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martes, 1 de febrero de 2011

El más allá de Clint Eastwood

Hace unos días fui al cine a ver Más allá de la vida, de Clint Eastwood (en inglés Hereafter). Iba un poco a regañadientes. A diferencia de a la mayoría de mis amigos, no me había gustado Gran Torino, y ahora, encima, pretende hablar de la muerte, del más allá, etc. Cosas sin importancia, como para que las maneje el gran maniqueo que es el bueno de Eastwood. Además estaba agotado, como de costumbre. La sesión de noche (la que podemos frecuentar los padres de familia) empieza tardísimo, coño. A partir de las once yo no soy persona, y espérate a que tengamos al perro. Bueno, pues en ese plan refunfuñón, me metí en el cine y me preparé para lo peor. Comienza la peli con un tsunami. La recreación es impresionante, sobre todo porque está realizada sobre el recuerdo que tenemos de las imágenes televisivas del tsunami de 2004 en Java (creo que en concreto están tomadas en un hotel de Pangandaran Beach). La introducción de lo real en la ficción resulta aquí efectivo, demoledor diría yo. Te quedas planchado al ver como la ola se lleva por delante a una chica francesa que, a punto de regresar, ha salido a ultima hora del hotel a comprar unas pulseras para las hijas de su amante. La mujer está a punto de morir, se sitúa entre la vida y la muerte, revive finalmente, pero ya nada será igual en su exitosa vida de estrella televisiva encamada con el jefe. De repente, la narración da un salto hacia un lado y recrea la peripecia de dos gemelos ingleses. Son uña y carne. Cuidan de una madre drogadicta con una madurez impropia de su edad (apenas tienen doce años). Menudo tandem, el mayor (nació unos minutos antes) abierto, locuaz, echado para delante. El otro se refugia en la fortaleza del hermano, pero es cariñoso e introvertido. En un lance cualquiera, el mayor sale de su casa a la farmacia y es atropellado por una camioneta de reparto. Cae fulminado sobre el arcén. Al benjamín se le viene el mundo encima. Sin su hermano, no es nadie. Otro salto lateral, el tercero ya, y nos encontramos en una ciudad de la costa oeste americana. Un hombre joven (Matt Demon) tiene poderes parapsicológicos. Es alucinante pero le basta con poner las manos sobre las manos de alguien para conectar con sus muertos. Éstos le hablan de modo perfectamente audible y le transmiten mensajes del más allá. No obstante, el tipo rechaza su don. De hecho, lo considera una maldición que le impide vivir. Es honrado y desea pasar desapercibido: sólo busca un agujero cualquiera donde trabajar y que le paguen un sueldo. Las tres historias van desarrollándose morosamente y en paralelo, hasta que por fin confluyen, de un modo admirablemente natural y bien trenzado, en la Feria del Libro de Londres. La chica francesa ha ido allí a presentar un libro sobre su experiencia de la muerte. Ha abandonado su vida anterior y se ha concentrado en escrutar el hilo que separa la vida del más allá. El americano, harto de todo, hace turismo en Londres y, mientras se pasea por la feria, escucha a la chica y reconoce una voz auténtica. Mientras, el gemelo superviviente, que también ha acudido ese día al recinto le ve y le reconoce. Desde la muerte de su hermano busca por internet un medium que le ponga en contacto con su otra mitad. Naturalmente no os cuento lo que pasa.
Salí del cine tocado. Y no sabía el porqué. No lo he sabido durante varios días, hasta que ayer, por fin, al entrar en la ducha, la película se me abrió como una flor después de una tormenta. Comprendí en parte su significado, aquello a lo que apunta. Es una tesis fuerte, pero coincido plenamente con ella: el hombre es hombre porque no rechaza el más allá. La continuación de la vida, después de la muerte física, forma parte de la condición humana. Sin esa intuición, creencia, seguridad interior, llámesele como se quiera, el hombre se desnaturaliza fatalmente. Todas las historias a las que vamos asistiendo durante la proyección, y el hecho mismo de que acaben siendo una sola, apuntan indirectamente a ese fin. La francesita cambia radicalmente de vida, mientras cuantos le rodean siguen con sus vidas filisteas ajenos a la verdad que ella ha experimentado. Son personajes planos, absurdos, pegados a eso tan aburrido y banal que antes se llamaba "el mundo". El gemelo trata de conectar con su hermano. Le quiere de tal modo, y depende tanto de él, que no atisba una vida en su ausencia. Pero cuando lo consigue, el mayor le hace una indicación única (muy reveladora del auténtico sentido de una trascendencia racional): vive tú, no te escondas en mí, toma de una vez las riendas de tu vida. El mensaje del más allá hace que el más acá sea vivible y tolerable. ¿Y el medium? Su conexión con el más allá le sirve sólo para ayudar a los demás. Odia la posibilidad (celebrada por quienes no acaban de entender de qué se trata) de lucrarse con su don. ¡Qué bien representadas están las diversas posturas de los hombres ante la vida de ultratumba, y qué bien planteada queda la única postura realmente humana, la que sabe que no se puede ni esconder esa verdad, ni esconderse detrás de ella para no vivir a tope la vida que te ha tocado, ni menos aún cabe aprovecharse de ella para fines espúreos! Hereafter, el título original, recoge en un apócope con forma de oxímoron la relación intrínseca y ontológica entre el más acá y el más allá.
Al final queda abierta la posibilidad del amor hombre-mujer y la del sentido de la vida. Pienso que hay una edad en la que sabes que amor y muerte se entrelazan en tu vida, no de una manera trágica sino de una manera real. Cuando amas a alguien rechazas por increíble la idea de que, tras la muerte, haya un término a ese amor. Amas con la tranquilidad infinita de saber que sólo es si es para siempre.
Dos casualidades, para terminar con esta cháchara: me acabo de dar cuenta de que redacto esta entrada en las primeras horas del mes de febrero, el mes de los muertos por excelencia. ¿No es noviembre? Puede, pero yo pienso que lo es más bien febrero. A ver si puedo razonarlo en un post dentro de unos días. Y, segundo, no me olvido de que para los egipcios, los grandes intérpretes de la relación con la muerte (y de qué modo influyeron decisivamente en el judaísmo en este aspecto), sabían que los principales mensajeros con los muertos son los perros domésticos. También están los canes cerberos de los griegos, y los basenjis de mi amiga Menchu Gutiérrez. ¿Qué mensajes me traerá Brako?

