jueves, 19 de febrero de 2009

Dora Bruder 3 (y último)

19 de febrero. Día de mi santo. Beato, en este caso. Álvaro de Córdoba. ¿A qué no sabéis con lo que le tocó lidiar a mi patrono cordobés? Nada menos que con el Cisma de Occidente. A falta de una tiara, entonces había tres: el papa de Avignon, otro en Pisa, y el romano. Lo digo para los pusilánimes. Y para los que ven el final del cristianismo asomando a la vuelta de la esquina. Hemos salido de situaciones peores. Mucho peores. Gracias a que siempre hubo gentes, como Álvaro, que amaron por encima de todo la unidad. No soy santo, ni beato, precisamente, pero sí amo la unidad. O sea, lo que se opone a la uniformidad y al comunismo. Porque la unidad requiere libertad y consciencia. Pero lo dejo ahí, que no estáis para sermones, y yo tampoco la verdad.
Hay un pasaje en Dora Bruder, seguramente su climax, verdaderamente emocionante. Acaso responde a muchas de las cuestiones planteadas estos días. Si no es el climax, sí es su secreto más íntimo y radical. Modiano no cuenta apenas con datos de su protagonista. Hay momentos en los que apenas tiene nada. Se desespera, porque ve en esa ausencia un signo evidente de un enorme vacío. Un agujero negro que lo devora todo, que sume en la nada aquello que fue y que nació del amor de unos padres. (Sólo por eso para mí un rostro como el de la Bruder será siempre hermoso).
Todo se difumina, inevitablemente, en un estado intermedio e indiferenciado. El olvido. Es de noche, en invierno. Modiano está leyendo entonces Los Miserables de Víctor Hugo. Con la ingenuidad de quien desea encontrar una pista o un detalle en otra narración parisina de cien años atrás. ¿Lo logrará? En los libros quinto y sexto se describe una persecución nocturna. Javert acosa de nuevo a Jean Valjean y a la pequeña Cosette. Modiano reconstruye mentalmente, de la mano de Hugo, todo el camino, con un plano delante. En un momento dado, la realidad se pierde y, como en un sueño, Valjean se introduce en una parte imaginada de la vieja ciudad. Finalmente, los perseguidos escapan saltando un muro y atravesando un jardín. Es el jardín de un convento y, de repente, Hugo vuelve y dice que la pradera se sitúa en el número 62 de la calle Picpus. Se habían refugiado allí varias Órdenes acosadas por los revolucionarios. Modiano se cae de la silla en la que está leyendo: pero si es la misma dirección del jardín del Pensionado del que escapa de los asesinos, cien años después, Dora Bruder.
¿Una coincidencia? ¿un signo?¿una profecía?¿una revelación?
Digamos que se trata del poder anticipatorio y reiterativo de la literatura. Una experiencia única, para el que la ha vivido. Después de años de escribir a ciegas, después de años de escribir otras obras sin saber en realidad lo que buscaba, ni lo que estaba haciendo. Sólo entonces descubre lo esencial. Que lleva toda la vida trabajando para "captar, inconscientemente, un vago reflejo de la realidad". Que en ese momento, de la lectura y de su relato, se había acercado a la verdadera vida de Dora, superando las medidas convencionales de tiempo y espacio.
(La foto de los tejados de París es de Eugène Atget)

6 comentarios:

molinos dijo...

Felicidades.

Annie Leibowitz dijo...

felicidades,igualmente

alfonso dijo...

felicidades por tu santo , por entretenernos , guiarnos musical y literariamente durante estos meses, un abrazo muy fuerte

L.R. dijo...

Muchísimas felicidades!!!!
un bx fuerte
L.R.

José Antonio Calvo dijo...

Muchísimas felicidades en el día de su santo. ¡Un gran santo! Porque es santo, lo único que con el culto restringido a una iglesia particular o a una orden religiosa.

paisajescritos dijo...

Sobre el fin del cristianismo:
" -¿Cuando cree usted que estará acabada la Sagrada Familia?...
-Una catedral nunca es la obra de la generación que la inicia...es obra de tres o cuatro generciones, a veces de dos o tres siglos...
-¿Pero usted cree que dentro de dos o tres siglos todavía habrá religión?
Gaudí se quedó helado, estupefacto, mudo...
Pasaron muchos años, y un día Rusiñol acompañó
a la actriz Carmen Cobeño y a su marido, Federico Oliver, a visitar la Sagrada Familia, y con ese motivo los presentó a Gaudí. Oliver, evidentemente, le hizo la consabida pregunta:
-¿Cuándo estarán acabadas las obras del templo?
Gaudí, que para hablar castellano siempre utilizaba intérprete, le dijo a Rusiñol:
-Dígale al señor Oliver que la Sagrada Familia estará acabada, si Dios quiere, dentro de dos o trescientos años, aunque haya quien crea que entonces ya no habrá religión.
Esta vez fue Rusiñol quien quedó estupefacto y mudo".
J. Pla, Santiago Rusiñol y su época.
Felicidades rectificadas, que no racaneadas: veo que era tu santo, no tu cumple.