jueves, 23 de abril de 2009

Notas para un diario 103

Mi amigo Danilo di Marco me había prometido que el domingo haríamos una excursión a Cividale, en el alto Friuli. Cuanto más le conozco, y a pesar de una ligera apariencia de caos que cultiva con esmero, veo que se trata de una persona muy formal y seria para todo aquello que merece la pena serlo. En realidad lo que me había dicho se resumía en lo siguiente: iremos a comer a una granja y te presentaré a mis amigos y beberemos mucho. Pues yo feliz. Son dos cosas que me encantan. Teniendo en cuenta los antecedentes familiares y vitales de Danilo, estaba deseando conocer a su gente. Y de la bebida, pues, no nos engañemos: a los vinos blancos del Fruili (especialmente un maravilloso tocay) también estaba deseando conocerlos.
Salimos en coche a las once de la mañana de Pordenone y nos dirigimos al norte, hacia las estribaciones de los Alpes austroitalianos: el paisaje en el camino es verde y plano, con tierras de cultivo, algunos pequeños asentamientos presididos por torres y campaniles que son los auténticos puntos de referencia de una tierra bellísisma. El río Natisone y una red de canales bajan caudalosos de la montaña y los sauces y castaños crecen poderosos en sus riberas. Hicimos una parada técnica (con un primer trago incluido) en Spilimbergo, una villa medieval que guarda algunos tesoros admirables: especialmente los frescos del siglo XIV de su iglesia-fortaleza. Nunca había visto una representación tan vívida de la escena de Susana y los viejos que aún hoy, cuatro días después, no logro quitarme de la cabeza.
Por fin llegamos a Cividale. Las vistas sobre las viñas del valle y la inmensidad de las montañas te dejan boquiabierto. Realmente se trataba de una granja: una casa de una sola planta con paredes encaladas, rodeada de animales de toda especie con pequeños espacios dedicados al cultivo de frutas y verduras. Un comedor sencillo empanelado de tablas de madera y con un inmenso hogar en el centro donde se asaban enormes trozos de carne. Las dueñas eran dos mujeres fuertes, rudas y muy de mando. Tenían la casa a reventar y nos habían preparado una mesa como para unas cuarenta personas. Había dos grupos, inicialmente: los amigos de Danilo de la zona de Udine, Gorizia, Treviso, antiguos luchadores contra el nazismo, partisanos e hijos y nietos de partisanos, y por otro lado los que veníamos del homenaje a Magris del día anterior. Fundamentalmente las gentes del Corriere della Sera y después algún profesor pimpollo tipo yo. A los diez minutos, no exagero, los puentes se habían tendido y nadie sabía quién era quien. Todos hablábamos, bebíamos y reíamos con la más absoluta naturalidad. A mi lado tenía un camionero de 1,90, pelo y barba rojiza, grandes ojos verdes y unas manos con las que podía haberme hecho picadillo, de nombre Vassili Pérez con el que hice amistad inmediatamente. Se pasó las cuatro horas que duró la comida sirviéndome de todo, especialmente vino, y contándome historias de partisanos y sus propias aventuras con el camión por el norte de Europa.
El menú fue tan exquisito como interminable. Voy a ver si me acuerdo de todo: empezamos con unos fritos de maíz con jamón, después unos tortellini con virutas de foie, luego unos gnocci como no he comido en la vida (las patatas las cultivaban allí), a eso le siguió solomillo de cerdo, unas chuletas con canónigos y, cuando creíamos que nos iba a dar algo pero veíamos un poco de luz al final de tunel, sacaron unas diez o doce bandejas llenas de salchicas de carne recién asadas con leña, con otros tantas fuentes de patatas fritas y de polenta (unos maravillos tacos de maíz batida típicos de la zona). En realidad todo era como un gran aperitivo para el plato estrella: los caracoles. ¡Nunca olvidaré