And now, I would love to hear your comments!

viernes, 22 de octubre de 2010

Cuento de invierno

Ayer tuve que cuidar de mi hija pequeña, que estaba con gripe. Al final de la mañana, nos fuimos los dos a comprar el pan y, no sé porqué acabamos en la sección de vídeos de El Corte Inglés. Vi un pack con Los Cuentos de las cuatro estaciones de Erich Rhomer y me lo compré. Me autoengañé con el siguiente razonamiento: "Me vendrá bien para estas noches de insomnio". Y, en efecto: a pesar de que intenté acostarme a una hora temprana, a las dos de la mañana seguía con los ojos como platos, de modo que me dispuse a ver El cuento de invierno. Pensé que, como Rhomer es tan lento, caería en el sueño, pero qué va, la historia, que conocía de sobra, me atrapó de nuevo. Una chica, Felicie, vive un romance de verano y se queda encinta. Charles, su novio, es un cocinero que está de paso para los EEUU. Al despedirse, se intercambian las direcciones postales, con tal mala pata que, por un lapsus, equivocan los datos y se pierden mutuamente la pista. Cinco años después, Felicie, que no ha olvidado al padre de su hija, vive entre dos amores: el de Maxence, su jefe en la peluquería, que le atrae sexualmente pero al que no ama, y el de Loïc, al que ama pero no desea. Loïc es católico, adora a Felicie, estaría dispuesto a morir por ella, la mima, la cuida en todo, la comprende, la acepta, pero, no tiene suerte, su amada decide irse a vivir a Nevers con su jefe. Estando en la nueva ciudad, de paseo con su niña, un día cercano a la Navidad, entran en la Catedral para ver un Belén. Felicie, que cree a su modo, reza y obtiene al menos una luz: debe dejar a Maxence y no unirse a nadie al que no ame al menos como ha amado a Charles. Comprende que sólo un amor total justifica la entrega de por vida a alguien. Vuelve a París y se acerca a Loïc, sin provocar en él falsas esperanzas. Hablan mucho: Loïc es un hombre culto y le instruye en algunas ideas fundamentales de la tradición: el argumento de la apuesta pascaliana (que Felicie aplica, no a la existencia o no de Dios, sino a la posibilidad remotísima de que un día encuentre de nuevo a Charles: eso sería tan bueno que, por improbable que resulte, llena la vida de una gozosa esperanza), la teoría platónica de la reminiscencia (también se la aplica: Felicie sabe que su primer encuentro con Charles fue ya de por sí un reencuentro; por eso confía en que están destinados a una unión ulterior), la convicción cristiana en la Resurrección, mediante un pasaje memorable del Cuento de Invierno de Shakespeare, a cuya representación asisten ambos emocionados. En fin, tantas cosas interesantes que se hilan con una coherencia y una sutileza admirables. Un buen día los tres (Loïc, Felicie y la niña) pasean por las afueras de París. Acuden a un mercado dominical y al bajarse del coche oyen las campanas llamando a Misa. Loïc asiste a la ceremonia; Felicie no, pero le pide por favor que rece por ella. Añade dos cosas: pide tú por mí, no lo que tú quieres de mí sino, si de verdad me amas, lo que crees o sabes que yo quiero para mí. Y segundo, le implora que lo haga du fond du coeur (asoma de nuevo Pascal, pero por otra vía). Loïc, que no puede negarle nada a su amada, acepta, a regañadientes, pero acepta. Un acto de desprendimiento muy radical y meritorio. El final, naturalmente, no os lo cuento. Ni lo mucho que yo pensé, sentí, medité, aún menos.

lunes, 26 de julio de 2010

Tolstói

Para el gran Alberto Cavallari.

