domingo, 25 de octubre de 2009

Manuel de Falla

Al comienzo de Niels Lyhne de Jacobsen, el narrador cuenta que, tras el matrimonio de Bartholine Blider con el padre de Niels, ella, que había amado en su juventud la poesía, por culpa de la vida gris y rugosa de casada que le tocó llevar, acabó odiándola, y que entonces ya solo le quedaron sus sueños, adolescentes e inseguros. En concreto, dice lo siguiente: "El intento de liberación que aquello (la poesía) implicaba fracasó. Volvió a sumirse en los sueños, en los sueños de su juventud, pero había ahora una ligera diferencia, pues ya no mantenía una esperanza capaz de atraversarlos y, además, había aprendido que sólo eran sueños, seductores y lejanos espejismos que ningún anhelo en el mundo sería capaz de bajar a su tierra. Y, por tanto, cuando se abandonaba a ellos, lo hacía con turbación y a pesar de una voz recriminatoria en su interior que le decía que era como el borracho que sabe que su afición es perniciosa y que cada nueva borrachera son fuerzas que roba de su debilidad y añade al poder de su pasión. Pero aquella voz sonó en vano, pues una vida ebria, despojada del vicio alegre de los sueños, no es una vida digna de vivir. Al fin y al cabo, la vida sólo tiene el valor que le confieren los sueños".
Siempre me impresionó ese párrafo, y podría comentarlo durante horas. En él está contenida la sustancia de una de las mejores novelas del novecientos y, aún más importante, del ethos de varias generaciones de europeos, incluida la nuestra. Seguimos viviendo, también en el arte, en tiempos románticos; a mí de eso no me cabe la menor duda. Pero no quiero hacer ese comentario, por mucho que me tiente. Voy a otra cosa distinta. Me gustaría contar el historial de uno de mis primeros cuentos, y las extrañas circunstancias que lo han rodeado siempre. El cuento, como tantas otras veces, lo soñé del principio al final. De hecho, nunca escribo una pieza de ficción si no la he soñado antes. Así ocurrió en este caso: lo soñé estando en Madrid. Por aquel entonces, iba a menudo con los niños a un pequeño parque situado en el fondo de la calle de Manuel de Falla, entre las calles de Juan Ramón Jiménez y la de Rafael Salgado. Por ahí vive mi padre y allí mismo murió mi madre, en una ventana que da a los árboles de ese pequeño jardín. Aquella era una época dura para nosotros, aunque muy feliz. Me pasaba el día en los parques, entreteniendo a mis cuatro hijos. Procuraba, al tiempo que los atendía, lleno de aprehensión, leer poesía y seguir soñando. Era difícil y así se iban pasando los días, largos, melancólicos, inolvidables. Cuando me dormía, muy cansado y con una sensación agridulce de insatisfacción, soñaba a placer. Como el mundo del sueño parte de un modo inexplicable de los lugares que frecuentamos, y de lo que abunda en el corazón, un día soñé esto (sólo voy a reproducir el principio de esa historia):
Al tiempo que se incorporaba, miró el reloj: eran las ocho y cuarto de la mañana, la hora en la que, cada día, mientras él se desperezaba en la cama, su mujer atendía a los niños.
Los gritos de la pequeña le habían despertado. Aunque hubiera querido levantarse de inmediato, no fue capaz. Decidió esperar a ver si se callaba. Naturalmente no fue así y no le quedó otro remedio que ir a ver que pasaba. No era nada. La cogió en brazos y la estuvo besando un rato mientras la niña reía feliz. Al dejarla de nuevo sobre la cuna olió el intenso olor a pis al que no se acostumbraba. Acarició sus rizos dorados que se posaban suavemente, como pequeños pájaros, sobre la felpa azul claro del pijama, le dijo en voz baja unas palabras y salió del cuarto cerrando la puerta despacio. Mientras acompañaba el movimiento de subida de la manilla se dio cuenta de que había luz en la habitación de al lado. Al pasar por delante vio a su hijo mayor tendido sobre las sábanas.
No le dijo nada y se volvió a la cama. A través de la ventana, un cielo de color ceniza descendía sobre las casas. Entonces se metió más adentro entre las sábanas cubriéndose totalmente el rostro. Sintió un dolor intenso en las manos y una tristeza cerrada. Repasó mentalmente la lista de cosas que le quedaban por hacer aquel día que no había siquiera comenzado y se le escapó un suspiro.
Su mujer no estaba. La niñera tampoco vendría. Tendría que hacerlo todo él solo. Su mujer le había asegurado que era una buena chica y que jamás mentiría, que si no podía venir era realmente que no podía. Pero él se había enfadado mucho por el teléfono, al principio medio en broma hasta que acabó poniéndose como una fiera; al final acabó gritándole las cosas más desagradables e hirientes que se le ocurrieron. ¡Qué coño hacia ella fuera de casa, trabajando en fin de semana, la madre de dos criaturas! A mitad de conversación, antes de los insultos, su mujer le había dicho llorando que lo único que le pasaba era que le faltaba amor. Cuando colgó se quedó con aquello grabado y le pareció que en su vida todo iba a peor.
De nuevo se quedó adormilado hasta que notó una mano pequeña abriendo la suya. La angustia quedó momentáneamente disipada. Saltó de la cama, se puso la bata, preparó el desayuno, hizo las camas, sacó las ropa de los pequeños del armario y se lavó a toda prisa.
