Mostrando las entradas para la consulta fracaso ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta fracaso ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de octubre de 2010

Literatura y fracaso


Veo horrible escribir para total acabar logrando, con suerte, algún feliz hallazgo literario, siempre negado por los demás, que para compensar su mezquindad esperarán al funeral para darte un estúpido aplauso cerrado. En cuanto a la vida literaria, ésta en esencia es enredo de tedios, rencores, lucha de vanidades y trasvase de venganzas. Entrar en esa vida equivale a caer en el derrotero mismo de la derrota. En cualquier caso, el auténtico verdadero gran fracaso del escritor, aquel que alcanza a tantos, llega siempre con puntualidad, generalmente muy temprana. Es un fiasco doloroso, íntimo. Llega cuando no podemos reproducir con fidelidad lo que acabamos de pensar y querríamos haber escrito. Llega cuando comprendemos que no hemos podido ser fieles a la ambiciosa idea que nos habíamos propuesto al comenzar un libro o un artículo. Son fracasos que a veces, por prudencia (surgen los enemigos como hongos), se silencian. Querríamos que nuestros libros y artículos contuvieran la verdad de nosotros, o por lo menos la parte de esta que puede ser transmitida mediante el lenguaje. Pero escribir sabe a traición. Ese fracaso lo conocen todos los escritores serios
(De Enrique Vila-Matas, "Fracasa otra vez". Artículo entero en ELPAÍS.COM, 30-10-2010)

lunes, 1 de noviembre de 2010

Notas para un diario 180 (Sobre el fracaso, la literatura y la muerte)

"Hoy en día el adulto experimenta tarde o temprano –y cada vez más temprano que tarde–, el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia. Este sentimiento se halla en el origen del clima de depresión que se extiende entre las clases acomodadas de las sociedades industriales. Pero hoy no ponemos en relación nuestro fracaso vital y nuestra mortalidad humana. La certidumbre de la muerte, la fragilidad de nuestra vida, son ajenas a nuestro pesimismo existencial. Por el contrario, el hombre de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres. Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy. El hombre de las épocas protocapitalistas sentía un amor irracional, visceral, por los temporalia, entendiendo por temporalia, a la vez y sin distinción, las cosas, los hombres, los caballos y los perros". Mientras leía esas páginas luminosas de Philippe Ariès, me preguntaba si la literatura, tanto la lectura como la escritura, hay que considerarla o no como una cosa o bien temporal. O al menos, me preguntaba qué hago yo. Desde niño he sentido ese amor visceral del que habla Ariès por todo lo que rodea la letra escrita, comenzando por los instrumentos con los que se lleva a cabo: plumas, plumieres, cuadernos, agendas. Esa penchée se extendió como no a los libros como objetos y, en otro plano, a su contenido, que siempre, lo uno y lo otro, como alma y cuerpo, hasta en los momentos más comprometidos existencialmente, me han rodeado, protegido, orientado y ofrecido, antes que nada, una dosis inigualable de placer. En mi caso, al menos, la letra escrita es un bien temporal mucho más que una conquista para siempre. Pienso que esto tiene que ver con una opción fundamental en la vida. La opción entre el nihilismo (que siempre me ha atraído, más cuanto más años he ido cumpliendo) y el realismo, que en mi caso es tan metódico como inmediato. Como a Ponge, me apasionan las cosas, o mejor dicho algunas cosas, algunos paisajes y lugares, algunas personas. Creo en ellas, en cada una de las partes de su cuerpo, en sus gestos, en su olor y en su voz. Creo que están delante, cuando lo están, y en su ausencia cuando faltan. Por ejemplo creo en la silla sobre la que me siento, en el ordenador en el que tecleo estas bobadas o en la música que mientras escucho en mi ipod. No he trasladado, aposta, la escritura al ámbito de mi autoconsciencia. Mucho antes que eso para mí es un ámbito de pasión y de puro placer. La conciencia propia, con sus laberintos morales y psicológicos, la reservo más bien para la vida, y para la muerte, para el silencio, lo que entre otras cosas me preserva de considerar nada de lo literario, mío o ajeno, por modesto que sea, como un fracaso. Por eso tampoco me he dedicado, ni dedicaré, a escribir como una forma de vida. Me he situado en los alentours de la escritura (enseñándola, refitoleando, investigando parcialmente alguna cosa), pero con distancia profesional. Entiendo muy bien la lógica opuesta, la amo en cierto sentido, la he estudiado, dialogo constantemente con ella, la tengo ahí como un negro y bello horizonte, no soy ajeno a su peligro, el ensimismamiento, pero ese modo platónico de ver las cosas nunca ha traspasado my inner circles.
P.S. La foto, por si a alguien le interesa, es de unas tumbas y estatuas funerarias, temporalia, del cementerio de Sudfriedhof, en Leizpig, uno de los más bellos de Alemania y del mundo mundial.