sábado, 29 de mayo de 2010

Two Lovers

Un amigo, con quien desayunaba el pasado jueves en el hotel La Perla, me aconsejó que fuese al cine, a ver Two Lovers. Aprecio su criterio, de manera que no lo dudé; anoche Paula y yo vimos la película. Además, mi amigo me había puesto delante un reto, uno de esos que me estimulan intelectualmente. Simplificando mucho, me dijo: mira, creo que te gustará, se trata de un tipo que tiene que elegir entre dos amores, entre dos formas de amor, y me gustaría que cuando la veas me digas que hubieses hecho tú en su lugar. ¡Un ejercicio de comparatismo! Genial: creo que por naturaleza y por profesión soy un comparatista, así que no sólo lo haré, le respondí, sino que procuraré darte las razones de mi elección.
La peli me gustó. En efecto, un tipo (Joaquin Phoenix), personaje frágil, entrañable y un tanto desequilibrado (padece un trastorno bipolar, que se le manifestó a causa de un desengaño amoroso previo, y que le ha llevado varias veces al borde del suicidio), judío, vive y trabaja con sus padres en Nueva York, sobrevive anímicamente como puede, tomando o dejando de tomar el litio. Sus padres, amorosos, se preocupan por él. Últimamente se diría que el Cielo ha acudido en ayuda de la familia: planean una fusión de su modesto negocio con el de otra familia, amiga, judía también, que, para plena satisfacción, tiene una hija, Sandra, bella y adorable, soltera y de la misma edad del protagonista. Se conocen, ella se enamora, él la aprecia, intiman, se acuesta con ella y llega incluso a considerarla "su novia". Los padres exultan de gozo. También es un modo de asegurar la vida de su hijo enfermo. No obstante, en secreto, la madre del chico tiembla: le conoce bien y sabe que, en el fondo, todo es demasiado perfecto, demasiado legal y aparente para un alma que anhela la verdad, lo auténtico, lo que no puede ser manoseado; creo que la película insinúa que la madre sabe que es un artista. Simultáneamente, el personaje se topa, en la escalera de la casa paterna, con una nueva vecina: Michelle/Gwyneth Paltrow. Phoenix se enamora locamente. La observa desde su ventana, la busca en todo, no sólo pretende vivir con ella sino, como decía Goethe, desde el primer instante vive en ella. El amor de la novia judía palidece a la luz, ¿tenebrosa?, de un amor absoluto. En lo que termina siendo una cadena de amores imposibles, Michelle ama a un hombre casado, un tipejo que juega con ella, que le promete lo imposible y que la cosifica de un modo infantil y cruel. Por un instante, en plena crisis, Phoenix casi logra desencantar a Michelle: en sus horas más bajas, le convence de que ponga fin a la relación adúltera y destructiva, y le pide que huya con él, que inicien juntos una vita nuova. Dejo aquí el relato, convencido de que resulta preferible ver una película sin que un gracioso nos la haya destripado previamente.
Me metí de lleno en la historia. La narración es lo suficientemente morosa como para irla contemplando a la vez que uno piensa en muchas cosas, en planteos intelectuales pero también, antes incluso, en la propia experiencia de la vida, que a la altura de los cuarenta y cinco viene siendo ya bastante iluminadora y significativa.
Confieso que, inicialmente, no entendí siquiera en qué consistía el reto amistoso que me habían lanzado. La cosa parecía presentarse de un modo simple y convencional: Phoenix ama a Michelle y no a su novia judía. Michelle ama a su amante casado, y Sandra le ama a él. Ninguno es correspondido. A eso me refería con la cadena de amores imposibles y frustrados, aunque se pueden establecer notorias diferencias entre unos y otros enamoramientos. Sin duda, el más radical, el más pasional e incondicionado es el que Phoenix siente por su diosa. Es exactamente eso que Salinas llamaba un amor en vilo. Pero conozco la sutileza de mi amigo como para predisponerme a dar más de una vuelta al asunto. ¿Se puede realmente negar que Phoenix, a la vez que adora a Michelle, ama también a Sandra? De hecho tienen sexo, y del bueno. ¿No será, además, un amor, el que ambos sienten, más idóneo para asentar un futuro familiar? ¿No vale un amor la medida en la que de verdad somos amados y correspondidos? Creo que, en lo que al fondo se refiere, la película deja las cosas abiertas. Phoenix y Sandra pertenecen a una misma clase social, a una misma tradición cultural y religiosa. Casarse con Sandra es casarse con la Ley. Michelle, en cambio, es inalcanzable, tenebrosa, fugaz, representa una libertad y un ansia de absoluto que casan mal, valga la expresión, con las obligaciones y las responsabilidades contractuales derivadas de la figura matrimonial. Por tanto, claro que hay tema para pensar, para hablar, para examinarse.
No obstante, mientras veía la película, y después, ya en la cama, sentí lástima por todos los Phoenix que en el mundo han sido. Me los imaginé, insomnes, con la vida íntimamente arruinada, sin ilusión, anhelando siempre aquello que Paul Claudel formulara en un famoso épodo de sus Cinq Odes: "J´entends mon antique soeur des ténèbres/qui remonte une autre fois vers moi./L´épouse nocturne qui revient une autre fois vers moi sans mot dire./Une autre fois vers moi, avec mon coeur, comme un repas qu´on se partage dans les ténèbres".

miércoles, 12 de mayo de 2010

Tierra de Angeles

Anoche vi una película sueca, candidata al Oscar a la mejor película extranjera (2005), que se titula En tierra de ángeles. La traducción del sueco, creo, sería literalmente Así en la tierra como en el cielo. Y cuánto mejor refleja esta fórmula el contenido de la cinta. Un director de orquesta, de fama internacional, sufre un colapso en plena actuación musical. Su corazón se ha debilitado, y decide renunciar a su carrera de éxito. No le importa demasiado. Al contrario: está harto de vivir la música de un modo, competitivo y elitista, que no concuerda con sus más íntimos sentimientos. Anhela una música interior, del corazón, una música liberadora y libre. Decide retornar al norte, al pequeño pueblo en el que creció. A pesar de que no tuvo una infancia feliz (huérfano de padre, inadaptado en el colegio), escoge ese lugar para recuperarse. "He venido a escuchar", le dice al pastor del pueblo, cuando se encuentran a su llegada. Un buen día decide pasarse por la Iglesia, y entrar, en plena actuación del coro parroquial. Uno de tantos coros como hay en el mundo, cargado de buenas intenciones. Le piden que lo dirija y, sin gran entusiasmo por su parte, decide hacerlo. Se da cuenta de que la música, en realidad, ha sido creada para todos, para la gente normal y corriente. Al menos, la música tal y como él la concibe. Lo que empieza siendo casi una casualidad, acaba por convertirse en una experiencia extraordinaria (religiosa, en el fondo). El coro se convierte en una familia, unida por lazos invisibles, irrompibles, espirituales. Los lazos del amor, del perdón, de la comprensión mutua, de la solidaridad profunda. Los cantantes se abren al resto, y lo que es más importante y difícil, se abren a sí mismos. El coro, y cada uno de sus componentes, adquieren vida propia. Nadie es excluido. Sólo aquellos que con su intolerancia prefieren quedarse fuera, prefieren afirmar su propia imagen, vivir del prejuicio y la sospecha, juzgar al resto. De entre las muchas verdades teológicas que se entrelazan en esta bella historia, me quedo sobre todo con la que refleja su título original. Así en la tierra como en el cielo. O sea, que entre la tierra y el cielo hay un vínculo más estrecho de lo que a veces pensamos. Lo que es bueno aquí, allí es bendecido. Y a la inversa. El reino de Dios está entre nosotros. No lo malbaratemos con una visión estrecha y raquítica.

