miércoles, 12 de mayo de 2010

Tierra de Angeles

Anoche vi una película sueca, candidata al Oscar a la mejor película extranjera (2005), que se titula En tierra de ángeles. La traducción del sueco, creo, sería literalmente Así en la tierra como en el cielo. Y cuánto mejor refleja esta fórmula el contenido de la cinta. Un director de orquesta, de fama internacional, sufre un colapso en plena actuación musical. Su corazón se ha debilitado, y decide renunciar a su carrera de éxito. No le importa demasiado. Al contrario: está harto de vivir la música de un modo, competitivo y elitista, que no concuerda con sus más íntimos sentimientos. Anhela una música interior, del corazón, una música liberadora y libre. Decide retornar al norte, al pequeño pueblo en el que creció. A pesar de que no tuvo una infancia feliz (huérfano de padre, inadaptado en el colegio), escoge ese lugar para recuperarse. "He venido a escuchar", le dice al pastor del pueblo, cuando se encuentran a su llegada. Un buen día decide pasarse por la Iglesia, y entrar, en plena actuación del coro parroquial. Uno de tantos coros como hay en el mundo, cargado de buenas intenciones. Le piden que lo dirija y, sin gran entusiasmo por su parte, decide hacerlo. Se da cuenta de que la música, en realidad, ha sido creada para todos, para la gente normal y corriente. Al menos, la música tal y como él la concibe. Lo que empieza siendo casi una casualidad, acaba por convertirse en una experiencia extraordinaria (religiosa, en el fondo). El coro se convierte en una familia, unida por lazos invisibles, irrompibles, espirituales. Los lazos del amor, del perdón, de la comprensión mutua, de la solidaridad profunda. Los cantantes se abren al resto, y lo que es más importante y difícil, se abren a sí mismos. El coro, y cada uno de sus componentes, adquieren vida propia. Nadie es excluido. Sólo aquellos que con su intolerancia prefieren quedarse fuera, prefieren afirmar su propia imagen, vivir del prejuicio y la sospecha, juzgar al resto. De entre las muchas verdades teológicas que se entrelazan en esta bella historia, me quedo sobre todo con la que refleja su título original. Así en la tierra como en el cielo. O sea, que entre la tierra y el cielo hay un vínculo más estrecho de lo que a veces pensamos. Lo que es bueno aquí, allí es bendecido. Y a la inversa. El reino de Dios está entre nosotros. No lo malbaratemos con una visión estrecha y raquítica.

9 comentarios:

Francis Black dijo...

No hacer lo que no quieres que te hagan.

Parece simple pero yo no hay día que no me lo salte.

Icíar dijo...

Parece una recomendación, que voy a ver.

Si lo hubiera leído de otra persona .... hubiera torcido el gesto, por eso del riesgo a "pasteleo". Pero viniendo de ti (no me olvido que te califican de bruto), el gesto vuelve a su sitio.

frikosal dijo...

Sin ánimo de ofender, siento discrepar. La película seguramente logrará transmitir un estado de ánimo especial y un deseo o una sensación de amor fraterno, que incluso llega a intuirse en tu breve descripción.

Pero a mi se me hace muy complicado pensar que en la realidad el reino de Dios esté entre nosotros. No quisiera volver a plantear el problema del origen del mal pero yo, mire por donde mire, veo un mundo presidido por la ambición, el afán de poder y el egoísmo.

No puedo creer en un Dios que sea simultáneamente omnipotente y bondadoso, a no ser que acepte que su plan es demasiado complejo para mi entendimiento, pero con esta hipótesis podría explicarse cualquier cosa y por tanto debo rechazarla.

De ser creyente, que no lo soy, tal vez pudiera llegar a tener fe en diversos dioses que gobernasen el mundo, en el que en ocasiones se darían momentos presididos por la bondad. Como los de esta película.

Desde mi distante punto de vista, un cordial saludo.

delarica@unav.es dijo...

Gracias a los tres.
Francis B, pensamos muy parecido, creo. Frikosal, ¿ofender? ¿por qué? Muchas gracias por tu comentario

Francis Black dijo...

