miércoles, 9 de diciembre de 2009

Notas para un diario 145

Siguiendo (y mira que te he dicho mil veces que no se empieza un escrito con un gerundio) una costumbre inveterada en el seno de mi familia política, ayer, fiesta de la Inmaculada Concepción, nos dedicamos con ahínco a poner ecuménicamente el Belén, el Árbol de Navidad y los adornos de rigor por toda la casa, y hasta por fuera (lo siento, Leyre, si invado tu espacio te prometo que quito los trastos sin el menor resquemor); ayer, en el sermón de la Misa, el cura dijo algo que me llamo la atención: se distanciaba de algunas ascéticas contemporáneas que pretenden imitar a María en algo que, según él, sólo le corresponde a la Virgen: haber dicho a Dios siempre que sí. No hay que exagerar, añadió el sabio y viejo cura, nosotros arrastramos el pecado original y el personal, y ojalá podamos decir in hora mortis nostrae que le hemos dicho más veces sí que no. Pero, ¿a quién le siguen importando estas cosas? Pues a mí, por ejemplo. Eso me recuerda que, por la mañana, mientras los niños, con Inés a la cabeza, ponían alegremente el musgo y la nieve artificial, por encima de ese pesebre que es antes que nada un patíbulo en forma de cruz, yo me escondía (¿escaqueaba?) en mi rincón y corregía una parte de la traducción de mi libro kafkiano al francés. En concreto, al releer el prólogo de Magris (no sé, en francés suena distinto, como más importante), me di cuenta de que esa misma idea, la del curilla de la Misa de una y media a la que asisto, en realidad la expresó Kafka, según mi interpretación, en la parábola Ante la ley. A Claudio eso le gustó: el campesino que prefiere dedicar la vida a permanecer fuera del núcleo de la Ley, pero cerca. Se trata de la misma idea, exacta, que se canta nada menos que en el Salmo 84: "Qué amables son tus moradas,/Señor de los ejércitos!/Mi alma añora, desfallece por los atrios del Señor;/mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo/Pues vale más un día en tus atrios/que mil fuera./Prefiero estar en el umbral de la Casa de mi Dios/que habitar las tiendas de los impíos". Me parece increíble no haberlo citado en mi libro. Lo único que me consuela es que al menos confirma que mi interpretación era original: iba directamente a los fundamentos del judaísmo. David. El Rey. El profeta. El poeta. El Juez. El amante de la mujer ajena. El manipulador egoísta y desalmado. El guerrero cantarín. Hay otra parte del Salmo que me impresiona, siempre que la leo: "Hasta el pajarillo encuentra una casa/y la golondrina su nido,/donde poner sus polluelos… Dichoso el hombre que tiene su auxilio en Ti,/y su corazón decide peregrinar./ Ellos al pasar por el valle del llanto,/lo convierten en un manantial/la lluvia temprana los cubre de bendiciones". Y, ¿por qué te impresiona, so pesado? Pues te lo voy a decir, aunque para eso necesito hacer un poco de glosa hermenéutica. El primer versículo que he citado, el del pajarillo, quiere decir dos cosas distintas, y ambas penden de la comparación implícita del hombre con los pájaros : primero, que a veces parece que los animales, en este caso las bestias volantes, tienen más acomodo en el mundo, que los hombres. Cierto, además de bello. Y, en segundo lugar, el salmo dice que si las golondrinas se ubican, y se perpetúan, por instinto, los hombres harán otro tanto, pero por voluntad. Lo mejor está, no obstante, por llegar. Viene a decir después, en relación con lo anterior, que el hombre encuentra el lugar, perdiéndolo. Saliendo a peregrinar, o sea, lanzándose hacia delante por los caminos de la vida (de la vida interior, sobre todo, y por eso dice que quien peregrina es el corazón). Se encuentra, y descansa, sólo, cuando se refugia en Dios, y no en su propia seguridad falsa. Y ahora viene lo más poético (por verdadero). Entonces, cuando ha salido de sí, y se ha acercado al dinamismo de Dios, a la ausencia de miedo por el cambio, encuentra el dolor. El llanto. El pecado. La debilidad. El famoso valle de lágrimas al que se aboca, a menudo, la vida. Un torrente de agua que parece que nos va a sobrepujar. Pero, y menudo cierre del salmista, ese manantial de lágrimas se convierte en fuente de vida y de fertilidad. Por la noche escuche una parte del mensaje del Papa en el tradicional encuentro de la Piazza di Spagna: ¿Qué le dice María a la ciudad de Roma? ¿Qué nos recuerda a todos con su presencia? Nos recuerda que donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia. Y que "en el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal y ninguno de nosotros debe sentirse con el derecho a juzgar a los demás, sino que más bien cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo." Amén.
P.S. Aviso a los lectores de Barcelona: el próximo viernes 11, pasado mañana, en La Central, en el horario habitual de las 19:30, Isabel Nuñez presenta su libro Algunos hombres y otras mujeres…, acto en el que tendré el honor de participar, junto a la autora.

5 comentarios:

Lauren Mendinueta dijo...

Qué difícil es Decirle siempre sí. Un abrazo y gracias por traerme estos temas

delarica@unav.es dijo...

un abrazo a ti

espero decirte algo del libro pronto

paisajescritos dijo...

Debe haber algo más que coincidencia. Habrá que indagar. En mi familia existe la misma tradición -o costumbre-, la de preparar la casa para la Navidad el ocho de diciembre. Fecha en la que también se escriben las tarjetas de felicitación. ¿?

Belnu dijo...

Gracias por la mención, Álvaro. Aunque la primera parte de la entrada me produce rechazo, por mi relación histórica con la Iglesia, cuando citas las escrituras y dices ese: "Pues vale más un día en tus atrios/que mil fuera./Prefiero estar en el umbral de la Casa de mi Dios/que habitar las tiendas de los impíos" y lo asocias a Ante la ley me parece de pronto luminoso. Los impíos. Alguien me dijo una vez que los impíos serían sólo esas partes oscuras de nosotros mismos, nuestra parte miedosa, débil, mezquina, insolidaria, un poco como "los inferiores" del I Ching. En la exposición de arte islámico -maravillosa- de Caixafòrum, se hablaba de eso en cierta forma. Y el otro día, un relato de Isabelle Eberhardt cuando vestida de hombre en un barco conoce a un hombre joven que sale de una cárcel italiana, condenado por haber matado a alguien, y dice: "La cárcel siempre es dura, y más en país de infieles."

delarica@unav.es dijo...

muy bonito eso de la Eberhardt, muy bonito