lunes, 11 de enero de 2010

Eric Rhomer

Hoy ha muerto, a la edad de ochenta y nueve años, Eric Rhomer. He visto toda su obra. Varias veces. Y la volveré a ver, no una sino muchas veces más. Ya explicaré por qué. Ahora no puedo hablar. Su muerte, como la de Bergman, me afecta en lo más profundo de mi ser; tampoco entonces pude hablar de ese hecho. Lo que sé es que me siento un poco más solo desde que me lo han dicho. Era un gran hombre, y un gran artista. Sabía, quizás como nadie, contar la historia de un alma, con todos los cambios sutiles que se van produciendo en el ánimo de alguien, según va pasando el tiempo, los encuentros, las circunstancias. Era magnífico y delicado. Con el tiempo, se fue interesando, casi de manera exclusiva, por personajes femeninos. A mí eso no me extraña.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Notas para un diario 148

Anoche, por si fueran pocos los motivos para soportar otra noche de insomnio, mientras hay gente a la que quiero y que sufre, sin que yo pueda hacer absolutamente nada para aliviarles, no se me ocurrió cosa mejor que sumergirme en el universo Katyn. No había visto la película en el cine, y por fin llegó al vídeo-club que frecuento. Ya la primera escena es impresionante: unos cientos de civiles, situados en ambos extremos de un puente de madera, a las afueras de Cracovia, se interpelan mutuamente: "¿Adónde vais?¿Estáis locos? ¡Volved, qué nos persiguen los alemanes! ¿Sí? ¡Pues por aquí vienen los soviets! ¡Dad marcha atrás, antes de que sea demasiado tarde!" ¡Qué horror!¡Qué angustia kafkiana! Nada más ver esas primeras escenas, le dije a Paula: "Prepárate a sufrir". En efecto. Durante dos horas, de la mano maestra de Andrei Wajda, se asiste a la retransmisión en diferido de uno de los episodios más penosos e indignos del siglo XX: el asesinato por los rusos, y la posterior ocultación del hecho, de quince mil oficiales polacos en la primavera de 1940. El crimen fundamental de este grupo humano (al que hay que añadir no pocos científicos, profesores universitarios y otros) fue el de haberse opuesto a la invasión nazi de su país. No se puede olvidar que Stalin y Hitler habían firmado un pacto, y no precisamente uno honroso. Los hombres de Beria no se andaban con chiquitas ginebrinas: un tiro en la parte posterior de la nuca, con salida por la frente (este procedimiento sumario hizo escuela). Y así hasta quince mil personas conducidas al matadero. Después había que ocultarlo todo. Los soviéticos pretendían adueñarse de Polonia, y, claro, no era una buena entrada, sobre todo para un pueblo como el polaco, noble y digno, un pueblo con memoria. Los franceses y los ingleses, en general, hicieron oídos sordos, cuando no algo peor. Defender la autoría rusa del crimen masivo era capciosamente identificado con una defensa del III Reich: no en vano Goebbels había escrito en su diario, el 12 de abril de 1943, que Katyn era su victoria (se refería a que el hecho demostraba que también los soviets eran unos asesinos desalmados, como lo eran ellos). Pero la Revolución era intocable, además de imparable (para mucho necio, lo ha seguido siendo hasta antes de ayer). Como dice Czeslaw Milosz, "el principal habitante de Europa en el siglo XX ha sido el miedo". El miedo, y sus hermanos de sangre: el horror y la barbarie. Como los domingos son propicios para el insomnio, me aticé un par de whiskies y me fui directamente a las fuentes: leí, ya en la cama, el famoso informe que Jósef Czapski (en la foto de Bohdan Paczowski) publicara en el Gavroche parisino, en mayo de 1945: La verdad sobre Katyn. Czapski, de quien he hablado más de una vez en este diario, pintor, escritor, tenía razones personales para investigar esos hechos. La primera era que él fue uno de los pocos que se salvaron milagrosamente de la masacre. La segunda, que los asesinados eran amigos y compañeros de armas. Comisionado por el General Anders (el que aparece abajo, en una foto de ese periodo con el propio escritor), recorrió media Rusia, habló con los testigos de una parte y de otra, se informó a conciencia, realizó sus propias inducciones y redactó el informe sin casarse con nadie.
Ahí está para el que quiera leerlo (Acantilado). Como no podía dormirme (ya eran las 2), me sumergí en los recuerdos que sobre Czapski redactó Adam Zagajewski. Creo que es uno de los memoriales más impresionantes que se hayan escrito sobre un artista del siglo pasado. Con la sutileza que caracteriza a Adam, juega al principio de su escrito con la idea de que Czapski, por su sabiduría, su temple, su hombría de bien, podía haber sido un juez bíblico. Un juez como el rey Salomón (al menos, Jósef Czapski ennoblecía uno de los más antiguos linajes patricios de su patria). Un juez que de hecho instruyó innumerables causas (además de la de los sucesos de Katyn), pero que era renuente a dictar ninguna clase de sentencias. Un hombre tan bueno que, sus propias acciones (como en el caso de Abel) eran otras tantas interpelaciones para sus semejantes. Además de sutil, Zagajewski es muy humilde y, aunque lo conoce de memoria, no cita la sentencia de Shelley (En defensa de la poesía), según el cual los poetas son los legisladores del mundo. Pero está implícito en lo mucho en lo que ahonda en este ensayo genial. Se conocieron y trataron en París, en los años ochenta. Czapski vivía en una especie de falansterio a las afuera de la ciudad, en Maisson-Laffite. Se vieron a menudo. Fue su maestro. Maestro de vida. Por tantos motivos que no se pueden ni siquiera resumir. Zagajewski constata, sin que pueda darnos demasiados detalles, que detrás del Czapski luminoso, se proyectaba un espíritu sumido en grandes abismos (y ya somos tres). Apunta a una de esas grietas del alma, cuando habla de la relación de Czapski con los escritos de Simone Weil y de Stanislaw Brzozowski. La mezcla de fascinación y rechazo que sentía el artista por estos dos místicos. La apuesta del pintor por el arte y la imaginación, frente a las seguridades metafísicas (de las que tampoco renegaba). Reprochaba a la Weil que rechazara el arte y su instrumento, la imaginación. ¿Qué nos quedará, entonces? ¿En nombre de qué debemos prescindir del juego de la creación poética? Yo, naturalmente, desde la misma aceptación del mundo de la creencia, y desde idéntica voluntad de no confundir el arte y la religión, de la que habla magistralmente Adam en ese ensayo, siento una rebeldía parecida ante el puritanismo de la Weil (que, como muy bien señala el autor del ensayo, viene directamente de Pascal). Sin la escritura, sin el arte, ni siquiera podríamos recordar a Czapski, o los episodios de Katyn, como merecen ser recordados.
P.S. He procurado leer todo lo que de Czapski ha caído en mis manos, ver todos sus cuadros, leer las semblanzas que se hicieron de él, andar por los caminos por los que anduvo ese gran hombre al que tanto admiro. Si Mandelstam soportó el encierro de la mano del Dante, Czapski hizo otro tanto con Proust y su tiempo perdido, y al tiempo recobrado. ¿Para cuándo una historia carcelaria de la literatura del siglo XX? Por falta de material no quedará. Lo específico, en este caso, es que se dedicó a compartir sus conocimientos con sus amigos de cárcel. De ahí salió un libro precioso, emocionante, que os recomiendo: Proust contre la déchéance. Conferences au camp de Griazowietz (Les Editions Noir sur Blanc, 1987).