esa salsa de trufa! Como os podéis figurar, y habiendo dicho que veníamos de Navarra, y que allí se comía bastante, tuvimos que emplearnos a fondo. Yo me había metido en el bolsillo interior de la chaqueta la imagen de un icono que había cogido en la iglesia de Santa María Formosa en Venecia: es la Virgen de la Consolación de Lepanto. Me sentía protegido contra cualquier clase de peligro. Era de esas situaciones en las que dejar algo en el plato es visto con muy muy mala cara. Con deciros que a pesar de que creo que bebí por los menos dos botellas de vino, apenas noté sus efectos.
El curso de la comida fue, digamos, irregular. Aquellas mujeres se multiplicaban para atendernos pero evidentemente estaban desbordadas. Si les pedías algo (más vino, agua, pan, queso para la pasta) te caía una bronca fenomenal. ¡Qué carácter! La gente se iba levantado y cogía las botellas de tapadillo. A uno que lo pillaron casi lo corren a gorrazos. Pero todo se desarrolló en un ambiente de gran cordialidad. Creo que a los partisanos les daban bastante más miedo aquellas dos que todo el ejército alemán. Por lo demás la gente pasaba el tiempo, entre plato y plato, haciendo cosas de todo tipo. Se podía uno levantar, ir a echar un cigarro con uno o con otro. Mi vecino de enfrente se pasó media comida leyendo, sin hacer caso a nadie. Vassili no paraba de hablar (me pidió perdón por una locuacidad que por lo visto se debía a las muchas horas que pasaba solo en el camión y a lo mucho que esto le daba para pensar en un sinfín de cosas que me transmitió una por una), así que yo mismo me levanté agotado varias veces. Paula ya no sabía como esparcir la comida por el plato para que no se notara que había dejado más de la mitad de cada ración. Como en el cole. El grupo del Corriere, casi todos eran de la sección de arte y fotógrafos, sacaron sus pinceles y se pusieron a pintar y retratar la escena a la acuarela.
Yo, además de bien comido y bien bebido, estaba feliz. Soy muy sensible a los ambientes y en aquel caos organizado percibí desde el primer momento una gran sencillez y un cariño fraterno.
Lo mejor de todo vino al final. Sacaron varias guitarras y todo el mundo se puso a cantar. Eran canciones de la guerra. Algunos se emocionaban al recordarlas, una vez más. Daba cosa ver a uno de esos tipos (como el de la foto de abajo) cantando con lágrimas en los ojos. Pero qué voces. Os aseguro que no desafinaban en una sola nota. Poco a poco los más jóvenes fueron integrándose en aquel coro y proponiendo canciones más recientes. Yo la gocé cuando empezaron con el repertorio de Francesco de Gregori y de Fabrizio de André. La verdad es que se quedaron asombrados de que Paula y yo nos supiéramos todas las letras de memoria. Fue lo que acabó por unirnos a todos en un ambiente increíblemente familiar. 
Nadie quería marcharse de allí. Alguien se despedía y al cabo de una hora te lo encontrabas cantando de nuevo a voz en cuello con un whiski en la mano. Reinaba entre todos nosotros una sensación de plenitud y abandono. La inmensa alegría de sentirse vivo, de haber luchado por aquello en lo que crees, la alegría de querer limpiamente a alguien. Casi se hizo de noche y aún seguíamos allí, hablando o en silencio, fumando, las parejas se abrazaban, mirando a las montañas, con la sensación en todo caso de haber participado en una gran fiesta improvisada e inolvidable.

3 comentarios:

molinos dijo...

"profesor pimpollo como tu" ....jajajajajajaja....no he podido leer más...jajajajajaja.

alfonso dijo...

Que envidia sana , gracias por compartir el momento , casi he disfrutado tanto como tu. Un abrazo

delarica@unav.es dijo...

podría haber dicho cultureta gafapasta, pijo con cara de no entender nada o cualquier otras cosa de las que piensas de mí