenta especies de flores y plantas. Se dice que se inspiró en ese lugar mágico para algunos pasajes de El jardin de los suplicios, la novela erótica que tanto fascinó a Kafka.

sábado, 26 de marzo de 2011

Notas para un diario 197 (on Kafka)


Hay muchos Kafkas. Incontables. El último que he visto con admiración es el Kafka de Peter Mendelsund, que ha diseñado para Schoken Books las nuevas portadas de las obras principales. Aparecerán a lo largo de este año 2011. El tema recurrente es la presencia del ojo que todo lo ve. Sin duda alguna otra variante de la gran cuestión kafkiana. También hubo, en la lectura de los tres primeros párrafos de La Metamorfosis que hicimos anteayer en clase, un Kafka vivo: nunca había caído hasta entonces (se lo debo a los alumnos) en la importancia del movimiento que allí se describe y que va de dentro (la mente de Grégor, el nuevo cuerpo en el que está preso, la habitación como una segunda piel, el mundo laboral y familiar en que vive encerrado) hacia afuera. Como el gusano quiere salir de la larva, Grégor ansía estallar en la salida final de la muerte. Por eso la panza también es convexa y prominente, tanto que hace que hace que la colcha se escurrra en dirección al suelo. Alguien me hizo ver que no se dice ni una sola palabra de la ropa de dormir del protagonista. Del cuerpo se pasa directamente a las sábanas. ¿Dormiría desnudo Grégor Samsa? Desconozco siquiera si Kafka tenía la costumbre de dormir en pelotas. Lo que sí sé, como casi todo el mundo, es que le gustaban los sanatorios nudistas. Alucinante lo que se ve leyendo con otros. Todo esto me hace pensar que ese libro tiene mucho de autorretrato. Quizás el más fiel que nos dejó el soñador de Praga.

lunes, 14 de marzo de 2011

Notas para un diario 193

El climax de la tercera temporada de In treatment llega a mi juicio en la quinta semana, en la sesión de terapia que Paul Weston mantiene con Adele, su nueva terapeuta. La charla se va poniendo más y más tensa, Paul está hecho polvo: acaba de dejar a Max, su hijo pequeño con el novio de su mujer en la casa que ellos van a compartir en el futuro, se encuentra solo, muy solo y no soporta la idea de hablar en serio con su novia Wendy, veinte años más joven que él; no avanza gran cosa con los pacientes que está llevando, casos difíciles que interfieren de mil modos con su propio dolor, y ahí está el bueno de Paul, convencido de que tiene Parkinson, de que va a morir pronto y abandonado por todos, incapaz de reaccionar ni de tomar ninguna decisión, tampoco en el plano profesional, alargando como un doble de Kafka su agonía y los eternos tormentos del morir. Al menos ha encontrado a Adele, su terapeuta, fría, inteligente, elegante, que le ha demostrado ya que le entiende, que ve en su vida mejor que lo hace él mismo. Paul desea su cercanía, la admira y desea compartirlo todo con ella, el trabajo que les une profesionalmente, la vida, sin más, la larga experiencia que ambos han acumulado de la vida. Se lo ha dicho en la sesión de la semana anterior y ahora se lo repite, la necesita, eso es todo. No es capaz de afrontar los restos del naufragio sin ella a su lado, y no sólo como terapeuta. Ocurren muchas cosas en esa corta sesión de la quinta semana. Mucha mucha nada. Paul está tan paralizado que, como le dice Adele, que quiere cumpla el horario establecido y que se marche y vuelva la semana siguiente, "no es capaz siquiera de levantarse del sofá". El único problema de Paul es que ha llevado su individualidad tan lejos que no se parece a nadie, sólo a él mismo, y por eso mismo ya nadie, nadie, le reconoce.