jueves, 29 de marzo de 2012

Notas para un diario 234


Siempre creí, equivocadamente, que esta foto de Helmut Newton, que el Grand Palais ha elegido para el póster de la retrospectiva que le dedica estos días, estaba tomada en la rue des Beaux Arts. Son esas cosas que a uno se le meten, no se sabe como, en la cabeza y que se quedan ahí para los restos. Está realizada en 1975 y es una foto en espejo goyesco con otra en la que la misma mujer aparece desnuda. Yo confieso que no he visto aún la otra foto. La calle, situada detrás de la rue de Rivoli, en la margen derecha, se parece como dos gotas de agua a esas que mencioné en la nota anterior, de la izquierda, las calles Visconti, Bonaparte, Beaux Arts, etc. En esta última, en un hotelito humilde que fue derribado y que se llamaba Hotel D´Alsace, vivió sus últimos años, y murió el 30 de noviembre de 1900, Oscar Wilde. Tenía a su muerte más o menos mi edad, pero estaba destrozado, muy posiblemente por la sífilis. Puestos a hacer confesiones diré que mantengo una identificación mística con el escritor dublinés. Que cada quien piense lo que quiera al respecto, pero esa identificación, en mi caso, se hace más y más intensa justamente con el Wilde de los últimos años parisinos. He peregrinado (y seguiré haciéndolo) a cada uno de los rincones que de una manera u otra lo evocan, De Profundis en mano, y he percibido, sentido, casi tocado, su espíritu todavía vivo; es por ahí por donde yo experimento la presencia de algo que no es de este mundo. Sus opiniones al final de su vida eran rotundas y claras. Por ejemplo, sobre el éxito y el fracaso (en el que estaba plenamente sumido) decía que "el artista que triunfa es un artista incompleto. El éxito es un mero episodio (es cuanto puede ser) y el fracaso es el desenlace real, finalla suprema función del artista es reflejar la belleza del fracaso". Pienso que hay mucho contenido en esas intuiciones, pero no me toca a mí desvelarlo ahora. Es una réplica exacta del pensamiento de Cervantes. Hasta el último día, Wilde mantuvo intacto el deseo de amar: "Para mí la vida sin deseo no merece la pena vivirse", dijo a su amigo Frank Harris. A pesar de lo que se ha escrito, mantuvo también vivo el deseo de escribir (y se mantuvo a través de él). Dijo a algunos que "su obra estaba ya hecha" pero también escribió en una carta que en el fondo de su corazón, "esa cámara de los ecos muertos" (toma escritor) deseaba hacerlo cada mañana de cada nuevo día. Por eso le admiro. En eso quiero ser, vivir y morir como él. Deseando. De Newton, Helmut, hablaremos otro día.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Notas para un diario 224


"A veces pienso que la comedia de mis libros es una sátira sobre su falta de conclusión", le escribe Saul Bellow al profesor Chase en mayo de 1959. Ese auto-conocimiento, esa flexibilidad y esa libertad sólo la tienen los más grandes. Días de lectura intensa, a la espera de la escritura que vendrá pronto. Una acción prepara la otra, como las palabras alistan el alma y preparan los actos, y todo ello mueve a la ternura del contemplar. Yo he visto la lectura siempre como un adentrarse en un bosque, de modo que cuando un cuento comenzaba con ese emplazamiento me parecía redundante. Ahora mismo, leyendo a dos grandes entre los grandes (el novelista Bellow en sus cartas de Alfabia y el poeta vasco Claude Esteban en sus ensayos de poética, Critique de la raison poetique) me he encontrado en un camino en medio de un bosque muy frondoso, con árboles rectilíneos, negros y delgados como los de la foto y con un suelo morado, color de brasa, ardiente de vida y de amor a la vida y a la gente que nos rodea, o sea un paraíso para alguien como yo dado a los afectos auténticos. En un ensayo titulado Un lieu hors de tout lieu, Claude Esteban, poeta del tiempo mucho más que del espacio como casi todos los que a mí me interesan, habla del adagio virgiliano labor omnia vincit. Lo explica con palabras memorables: ce labeur telle que Virgile le comprend, ce travail que peut vaincre toutes choses, c´est celui, intrinsèquement, du poet – d´une conscience qui se refuse à la disparité de l´immediat, à l´usure, à la dispersion du multiple, et qui aspire à reunir derechef, para un acte véritablement religieux, l´exercise de mots et l´horizon des choses… La pietas virgilienne, celle qui s´éxprime dans les Géorgiques, tout autant que dans l´Enéide, n´est pas autre chose qu´un appel à la conscience de chacun, une invite à renouer le dialogue avec la sainteté des choses et des êtres. Ici, et dès à présent – sans plus rêver à une Arcadie antérieure ou à quelque Olympe. En otras palabras, que toda poética está destinada al fracaso, al divino fracaso del que hablara Cervantes con conocimiento de causa. Sisífico trabajo del alma, por tanto. El mismo al que alude Saul Bellow en una carta, nota, un billet realmente, que le dirige a su admirado John Cheever cuando tiene noticia de que éste padece una enfermedad incurable. Diciembre de 1981. Bellow no quiere decirle demasiadas cosas. "Puedes arreglártelas sin ellas". Me encanta esa timidez franca, maschile. Pero sí le escribe una o dos esenciales. Le habla de un "vínculo significativo" entre ambos. Bellow no sabe muy bien de qué se trata pero se arriesga a definirlo así: "… sometimos nuestras almas al mismo tipo de educación, y esa formación esotérica en la que tuvimos el descaro de persistir, bajo la mirada hostil de la América exotérica, es lo que nos une". Se trata del mismo trabajo de una vida entera al que aludía Claude en la frase de Virgilio. El trabajo de transformarse a uno mismo. "Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo la acción transformadora del alma. Te amé por eso (sic). Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente". No hay ni que decir que a mí esa es la única liga en la que me interesa jugar. Como escritor pero también como persona. Todo lo demás me parece cerrado, mediocre, deprimente.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Una lista (¿heterodoxa?) con los mejores libros del 2011


