jueves, 11 de febrero de 2010

Notas para un diario 155


Hace tiempo que no publicaba ningún fragmento de las cartas de mi amiga poeta y mística (a la que por cierto, siempre identifico con el trabajo fotográfico de Francesca Woodman, de la que traigo aquí este autorretrato realizado a la sorprendente edad de dieciséis años). La razón es muy sencilla: hacía meses que no recibía ni una palabra suya (de hecho estaba preocupado por ella) . Quizás no me las manda porque no le hizo ninguna gracia que incluyera en el blog los dos fragmentos que publique en su momento. Nunca he sabido si le molestó que lo hiciera, y mira que se lo pregunté varias veces. Pero a ella no le gusta hablar de cosas concretas ni responder a preguntas directas. Como ya dije, está casada, tiene dos niñas pequeñas, y vive en un país del otro lado del charco, perdida en una ciudad muy pequeña, en parte vive muy cómoda pero en parte soporta condiciones muy duras, de las que por razones evidentes no puedo hablar aquí; desconozco si es feliz o no, entre otras cosas porque sus criterios no son los normales y ordinarios. No sé si dije que era catalana. Por fin, ayer, a mi vuelta de un viaje a Madrid, del que hablaré si me quedan fuerzas en unos días, recibí una nota suya. En este caso no era una carta, propiamente dicha. Era la hoja arrancada de una agenda pequeña. Sin ningún contexto ni comentario. Una hoja cuadrículada. Algunas letras estaban medio borradas, la tinta corrida, aunque el contenido puede leerse íntegro. En un momento, hacia la mitad, me menciona, por lo que pienso que de alguna manera sigo siendo para ella una referencia (que nadie se confunda, es de esas personas que dice te quiero a mucha gente, pero eso no significa lo que puede parecer, y menos en este caso: es muy amiga de mi mujer desde hace años, nuestra relación ha sido exclusivamente de amistad, y no conozco a una persona más recta y limpia que ella). No tengo ni idea de en qué lío se ha metido ahora, pero me lo puedo intuir, a partir de lo que dice y de lo mucho y bien que la conozco. Habla de un hecho que le ha marcado o dolido, pero no me dice de qué se trata. A pesar de que es algo muy incompleto, y puesto que me encanta como escribe, con qué desgarro sereno, con qué valor, reproduzco aquí el fragmento tal y como lo recibí anoche. Todo sea que me la cargue, pero me voy a arriesgar porque creo que me lo agradeceréis: Me han arrancado el corazón, y lo necesito. ¿Cómo voy ahora a querer a nadie, especialmente a J. y a las niñas? Ahora odio a todo y a todos. Sólo siento odio. No me queda nada que darles. Ha pasado apenas un día y cada vez es peor. Noto que la angustia sube desde el fondo de mi ser, y lo va invadiendo todo. La angustia hace su trabajo implacablemente. La nada. El vacío sube desde lo más bajo y me ahoga. Me empieza a costar que pasen los segundos. Conozco esta sensación depresiva, y la temo tanto. Me ha producido, alguna otra vez, tal devastación, que lloro sólo de pensar lo que me aguarda para las próximas semanas, meses, quizás años. El tiempo no avanza. Se congela. Y me deja helada. No sé que hacer. ¿A quién se lo cuento? "Cuéntamelo a Mi" A veces no sé ni donde sentarme. Ni que decir; ni que escribir. Arranco cada palabra (éstas mismas que estoy garabateando, y que acaso sean las últimas que escriba) con gran esfuerzo. Cada palabra que escribo es una palabra menos que me queda. La angustia trae el silencio, pero es un silencio oscuro, tenso. Lleno de vacío. Al, dime qué voy a hacer cuando ya no me queden palabras. ¿Cómo voy a decirte, a escribirte, que te quiero? Cuándo llegue ese momento, la nada habrá obtenido su victoria definitiva. Lo único que sé es que donde antes había amor, ahora no habrá nada. Ley y Nada. Aniquilación. De-creación. Y la nada crecerá, engulléndome primero a mí. Después a mi escritura; más tarde devorará toda mi vida y a toda mi familia. Tengo pánico y no sé a quién o a qué acudir. No quedará nada de nada. Piedra sobre piedra. Soledad. Dolor. Angustia. Dolor en el pecho. Dolor. Muéstrate Madre. (Mi amiga no tiene madre: así que supongo que está llamando a su madre muerta; pero en realidad no sé seguro a quién llama).

5 comentarios:

madison dijo...

Siempre es un placer leerte, hoy más.
Buenas noches

delarica@unav.es dijo...

gracias! me alegra lo que me dices

delarica@unav.es dijo...

mañana publicaré más, de esto mismo, por una cosa que acabo de recibir en el mail

el objeto a dijo...

querido Álvaro, es brutal este post. Primero, por supuesto, por lo que tu amiga es capaz de cernir, de asir con sus palabras, ese encuentro con la nada, ese restar de las palabras. me ha impresionado su lucidez, su claridad, sí, como tú bien dices al inicio, es algo místico. La obra de F. Woodman quizá también de cuenta de ello.
Segundo, tu pulsión de entender, de saber, tu torsión singular con el lenguaje, que hace que este gesto impúdico de copiar algo tan íntimo aquí, se "sienta" justificado.
Sé de qué silencio habla tu amiga, de ese al cual ya no sigue nada. Yo creo que sólo es combatible con sus propias palabras, con un cierto esfuerzo de escritura, es decir, unas palabras que no hagan simplemente cadena ignorando el vacío, sino rodeándolo y poniéndole límites, domesticándolo para que deje de acecharla y sorprenderla.
en fin, sobran casi todas las palabras que aquí he escrito,
abrazos

delarica@unav.es dijo...

gracias; el trasfondo ese es tan terrible que yo sé que no habla por hablar, que ha estado a punto de callar para siempre, y que hubiera llegado un momento sin palabras
sé que si dice eso así es que la nada casi se la come
por eso mismo me ha hecho más ilusión recibir ayer otro texto: eso quiere decir que, al menos por el momento, no se ha muerto (espiritualmente, anímicamente, me refiero)