lunes, 7 de febrero de 2011

Una visita a Zúñiga

El martes voy con CAM a casa de Juan Eduardo Zúñiga. No nos conocíamos en carne y hueso pero yo le había leído a él con delectación. Su trilogía de la guerra incivil me parece casi lo único salvable del conflicto, y no hablo sólo en términos literarios. Desde el salón, por la ventana, vemos sobrevolar las copas de los árboles de El Retiro el monumento a Alfonso XII. Parece que queda suspendido en el aire, como quedó de hecho la monarquía tras la revolución. El sábado leo en el artículo que Vila-Matas dedica a Tabucchi en Babelia que, de la primera entrevista que aquél leyó de éste le llamó la atención que el italiano dijera que hoy en día es difícil juzgar los propios sentimientos porque, desde que la cultura se ha vuelto laica, falta un ojo que mire: “El hombre no se siente mirado y se vuelve, por ello, un poco inexistente. La idea de ser mirado confiere a la existencia cierta plenitud”. El ojo de Dios y los ojos de los hombres, qué realidades más distintas, cuando no opuestas. El ojo panóptico de Bentham y Foucault, implementado en las prisiones contemporáneas en las que se han convertido las ciudades llenas de cámaras por todos lados. Algo de eso queda en el anacrónico monumento de Benlliure que contemplamos en silencio los tres desde el salón de la casa. Cae la tarde en Madrid. Debo presentar un libro con los poemas de Celan en el Ateneo. "Seguí siendo el mismo las tinieblas llegadas", dice en un reticente verso escrito tras el secuestro, tortura y muerte de sus dos padres a manos del fascio rumano una tarde del año 1941; me persigue el horror y no es fácil buscar refugio: los hombres, con Dios y sin Dios, se miran, se juzgan y se han desgarrado unos a otros como bestias irracionales. Zúñiga y yo hablamos en un aparte de astronomía, o mejor dicho del espectáculo del cielo, de que nos da la propia medida. Me regala su último libro de relatos, Brillan monedas oxidadas, que abro a la mañana siguiente en el tren. Por la noche me había escondido por el centro de la ciudad buscando oír, como decía Juan Ramón, cada gramo de la arena que voy pisando. De madrugada me acerco al estanque para fotografiar al Rey desde otro ángulo. Leo camino de casa un cuento precioso sobre el no viaje de Kafka a Madrid. Así fue también la vida del escriba de Praga. No llegar a nada, no llegar a ser nada.

viernes, 21 de enero de 2011

Notas para un diario 187 (Sobre libros y vino)

Hace pocos días tuve la suerte de pasar una mañana entera andando morosamente por Madrid. Era uno de esos días claros con los que nos regala la capital de España. Había quedado en la Gran Vía con alguien a primerísima hora de la mañana y mi siguiente appuntamento era un almuerzo achtalliano a las dos de la tarde en la calle Velázquez. Decidí ir andando de una punta a otra de la ciudad. No esperaba nada especial, salvo que me diera el sol y el aire helado en la cara durante unas horas. Benditas esperas, y más si a uno le pillan paseando (y hablando de vez en cuando por teléfono con los que de verdad queremos). Por San Bernardo llegué a Malasaña y en la calle San Joaquín, a la altura del número 3, me encontré una librería con el nombre de Tipos infames. Libros y vinos.