sábado, 19 de septiembre de 2009

Dos películas/Dos ciudades

La primera la vi anoche y me pareció excelente; la segunda, no pienso perdérmela.

domingo, 5 de abril de 2009

miércoles, 1 de abril de 2009

FlashBacks


1. Ayer por la noche pude ver por fin My Blueberry Nights de Won Kar Wai. Lo que me faltaba para el duro. Si ya antes estaba enamorado de Norah Jones, de su forma de cantarte al oído con una dulzura celestial, qué voy a hacer ahora. ¡Qué horror! Y eso que aquí no abre la boca ni para besar ni para cantar en toda la cinta (directamente, me refiero). De vez en cuando, en la escena pública, aparece un ser así: angelical, ¿no? A mí me lo parece, para que luego digan algunos listos que los personajes buenos en el arte no son atractivos. Pues yo debo de ser un bicho rarísimo porque como os digo me quedé enamorado de su bondad, de su pureza, de su luminosidad. Tiene el don ese que yo he buscado siempre para mí, hasta ahora sin la menor fortuna, el don de la separación: el personaje es alguien que se aparta siempre, pero que apartándose se aproxima, por otra vía, aún más tierna e incisiva. La historia de amor del policía borracho (en el que en secreto os confieso que me reconocí hasta un punto en extremo doloroso), me parece bellísima: el amor y la muerte aparecen, como no puede ser de otra manera, íntimamente maridados. La incomprensión, el dolor, la imposibilidad de expresar el amor por ningún cauce acaban matando a los vivos y resucitando a los muertos. Por un momento, mi escepticismo cinematográfico parecía casi vencido. Eso sí, después me quedé sentado, solo, a oscuras (Paula se había acostado) y reconozco que me fumé un puro y me pimplé, contemplando en un libro los encuadres y los colores familiares de Hopper, media botella de whisky. Creo que era del bueno, porque esta mañana apenas tenía resaca. Me dieron las tres de la mañana pero lo necesitaba, como el respirar (mal síntoma). Como los astronautas que, al bajar del cielo, necesitan unas horas (o días, no tengo ni idea) de descompresión.
2. Otro tema. De nuevo sobre el amor a Dios (tranquila, si quieres te puedes saltar esta parte, no vaya a ser que tú también acabes por ignorarme y por retirarme, si no el saludo, sí la palabra). Estos días he releído con calma el discurso de la última cena. No quería que me cogiese el jueves, asistir a la misa de oficios y no poder asimilar lo que allí se dice. Además, si Dios no lo remedia, entonces no estaré en mi casa, de manera que andaré de aquí para allá, como un pelele, en casa de quien sea, sin posibilidad alguna de recogerme (Paula, que sí vive recogida y que, sin duda, es la que mejor me conoce, se ríe de mí y me dice que eso no es recogerse: que es ensimismarse y reconcentrarse, o sea exactamente su opuesto). Bueno, pues sea como sea, yo vivo la semana santa preventiva, o por adelantado. El otro día, leyendo ese discurso que el jueves, rodeado de sobrinos, suegros, etc, etc, no podré leer, comienza hacia la mitad del capítulo 13 de San Juan, una vez que Judas sale del cenáculo, cuando el Señor exhorta a sus amigos (Judas no quiso serlo) justamente a amarse "unos a otros, y que del modo que yo os he amado a vosotros, así os améis recíprocamente" (13,34). Luego lo repite incansablemente a lo largo de la sobremesa: 15, 12 y 17 por ejemplo. El problema yo lo veo ahí: ¿cómo se puede exigir el amor, sea a los demás o al Cristo (a los que veían los discípulos) o a Dios Padre (al que nadie ve)?. Muchos me habéis ilustrado con ideas muy valiosas: por ejemplo, la que dice que se trata de una forma de hablar, que en realidad lo que dice es "os doy mi amor, no lo malgastéis, y que corra entre vosotros y por el mundo entero". Así se entendería mejor aquel impresionante "permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros" (15,4). A mí eso no me convence del todo porque, aunque el amor sea algo recibido, debería contar con muestra libre adhesión, y exigir a alguien que participe de ese movimiento amoroso siempre me parecerá mucho exigir. El discurso continúa, sin desperdicio alguno. Imposible entenderlo, tal es su intensidad, densidad, intimidad. Pero, cuando menos se lo espera uno, se produce un prodigioso giro: el Cristo deja de dirigirse a sus amigos y se pone a hablar directamente con el Padre. Asistimos, como en figura, al núcleo de la fe: la vida trinitaria, las relaciones entre las personas divinas expuestas con toda sencillez ante las miradas de los hombres, que nos negamos a mirar. "Oh Padre, santo! Guarda en tu nombre a éstos amigos, a fin de que sean una misma cosa por la caridad, así como nosotros lo somos por la naturaleza" (17,11). Casi nada: el amor no es sólo la señal por la