viernes, 16 de julio de 2010

Combray (166)

A mi amiga María Pertile, en la pérdida, en la ausencia presente.

Combray, entonces, ¿es una o muchas cosas a la vez? Por cierto, ya he comentado antes aquí que me encanta la palabra cosa, y más ahora que he aprendido que cosa tiene una relación etimológica directa con el término causa (en francés, la derivación es casi inmediata): tener una cosa es tener una causa, y nunca podría estar mejor aplicado que a la frase inicial de esta entrada. Combray, ¿tiene una o muchas causas? Proust describe la sensación famosa justo como un plaisir délicieux qui m´avait envahi, isolé, sans la notion de cause. Curioso desapego. El placer, la sensación de placer, ¿puede o no aislarse en su instantaneidad, en su puntualidad? ¿Tiene, por decirlo así, una vida propia o depende de otras cosas/causas, cosas que la preceden, acompañan y prolongan? Vaya por delante que lo más antitético que existe con mi personalidad, y mira que me han insistido en esto a lo largo de mi vida, es ese modo de estar en la vida que pretende no dejarse llevar lejos ni en las alegrías ni en las penas. Ni muy feliz en las alegrías, ni muy triste en las penas. Moderación, siempre moderación. ¡Qué horror! Perdóname un momento, majetón, antes de que sigas. Vamos a ver: creo que estás confundiendo, desde el principio de este cacao, dos nociones, la de la felicidad con la del placer, lo que equivale a mezclar la tristeza y el dolor. Creo que deberían distinguirse esos cuatro estados del alma, ¿tú no? Sí, y no. Digamos que son realidades que se entrelazan. En realidad, más que la dimensión psicológica de la cuestión, a mí lo que me interesa ahora es el plano estético, la plásticidad impura. Algo que tiene que ver con la vivencia del tiempo. Y con las transformaciones. Pongamos el ejemplo de una foto, como esta, maravillosa, de Jean Moral. Es una, pero contiene muchas, sugeridas por las imbricaciones de los rostros. En su fijeza, las formas se mueven y se transforman. Cubismo puro, claro. Un rostro son muchos rostros, una relación son muchas relaciones. Aisladas, estáticas, no significan nada. Todo es mezcla, intercambio, coupage, proyección. Combray es la felicidad de la infancia, recordada desde una madurez que anhela la eternidad. Como el amor entre un hombre y una mujer. Como Jano. Como una cena es inolvidable porque para gozar de ella hay que recuperar la felicidad del pasado, vivirla intensamente en el presente y lanzarla hacia el recuerdo próximo o lejano. Pasado, presente y futuro en un buen plato, en un verso o en una foto. Cada cosa contiene todo lo que ha sido, y se abre a lo que está porvenir. Cielo e infierno son las palabras integradoras por excelencia. Ianua Caeli, Ianua Inferni. (Jano del Cielo, Puerta del Cielo). Ahí está todo para siempre, pero orientado en un caso hacia el amor, en el otro hacia el odio. Pura mezcla, con unos sentidos opuestos e irreconcilables. Purgar es aprender a integrar, a alegrarse con todo, a salir de la depresión. Escribir también lo es, o debería serlo. Por eso, ayer, cuando leí el cuento El té de Proust de Norman Manea (recién editado en Tusquets, con el conjunto de sus historias breves), volví a pensar en todo esto. ¿Un anti-Proust? Quizás lo pretenda, pero no hace más que darle la razón. Unas presas, víctimas del horror totalitario, toman una bebida caliente. ¿El té de Proust? La respuesta está en la descripción de algo que mojaban en ese agua sucia: las pastas sabían a jabón, a barro, a robín, a piel quemada, a nieve, a hojas, a lluvia, a huesos, a arena, a moho, a lana mojada de oveja, a esponjas, a ratones, a madera podrida, a pescado, tenían el sabor único del hambre, del hambre (p. 46)

2 comentarios:

María dijo...

Vaya "chulada" de foto,Al!!!
Segun como mires a los retratados, parecen esculturas pétreas o rostros(bustos)atravesados por el mar...
Un abrazo fuerte.

delarica@unav.es dijo...

una pasada!