1. Cartas de Saul Bellow (Alfabia)
2. Mis ceniceros de Florence Delay (Demipage)
3. El pez escorpión de Nicolás Bouvier (Altaïr)
4. Decir la nieve de Menchu Gutiérrez (Siruela)
5. El silencio de los libros de George Steiner (Siruela)
6. El Crak-Up de Scott Fitzgerald (Crak-Up, Buenos Aires)
7. Sobre el dibujo de John Berger (Gustavo Gili)

En efecto y a mucha honra ésta es una lista heterodoxa. La literatura es heterodoxia – libertad radical, juego, atrevimiento, superación del límite– o no es nada. No queremos mentir a nadie: no sentimos en absoluto seguir una senda poco transitada y discrepar amistosamente de los demás. No nos interesan los libros de masas, como no nos interesa la comida basura, la que se enfría en el camino entre la bandeja de plástico con papel publicitario y la boca de uno. No nos hemos educado para eso, para lo burdo, lo fácil, lo artificialmente engordado y lo ya sabido. Al contrario, cada día aspiramos a deseducarnos. Ad aspera per astra. En literatura como en la vida hay que volar alto, aunque a veces se sienta vértigo y la sensación de estar un poco solo. La gran literatura, la que muchas veces coincide con lo pequeño, con números menores en este combate de David contra Goliat que es el mundo globalizado, ha aparecido en España con el año casi finalizado. Mejor: tenemos todo el 2012 para leer el imponente volumen con las cartas de Saul Bellow, acaso el más sutil y completo, el más humano de los narradores judíos norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. El autor de Herzog, de Carpe Diem, de El legado de Humboldt y de las fascinantes Aventuras de Auggie March queda retratado al hilo de sus días en esta colección de cartas en las que de paso reaparece toda una magnífica generación de escritores. No es necesariamente un libro para leer de golpe. Lo veo más bien como una enciclopedia biográfica que se puede consultar sin descanso. Un must, uno de esos volúmenes indispensables que contienen una parte decisiva de la intrahistoria literaria de la modernidad. Siete libros porque el siete es un número mágico que significa infinito: en esta lista no están todos lo que son, faltaría más, pero los que están sí que son merecedores de una o mil lecturas. Florence Delay o Menchu Gutiérrez cogen un tema: la nieve, los ceniceros en los que se han ido apagando una a una los pitillos fumados sola o en compañía, por placer por nervios por ansiedad para crear. La nieve proteiforme, literaria, mágica, purificadora. La literatura como el juego libre de las facultades. Escribir para jugar, para ensanchar el horizonte del mundo. El mundo exterior e interior por el que viajó el insondable Bouvier. El mundo de los libros mil veces recreado por George Steiner. El mundo de las líneas del dibujo practicado por John Berger. El mundo del fracaso, de la ruptura, de la imposibilidad de ser retratado bajo la mirada de Cervantes y de Sterne por un Scott Fitzgerald intuitivo, tenaz en el fracaso, ilusionado, vencido finalmente por la vida.

viernes, 3 de abril de 2009

David Foster Wallace (1962-2009)

No entiendo porque se me había pasado dejar constancia de que, hace ya unos pocos meses (en concreto en el mes de septiembre), el escritor norteamericano David Foster Wallace apareció ahorcado en su casa de California. Nacido en Nueva York, hijo de profesores universitarios, me lo descubrió mi amigo Diego Doncel. No me parece el genio que algunos quisieron ver en él, ni mucho menos. Ni percibí en sus obras más ambiciosas (La broma infinita, especialmente) a un gran innovador, ni de la lengua, ni de los géneros. A pesar de que se ha dicho lo contrario, veo en Foster Wallace a un continuador de los realistas sucios. Y lo digo como un gran elogio. Traducido al español por Javier Calvo, lo que más me ha interesado de su obra son sus crónicas y ensayos: originales, agudos, y con una carga ética que va mucho más allá de lo que en principio parece. He añadido a esta entrada un fragmento de una intervención del escritor en Italia (2006). Habla, improvisando, de lo que significa ir a un país del que no se conoce una palabra de su lengua. Así era él y su literatura: divertida, fresca, brillante y con un punto muy logrado de ternura. Me gusta especialmente el comienzo de la intervención (Everything that is a failure, is always a victory) y como es capaz de desarrollar la idea del divino fracaso, que desde luego comparto. Ojalá pueda decirse eso en algún sentido de su último paso.
 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crónicas de Nueva York (Maeve Brennan)