que los cristianos serán reconocidas; es eso, y mucho más: es la esencia misma de la vida del cristiano, su auténtica participación en el ser; la única posibilidad que tenemos de ser realmente. Lo repite poco después: "Ruego que estos amigos, y los que me vayan a conocer en adelante por su predicación, sean uno, como Tú Padre estás en mí, y yo en ti por identidad de naturaleza, así sean ellos una misma cosa en nosotros por unión de amor" (17,21). Queda más que claro que a Dios sólo se llega amando al prójimo. Una puerta muy estrecha. No sé si es correcto decir que el amor al prójimo es Dios mismo. Pero, yo sigo con mi perra: ¿se puede eso exigir? El pequeño paso que he dado estos días, me vino no obstante, en este contexto, por una frase, la última que pronuncia el Cristo en la llamada oración sacerdotal, o sea en ese diálogo de mediación con su Padre. Dice así: Yo les he dado a mis amigos tu nombre para que el amor con el que me amaste, en ellos esté, y yo mismo esté en ellos.
Intuyo que en estas últimas palabras se encierra un secreto muy profundo, y creo que tiene que ver con la idea de que el amor que se nos exige no es tanto el nuestro propio como el que, a través nuestro, puede entregar a otros el mismo Dios. Al fin y al cabo, ¿no somos un pueblo de sacerdotes o mediadores, lo que queda de la estirpe judaica?
3. Esa necesaria elevación a un orden (el de la Gracia) es lo que convierte a la persona de Simone Weil, que tan lúcida y reiteradamente habló del amor de Dios , a pesar de su declarado cristianismo, en irreconciliable con la verdad cristiana más radical. Simone Weil rechazó el punto de partida esencial: la incorporación al orden sobrenatural por medio del bautismo. No voy a entrar más en esto, por ahora. Lo traigo a colación, en estas miradas en arrière, por la sencilla razón de que en su momento lamenté que su centenario hubiera pasado sin pena ni gloria. Era un olvido tremendo. Me alegré, por tanto, al leer una pequeña pero sustanciosa necrológica de Carlos Ortega en El País. Creí ver en el artículo de Carlos la presencia subterránea o no de dos pares de la Weil: María Zambrano y Cristina Campo. Por aquello de la noción de atención. La Campo estaba bautizada, eso seguro. La Zambrano, no lo sé (a sus biógrafos les parece éste un dato banal: acabo de repasar exhaustivamente dos cronologías muy elaboradas y nada, total, que más da, a quién le importa ese detalle sin importancia), pero lo que sí sé es que al hablar de estas cosas, a ambas amigas les gustaba recordar que no somos nadie para juzgar, y ni siquiera para hablar de cosas cuyas consecuencias en el fondo desconocemos. Comparto esa prudencia, así que me callo y no sigo por aquí.
4. Mis reflexiones de días pasados, sobre la literatura y la vida, han quedado abruptamente interrumpidas. Peu importe! Ya hablaré de Michelstaedter, con oportunidad o sin ella. Hablo de él en el libro de Kafka, de modo que si alguien quiere recuperar ese hilo le recomiendo que vea lo que pongo allí. En cambio, no quiero dejar de señalar la afortunada coincidencia de que Siruela haya publicado una monografía de Pilar Parcerisas acerca de la peripecia de Marcel Duchamp (en la foto) en tierras españolas, y más concretamente, catalaunicas. Duchamp en España. Se trata de un libro breve, bien informado, y que parte de un conocimiento preciso de la obra y las ideas duchampianas, hasta el punto que puede ser leído como una buena introducción a las mismas. Muestra con claridad la importancia que tuvieron en la vida de Duchamp sus estancias en España, su relación con Dalí especialmente, su fascinación con la cascada de La Caula, y su influencia en la culminación de Étant données, la obra final a la que dedicó más de veinte años de trabajo, los diez últimos veranos de su vida pasados en Cadaqués: Duchamp se limitaba a ser una sombra de artista, l´artiste respiratuer, y a perder el tiempo jugando al ajedrez. La pregunta es: ¿fue Duchamp el primero que se dio cuenta de que el tablero podía ser considerado una maquina soltera, la machine célibataire por excelencia? Pero, ¿qué es eso? Pues si lo queréis saber, os aconsejo que no leáis la Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas. Por mi parte, ya lo contaré otro día, que este post se ha convertido en algo que no tiene pies ni cabeza. Mira por donde, sin haberlo deseado, he llevado a cabo el ideal de los teóricos del poème en prose.
5. Quiero, por último, recordar que se ha abierto la exposición de Agorreta en Barcelona: en la Galería Carme Espinet, desde hoy y hasta el 9 de mayo (un día después de mi cumpleaños). Personalmente no pienso perdérmela; puedes estar tranquila: no pienso pedirte que me acompañes.

