lunes, 21 de marzo de 2011

Notas para un diario 196

Como muy bien dice E.H. Gombrich al comienzo de su Historia del Arte, “we do not know how art began any more than we know how language started”. Yo en cambio sí sé dónde comienza para mí el Arte: precisamente en las páginas de esa historia escrita de memoria, en el exilio de Londres, por el sabio judeovienés, páginas que leí en un tórrido verano parisino a mis diecisiete años. En realidad no fui consciente hasta mucho más tarde, una mañana en la que, paseando por los pasillos alargados del Kunsthistorisches Museum, al observar algunos de los cuadros a partir de los cuales iba remontando una corriente de conocimiento histórico-artístico, se apoderó de mí una extraña forma de anamnesis. Peasant wedding, de Bruegel; Virgin in the meadow, de Raphael; los autorretratos de Rembrandt o Rubens; Prince Philip Prosper of Spain, de Diego Velázquez… Llegué por fin hasta uno de los extremos del ala correspondiente en el que, en una sala muy pequeña, un lugar de paso con forma de esquinero, me encontré delante del Autorretrato en el espejo de Francesco Mazzola, il Parmigianino. Fue un instante único y pletórico en el que reconocí todo lo que aquella lectura realizada años atrás, en la que se iban trenzando sabiamente los avances formales que han ido posibilitando una evolución en las distintas épocas y en las distintas tradiciones, había supuesto para mi formación, es decir, para la búsqueda dentro de mí de mi imagen propia. Al volver a las páginas del libro, ya en la habitación del Hotel Wandl, pude comprobar con sorpresa que la imagen del espejo, la gota que había colmado el vaso y había hecho rebosar mil y una sensaciones lentamente incoadas, no obstante no estaba entre las que Gombrich comenta del museo de su ciudad natal, tal y como yo hubiere en ese momento perjurado. Dí una y mil vueltas a mi viejo ejemplar, miré con estupefacción la imagen de Villa Medicis de la portada, intentando averiguar el quid de tan extraño suceso; casi se me ocurrió sacudir el libro como si esperara que de sus páginas se desprendiera un billete de papel con la imagen del joven de la mano envolviendo el invisible espejo en el que su rostro blanquecino quedaría fielmente reflejado. Pero nada caía del libro, ni subía a mi cabeza la resolución de aquel enigma que aún hoy continúa inquietándome. Yo sabía que había visto antes aquel cuadro, creía que había leído sobre él en el libro del viejo sabio; me había deleitado con la explicación del manierismo y sus formas extravagantes, alargadas, retorcidas se habían incrustado en mi mente para siempre. Si había ido reconocido en el paseo matinal varias obras aludidas en el libro, al llegar a aquella pequeña tabla por la que desde la "primera lectura" había experimentado una honda predilección toda la historia del arte se me había revelado súbita y oscuramente presente. Y ahora, en el momento de la escritura, no encuentro otro modo mejor de abordar un acercamiento al poema homónimo de John Ashbery que el relato de mi propia experiencia con el cuadro objeto de esa larga meditación poético-filosófica, un nuevo poema parmediano sobre el tiempo, el cambio y la incertidumbre; al fin y al cabo, si en algún comentario cabe un exceso narcisista no puede serlo en otro que en el estudio de un poema sobre un autorretrato.

P.S: Extracto del comienzo de un ensayo sobre Autorretrato en espejo convexo de John Ashbery que aparecerá próximamente en revisones 05.

1 comentario:

Manuel dijo...

¿Sabe una cosa? Mi cita favorita es una de Kahlil Gibran que dice:“Beauty is eternity gazing at itself in a mirror", ¡qué bonita manera de explicarlo!

Me encanta, de verdad :)