Nueva York se ha convertido en sí misma en un género literario. No exagero si digo que hay una veintena de escritos sobre la ciudad que se encuentran entre las páginas más destacadas, brillantes e indispensables de la literatura moderna. Decir Nueva York es también recordar y releer a sus cronistas, de E.B. White a Alfred Kazin, de Joseph Mitchell a Brendan Behan, de Asbury a Riis, y entre todos ellos destaca con una luz muy especial y bella Maeve Brennan, la cronista del New Yorker, acaso la que sintió más íntimamente la ciudad a pesar o a causa de haberse considerado siempre una extraña en sus aceras. Maeve Brennan nació y vivió en Dublín hasta los dieciséis años y a esa edad se trasladó con su familia a Washington; su padre fue el primer embajador del Eire. Estudió literatura y decidió quedarse para siempre en Manhattan, probando suerte entre el periodismo y la literatura. Fascinó a muchos: Truman Capote se inspiró en su sofisticada elegancia para armar el personaje de Holly Golightly de Desayuno con diamantes, y los responsables de New Yorker le abrieron rendidamente las páginas de la mítica revista; allí publicó relatos magistrales y, bajo el pseudónimo de The Long-Winded Lady (la mujer prolija), creó una sección, The talk of the town, que hoy existe, en el que fueron apareciendo estas crónicas urbanas aún no superadas. No obstante su talento poético, Maeve Brennan fracaso siempre y murió sola, abandonada, olvidada. Como sólo son capaces los autores y autoras más grandes, Brennan presenta ante nuestros ojos un mundo aparentemente aprehensible, un mundo a la mano, claro, auténtico, de líneas impecablemente perfiladas. Lo leemos, gozando a cada página con sus impresiones certeras, con su humor, con su humanidad desbordante. Nos envuelve como lo haría una amiga con su brazo mientras paseamos a solas con ella por cualquier rincón neoyorquino. Estamos en una casa de comidas, en el hall de un edificio ruinoso, sobre la pelouse de cualquier parque, ante los infinitos rostros humanos de un laberinto de asfalto. Susurra cosas, nos abre los ojos, nos calienta con una presencia viva y luminosa. Pero hay un momento, en esta lectura, antes o después, en el que se produce un salto, un relámpago. Por fin nos despertamos y atisbamos, bajo tanta precisión y belleza, que ahí está latiendo ante nosotros otro mundo, el plano de la decisión moral, de la apertura del corazón, de la naturaleza (en la lluvia, en una planta, en un golpe de viento) y sobre todo vemos al otro que sufre, la indestructible realidad invisible, lo que recientemente Eduardo Galeano ha llamado el “mundo en la barriga”.
No puedo cerrar esta entrada sin hablar de la edición: de la primorosa traducción y presentación que ha hecho de Brennan Isabel Núñez. Con todo, este resultado es la punta del iceberg de la perspicacia y generosidad que Isabel ha derrochado con los lectores españoles al rondar desde hace años a esta escritora; cursos, entradas y comentarios en su blog, capítulos en libros dándola a conocer, insistencia ante toda clase de editores, en suma a private devotion hacia alguien con quien tiene una natural empatía y acaso mucho más. Enhorabuena Isabel, y sobre todo, muchísimas gracias.

jueves, 7 de enero de 2010

10 años con minúscula

En efecto, si miro los créditos de mi destartalada edición de Verde agua, veo que se publicó hace ahora diez años, en el prometedor año 2000. No salió solo, ni siquiera fue el primer libro de la nueva editorial, ya que en su lomo lleva un flamante número 2. El primero, la primera apuesta de minúscula, fue un espléndido Joseph Roth, Las cuidades blancas, traducido de manera excelente por Adan Kovacsics. Era no sólo prudente sino lógico empezar con Roth. Era lo adecuado. Pero era importante continuar inmediatamente con Marisa Madieri. ¿Por qué? Roth constituye un símbolo para alguien como Valeria Bergalli, editora y creadora del sello: el símbolo de una Europa cosmopolita, de raíz griega y judeocristiana, moderna y racional, ilustrada, subjetiva y política, abierta y combativa, democrática y ética. Una Europa civilizada y civilizadora que supera las fronteras físicas del continente europeo. Quizás nadie como Roth (habría que remontarse a Cervantes, a Moro o a Erasmo) representa más a fondo la grandeza de un fracaso, el intento desesperado por vivir con la plena dignidad inherente a la vida humana. Pero, al mismo tiempo, era necesario que le siguiera de cerca Madieri: esa Europa ensoñada, y vivida, está lejos de ser una quimera, algo que pertenece sólo al pasado. Se trata de un espacio vivo, presente, que debe reencontrarse en la experiencia de escritores coetáneos. Marisa Madieri lo era. Y el tándem funcionó a las mil maravillas: Verde agua se convirtió en un éxito, el long seller de la editorial, que, al mismo tiempo, lo redescubrió en más de un país europeo. He seguido esta aventura intelectual desde el primer volumen hasta el último (el no menos imprescindible París, Francia, de Gertrude Stein). En medio, he paseado de la mano de minúscula por los paisajes (narrados) de media Europa, de Nápoles a Praga, de Venecia a Kolyma, de Nueva York a las fronteras árabes del Estado de Israel. Hay que decir claramente que la selección de minúscula es grandiosa. Los temas que le interesan a Valeria (el lenguaje, el sexo, la memoria, la creación poética, los mecanismos perversos de la exclusión y la violencia política) son los que más me interesan a mí también. Me atrae una tradición, pero sólo en la medida en que permanece viva y renovada en la actualidad. Eso, con la prudencia que aconseja una empresa económicamente muy dificultosa, lo ha sabido hacer Valeria como nadie. Un día de diciembre de 1983, Marisa Madieri miraba "el trozo de cielo que se recorta al fondo de la calle Catraro, y que se tiñe, durante la puesta de sol, de púrpura, y que cuanto más frío y terso es el aire, más se enciende el rojo y refulge el rubí" (Verde agua, 134). Yo estoy seguro de que, en estos diez años, Valeria Bergalli habrá sentido el frío de una empresa titánica y, en buena medida, solitaria. Pero, como en la descripción citada, ha sido ese frío, aceptado con coraje, el que ha hecho que tantas páginas de literatura brillen como el rubí ante los ojos de los lectores de minúscula.
P.S. No lo hago nunca, pero, ¿sería mucho pedir que, quienes hayáis leído y disfrutado de algún libro de la editorial, dejarais al dorso un comentario para Valeria? Se lo merece.

