jueves, 15 de abril de 2010

Essays on reading Vila-Matas (Dublinesca, 7)

Para mi querido hermano Alfonso en su cumpleaños.

Sigo con mi lectura, de éblouissement en éblouissement. No siempre me deja tan extasiado como en aquella primera ocasión, pero… caray, hay momentos en los que me paro, detrás de una frase cualquiera, y me cuesta recuperar la consciencia (aquí consciencia e inconsciencia son, cuando menos, intercambiables). El lector, ante una obra así, presiente la literatura. Compruebo a cada paso aquello que reza en mi querido Fedro (88): Un lettré porte toujours en lui-même ses richesses (no me separo nunca de mi libro rojo de la colección Belles Lettres: el esclavo Fedro, en su humildad lúcida, me admira más cada día; te copio una sola frase kafkiana donde las haya, leía esta mañana al más puro azar: La société des chats sauvages s´étant mise à avoir faim, déchira son maître, et se partagea le cadavre (Fables, 121). Pues eso, que he seguido leyendo y admirándome, saciando un hambre y una sed que, la verdad, ignoro de donde me vienen. Ventrílocuo con voz propia. Seguramente, sí, es lo que me estoy encontrando. ¿Algo nuevo? No lo sé, todavía. Those are too big words, and I hate big words. He pensado mucho, por ejemplo, en lo que significa Nueva York. ¿En el libro? ¡qué va! ¿A quién le importa lo que algo significa en un libro? Un poema es un poema cuando es capaz de orientarnos, o sea de proyectar un significado más allá de él: Dublinesca plantea el significado de Nueva York, como Kafka planteó el de América, mucho más allá de sus estrechos y mortecinos límites literarios (la poesía verdadera está situada siempre en el límite de lo que es y de lo que no es literatura, dicho de otro modo: tiene que ver con ella pero no puede estar contenida por ella). La letra mata, o es que tengo que recordártelo a cada momento. No pienses que estoy enfadado. Sólo un poco excitado por los últimos acontecimientos. Nada más. Nueva York, entonces. Recuerdo un artículo de John Berger sobre Manhattan (acaso lo mejor que he leído en mi vida sobre la isla; quiero un ejemplar de la novela en francés para el bueno de John, creo que es de los que entendería bien este libro y vería en ella cosas que a mí se me escapan). Recuerdo perfectamente la primera frase (Como idea moral, como abstracción, Manhattan tiene lugar en la mente de todos) y la última (En la historia del capitalismo, Manhattan es la isla reservada para quienes están condenados por haber esperado demasiado) de ese texto bellísimo. ¿Quién decía aquello de que el poeta ideal (o sea, el poeta imposible) es aquel que sabe unir los principios con los finales? Sólo Dios puede hacer eso. Sólo Él domina el medio, lo que hay en medio, pero hay que reconocer que tiene sus profetas entre nosotros. Profetas de lo nuevo y de las revelaciones apocalípticas (ahora voy a eso, en Dublinesca; naturalmente que no se me ha pasado el guiño). Siempre me he preguntado porqué Eliot se fue de Nueva York a Londres, él que sabía más que nadie acerca de principios y finales. ¿Quiso llegar a Nueva York a través de la irrealidad y la niebla londinense? Quizás, pero nunca exploraremos lo suficiente esa tensión vanguardia/reacción en los happy twenties. ¿Y Duchamp? Hombre, de nuevo, valga la expresión, llegamos a la madre del cordero pardo. Duchamp en Nueva York, una tautología absurda. Me quedo con Duchamp en Cadaqués. Duchamp en el catálogo de Riba, forrándose a introducir ready-mades en su obra editorial (ay, Roberto, qué daño has hecho sin saberlo a tanto editor "talentoso"/autor de un catálogo; y es que no todo el mundo escribe como tú, la diferencia es sutil pero definitiva). Diga Ud. lo que quiera, pero ante una historia bien contada, ante una frase lograda, el mundo se detiene y si hace falta se pone de rodillas. Cuando el ventrílocuo se olvida de todo, fuera máscaras, y se echa a llorar, uno se queda acojonado. ¿Y si eso le cuesta a uno la vida? ¿Toda una vida? Y qué menos le va a costar, no body said it was easy…