¿Libros y vinos? Bendita infamia. Era un poco pronto para beber nada, pero no para echar un vistazo a las estanterías. Literatura pura y dura. Pocas concesiones a la basura literaria. Encontré cosas: varias primeras ediciones de Vila-Matas, de Narrativas Hispánicas, que no tenía y que son difíciles de encontrar (odio los libros compactos). También encontré un libro de Manuel Arroyo Stephens titulado Imagen de la muerte. A mí me gusta Arroyo como escritor (su memoria sobre Bergamín, Región Luciente, es de lo mejor que se ha escrito sobre el maestro). Muerte de Yiyo, el primer texto. Me pareció que junto a los vinos y los libros me estaba faltando mi amiga la muerte, y Arroyo me la traía de la mano por medio de la pasión taurina. Me senté a llorar en una de las sillas blancas del local y caí en la cuenta de algo que hasta ese momento se me había pasado desapercibido: Manolo apenas usa comas. Me impresionó tanto la curvatura que seguían sus frases y periodos que le llamé al móvil. Andaba por la zona, para más inri. Quedamos en vernos pronto en Biarritz. Yo este trimestre no tengo mucha facilidad de movimientos. Doy clase, un programa nuevo con Madame Bovary, el Jekyll, Por el camino de Swann, Metamorfosis, Ulises y Dora Bruder con Nabokov de fondo. Pero yo en realidad lo que sueño es con un Seminario Magris. El método Magris. Reúne a una quincena de lectores durante un año y escogen un tema. Por ejemplo: los escritores en lengua alemana de la ciudad de Praga. Todos leen a todos. Hablan y discuten hasta hartarse. Hay un relator. Puede o no ser el propio Magris. Así salió por ejemplo "Praga al quadrato", el mejor ensayo sobre la literatura de Praga que yo conozco. Leer en común, la única solución. Como hicieron los monjes medievales a orillas de los ríos europeos; como Platón y los suyos a la vera der Ilisos. Cerca de un río, siempre. Hasta que por fin nos recorra por dentro y nos lleve hasta el ignoto mar de la persuasión. Los libros y la muerte. Si yo hubiera leído a Kafka con otros, alguien me hubiera recordado que en Once hijos, el undécimo, o sea mi primo ordinal, prefiere que su padre le deteste a que le ignore. Es débil ese niño. Y dubitativo. Sólo es fuerte para una cosa (¿escribir?, ¿amar?, ¿conocer?, ¿reír?). "A veces me mira, dice el padre, como queriendo decirme:
llévame contigo. Yo pienso entonces: Eres el último en quien confiaría. Y su mirada parece replicar: pues ya es mucho que sea el último". Claro. Ahora lo entiendo todo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Kafka en audio




Por si alguien tiene interés en oírlas, pongo aquí y aquí las transcripciones en audio de las dos conferencias sobre Kafka que di recientemente en la Fundación Juan March.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Kafka: su vida, su obra, su tiempo



El próximo jueves día 2, a las 19:
30 h., tendrá lugar en la Fundación Juan March (Castelló 77, Madrid) la primera de dos conferencias en las que analizaré la vida, la obra y el tiempo de Franz Kafka. En la primera me centraré en la vida y el contexto histórico de Kafka, y en la segunda, que tendrá lugar el jueves día 9, hablaré de la obra literaria del escritor de Praga. ¡Estáis todos invitados!

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Kafka, el Lazarillo, los libros y los sueños

Para hablar de los espacios de transición, de los espacios vacíos los llama en otro lugar, Kafka pone un ejemplo emocionante: se refiere a la sensación que tenemos cuando vamos en un tren, tras muchas horas de marcha; al final, dice con ese sentido único para presentir la estructura real de las cosas, cansados, nos dedicamos a mirar el reloj como si, para llegar a nuestro destino, dependiésemos del pequeño mecanismo de cuerda. Pareciera, dice, que es el reloj y no la locomotora el que produce la fuerza de tracción. Hay en esa imagen algo más que un procedimiento de asociación metonímica: hay una transición, análoga a las que se producen entre la vigilia y los sueños. Por ejemplo en el "sueño de examen" del que Kafka habló en varias ocasiones, la ensoñación fantasmagórica de que él nunca prosperaría, que por más que fuese aprobando curso a curso, examen a examen, con relativa facilidad, algún día se descubriría que todo en su vida académica era mentira, que era un falsario y que en algún momento cercano su insignificancia e impotencia quedarían, para su vergüenza, expuestos "a la vista de todos". En las nuevas Confesiones que ha editado Gredos (2010), Agustín dice algo sobre los sueños que hubiera fascinado al de Praga: "La comida en sueños es muy semejante a la comida de los despiertos y, no obstante, los que duermen no se alimentan con ella, pues duermen" (Libro III, 6, 10). Y sin embargo, qué haríamos sin la irrealidad de los sueños. ¿De qué está hecha la vida, la cultura, la literatura sino de irrealidades y de sueños? Eso pensaba al leer el ensayo que dedica al Lazarillo Jannine Montauban, profesora en Montana, en el libro La picaresca en la otra margen (Visor, 2010), cuando afirma que la anonimia forma ya parte esencial de ese relato, por mucho que los cuentapalabras (esto lo digo yo) se empeñen en descubrirnos cada cinco años al autor auténtico del texto. Ya hablaré más despacio de este libro extraordinario en el que la filología (amor a la palabra) relumbra. En el plano de lo que de verdad importa, lo que llamamos irrealidades alimentan tanto o más que lo que llamamos realidad (y esta posición apofática es una forma de realismo metódico). Y es que no sólo Dios es suprasustancial, también lo es la realidad del hombre, la realidad que importa. Si no, no es nada…
P.S. Por cierto, acabo de saber que Kafka leyó Las Confesiones en el otoño/invierno de 1917, en casa de su hermana Otla en Zürau, a la vez que escribía los famosos aforismos sobre la religión.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Magris y el mito de Praga