domingo, 22 de enero de 2012

Notas para un diario 225


For my nephew, and friend, Andrew

"By the waters of Leman I sat down and wept…"
Una familia de cisnes acudieron raudos a beberse mis lágrimas amargas.
Hacía mucho que había querido pasar por la ciudad de Nicolas Bouvier, y no me defraudó en absoluto, todo lo contrario, aprendí un montón de cosas mientras paseaba horas y horas cruzando en ambas direcciones los puentes frente al Mont-Blanc.
Aprendí por ejemplo que el fondo de la fondue de queso, ese socarrat que normalmente no sale ni a tiros y que hay que dejar toda la noche con agua en la pila y quitarlo por la mañana, una galleta de queso turrado con sabor a vino blanco y a kirtsch, se llama la "religieuse"… (se pide después de terminar y los camareros la sacan con una espátula de pintor y un martillo).
Naturalmente, por más vueltas que le doy, no caigo en el motivo de tal denominación.
Elevándonos un poco, ya sabía que Ginebra es proporcionalmente la ciudad del mundo con más suicidios por habitante; al principio te quedas un poco así, yo me iría a vivir mañana mismo allí, aunque ese deseo quizás albergue algún remoto impulso de muerte por mi parte, sólo Freud sabe, pero aprendí allí que en realidad el dato "incriminatorio" esconde el siguiente engaño: aunque en realidad en todas las ciudades de Occidente hay un número parecido de suicidios, las de la cuenca mediterránea (por tradición católicas) siempre enmascaran los hechos. Pocos son los que aceptan abiertamente que alguien a su alrededor se ha quitado de en medio, les parece infamante para el muerto, un fracaso para ellos, vergonzoso para todos. Por lo visto ara las gentes del norte es un derecho más y quieren que así conste.
Naturalmente lo que no acabo de comprender es la relación que todo eso tiene con el hecho religioso, en el caso de que la tenga (la que se me ocurre es tan evidente, directa y triste que por experiencia sé que tiene que haber algo más escondido en toda esta apasionante cuestión).
Aprendí también que sobre la tumba de Borges en el recoleto cementerio de Plein-Palais pasea casi siempre un cuervo negro. Además no calla. También constaté (creo que esto ya lo sabía de antes) que su viuda se cuida de que haya siempre al menos una rosa amarilla frente a la lápida de piedra con la inscripción en gaélico. No me costó nada hacer las convenientes liasons literarias más evidentes (Chéjov, Carver, Kafka, Nial, Gisli) pero lo que no sé aún es porqué no me encontré allí con un tigre. Al menos esperaba haberme topado con una pantera gris marcando el tiempo y el espacio, el ritmo del mundo, en una jaula.
Por último aprendí que Ginebra tiene una librería (cosa que no se puede decir más que de tres o cuatro ciudades en el mundo, si por librería se entiende lo que entiendo yo): naturalmente que es la librería Le rameau d´or/L'Âge d´Homme. Boulevard Georges Favon 17. Sólo por eso merece la pena el viaje. Increíble lo que encontré allí, los Cingrias de los años sesenta, los Bouvier, los Vernet y tantas otras cosas que provocaron el sobrepeso de mi maleta al volver en Easy-Jet chicken class (nunca he pagado más a gusto 40 €).
Hojeando in situ un libro de Bouvier encontré este párrafo mágico: "Hay algo fundamentalmente feliz en el hecho simple de estar en el mundo y, por carencia, por falta de entidad, lo olvidamos. Montaigne escribió a propósito unas palabras muy bellas; dice lo siguiente: No he hecho hoy nada, nada reconocible. ¡Qué idiota! Pero es que no has vivido, no te das cuenta de que es no sólo la más ilustre sino la más memorable de las ocupaciones posibles. Vivir. Si tuviera que reprochar algo a mi país es el hecho de que haya antepuesto siempre el hacer sobre el ser; yo pienso que es más difícil ser que hacer"
Naturalmente entonces entendí bastante.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Notas para un diario 147

