sábado, 5 de noviembre de 2011

Ser judío


Poco a poco voy descubriendo aspectos esenciales de mi modo de ser (judío). Por ejemplo, qué revelación tuve cuando caí en la cuenta de que shabat se extiende veinticuatro horas desde el viernes a las siete de la tarde. Por alguna razón mi cuerpo y mi mente, sobre esa hora del atardecer del viernes, caen en picado. No puedo hacer nada, limitarme sin más a estar, quedarme recostado en algún sillón. Antes, cuando era católico, tenía que esperar al domingo para parar y eso me descolocaba. El sábado no podía con mi alma y el domingo, con la inactividad general, la mucha comida del mediodía, la Misa, todo tiraba para abajo de mi espíritu. De ese modo pasaba dos días inactivo y creó recordar que Yhavé descansó un día sobre siete, no dos. Pero hablando de la adecuación de unas cosas con otras, quiero entrar en un segundo tema mucho más delicado. La primera vez que te amé sentí, y desde entonces siempre ha sido así, el modo en el que nuestras anatomías encajaban. No me refiero sólo a las partes íntimas, no. Todos nuestros cuerpos: desde la cabeza a los pies, los brazos, cada hueso, cada órgano sensible. Cuando he amado a mujeres – no son tantas pero sí las suficientes como para asegurar lo que te digo – no había forma de encajar. Dejemos de lado, insisto, los genitales, me refiero más bien a codos y a hombros, a rodillas que se me clavaban donde no debían a media noche. Contigo he podido permanecer abrazado horas: tu cuerpo era como un negativo del mío, y eso es una maravilla que no deja de asombrarme. Y el tercer punto. La tercera revelación que me hace entrar cada día a paso más decidido por la puerta abierta del judaísmo. He descubierto en Pirkei Avot un principio que jamás he leído en libro piadoso alguno (esos libros en los que el autor habla de todo y de nada como si "el buen Dios" mismo se le estuviera revelando a cada instante: "tienes que hacer esto, deja de hacer lo otro, etc"): dice que el derecho a decir sí a Yhavé es tan importante como el derecho a decirle que no; es más, que sólo si tenemos el segundo podemos hablar en serio del primero. Nunca entendí cuando me lo explicaban el concepto de libertad de los católicos: la capacidad de elegir el bien. ¿Y el mal? ¿Por qué tiene tan mala prensa entre esos aburridos? ¿No se dan cuenta de que son términos correlativos, de que el uno sin el otro carece completamente de sentido?

De los Apócrifos de Ravelstein, Saul Below (la traducción es mía)

2 comentarios:

Delphine dijo...

Il faudrait agrandir cet extrait que tu cites et traduis et le placarder sur chaque façade de chaque rue de chaque quartier de chaque ville de chaque pays de chaque continent. (bon, je préfère lire dimanche à Shabat, mais c'est une question de détail, pour le reste,j'adhère à 200%)
Je t'embrasse

delarica@unav.es dijo...

merçi delph, ça ne m´etonne pas de tout, merçi pour ta patience, je cherche le moment