Yo me emociono con esta novela, porque me parece un nacimiento, y una carta al padre, aunque me reservo el decir porqué (hay cosas que no son para espetarlas en público, por más que uno sea un descarado, que le importe un rábano lo que piensen los demás y todo eso). Este es un libro que da vida (no muerte), y bendito sea por eso. No digo nada más a este respecto, ya he soltado demasiado. Bueno, vale, voy a añadir algo, pero lo haré con palabras prestadas (quien tenga oídos que oiga): Es por consiguiente, en nombre del padre, un nombre embargado, parasitado, vampirizado por la cuasi literatura del hijo, en nombre de quien se escribe así esta increíble escena: como escena imposible del perdón imposible. Del matrimonio y la paternidad imposible. Pero el secreto de esta carta es que lo imposible, el perdón imposible, la alianza o el matrimonio imposible tal vez tienen lugar lo mismo que esta novela, en la locura poética de este acontecimiento denominado Dublinesca. Está claro, ¿no? Y por fin, para rematar la faena, no me resisto a subrayar una frase inconsútil de la página 141, una de las más bellas en las que se habla del final, o sea de la revelación que, más allá, mucho más allá de una pretendida postmodernidad insulsa, esta novela es: Vejez, enfermedad, clima gris, silencio de siglos. Aburrimiento, lluvia, visillos que aíslan del exterior. Fantasmas tan familiares de la calle Aribau. No hay que buscarle paliativos al drama de sus padres y al suyo propio, envejecer es un desastre. Lo lógico sería que todos los que ven declinar sus vidas gritaran de espanto, no se resignaran a un futuro de mandíbula colgando y babeo irremediable, y aún menos a ese brutal despedazarse que es la muerte, porque morir es rasgarse en mil pedazos que empiezan a desperdigarse vertiginosamente para siempre, sin testigos. En los tiempos antiguos, en las ceremonias nupciales de los judíos, las que describo con morosidad de enamorado en mi libro sobre K., se usaba la palabra apokalypsis para describir la parte en la que el novio levantaba el velo de la novia virgen, rito que tenía lugar (y que lo significaba por adelantado) inmediatamente antes de que se consumara el himeneo mediante la unión sexual. En la Pasión, justo después de la muerte del Cristo, el velo del templo se rasgó, se apocaliptizó, en un símbolo de unión marital de cielo y tierra. Morir es rasgarse, abriéndose a la única novedad.
P.S. Con esto último, sí que admitirás que me he pasado. Por cierto, recuerdo que en la carta al padre, al final, en una especie de genial rien ne va plus, el bueno de Franz se pone a escribir como si fuera su padre, impostando o imaginando una respuesta a sus preguntas y reproches, que jamás iban a ser respondidos por su padre. A diferencia de lo que me pasa a mí, es de los que nunca pudo dar las gracias por haber sido contestado, por habérsele hecho presente en su vida, aunque fuese con unas palabras de ánimo. Menudo drama. ¿no?
P.S. 2. La foto la he tomado prestada de la página web del autor en cuestión.

4 comentarios:

alfonso dijo...

acabo de recibir un mensaje de seur en el que me confirma que hoy me llega "el libro", que he comprado abrumado por tus comentarios, que mejor regalo me podías hacer?. Un abrazo para todos

delarica@unav.es dijo...

lo mismo para vosotros, que lo celebres como se merece! creo que el libro te va a encantar

el objeto a dijo...

Querido Álvaro, he ido leyendo tus Essays on.. Vila Matas, disfrutándolos por momentos, llevándomelos como quien se lleva un aroma después de un encuentro y dejando que lleguen, como suele pasar con tus escritos, a otro lugar diferente de la conciencia,
Y ¿qué significa rasgarse en mil pedazos mientras se es joven y se está vivo?- quería preguntarte...
Me gusta lo que haces con la literatura, y esos lugares imposibles en los que la sitúas y te sitúas,

Intentaré leerla pronto, con sus imposibilidades y destellos, gracias,
abrazo

delarica@unav.es dijo...

no te preocupes, ya sólo me queda uno final, serán Nine essays on reading Vila-Matas