No sé lo que ocurre por otros lares, pero aquí en el viejo reino navarro estamos bajo cero; al despertarme, mirar por la ventana y contemplar, en silencio, todo este frío, me he acordado de Lidiya Ginzburg y su Diario del sitio de Leningrado. Quizás porque yo mismo me siento un tanto sitiado: como a todos, me rodea la cercanía de la muerte (una gran amiga mía agoniza en Madrid, devorada por el cáncer; otra, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, transmite la vida a costa de la suya propia), el cansancio hasta la enfermedad, el miedo al desamor, o la desafección, la tentación del fracaso, la banalidad del mal que se hace tan patente estos días en los medios de comunicación de masas (nunca mejor dicho). En ese relato ruso, en el que un personaje denominado N., lucha por sobrevivir al asedio alemán de la ciudad, se dicen cosas precisas sobre la lógica sustitutoria, y circular, del sufrimiento: "Aquellos que se están ahogando, que aún forcejean en el agua, no tienen pereza de forcejear, no les resulta desagradable forcejear. Esto es la sustitución de un sufrimiento por otro, es la insensata obcecación de los desgraciados en un objetivo determinado, obcecación que explica por qué las personas son capaces de vivir en el aislamiento, en presidio, en los últimos escalones de la miseria, al tiempo que sus semejantes, viviendo en confortables chalets, se disparan un tiro en la sien sin motivos aparentes. El sufrimiento tiende permanentemente a librarse de sí mismo con la ayuda de otro sufrimiento que lo sustituya". Que yo sepa el primero que hablo expresamente de los círculos del sufrimiento fue el Dante. Lidiya Ginzburg señala, muchas páginas después, que sólo hay una acción que puede romper ese círculo: la escritura. La escritura convertida en acción humana, en el sentido que Hannah Arendt diera a esta expresión aristotélica. Lo explica muy bien la Ginzburg: "El círculo es el símbolo del bloqueo, símbolo de una percepción concentrada en sí misma. ¿Cómo romper ese círculo? La gente da vueltas dentro del círculo y no consigue alcanzar la realidad. Les parece que están luchando, pero no es verdad, los que luchan son aquellos que están en el frente. Les parece que no luchan, que únicamente se dedican a buscar alimentos, pero eso tampoco es cierto, porque ellos están haciendo en esta ciudad que lucha todo lo que es necesario para que se mantenga viva. Esto es lo que les ocurre a las personas cuya actuación no es una simple acción sino una reacción ante algo. ¿Cómo romper, entonces, este círculo con una verdadera acción? La actuación es siempre un reconocimiento de lazos comunes (sin los cuales sólo es posible mugir), lazos que incluso atan al hombre a su pesar, aunque los egoístas hablen y seguirán hablando (a escala mundial) de autoengaño, de aislamiento y de absurdo. Los que escriben, lo quieran o no, entablan un diálogo con el mundo exterior. Ya que los que han escrito mueren, mientras que lo escrito, con independencia de sus autores, permanece. Es posible que una conciencia prefiera para sus adentros destruirse completamente con todo su contenido. Pero los que escriben mueren; en cambio, lo escrito permanece. Escribir sobre el círculo es romper el círculo. A fin de cuentas se trata de una acción. En ese abismo de tiempo perdido, algo se ha encontrado". ¡Joder! En la edición que tengo de ese libro mágico y secreto, apunté, en alguna de la media docena de veces que lo he leído, entre paréntesis, después de esas frases que te he recopiado, que yo no estaba seguro de todo eso. No estaba seguro de que escribir fuera suficiente para romper el círculo, para hacer frente al vacío, a la nada que se perfila detrás de ese "algo se ha encontrado" final. Tampoco ahora estoy seguro, pero sí creo un poco más en el carácter sacro de la escritura, al menos en lo que a mi vida particular y concreta se refiere (a mi vocación, si prefieres llamarlo así). ¿Tendría que haber escrito sacro o, tan solo, venerable.? ¿Se trata de un elemento del culto debido, o no hay para tanto? ¿Se trata de un sacramento o, más bien, de un sacramental? No lo sé, aún. Está claro que escribir nos hace hombres, pero no está nada claro que pueda hacernos santos. ¿O sí? ¿Es que se puede ser perfecto sin ser plenamente hombre? Te recuerdo que la perfección, al menos en el sentido que a mí me interesa, no tiene nada que ver con la excelencia a la que a algunos les encanta aludir. Odio la excelencia. La excelencia es autorreferencial, cerrada y excluyente (excluye a los demás, respecto de los que se busca sobresalir); la perfección es un límite abierto, porque precisamente acoge hospitalariamente, no sólo a los demás, con todos sus defectos, sino a la imperfección propia. Se trata de irse perfeccionando, desde la imperfección; es un juego, una dialéctica, y no propiamente un progreso, un juicio interesado al otro, o una falsa escala hacia el sobresalir (ese genio que fue Pablo de Tarso no hablaba de juego, pero sí de deporte). Te diré aún más: no hay más perfección que el abajamiento, la kenosis que se nos pone delante estos días en forma de rey/Niño/esclavo. Se trata de vaciarse de uno mismo, despojarse de la doxa que nos es propia, como hombres y mujeres racionales que somos. Te he recomendado mil veces que leas a Lao-Tse. Hazlo si quieres y verás que también se puede escribir sobre lo que no se sabe. Subir, aunque sea por una sola vez, al Monte Carmelo: Para venir a lo que no sabes, has de venir por donde no sabes… En esta desnudez halla el espíritu descanso, porque no comunicando nada, nada le fatiga hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad. ¿Ves de dónde bebieron, de verdad, Eliot o Chillida? Te acuerdas de las sonoras preguntas que el escultor vasco dirigió a los académicos de Madrid (aún estoy viendo su cara de acojono): ¿No será el arte consecuencia de una necesidad, hermosa y difícil, que nos conduce a tratar de hacer lo que no sabemos hacer? ¿No será esta necesidad prueba de que el hombre no se considera terminado?¿No será el paso decisivo para un artista el estar con frecuencia desorientado? Te acuerdas de María Zambrano, cuando escribió estos versos en prosa, que suscribo: El logos,– palabra y razón– se escinde por la poesía, que es palabra, sí, pero irracional. Es, en realidad, la palabra puesta al servicio de la embriaguez. Embriaguez y canto; canto, panida, pánico, melancolía inmensa de vivir, de desgranar los instantes, uno a uno, para que pasen sin remedio. Y la muerte. La poesía no acepta la razón para morir; la razón como aquello que vence a la muerte. Para la poesía, a la muerte nada la vence, si no es momentáneamente, el amor. Sólo el amor. Pero el amor desesperado, el amor que va irremisiblemente también, hacia la muerte.
An empty spirit/in vacant space, el verso de Stevens que tanto maravillaba a Ràfols-Casamada: eso quería ser yo, tan sólo eso. Y no lo consigo, no lo consigo…

