martes, 16 de febrero de 2010

John Berger,1

A la vuelta de Madrid, tuve una larga conversación telefónica con una amiga veneciana. Tenemos algunos empeños de investigación comunes, que espero que fructifiquen en los próximos años. Su vida, en este momento, es bastante ardua. Desde hace años, cuida de su padre, anciano y enfermo. Lo cuida con un amor que sale de ella, pero también con un amor que ha recibido como un don. Lo cuida con atención (una palabra que a ella le encanta). Apenas puede moverse de su lado, y lleva así al menos diez años. Es una persona muy viva, llena de proyectos (en este tiempo se ha casado con un hombre maravilloso), y constantemente tiene que renunciar a una parte de ellos, hasta el punto de que no ha dudado nunca en comprometer eso que llamamos "futuro profesional". Su padre está antes que eso, más arriba, más en el fondo de lo que a mi amiga de verdad le importa. Pero, aunque nunca lo reconozca (tiene una elegancia moral que yo calificaría de principesca), la situación le hace sufrir, primero por su padre, segundo por su esposo y, después, muy en tercer lugar, por ella misma. El otro día me contaba algunas cosas de lo dura que se está poniendo la situación últimamente. Entonces le cité una frase que había oído, apenas unas horas antes, en la performance que John y Katya Berger habían realizado en el Museo del Prado. La frase es la siguiente: "Somos los precipitados de aquello que nuestros padres no pudieron olvidar". Me contestó algo que más o menos era esto: "Sí, Álvaro, yo pienso lo mismo; yo no olvido que si vivo es por que mis padres en su día tuvieron un sueño. Un sueño de amor". Sueño y olvido. "El sueño es creativo, y el olvido corroe, penetra, conserva, reduce a polvo." Fue hablando con mi amiga, un día después de oírlo, cuando entendí el alcance de esas palabras privadas que una hija le dice en público a su querido padre, hablando de arte pero también, de una forma muy british, del sueño que aquél compartió un día (o fue una noche) con su madre, la señora Andreadakis, el sueño que le hizo a ella posible, real, que le hizo estar viva (para ver, para pensar, para amar). "Olvidar es viajar a la esencia de lo que permanece", añade, en ese diálogo in coelis, la pequeña/gran Katya. Y su padre, menos elípticamente de lo que parece, le pregunta: "¿Se parecen las nubes del óculo al olvido?" Sí, sí se parecen. Yo recordé entonces el verso de Jouve: Están perdidas todas las moradas. Se han perdido los logros de la nubes. Sueño, olvido, nubes, un óculo en una habitación renacentista. La mirada del hombre tumbado en una cama, al lado de la mujer que ama, con la que ha soñado la vida de otros, pero también el ojo de Dios que mira, con amor condescendiente, como le gustaba imaginar a Nicolás de Cusa.
Recapitulemos por un instante: En el Palacio Ducal de Mantua, Luis de Gonzaga hace construir para su mujer la habitación esponsal más bella del mundo. Le encarga a Mantegna la decoración. Tarda el pintor de Isola di Sopra once años en terminar. Pinta las paredes y hasta las puertas y las cortinas. Pinta una falsa cúpula, un óculo, con putti, con ángeles, con nubes y rostros tan enigmáticos y bellos como los del detalle que he seleccionado. Alguien, en una escena, entrega una carta. ¿De amor? Pinta paisajes, llenos de ruinas y de edificios en construcción. Juega con todo, y sobre todo, con la representación. Y con los exempla antigüos. El resultado es indescriptible, pero, seiscientos años después, un padre y una hija, se quitan unos zapatos toscos (a mí me parecen las botas del cuadro de Van Goch), se tumban ante 450 personas, en el auditorio del mejor museo del mundo, y se ponen a dialogar. Sobre el olvido. Sobre el sueño. Sobre el matrimonio, en una reproducción de la Sala degli Sposi.

11 comentarios:

sara dijo...

Una hermosa y estremecedora historia... Un abrazo.

Lauren Mendinueta dijo...

Querido Álvaro, quería primero agradecerte el comentario que has dejado en mi última entrada. Por su puesto, puedes reproducir el texto. Recuerdo que antes de escribir el prólogo ya te había comentado el miedo que sentía. La grandeza de Juan Ramón me hace sentir ese mismo miedo hoy.
"Somos los precipitados de aquello..." sí, somos el sueño de nuestros padres (a veces la pesadilla) y como en el soneto de Borges: "ya somos el olvido que seremos". Memoria, sueño, testimonio y olvido, poco más. Un abrazo

Henohenomoheji dijo...

Esperaba con interés tus comentarios sobre la perfomance de Berger & Berger en El Prado, un escenario magnífico. He visto un breve extracto aquí:

http://www.elcultural.es/videos/video/443/ARTE/John_Berger_performance_en_el_Prado

Una hermosa idea la que comentas: ser el sueño de otro, un sueño de amor. De no tener esa seguridad nuestra vida sería un derroche.
Y también la ritualización de ese sueño que hacen Berger e hija, 600 años después… Es como escribir en un palimpsesto.

Saludos.

delarica@unav.es dijo...

gracias Sara, me alegro de que te lo parezca

delarica@unav.es dijo...

Querida Lauren, gusto de oírte. Lo traeré aquí enseguida, porque es estupendo, y además lo comentaré. Lo de la pesadilla, no lo dirás por ti…
Puestos a citar a Borges, sobre el olvido, recordás este: La meta es el olvido/Yo he llegado antes
Gracias por todo!

delarica@unav.es dijo...

Gracias amigo: me gustan mucho todas las cosas que dices: el derroche, el palimpsesto,…Gracias!

paisajescritos dijo...

Envidia sana, Álvaro. Debió ser estremecedor. La sensatez y mesura de este hombre extendida sobre el suelo. Me lo imagino como un desayuno en la hierba, aunque debió parecer más la charla matrimonial mirando al techo, a la lámpara como intérprete en la íntima conversación, con las manos bajo la nuca, antes de apagar la luz. La mezcla impresionante: yo que cuando pienso en Berger pienso sobre todo en fotografía, me he llevado una grata sorpresa al ver las imágenes de mi querido Mantegna. Habrá más entradas sobre Berger, ¿verdad?

madison dijo...

Me ha emocionado lo que has escrito.
Y tambien te he envidiado imaginando esa escena.
Un saludo

delarica@unav.es dijo...

gracias a las 2
sí, escribiré algo + sobre esto

Belnu dijo...

Una suerte estar allí. Y también imagino cómo debe de ser esa otra suerte, que yo no he conocido, aunque como sabes, yo puedo ya bendecir mi infortunio (disfortuna, me gustaría más decir), porque de ahí ha crecido un árbol inmenso, que empezó como simple enredadera.
Es extraño cómo ocurren las cosas y lo que significan y lo distinto que es siempre todo de ´como un día lo imaginamos... o casi todo.
También una suerte leerte

delarica@unav.es dijo...

gracias Isabel, por tus palabras, ya sabes que es mutua la necesidad y el gusto de leernos el uno al otro