lunes, 9 de marzo de 2009

Opiniones mohicanas

He visto, este fin de semana, dos películas (El lector y Gran Torino), me gustaría expresar de paso algunas opiniones un tanto particulares y conocer la vuestra (que nadie se agobie: soy plenamente consciente de que hay que trabajar y de que tendréis cosas mejores que hacer que entreteneros, como hago yo, con estas naderías):
1. Por más que lo intento, no consigo tomarme en serio el cine de masas (me pasa lo mismo que con algunas personas).
2. No me gusta que el cine de masas plantee dilemas morales. Dichos dilemas me parecen casi siempre superficiales, cuando no directamente falsos o tendenciosos.
3. Lo único que se puede salvar, de una película como El lector, es el erotismo: el modo en el que está contado el descubrimiento del sexo por parte de un adolescente en celo (recuerda vagamente al mejor Singer, el autobiográfico). Si no fuera porque no me lo perdonaríais, diría que… venga, ¡qué coño!, llevamos un año de confidencias y somos todos adultos, diría que lo único que salvo de la peli es el culo de la Winslet. La imagen de la desnudez de los cuerpos es un narcótico para que después te tragues el sapo. El erotismo, en este caso, está unido a un morbo sádico (el hecho de que sabemos que la mujer ha sido una torturadora). De ese modo, ella le tiene cogido a él (en este caso el argentinismo viene como anillo al dedo), de por vida, por la parte que no voy a nombrar.
4. Lo único que se puede salvar de una película como Gran Torino es el modo en el que está reflejada la verdad de que, con frecuencia, la unión con la familia de sangre queda reducida a una relación convencional y destructiva. La única fraternidad posible pasa necesariamente por la elección y el espíritu (algo tan fuerte, humano y maravilloso que puede en ocasiones hasta salvar la relación familiar y de sangre). El señuelo que te prepara para la farsa final, en este caso, es el atractivo que tiene la figura de un Eastwood evocador del mito Dirty Harry. La inmensa mayoría de los espectadores nos vemos íntimamente defraudados: hubiéramos preferido mil veces que pasara a cuchillo a cada uno de los rollitos de primavera.
5. El resto, en ambos casos (la pretendida confesión de Eastwood de que hay que encontrar un modo de superar la violencia mediante la autodonación, y la idea falsa de que pudiera haber una injusticia en la aspiración a un resarcimiento legal por las atrocidades del Holocausto) están planteadas con dosis insoportables de grandilocuencia e inverosimilitud.
6. La aceptación acrítica de cuanto el cine de masas nos presenta como verdades emotivas nos hace más débiles, moral e intelectualmente hablando. Nos prepara para aceptar atrocidades morales por razones emotivas (os podéis imaginar, a la vista de lo ocurrido la semana pasada, en qué estoy pensando). Nos aleja de la realidad del ser humano.
7. En el cine de masas todo pasa de modo vertiginoso. Es un recurso para que no te des cuenta de que te están metiendo la porquería de canto. Cuánto más se imposta la voz, cuanto más serio quiere parecer, resulta en el fondo más insostenible.

viernes, 6 de marzo de 2009

La double vie de Véronique (Kieslowski/Preisner)

…respondió que yo no debía de imaginarme que en cada movimiento el titiritero, en los distintos momentos de la danza, accionase cada miembro en particular y tirase de él. Cada movimiento, dijo, tenía su centro de gravedad; bastaba con gobernar éste, en el interior de la figura; los miembros, que no eran sino péndulos, por sí mismos seguían el movimiento de manera automática (Kleist, Sobre el teatro de títeres)
Y no se me ocurre mejor homenaje a M.Ts