Leer, una experiencia teológica

Por otra parte, aunque hemos olvidado en gran medida esta experiencia de, este suscribir por, una presencia verdadera es la fuente de la historia, de los métodos y de la práctica de la hermenéutica y la crítica, de la interpretación y del juicio de valor en la tradición occidental. Las disciplinas de la lectura, la Idea misma del comentario y la interpretación estrictos, de la crítica textual tal como la conocemos, deriva del estudio de las Sagradas Escrituras o, más precisamente, de la incorporación y desarrollo en dicho estudio de prácticas más antiguas de la gramática helenística, la recensión y la retórica. Nuestras gramáticas, nuestras explicaciones, nuestras críticas de textos, nuestros esfuerzos para pasar de la letra al espíritu, son los herederos inmediatos de las textualidades de la teología judeocristiana y de la exegética bíblica de la patrística. Lo que hemos hecho desde el escepticismo enmascarado de Spinoza, desde las críticas de la Ilustración racionalista y desde el positivismo decimonónico, es tomar prestada moneda corriente, inversiones vi- tales y fianzas del banco o del Tesoro de la teología. De la teología hemos sacado nuestras teorías sobre el símbolo, nuestro uso de lo icónico, nuestro idioma de creación poética y del aura. Son estos préstamos de terminología y referencia contraídos con la teología los que dan por resultado que haya lectores magistrales en nuestro tiempo (como Walter Benjamin y Martin Heidegger) con su licencia de habilitación para la práctica. Hemos tomado prestado, y traficado, y hecho calderilla de las reservas de autoridad trascendente. Muy pocos de nosotros hemos hecho imposiciones a título de devolución. En sus puntos claves de discurso e inferencia, la hermenéutica y la estética de nuestra civilización secularizada, agnóstica, hay un acto más o menos consciente, más o menos comprometido de ratería (y es este apuro lo que hace resonante y tensa- mente iluminador el comentario de Benjamin sobre Kafka o el de Heidegger sobre Trakl y sobre Sófocles). ¿Qué implicaría reconocer, incluso devolver estos préstamos masivos? Para Platón, el rapsoda es aquel que ha sido poseído por el dios. La inspiración es literal: el daimon penetra en el artista, dominando y yendo más allá de los límites de la persona natural de éste. Buscando un reaseguro para la imperiosa tiniebla, para el gran estallido en lo desordena- do en sus poemas, Gerard Manley Hopkins no se apoyaba ni en la percepción de unos pocos espíritus elegidos ni en la autoridad pedagógica del tiempo. No sabía si su lenguaje y su prosodia serían comprendidos alguna vez por otros hombres y mujeres. Pero esa comprensión no era de la esencia. La recepción y la validación están, decía Hopkins, en Cristo, «el único crítico verdadero». Tal como ha sido desarrollado en Clio, el análisis y descripción del acto completo de la lectura que allí hace Péguy, de la lecture bien faite, sigue siendo lo más incisivo, lo más indispensable con que contamos. En ese análisis se encuentra la afirmación clásica de la simbiosis entre el lector y el escritor, la generación colaborativa y orgánica del significado textual, de la dinámica de la necesidad y de la esperanza que teje el discurso a la respuesta revitalizante del lector y «reminiscente». En Péguy los derechos de propiedad y la lógica del argumento son explícitamente religiosos; el misterio de la creación artística, poética, y el de la recepción vital, nunca son del iodo seculares. El siniestro sentido de blasfemia que hay en todo acto primordial de creación, de ilegitimidad frente a Dios, habita en cada movimiento del espíritu y de la composición en la obra de Kafka. El hálito de la inspiración contra el cual el verdadero artista trataría de cerrar sus aterrados labios, es el de aquellos vientos paradójicamente animados que soplan «desde las regiones inferiores de la muerte», en la oración final de «Graco, el cazador». Esos vientos tampoco son de origen racional, secularizado.

Fuente:http://www.ddooss.org/articulos/textos/George_Steiner.htm

delarica@unav.es dijo...

La verdad es que me sorprende Ud.
Conozco muy bien ese texto, que he leído con frecuencia.
Gracias por traerlo a estas páginas.

delarica@unav.es dijo...

Me gustaría enviarle algún libro mío, si me indica adónde debo dirigirlo.

Francis Black dijo...

Ya me los comprare, los tengo localizados , pero gracias.

delarica@unav.es dijo...

gracias, amigo