To M.M. our mutual friend, on her birthday.

Cuando Claudio Magris, en el espléndido ensayo que dedica a los escritores alemanes de la ciudad de Praga (en su nueva obra, Alfabetos, Anagrama, 2010), afirma que "la escritura es una esencia de la realidad que puede prescindir de la realidad, que puede sustituir a lo que no existe y representar una ausencia, obligar a la realidad o la naturaleza ausentes a presentarse en su inaferrablidad", recoge el núcleo de una reflexión sistemática que en su caso dura ya cerca de medio siglo. Si algo ha sabido siempre el escritor de Trieste abordar, atrapar, desgranar, en sus magníficos ensayos, es la sutil relación que se produce, en la creación literaria, entre realidad e irrealidad. La alta dosis de la última que reclama y absorbe la primera. Toda creación auténtica, podría decir Magris, debe de ser creación ex nihilo, al menos en el sentido de que, como ocurre con la entera realidad, el arte cobra mayor consistencia cuanto más surge del fondo mismo de lo que no es. Me dijo una vez un psiquiatra amigo que los enfermos, en ocasiones, se recuperan mejor de una crisis cuanto más fuerte y extrema sea ésta; con el dolor y el espanto se puede dejar atrás hasta el último resto de lo que ya no será más. Se trata de las formas diversas del gran oxímoron: para construir algo duradero hay que partir de la ruptura y la fugacidad, de la radical abolición de las raíces, siempre insuficientemente fundantes, de las cosas del mundo. Claudio Magris ha estudiado, durante décadas, la fertilidad del mito literario habsbúrgico. Lo hizo de frente en su tesis doctoral, y más tarde en su insuperado trabajo sobre la literatura hebraico-oriental. Por eso, al hojear hoy por la mañana este último volumen de ensayos, y encontrarme con cuarenta páginas dedicadas al mito (literario) de Praga, no me he resistido a leerlo del tirón. El resultado es espectacular, si tenemos en cuenta que al estudio y al sistema se suman ahora una sabiduría incrementada con los años y el oficio, un manejo certero de las difíciles armas del ensayo. Me asombra lo que sabe Magris, pero mucho más aún me asombra el modo en el que presenta lo que sabe. En este caso, articula como si fuera cosa fácil un sinfín de planos (desde el periodístico al psicoanalítico, pasando por el social y el político), y los dispone al servicio del esclarecimiento de una cuestión sumamente difícil, amplia y compleja. Cuanto hay en Magris de la vieja escuela sociocrítica de Lucien Goldmann, pero de que modo tan apabullante supera incluso a aquel viejo maestro. Voy a poner un ejemplo cercano. Es como si alguien, ahora, o dentro de cincuenta o cien años, pudiera explicarnos, de manera verosímil, los rasgos generales de los escritores catalanes en lengua castellana de los siglos XX y XXI. Para apenas rozar algo así, sin hacer el ridículo, sería imprescindible integrar las raíces histórico-culturales de las generaciones anteriores al modernismo, presentar la miríada de pulsiones políticas que les han influido y oprimido a los autores más destacados, especialmente las tensiones nacionalistas de signo opuesto, habría que enmarcar las diversas creaciones en la trayectoria histórica real de un pueblo y una ciudadanía, con los sucesivos cambios, transformaciones y rupturas, dirimir la influencia de instituciones como la Iglesia Católica, repensar los procesos sociales y migratorios, ajustar cuentas con las interacciones del costumbrismo y con las diversas formas de la vida íntima de las gentes… ¿Verdad que no sería fácil hacer que algo así fuera útil y legible? Pues por eso me admira, hasta el gozo intelectual, poder contemplar como lo construye él, con la máxima pulcritud y sencillez, para el caso de ese foco de creación artística que fue Praga, y todo en apenas medio centenar de páginas.

