jueves, 24 de diciembre de 2009

Notas para un diario 149

"¿Qué es un parecido? Las personas, al morir, dejan atrás, para quienes les conocieron, un vacío, un espacio; ese espacio tiene contornos y es diferente en cada muerte. Dicho espacio, con sus contornos, es el parecido de la persona y es lo que busca el artista cuando retrata a una persona viva. Un parecido es algo que se deja atrás sin ser visto" (John Berger, Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible)
A la misma hora, de antes de ayer, a la que llegaba a Madrid, moría mi amiga Adriana. Después de años de luchar contra el cáncer (esta metáfora, tópica, siempre me ha parecido falsa, pero no voy ahora a detenerme en porqué lo es), de tratamientos, de esperanzas frustradas, de dolor, también de aceptación de los hechos (Adriana era literalmente una persona de fe), se moría en Madrid, rodeada de su marido y de sus cuatro hijos, de su madre y de sus hermanos. Yo no llegué a verla en los últimos días. Nos habíamos despedido, sin decirlo, hace tiempo. Por otra parte, no tengo ni la menor sospecha de que las cosas se hayan terminado antes de ayer, con su muerte. No es así, ni mucho menos.
Como ocurre con frecuencia, en las grandes amistades, hay altos y bajos. Y éstos, a su vez, pueden ser de dos tipos: o de trato, o de fondo. Con Adriana hubo altibajos en el trato, pero nunca en el fondo. Años de intensa convivencia, en un momento muy importante de nuestras vidas (un momento que coincidió con los nacimientos y los primeros años de nuestros respectivos hijos), de los que me acuerdo demasiado bien, con todos los detalles incluidos, hicieron que esa amistad fuera profunda e indestructible en más de un sentido. Nos entendíamos muy bien, a la primera, y nos apreciábamos mutuamente. Recuerdo especialmente su llamada la mañana en la que murió mi madre, y todo lo que me dijo (ella estaba ya enferma).
No se me ocurre un modo mejor de entrar en el Misterio de la Navidad, un misterio de vida y de muerte, de muerte para la vida. Ave verum corpus, realmente tenía un cuerpo, un cuerpo dispuesto al sacrificio y al dolor, pero también al gozo y a la resurrección. Así es nuestra fe, la que compartía con Adriana, la que le habrá llevado, como una barca de oro, al encuentro de amor con el Padre.
Ayer, en el entierro, hubo un momento, después de que las oraciones y de que las palas comenzaran a echar tierra sobre su tumba, cuando ya nos volvíamos hacia los coches, en el que los cuatro hijos de Adriana se abrazaron, los cuatro, camino del coche que les esperaba en la entrada del camposanto. Iban andando deprisa, llorando los cuatro, pero fuertemente entrelazados y unidos por los hombros. A veces caminábamos así en el colegio, con el corazón ligero. Ayer, a esos niños (Andrea, Luis, Paula y Beatríz), el corazón seguro que les pesaba una tonelada. Todos se parecen de un modo u otro a sus padres, y lo que es mucho más importante, porque es interno, misterioso e indescifrable, se parecen al amor de sus padres. Sobre todo en ese gesto de afecto y de ternura que se prodigaron ayer, a la vista de todos cuantos les acompañábamos. Un parecido es algo que se deja atrás, sin ser visto. Es el parecido de Adriana.

6 comentarios:

Icíar dijo...

:)

delarica@unav.es dijo...

gracias y feliz Navidad!

José Antonio Calvo dijo...

Conmovedor para cualquier ocasión; todavía más, para la Nochebuena. Gracias de nuevo por tus pensamientos y una santa Navidad para ti y para toda la familia. Que de Belén os llegue mucha -toda- la Luz.

delarica@unav.es dijo...

Mis pensamientos valen poco, José Antonio, pero mis amigos valen mucho: y no los cambio
Feliz Navidad!

Merylach dijo...

Un recuerdo sobrecogedor y que infunde respeto...Gracias

Merylach dijo...

Un recuerdo sobrecogedor que infunde respeto. Gracias!