martes, 21 de octubre de 2008

Notas para un diario 70

El diario de un yuppie
"Oh, sí, tengo el claro presentimiento de que esta crisis no pasará así como así". Con estas palabras comienza el segundo capítulo de un libro que he cogido hoy nada más levantarme. Es el Diario de un yuppie de Louis Auchincloss. Es una novela que leí por primera vez hace veinte años, pero que no he olvidado en absoluto. No es nada original: la historia de un triunfador que naturalmente sabe íntimamente que es un desgraciado. No obstante, a mí, con veinte años me causó una honda impresión, y cada vez que he vuelto a ella he descubierto que refleja cosas que he conocido desde niño, y que el tiempo, y una relativa mayor experiencia de la vida no han hecho sino confirmarme.
El insomnio
La culpa de que haya vuelto a Auchincloss la tiene la entrevista que tuve el honor de escuchar ayer por la radio mientras me dormía. En general, la radio me seda y al poco rato caigo como un muerto. No fue el caso de ayer: a las tres de la mañana seguía dando vueltas entre las sábanas, angustiado con el miedo a despertar a Paula y con lo que había oído. ¿Y qué provocó semejante insomnio? Una entrevista, como digo, con el nuevo aspirante a dirigir los destinos de esa multinacional (el término lo empleó él) que es o debería ser el Real Madrid.
El hombre con atributos
Me quedé más estupefacto que los niños de la foto ante los muñecos del guiñol. Se trata de un hombre al que no sé como calificar: en su caso ignoro si carece de atributos, como el androide musiliano, o si en realidad le sobran tantos que el tipo ya ha optado, ¡en plena crisis!, por no cortarse un pelo y mostrarnos a tumba abierta su superioridad. Su discurso, de cara a presentar su candidatura por medio de esa entrevista, era fundamentalmente de tipo económico y societario. No se le veía demasiado interesado por el fútbol propiamente dicho, al menos en ese momento. Sus ideas venían avaladas por el argumento de autoridad, una forma discursiva particularmente odiosa, como sabían ya los primeros rétores griegos. Se calificaba a sí mismo de "especialista en generar valor". Échate a temblar. Yo no hacía más que pensar en los que compraron en su día acciones de Terra. Pero no quiero ir al caso concreto ni al argumento personal. A mí ese señor la verdad es que me cae muy bien, tiene un rostro simpático y varonil
Monetarizar los sentimientos
Su tesis fundamental es que la marca Real Madrid (como sonaba todo aquello a otro superman) podía incrementar su valor económico seis o siete veces. ¿Y para qué? Bueno pues sí, ese es el objetivo. El medio, muy fácil: las nuevas tecnologías permiten "monetarizar" la relación del club con todos sus simpatizantes repartidos por el globo terráqueo. Por ejemplo: si un esquimal de seis años es fan de Raúl, le mando por el ipod un video de éste contando su dieta a base de pescado azul, el niño manda a paseo a las crías de foca y yo le cobro 20 euros a su padre esquimal (o mejor que los caprichos del niño los pague el abuelo). Es facilísimo. No sé como la gente no se ha dado cuenta antes, menuda panda de besugos. Cambiar sentimientos por moneda. Y  por qué no hacer lo mismo con todo: la religión, la patria, la familia (cualquier día pongo a mis cuatro niños a trabajar; espera que hecho la cuenta: 4 niños a 3 euros la hora, ¡jode, me puedo forrar!: qué tontos somos Paula, sufriendo para acabar cada mes, nos está bien empleado). Pues eso, monetarizar el sentimiento. La fórmula mágica, la piedra filosofal, el bálsamo de Fierabrás y el número aúereo, todo junto, y nunca mejor dicho.
El reino de la cantidad
¿Díganos cual es el perfil de los miembros de su futura Junta?, le pregunta el locutor con ganas de avanzar en el elaborado pensamiento del candidato/generador de valor: "La primera condición es que sean personas que hayan tenido éxito en su vida profesional: que tengan su vida resuelta". Amigo. ¿Cómo no? Viva el éxito y muera el fracaso. Viva el rico y muera el pobre, viva el lobo y muerte al cordero. Y ¿qué es el éxito entonces? Tener la vida resuelta, y eso incluye tener pagadas las velas del velorio y la hornacina con las cenizas. Me suena eso del éxito. Cuántas veces lo he visto formulado en reuniones sociales y hasta familiares. Y sin escuchar ninguna palabra al respecto, no seamos ordinarios. Eso se dice con los ojos, cuando en vez de prójimos tenemos clientes a los que monetarizar. ¿Exagero? Puede ser. Exito, dinero, ideas, posición, lo tienen todo. A mí me parece que a ese señor y a muchos otros que pululan por ahí pavoneándose de manera indecente, le falta una cosa: principios. Por ejemplo el principio de que no todo se mide por la cantidad. Que no podemos adorar la cantidad, como dijo el bueno de Guénon en su magistral "El reino de la cantidad y los signos de los tiempos". Mira, se lo voy a mandar de regalo, aunque a falta de efectivo tenga que mangarlo de la tienda. Ay, no, que el librero es amigo mío y está también pelado. Mierda, que miserables somos.
Un consejo
Me va a permitir el señorito que le de un consejo (me siento como David ante Goliat): por favor, hágase con un asesor de imagen para su campaña. Sólo si quiere ganar. Al españolito medio, gente envidiosa que no le hemos perdonado que sea amigo de ese otro gran triunfador que fue Aznar, no nos gusta la gente que va de sobrada. Cambie un poco el disco o al menos la manera de presentarse. No sé da cuenta de que no estamos preparados para tanta brillantez. Aprenda de Florentino, que por lo menos iba de humilde. Sólo se engolaba cuando hablaba de "la institución del Real Madrid". ¿No fue aquel que cambio a Del Bosque, tras ganarlo todo, porque no daba la imagen dinámica y triunfadora que una multinacional se merece? Y a mí que me cae cojonudo, me parece un señor y hasta le dejaba que diese un paseo con mi señora. Sí, sí, le echaron por que parecía un bedel resfriado o un sastre casposo, algo insufrible en el mejor club del mundo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Amor, Amore