miércoles, 14 de julio de 2010

Notas para un diario 165

Para mi hermana L. esta entrada in carcere et vinculis.

Pretendo aproximarme a algo que desconozco. Lo haré despacio, en círculos comme d´habitude. En este caso, no sé siquiera (y aparte de ti) de dónde partir. Esta indeterminación es, supongo, una manera como otra cualquiera de superar el dolor. El dolor, entre otras cosas, por la estela negra de la infancia, revivida estos días en toda su crudeza. N´importe quoi… Écrire n´importe quoi est peut-être le meilleur moyen d´aborder les sujets qui comptent, d´aller au plus profond par le chemin le plus court… Lo intentaré, pues: todo comenzó en una deliciosa cena sanferminera en el mejorrestaurantedelmundo. Mientras los demás comensales hablaban, reían, y todo lo demás, yo pensaba en las cosas que hacen de una cena algo inolvidable, miraba los platos aún sin servir, relucientes a fuerza de ginebra y algodón, y recordaba las palabras de Henri Michaux (Les Grandes Épreuves de l´ésprit): "Le plateau, la partie utile de la table, progressivement réduit, disparaissait…" Me veía a mí mismo como en una naturaleza muerta y me entretenía tejiendo relaciones infinitas entre el plato y el resto de los elementos de la mesa. No eran, sin más, relaciones plásticas. También contaba lo auditivo, el tintineo de las copas al brindar, las risas, las pasadas de la mano por el hilo de los manteles, ese ruido sordo que ha torturado mi infancia como la de otros fue quebrada directamente por los golpes. Y los afectos. Y la culpa. ¿Qué convierte una cena en algo inolvidable? No lo sé, pero creo, pienso, dudo, si se trata o no de un placer múltiple. Combray es, son, muchas cosas (Clément Rosset, La nuit de mai). La magdalena encierra mil rostros ocultos. Todo lo que se recuerda, más el vacío del instante, pero hacia el futuro. Ningún placer, ninguno deseo, ninguna clase de felicidad cabe en ningún lugar si no se proyecta fuera del tiempo, si no integra, si no tiene unas raíces de las que se pueda uno sentir, si no orgulloso, sí al menos no directamente culpable. En Nudités (2009), meister Agamben sentencia que la clave de toda la obra de Kafka, la esencia de K., es la autoinculpación. Y tiene razón. De la misma manera que el Derecho (el Ius), los procesos jurídicos en Roma, no tenían otro fin que el de distinguir si en una acusación había causa, res, cosa, algo a lo que agarrarse para sentenciar a favor o en contra del imputado, en los otros procesos, en los decisivos, los interiores, se trata sólo de saber si hay algo en cada uno que sea condenable y, lo que es aún peor, punible. ¿Es ese el triste papel que asignamos a la religión? ¿Se trata de una instancia que nos libera de las falsas culpabilidades, manteniendo eternamente las verdaderas? ¿No había asumido Él la infinita culpa, la pena que no cesa, abriendo el tiempo a la Gracia? ¿Es o no es todo Gracia? ¿Será, por el contrario, el papel catártico de la literatura el que, por medio de máscaras, obtiene el salvoconducto? Mira, yo ya no te sigo. ¿No estábamos hablando de placeres, de felicidad, de deseo? ¿A qué viene entonces todo ese conato de discurso acerca de las penas, las penas jurídicas o las canónicas? Justamente, se trata de eso: de si el placer puede aislarse de la pena, o no. Si el placer puede o no proyectarse eternamente, o si acabaremos todos en una urna cenicera camino de las antípodas. Como en la infancia que reflejó el inmortal Vicente Nieto en fotos como la que acompaña esta entrada que son muchas en una. Nous ne sommes que des lettres détournées, freinées, en soufrance. Peur de jouir, culpabilité d´avoir joui, terreur de passer à une jouissance infini (Philippe Sollers, Théorie des Excepcions). Continuará.