A las nueve en punto sonó el teléfono. Era Myriam desde París. Sin que a él le diera tiempo a decir nada, ella le pidió perdón y le prometió que nunca más iba a aceptar tener que irse de viaje, que hablaría allí mismo con su jefe, de verdad que lo sentía, que había llamado in extremis a su propia hermana y que le había suplicado que le ayudara a él con los niños a la hora de comer, y que ésta no sólo había aceptado sino que le había dicho que se los llevaría por la tarde al cine, así puedes estar tranquilo y dormir la siesta, no te preocupes que ella les baña y acuesta, porqué no llamas a Dani y os dais una vuelta, de verdad que no me importa, te juro que no sé que hago aquí, el trabajo no me importa nada, sólo me importáis tú y los niños, por favor no vuelvas tarde, y no te emborraches, yo llego mañana a las diez, a ver si puedes venir a recogerme con los niños, les encantará ver los aviones, si no, no te preocupes que me cojo un taxi, qué quieres que te regale, ¿me has perdonado?, un libro, no me has dicho aún qué quieres, veré si te encuentro algo, y yo, ¿qué me compro?…
Él no le pidió perdón pero le aseguró que irían al aeropuerto, sólo faltaba, le dijo que estaba deseando verla, mañana hablaremos, no tenía ningún derecho a hablarte así, no se te ocurra traerme nada, los niños te echan tanto de menos.
Una hora más tarde salieron los tres de paseo hasta el pequeño parque de la calle de Manuel de Falla, en un lateral de la Castellana. Nada más pasar la esquina de su calle vio a lo lejos su pelo rojo y su figura alta y bien conformada. No podía verle el rostro y por un instante temió que no fuese ella. Le saludó con la mano mientras los pequeños corrían hacia los columpios. Los niños son lo suficientemente pequeños como para no enterarse de nada, pensó. Hubiera deseado correr él también pero en cambio ralentizó el paso. De repente, se sintió avergonzado ante aquella chica que cuidaba otros niños en el mismo parque. Llevaba meses obsesionado con ella, deseando siempre encontrársela a solas. Se quedó de pie a su lado, columpiando los dos a los niños, rozándose los brazos, sonriéndose con ternura, la adolescente convertida de pronto en una mujer por la que tal vez hubiera merecido la pena perder la cabeza.
Pero el cielo vino en su ayuda: una gran nube negra se posó encima de los tejados más próximos justo en el momento en el que hubiera dicho una palabra de la que se habría arrepentido. Cayeron las primeras gotas, recogieron a los niños con rapidez y apenas se despidieron. Habría querido invitarle a tomar algo en cualquier cafetería. Sería poco rato, lo suficiente para preguntarle por tantas cosas que le interesaban de ella, de su carrera recién comenzada, de sus padres separados de los que le había hablado un día con toda la frialdad del mundo, de los dibujos que ella hacía, siempre en blanco y negro, como el que le había regalado un día y él había guardado en una cajón entre las cartas de amor de su mujer. Era una figura del tamaño de un puño dibujada a plumilla: una especie de boca de la verdad con un ojo de cíclope colgado de la comisura de los labios. Un día estuvo mirándolo fijamente, un largo rato, y le pareció que el ojo se desplazaba hasta el centro de la boca, quedándose situado como un espejo en la parte más carnosa. En realidad estaba loco de deseo por ella, más ahora que llovía. En ese momento pasaron mil cosas por su mente, los segundos parecían horas, sentía calor en el pecho y un sudor frío en las manos que intentaban evitar que los niños se metieran en los charcos que se iban formando a gran velocidad por todas partes.
Con una mezcla de pena y alivio la había mirado alejarse, como tantas otras veces, incapaz de decir nada, hundiéndose cada vez más en esa apatía en la que se encontraba desde hacía más de dos años.
Se dirigió hacia casa donde le esperaba su cuñada. Los niños andaban callados y arrastraban los pies por el agua. Ya no estaba tan seguro de que no se enteraran de nada. Miró su cabellos, sus manos pequeñas, sus zapatos empapados y se sintió muy unido a ellos y al mismo tiempo alejado a una distancia infinita.
La comida fue tranquila y al poco rato los niños, felices con su tía, estaban de nuevo en la cama. Ana, la única hermana de Miryam, lo había recogido todo y después se había tumbado frente a la televisión, donde al poco rato se quedó completamente dormida.
Tenía entre las manos el lazo blanco de su hija pequeña. Pensó en lo mucho que se parecía a su mujer y en el modo en el que sin quererlo formaba parte de su vida. No la deseaba pero había algo en ella que le atraía con fuerza. Se recostó de muevo en la cama con un único pensamiento fijo: la niña del parque.
Copio sólo hasta aquí. Es una historia larga, sin demasiado interés y, según me doy cuenta al recopiarla ahora, muy influida por mi insistente lectura de los cuentos de Raymond Carver. Ayer, de madrugada, recordé esa vieja historia, y me asombré al comprobar la importancia que algunas de las circunstancias, sobre todo ese pequeño parque madrileño, han tenido después en el desarrollo de mi vida. Pero esa es otra historia distinta, conectada con ésta pero en el fondo mucho más luminosa y de la que no quiero hablar.

6 comentarios:

María dijo...

Me gustaría seguir leyéndola... (si me dejas, algún día).
Mary.

delarica@unav.es dijo...

cuando quieras

María dijo...

¡Gracias! :) Have a wonderful sunday afternoon.

Belnu dijo...

Es que dan ganas de seguir leyéndola. Es curioso, también yo hablaba de los sueños y de cómo me alivia recordarlos, sobre todo ahora que no escribo

delarica@unav.es dijo...

y ame había fijado, sí muy curioso la verdad, cuando he leído tu entrada, he pensado que ignoramos el sentido de casi todo lo importante que sucede a nuestro aldededor: si estuviéramos más atentos

Belnu dijo...

Sí, la atención de la que hablaba Simone Weill