martes, 26 de enero de 2010

FlashBacks

1. Mientras van pasando los días de enero, llenos de trabajo, quiero anotar aquí algunas lecturas últimas, que suponen otras tantas variaciones sobre cosas de las que ya hemos hablado, obsesiones mías, de las que nunca acabo de apartarme. En primer lugar, me alegra reseñar la reedición de los Cantos de Leopardi, en la versión de Nieves Muñiz (Cátedra Letras Universales, nº 418, 2ª ed. 2009). Merece la pena tenerla. Además de ser bilingüe, contiene un gran aparato crítico (500 páginas de notas, en letra pequeña). Por unos pocos euros. He revisado algunos de los cantos, que se encuentran entre los poemas mayores de todos los tiempos (El primer amor, El pájaro solitario, La noche del día de fiesta. El sueño, La vida solitaria) y he encontrado interpretaciones muy esclarecedoras de los versos más oscuros. Al detenerme en mi favorito, El infinito, descubro con asombro (¡cuántas veces lo habré leído sin caer en la cuenta!) que Leopardi también compara, en su poema, el yermo cerro del primer verso, o al menos la vista que se le abre desde esa altura, con un mar inmenso. De nuevo la aproximación semántica entre mar y montaña (como en Tsvietáieva). Y, para alegría de mi amiga M.G., tengo que reflejar también un pasaje recién encontrado del Hamlet (I,X), en el que aparece la misma asociación. Un fragmento bellísimo en el que el soldado Horacio intenta persuadir a Hamlet de que no persiga el espectro de su padre: "Pero Señor, si el os arrastra al mar o a la espantosa cima de ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las olas y allí tomase alguna forma horrible, capaz de impediros el uso de la razón…" Mar, montaña, metamorfosis, paternidad, locura, infinito. A Shakespeare y a Leopardi les hermana el sentido de la grandeza que ambos poseían.
2. Han salido, por fin, en un volúmen (Pararnos y mirar, Centro Cultural Generación del 27, Málaga, 2009), las traducciones inglesas de José Antonio Muñoz Rojas. Nada más tenerlo entre mis manos, me avalancé sobre la traducción, que nunca hasta ahora había leído completa, del East Cocker de Eliot. Os pongo una muestra de su belleza: "En ese campo abierto/si no nos acercamos demasiado, si no nos acercamos demasiado/en una medianoche estival, podemos oír la música/del caramillo y el tamboril/y verlos danzar alrededor de la fogata/la asociación de hombre y mujer,/danzando, significando matrimonio/un sacramento digno y conveniente". También contiene el libro cuatro poemas de Gerald Manley Hopkins (entre los que figura Carrion Comfort, Consuelo de la carroña, una cumbre de la poesía universal). He pensado en Hopkins estos días a propósito de lo que hemos hablado sobre el silencio de Dios. Nadie quizás, como este proscrito, ha compuesto palabras más luminosas sobre ese silencio, por ejemplo en el poema Nondum (Todavía no; por cierto, criatura de luz, que sepas que es un viático para impacientes, como tú o como yo): "Dios/ aunque a Ti elevamos nuestro salmo/no llega la voz del cielo que responda/A ti reza el pecador tembloroso/más ninguna voz de perdón replica/En caminos desiertos parece nuestra oración perdida/muere nuestro himno en un vasto silencio" (Esta traducción es de Susana Pottecher, y aparece en el excelente Imagen y palabra de un silencio, de Julio Trebolle).