lunes, 21 de junio de 2010

Un sueño y varias iluminaciones

Me cuentas un sueño que te torturaba de pequeña (¿ahora ya no lo hace?): tú y tu hermana sois paseadas en una jaula a la vista de todos; a la vista, y al olor, de un lobo que os persigue y que desoye a quienes le dicen que en realidad no estáis por la zona. "Aquí huele a alemana", oyes con espanto que insiste el lobo, "aquí huele a niña alemana, lo sé, y no pararé hasta encontrarlas y comérmelas a las dos"… Esas son, supongo, las delicias del desarraigo y la expatriación, siempre preferibles al anquilosamiento y a cualquiera forma de nacionalismo autosatisfecho. Cuando me lo contabas, además de recordar a la pantera de Rilke (Sus ojos tan cansados del desfile/de los barrotes, que ya nada retienen./Le parece que hubiera mil barrotes/y tras los mil barrotes ya no hubiera mundo), me acordaba, como no, del pequeño Hansel en su jaula. Te habrían contado mil veces el cuento. Como el del flautista de Hamelin, que me cantaste. Fue oír las primeras palabras, y caer en la cuenta de que era la base sobre la que Kafka había escrito Josefina la cantante o el pueblo de los ratones. Por cierto, hablando de la reversibilidad de las cosas, como la de las rejas que pasan delante de los ojos de la pantera, fíjate lo que escribe Kafka, en su último cuento, acerca del arte: "Cascar una nuez no es realmente un arte, y en consecuencia nadie se atrevería a congregar a un auditorio para entretenerle cascando nueces. Pero si lo hace y logra su propósito, entonces ya no se trata meramente de cascar nueces. O tal vez se trate meramente de cascar nueces, pero entonces descubrimos que nos hemos despreocupado totalmente de dicho arte porque lo dominábamos demasiado, y este nuevo cascador de nueces nos muestra por primera vez la esencia real del arte, al punto que podría convenirle, para un mayor efecto, ser poco menos hábil en cascar nueces que la mayoría de nosotros". Puro Duchamp avant la lettre. Y sin darse la menor importancia. ¡Qué clase tenía el moribundo Franz! Bueno, a lo que voy: que no nos cansaremos de estudiar las estructuras antropológicas de lo imaginario, o sea, los cuentos y las leyendas populares. Ahí está todo, empezando por nuestros sueños.

