lunes, 9 de junio de 2008

Notas para un diario 29

Fin de semana en el mar. Llegamos a Denia el viernes por la tarde, cenamos y dormimos en el barco. A la mañana siguiente navegamos por un mar bastante encrespado y difícil. Con sorpresa, iba comprobando que no me mareaba, cosa que agradecí para no dar el día al resto de los argonautas (cuarenta y ocho horas más tarde, ya en casa, sigue la cabeza dándome vueltas: creo que lo llaman "mareo de tierra"). Recalamos en una bahía protegida del viento donde nos bañamos en una agua azul esmeralda. Con un pequeño bote de remos exploramos algunas oquedades en la roca. Pusimos pie a tierra en una pequeña playa de cantos rodados y blancos. Cogí uno para una persona que lo está pasando mal y que no me podía quitar de la cabeza. Me parecía injusto estar yo disfrutando, dadas las circunstancias. Las mujeres prepararon una comida a bordo que resultó ser un auténtico festín. Después, recuperamos sueño mecidos lánguidamente por las olas en aquella cala. Dormí dos horas enteras. La vuelta fue tranquila. El mar estaba en calma. Ya en tierra, me extasío ante la montaña que protege el puerto. Imposible no pensar en la Sainte Victoire, la gran mole de piedra de las afueras de Aix-en-Provence que obsesionó a Cézanne de por vida. Con Paula feliz y guapísima a mi lado, mis queridos hermanos empeñados en atendernos con una hospitalidad de otro tiempo, pensé lo mismo que Peter Handke ante aquella montaña con la que el Montgó está estrechamente emparentada. Fascinado por los tonos malva de la piedra dolomítica, pensé sólo en una cosa: "¡Cuántas posibilidades en el momento presente! ¡Cuántas personas a las que amar! ¡Cuánto que entregarse y aprender de los demás!"


(Fotos: el Montgó al atardecer y Paula en Maitía, con el Montgó al fondo. La foto la tomé yo)

1 comentario:

Jan dijo...

Tia Poli qué guapa! No hay nada como descansar! Me alegro mucho de que lo hayais pasado fenomenal, haber so otra vez coincidimos! Un beso muy fuerte! Jan