Una coincidencia editorial feliz nos permite leer, comparar y reflexionar un poco acerca de algunas versiones de la literatura erótica de ayer y de hoy. Existe una extraña y significativa continuidad en el modo en el que la mejor literatura ha recogido el sentimiento y el uso amoroso de varias generaciones de europeos.
De la mano de Mauro Armiño, traductor e introductor del primer volumen, se presenta Cuentos y relatos libertinos, una antología de un subgénero literario de importancia histórica indudable: la narración llamada libertina, en este caso en la Francia del siglo XVIII, desde Voltaire a Sade.
Iniciada en paralelo con la literatura amorosa clásica, cuya expresión máxima pudieran ser Las portuguesas, todavía impregnada de la grandeza literaria del Siglo por antonomasia de las letras francesas, y en medio de un conjunto de circunstancias históricas y literarias entre las que destaca la traducción por Galland de las Mil y una noches, la narración libertina se caracteriza por un deslizamiento progresivo, desde el exotismo y el simbolismo, hacia un realismo cínico que culmina en la obra brutal del Marqués de Sade.
El volumen se abre con un cuento de Voltaire: “El mozo de cuerda tuerto”, escrito como un juego de sociedad, en plena juventud del filósofo iluminista, cargado de la densidad alegórica propia del talento de su autor, plantea algunas de las claves y tópicos de toda una centuria obsesionada con la limitación moral y con la búsqueda del placer sexual. La relación inmediata entre mente y cuerpo, la inevitabilidad del deseo o la proyección de la mujer como “machine à plaisir” se expresan en los relatos de Godard de Beauchamp, Claude de Crebillon, el abate Voisenon, Guillard de Servigné, Boufleurs, o en el Margot la remendona de Fougeret de Monbron.
De entre todo este material brillan por su valor literario dos obras, además del cuento volteriano. Primero, el ya famoso Point de lendemain, Ningún mañana de Vivant Denon. Una joya de la literatura universal, redescubierta por Étiemble, en la que el sentimiento amoroso y el deseo sexual recuperan la sutileza equilibrada del auténtico clasicismo. La expresión del juego y la seducción, de la atracción y la contención amorosa, tal y como las rehace con palabras Denon, han subyugado en nuestra época a lectores tan exigentes y lúcidos como Milan Kundera. En segundo lugar, Sade, en cuya obra Armiño es un especialista. Sade es un universo en sí mismo, y queda representado aquí por uno de las famosas nouvelles compiladas, tras su salida de la Bastilla, bajo la rúbrica de Los crímenes del amor. No se puede olvidar que Sade rechazó explícitamente la denominación de libertino porque sus coordenadas mentales eran otras: la sumisión corporal, la superación de todo límite, la exaltación de la crueldad. Un universo pavoroso del que el libro nos ofrece Émilie de Tourville, muestra puntual pero significativa de las obsesiones del marqués.
En segundo lugar, también Siruela publica casi al mismo tiempo una de las mejores creaciones de Giorgio Manganelli (en la foto de abajo), el largo monólogo de 1981 titulado Amore.
Manganelli, uno de los autores más difíciles del panorama de las letras europeas de las últimas décadas, no tuvo jamás la menor intención de conceder nada a la facilidad, a la complacencia y, menos que nada, a la vulgaridad en el gusto que se extendía por momentos en la vida literaria del final del siglo pasado. Con un aliento que a mí me parece épico, buscó y logró realizar una literatura pura, sutil, fundada en una necesidad expresiva tan radical como pudieran serlo autores tan irreductibles como Samuel Beckett o Maurice Blanchot.
Escritura manierista, sin ningún género de dudas, cargada hasta la extenuación de una densa marea conceptual, cada una de sus obras representa un verdadero acontecimiento y, para el lector que resiste el embate de sus frases inacabables y aparentemente repetitivas, de sus constantes neologismos, de sus oscuras parataxis, de sus infinitos juegos retóricos, puede convertirse en un verdadero hallazgo literario.
Amore, amor, es paradójicamente un escrito sobre el desamor. Metafísica que se hace eros, en un permanente anhelo de elevación amorosa, Amore está compuesto en siete partes, entre las que destacan las dos primeras: un largo monólogo magistral en el que se expone lo esencial del libro y un diálogo inmediatamente posterior, concebido en la esplendorosa tradición humanística del diálogo amoroso, que desenreda a posteriori algunos de los nudos internos de una costura literaria fascinante en la que acabamos de aturdirnos.
En el monólogo inicial, en el que resuena toda la historia de la literatura, desde las cavilaciones de Ulises hasta el astragamiento sadiano o el del propio Joyce, una voz vibrante expone su trauma ante la indiferencia de una amada impasible que vive sólo en el calor de un pasado convertido en amargas cenizas; la obsesión por la pérdida le lleva a recorrer, como un viajero cósmico, todos los lugares en los que queda un resto de la llama: cada recoveco del cuerpo de la mujer, principalmente, la propia humillación desolada, el bosque y las fuentes originarias de una pasión nunca del todo extinguida.
La autopercepción del yo como un deshecho, o como un bufón o hazmerreír, el fracaso que nos disminuye y que es, ante todo, la imposibilidad de rendir cuentas con lo verdaderamente sentido, y al mismo tiempo la creencia, posiblemente de origen védico, de que toda regresión ontológica puede significar una cierta purificación, están en el fundamento de este bellísimo retrato de un alma enamorada.
(Este artículo salió publicado el pasado miércoles 10 de diciembre en el suplemento Culturas de La Vanguardia)