miércoles, 7 de diciembre de 2011

De nuevo Bergounioux


Los libros de Pierre Bergounioux funcionan como una hélice, nunca mejor dicho en este caso. Tienen siempre un rotor central, en un sistema giratorio que va desde el centro hacia fuera, y parten de un eje sobre el que después se trazan innumerables círculos. El mecanismo, quizás heredado de la novela faulkneriana concéntrica, produce aire fresco, desplazamiento hacia delante e incluso, como ocurre en un helicóptero, una vertiginosa propulsión hacia arriba. En este caso el centro es una foto, la instantánea que un caza alemán toma de la cola instantes antes de derribar un avión de guerra norteamericano, en concreto un avión Boeing modelo 17 letra G, y de ahí el enigmático título de esta novela-crónica-meditación publicada por Alfabia (2011). En algún momento de su juventud el narrador vio una película en la que aparecía esa imagen que quedó grabada en un espíritu como el suyo, al tiempo analítico y contemplativo. ¿A partir de qué juego macabro alguien graba ese último instante, el del impacto, de un avión a punto de desplomarse sobre la tierra llevándose consigo la vida de sus tripulantes? Se trata sin duda de una necesidad técnica (la de poder estudiar más tarde los ángulos de impacto) pero no está exenta de una obligación de valoración moral. Tampoco los aparatos destruidos eran precisamente aviones de salvamento. Son inmensos bombarderos, pájaros de la muerte que dejan caer a toneladas la metralla sobre territorio enemigo. A partir de ahí, con esa forma helicoidal ya mencionada, Bergounioux va describiendo magistralmente (acaso sea éste su texto más logrado) los innumerables aspectos de la cuestión abordada: de la mecánica aeronáutica a los uniformes de los aviadores, apenas un puñado de adolescentes, más “carne de cañón”, y sus vidas imaginadas en un acto de profunda empatía con ellos, la inserción de todo eso en la Segunda Guerra Mundial, en la historia de la guerra y de la humanidad, la civilización que ha producido tales ingenios voladores junto a la mayor carnicería humana que quepa imaginar. El combustible que hace girar la pluma-hélice del autor es la palabra. Lo explica así: “Las palabras tienen un sentido preciso e inexplicable. Porque están aparentemente talladas en el aire, porque las respiramos como si fueran inmateriales, algo cercano a lo imponderable, muy dúctiles, dóciles; que bien pareciera que aquello que designan no pudiese, por contaminación o por simpatía, ser encerrado en la dura realidad de las cosas, sino que son ligeras, maleables, un poco lo que uno quiere”. Sobre las palabras la literatura, aquí sobrevolada por la poética del gran Faulkner, el que mejor comprendió la sintaxis narrativa, el modo circular en el que había que acercarse a la anécdota. Faulkner, Hemingway y Kant, pero también Pierre Michon que responde, como si fuera un personaje en un diálogo platónico, a su amigo en un epílogo magistral. Michon, Bergounioux, Echenoz, Quignard, Delay, otra gran generación de escritores de Francia.

3 comentarios:

JML dijo...

Michon, Bergounioux, Echenoz, Quignard, Delay... una alineación fantástica, todo un lujo para la literatura francesa. No hay nada comparable en nuestras letras, Justo Navarro, quizás, o Menéndez Salmón...

Saludos

delarica@unav.es dijo...

querido amigo, gusto de oírle, yo añadiría vila-matas y menchu gutiérrez y estoy muy atento a valeria luiselli que me parece extraordinaria también

JML dijo...

Ya sabes, estimado Álvaro, que esto de las listas o los catálogos es una tarea improductiva por lo que tiene de infinita. Por cada uno que se nombra quedan diez en el tintero, pero coincido contigo, Vila-Matas tal vez sea no sé si el mejor, pero sí el más europeo de nuestros escritores. A Menchu Gutiérrez y a V. Luiselli no he tenido ocasión de leerlas aún. Todo se andará.
Un placer también para mí saludarte... y leerte.