miércoles, 18 de febrero de 2009

Las horas del verano

No he terminado de hablar de Dora Bruder. Ni mucho menos. Ni de Johnny Cash. Bueno, de éste casi no he empezado. Pero las cosas me salen al encuentro, y se van entrelazando con una intensidad que a veces me asusta. A propósito de la lectura de Modiano, llevo varios días obsesionado con algunas cosas. "Tengo la impresión de ser –escribe– el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy". Precisamente pensaba una tarde de éstas, hojeando algunos de los miles de libros que hay en mi casa, que para hacer una obra valiosa, en casi cualquier campo, se necesitan varias generaciones de una misma familia (como ocurría con las catedrales góticas). Me daba cuenta de que mi papel habrá sido reunir esos libros, pero que hará falta otros que tengan el tiempo necesario para dedicarse a leerlos, más a fondo, y a contestar a lo que dicen. ¿Lo harán mis hijos o mis nietos u otras personas más o menos cercanas? No lo sé. Ni siquiera sé si eso importa de verdad. La vida de Dora Bruder jamás alcanzó ese tipo de especulaciones para tiempos de paz. Modiano escribió todo eso sin tener apenas acceso a ningún libro. Al libro de la vida, sí, claro.
También estoy deslumbrado con el mundo de los museos. Al fin y al cabo, son lugares que almacenan objetos, más o menos preciosos o curiosos. Y, ¿para qué? ¿Para guardar la memoria de una nación (concepto discutido y discutible)? Me llega la información de que en el Museo del Prado se ha creado una Cátedra. Los Museos crean Cátedras y las Universidades, Museos. El primer titular de la misma es Philippe de Montebello, quien fuera Director del Metropolitan de Nueva York durante treinta años. Lo primero que ha planteado es un curso con el título El Museo: hoy y mañana. Si se miran los ponentes y los títulos de las sesiones, es fácil reconocer un determinado estilo: el norteamericano (y no precisamente el de la América de Johnny Cash). Para algo tenemos un gobierno de izquierdas, ¿no? El Museo como centro de educación de la gente. La vieja idea ilustrada en la que nunca he creído. Hay un Plan de Actuación para el Prado, que se puede leer en la web. Es mucho más que un plan de actuación. Yo, cuando llegué al capítulo "Ser del Prado", dejé de leerlo. Primero pensé que se refería a lo necesario para apuntarse al Prado, a los Amigos del Museo, o algo así. No, no. Es un intento de definir la esencia. Me pasa como a Cervantes, que cuando alguien me habla del ser de algo, me cambio de acera. Pero juzgad vosotros mismos. A mí me llaman la atención algunas cosas: por ejemplo, que se quiera vender la idea de que el Museo es, en realidad, un campus.
Por la noche, veo con Paula una película francesa (a la que no le darán el Oscar): Las horas del verano. Os la recomiendo vivamente. Es la historia de una familia, de los objetos que aman y del paso del tiempo. De como, una generación después, lo que ha sido importante para unos, lo que ha significado el amor y la ternura, lo que ha contenido de alguna forma los secretos más íntimos y decisivos, los que vienen detrás lo ven como un mero objeto de cambio. Algo que se puede vender y que, como mucho, se acumulará en un Museo.
Al acostarme, pensaba en la vieja Europa. Una amiga mía, con la que hablaba de todas estas cosas, me decía hace poco que estamos perdiendo nuestras virtudes: la austeridad, el amor a lo viejo, el ingenio y la cultura.
¿Os ha ocurrido alguna vez que la melancolía no os deje dormir?

jueves, 12 de febrero de 2009

Au revoir les enfants (Louis Malle)

Notas para un diario 97

El primer trabajo que vi de Nobuhiro Suwa formaba parte de la película colectiva París: Je t´aime. En concreto, su cuento o fragmento se llama Places des Victoires. Repare en él. No fue la que más me gustó (con diferencia me quedo con Marais, la historia en la que Gus Van Sant cuenta un enamoramiento homosexual). Pero ya entonces, Suwa me pareció otro gran maestro de la separación, según la fórmula predilecta con la que Mandelstam inicia su Tristia, y que Brodsky tradujo al inglés con un memorable: I´ve mastered the great craft of separation. Todo un programa, no sólo artístico, sino de vida. Toda una teología. Ahora he podido ver tres de sus películas: Dúo, Mother y Una pareja perfecta. Este último largometraje se rueda en París. Parte en una habitación de hotel, parte en el Museo Rodin. Con una cámara fija que capta, en su inmovilidad, el paso de la luz y las sombras en los rostros y los cuerpos de los protagonistas. Una pareja, nada perfecta. Cansada, desengañada, infértil. Digamos que el título es ligeramente irónico: una "pareja perfecta" viene a ser una contradicción en los términos. La película materializa el contenido de aquella frase de Rilke, de las Cartas a un joven poeta: "El amor que une a un ser humano con otro es seguramente la tarea más difícil que nos es impuesta, el punto último, la prueba final, la labor para la que todas las demás no son sino una preparación". Está muy presente Rilke en Suwa. Mucho más radicalmente aún que Rosellini, de quien tanto se ha hablado a propósito de este director japonés. Parece que el otro genio de Praga escondiera su palidez en las salas diáfanas y familiares del museo Rodin. Suwa lo cita al menos tres veces. Yo también he pasado allí muchas horas y esta película me las ha devuelto enriquecidas, plenas de un sentido que entonces apenas comenzaba a barruntar. La imperiosa necesidad de salirse del tiempo cronológico, de las convenciones sociales, del afán de plenitud; el valor de la soledad y de la entrega. La bella protagonista suele detenerse en la figura de La catedral. Unas manos entrelazadas, pero separadas, sin tocarse. Como las vidas de los que creen que se aman. He recordado otra frase que Rilke dedicó a la escultura Las puertas el infierno, quizás el auténtico horizonte sobre el que se recorta la película:" … la mujer ha dejado de ser el animal vencido, acostumbrado a consentir. Tiene los mismos deseos y la misma lucidez que el hombre, y es como si ambos se hubieran conjurado para encontrar, entre los dos, un alma. El ser que, durante la noche, se levanta y se acerca, sin hacer ruido, hacia otro, es como un buscador de tesoros que quiere desenterrar, en el cruce de caminos que es el sexo, la felicidad añorada… Toda la humanidad sufre de un hambre que le supera y que le transporta más allá de sí misma. Son manos que se alzan hacia la eternidad…"

domingo, 25 de enero de 2009

martes, 13 de enero de 2009

viernes, 2 de enero de 2009

My Blueberry Nights

Si alguien la ha visto, que por favor ofrezca su opinión

lunes, 29 de diciembre de 2008