3. Os acordáis que hablamos de una exposición Rothko/Giotto, que tuvo lugar en Berlín. Me acaba de llegar el catálogo. Magnífico. Hay varios textos impresionantes, especialmente el que Manuela De Giorgi dedica a los colores de la muerte en el Giotto. Ya hablaré de esto otro día. En otro de los textos (hay lectura para rato: son once en total), Regina Deckers ("The Aesthetical and Spiritual Experience of Mark Rothko´s Work"), recuerda, a propósito de esos cuadros, la inscripción del templo de Isis en Sais: "Yo soy todo esto, lo que fue y lo que será, y mi velo ningún mortal lo podrá apartar". Cuando Rothko afirmó que, sin saberlo, se había pasado la vida pintando templos griegos, conocía muy bien, en cambio, que en un templo nunca se remueve el velo. Que siempre hay un más allá, y que sus telas eran, más bien, las puertas y las ventanas de los templos. Buscaba la frontal, la superficie, el velo mismo. Decía que, en ese sentido, sus cuadros contenían espacio. La Capilla de Houston es la expresión máxima de ese afán. Pero más que un templo, Houston es la preparación para el templo. El templo del espíritu que somos cada uno de nosotros. Rothko también dijo que "cuando alguien lloraba delante de sus cuadros, es que estaba teniendo la misma experiencia espiritual que a él le había llevado a pintarlo". Seguramente.
4. A vueltas con la emigración. Me agota la xenofobia. He aprendido la hospitalidad, y la superioridad moral de quien vive sin miedo, en la Historia de la Guerra del Peloponeso. En España, en Francia, en Italia, en tantos lugares, algunos están histéricos y otros aprovechan para sacar lo peor de sí mismos. Los políticos no sabe ni lo que dicen. Pienso en una cosa que leí no hace mucho. Alguien se preguntaba de qué sirven los mapas, de qué sirve que en los sucesivos mapas de Europa se siga nombrando a los puntos que representan las ciudades, o los barrios de éstas con los mismos nombres de siempre. ¿Debería decir Belleville o ponerse al lado Arabia, figurar Lavapiés o sustituirse por Chinatown? En los EEUU esto lo vieron esto desde el principio, y nadie se rasga las vestiduras. Si la pregunta es si París (Madrid, Londres, Barcelona) sigue siendo lo que era, la respuesta es no, a Dios gracias. Nunca nada es lo que era.
5. En un acto en el Prado se recuerda a los que contribuyeron a salvar los cuadros del museo de los bombardeos de la aviación de Franco. Me alegro. ¿Qué valor tienen las obras de arte en tiempos de conflicto? En algún lugar de su Diario, Julien Green cuenta que, en plena ocupación alemana de París, un jerifalte nazi fue abatido por la Resistencia. Además de otras represalias contra personas (no recuerdo ahora las siniestras proporciones que establecían), los alemanes planearon destruir diez monumentos de la ciudad de la luz. Uno por uno. Sabían bien lo que les dolía a los franceses. Al final, la intervención del Embajador americano lo impidió. Entonces redoblaron las represalias personales.

2 comentarios:

Belnu dijo...

El punto número cinco me hace pensar en la destrucción de la biblioteca de Bagdad (y de la de sarajevo). Y en que la contemplación del arte y los libros son las pocas luces que nos quedan en medio de la oscuridad del mundo en los peores momentos, y en la guerra. Como ese joven poeta albanés al que yo entrevisté, que en la guerra descubrió el sufismo y leyó a todos los antiguos y eso le consoló de todas las pérdidas (incluso la pérdida parcial de esa biblioteca familiar maravillosa). También envidio tus lecturas y me avergüenzo de haber tenido la desfachatez de leer oscuramente a Leopardi sólo en italiano, sabiendo que me pierdo tantas cosas, aunque con esa emoción de lo que sólo puedes intuir, sospechar, vislumbrar, sobre todo gracias a los tonos luminosos que arrastran esos momentos suyos de melancolía y soledad reflexivas.
Envidio también tu trabajo, ahora que yo paso los días buscándolo sin encontrarlo, o buscando una vía que me permita resistir, intentando no perder la fe y estrujando la imaginación... sin poder escribir.

delarica@unav.es dijo...

gracias Bel por tu precioso comentario

tu libro sobre la guerra está también lleno de pequeñas luces, en medio del horror