viernes, 18 de junio de 2010

Kafkiana

Si alguien introdujera en el buscador de HH la palabra Kafka, le salen varias docenas de páginas llenas de entradas con alguna referencia kafkiana. Bocca parla dalla pienezza del cuore. Ahora quiero recoger aquellas más específicas aún bajo la etiqueta de Kafkiana, aunque para ello deba ir incluyéndolas una a una; lo he de hacer poco a poco.
Todo esto surge del hecho de que, en la últimas semanas, se me han ido acumulando algunos inputs kafkianos que quiero, brevemente, consignar aquí.
En primer lugar, cómo no, quería poner al lado la imagen tomada con mi BB de la máquina de la colonia penitenciaria que uno se encuentra a la salida de la exposición Crimen y Castigo de París. Jean Clair, que ya trabajó con él en el proyecto sobre las máquinas célibes, ha querido concluir la muestra con la máquina que los talleres Lucifer de Berna construyeron, según el croquis de Harald Szeeman. En ella se colocaba al preso, inscribiendo sobre su carne la literalidad del precepto de la ley que hubiere infringido. Así hasta la muerte por desangramiento. La letra con sangre entra, ¿no? Impresionante, como lo es el hecho de que, al inicio del show, junto a la única guillotina que queda (me dijo Jean que había sido de todas las pieza la más difícil de conseguir), se haya colocado un cuadro con ese beaux garçón de cuyo nombre no quiero acordarme.
Por cierto, otra de las cosas que aprendí esa mañana, y que me sorprendió, es que Rodin había ilustrado un ejemplar del Jardin de los Suplicios de Mirbeau. Situado en una vitrina, no pude ver más que las tapas. Lo que hubiera dado por poder feuilleter esas páginas y acceder directamente a las imágenes.
Además, tres breves referencias librescas. Paidós ha publicado un volumen con inéditos de André Gorz. En el se incluye uno de los textos más importantes sobre Kafka que jamás se hayan escrito: Kafka y el problema de la trascendencia. Un must. Errata Naturae, con su buen y único ojo, ha dado a la luz negra, un pequeño volumen con los Sueños de Kafka. Kafka es un mundo, al que se puede entrar por el régimen nocturno. Lo malo es siempre lo que te espera al despertar. Por último, ha aparecido, en el sello Acantilado, un volumen con los escritos de Kurt Wolff, editor de Kafka. Dedica unas páginas al autor y a su curiosa relación mutua, pero lo más interesante a este respecto es que al final se reproduce la correspondencia con Wolff (y con su socio Ernst Rowohlt).
P.S. No me gusta autocitarme, ni nada que se le parezca, pero me han hecho una nueva reseña de Kafka y El Holocausto, y sería una injusticia no dejar constancia aquí de un texto que ha sabido, como pocos, recoger la esencia de mi trabajo. Además, por lo que he podido ver, se trata de un blog que se puede calificar de kafkiano, en más de un sentido.

jueves, 17 de junio de 2010

Louise Bourgeois (1911-2010)

-Dime, por favor, ¿cómo son unos ojos bonitos? ¿Es la mirada? A mi los ojos nunca me han parecido bonitos (Franz Kafka)

En mi escultura, lo que trato de buscar no es una imagen ni tampoco una idea.
Mi objetivo es re-vivir una emoción pasada. Mi arte es un exorcismo, y la belleza es algo de lo que nunca hablo.
Mi escultura me permite re-experimentar el miedo, concederle una entidad física, de tal modo que soy capaz de eliminarlo. En mi escultura actual digo lo que no pude hacer en el pasado. Me permite re-experimentar el pasado, ver el pasado en sus proporciones objetivas y realistas.
El miedo es un estado pasivo, y el propósito es permanecer activo y tomar el control, estar vivo aquí y ahora. El movimiento va desde lo pasivo hasta lo activo, ya que si el presente no anula el pasado, no es posible que podamos vivir.
Puesto que los miedos del pasado se conectan con las funciones del cuerpo, éstos re-aparecen a través del mismo cuerpo. Para mí la escultura es el cuerpo. Mi cuerpo es mi escultura (Louise Bourgoise)

El imitador ha de procurar ser parecido, no igual, y el parecido ha de ser no como el que hay entre el original y la copia, que cuanto más se le asemeje más es de alabar, sino como el que hay entre padre e hijo. Entre ellos, aunque exista mucha diversidad en el aspecto, hay siempre cierta sombra, lo que nuestros pintores llamaban "aire", que se revela sobre todo en el rostro y en los ojos, que es como una semejanza que nos hace, así que vemos al hijo, recordemos al padre, aunque si después procedemos a un examen detallado se nos muestre diverso; pero hay algo entre ellos oculto que produce tal efecto (Francesco Petrarca)

Título de la escultura: Cell: Eyes & Mirrors (1989-1993)