lunes, 11 de abril de 2011

El futuro del amor

Para Eydilion, por sus comentarios

El amor trasciende siempre, es el agente de toda trascendencia en el hombre. Y así, abre el futuro: no el porvenir que es el mañana que se presume cierto, repetición de variaciones del hoy y réplica del ayer; el futuro, la eternidad, esa apertura sin límite a otro tiempo, a esa otra vida que se nos aparece como la vida de verdad (…) El amor es el agente de destrucción más poderoso, porque al descubrir la inadecuación y a veces la inanidad de su objeto, deja libre un vacío, una nada aterradora al principio de ser percibida. Es el abismo en que se hunde no sólo lo amado, sino la propia vida, la realidad misma del que ama. Es el amor el que descubre la inanidad de las cosas, el que descubre el no-ser y aun la nada. El Dios creador creo el mundo por amor, de la nada. Y todo el que lleva en sí una brizna de este amor descubre algún día el vacío de las cosas y en ellas, porque toda cosa y toda cosa que conocemos aspira a más de lo que realmente es. Y el que ama se fija en esta aspiración, en esta realidad no lograda, en esta entelequia aún no sida y al amarla la arrastra desde el no-ser a un género de realidad que parece total un instante, y que luego se oculta y aún se desvanece. Y así, el amor hace transitar, ir y venir entre las zonas antagónicas de la realidad, se adentra en ella y descubre su no-ser, sus infiernos. Descubre el ser y el no-ser, porque aspira a ir más allá del ser; de todo proyecto. Y deshace toda consistencia.

María Zambrano, en "El amor en la vida humana".

sábado, 9 de abril de 2011

Nicolas Bouvier

Me adentro con paso tembloroso en la vida y en la obra de Nicolas Bouvier. Curiosamente sentí una emoción parecida cuando descubrí el trabajo de Bruce Chatwin. Digo curiosamente porqué no puede haber escritores, o mejor dicho personas, cuyas vidas sean más distintas de la mía: ambos fueron nómadas, enemigos de la teoría, gente en fuga a la búsqueda de sí mismos. Yo soy pascaliano, partidario de salir lo menos posible de la propia estancia y a día de hoy sigo convencido de que los viajes decisivos son los interiores. Pero los extremos se tocan, es verdad, y prueba de ello es la profunda atracción que siento ante semejantes retrouvailles. Bouvier era suizo ginebrino, nieto del rector de su prestigiosa universidad e hijo de un bibliotecario amigo de Thomas Mann, de Hesse, de Zweig, de la Yourcenar, y de tantos otros que pasaron por la ciudad y requirieron de su inmensa diligencia con los libros. Educado en la tolerancia, el rigor y un cosmpolitismo auténtico, tuvo como tutor universitario al gran Jean Starobinsky, quien reconocería años después que fue un alumno pleno de talento y una pérdida sensible para la academia. Pero Bouvier apostó por la vida, decididamente. Antes de los veinte años, con su amigo del alma, el pintor Thierry Vernet, a los mandos de un ya legendario Fiat Topolino se fue a ver el mundo: Italia, los Balcanes, Anatolia, Afganistán, Ceilán, etc. De ese viaje salieron dos libros inmensos: L´usage du monde y Le poisson-scorpion (cara y cruz de un mismo viaje iniciático, podemos leer ambos en castellano gracias al buen ojo editorial de Albert Padrol, cofundador de ese milagro que es Altaïr). Bouvier estuvo seis veces en China, pero apenas escribió unas pocas páginas sobre la ciudad de Xiam. Su pasión fue el Japón, al que dedicó un libro de crónicas muy celebrado.
En aquel primer grand tour viajaron con lo puesto: lápices, abundante papel, una cámara de fotos y, ojo, con Les Essais de Montaigne. Je peins pas l' être, je peins le passage… la frase del bordelés la llevaba Bouvier tatuada en la piel. Personaje fascinante, libre, abierto de verdad al mundo, con una zona oscura asomando siempre por encima de su hombro, algo que aún no sé qué es. Apenas he comenzado a leerlo pero he podido comprobar que era antes que nada un virtuoso del idioma. Su prosa es taumatúrgica, lo contiene todo a la vez: ligereza y gravedad, precisión evocadora y una rapidez contemplativa que sabe hablar de lo importante, distinguir entre lo que tenemos delante de los ojos, al alcance de la mano, observar y acariciar la materia prima que nos rodea y que nos hace y deshace a cada instante. He pedido a mi querida librera bayonesa el ejemplar de Quarto en el que se recoge el conjunto su quintaesenciada obra. Pega pero que muy bien con la música de Bach, así que será para mí una lectura pascual.

jueves, 7 de abril de 2011

Estragos del calor

El otro día mencionaba yo que el calor me apartaba de la religión. Y que me sentía cerca de la gente que se encaraba a veces con Dios. Leyendo anoche El pez escorpión, un relato fascinante del escritor suizo Nicolas Bouvier, del que hablaré mucho en los próximos meses, leo esta frase entresacada de su encuentro en Ceilán con un viejo padre jesuita: Soy el padre Álvaro – volvió a decir la voz quintinosa - con más de ochenta años, cincuenta de los cuales he pasado al servicio de la Compañía. Nadie ora aquí. Yo puedo afirmarlo mejor que cualquiera. No se puede, el cielo está demasiado cargado, el aire es demasiado pesado, no funciona. Incluso nuestros jóvenes con todo su entusiasmo… hacen todo por aplicarse, pero cuando veo sus caras falsamente satisfechas, me doy cuenta de que fingen. Cada año los enviamos a Ampitya, nuestro seminario en las colinas situado a dos mil pies de altura, para que de nuevo se encuentren un poco con Quien hablar. Sin esta tregua no lo soportarían. Este clima, como usted ha comprobado, no favorece las convicciones bien afianzadas. Yo hace muchos años que no subo, pero a mi edad se soporta mejor esta soledad. Durante mucho tiempo creí en Dios, ahora le corresponde a Él creer en mí…

La foto está tomada por Manel Armengol en Eunate, Navarra (1989)

miércoles, 6 de abril de 2011

La casa y los libros



Conservar los libros es conservar las huellas de mis lecturas. No son objetos fetiche, no los atesoro ni los venero; los retengo para poder volver sobre mi trabajo (Martin Kohan)

martes, 5 de abril de 2011

Notas para un diario 202 (Autorretrato en superficie)

Si tomamos como primera referencia el Retrato de un joven de Parmigianino que está en el Louvre (c. 1520), podemos afirmar que el recurso a la convexión era una constante en su arte a esa altura de la vida. Existen dos autorretratos suyos, dibujos a la sanguina en los que también había intentado este efecto, siempre en el contexto del propio rostro (muy especialmente, por ser indiscutida su atribución, hay que destacar el conservado en el Louvre, Départament des Arts Graphiques, inv. 6542). El modelo tiene la misma mirada que el cuadro de Viena, sobre una superficie acuosa. Por otra parte, aquel Retrato de un joven, sólo cuatro años anterior al autorretrato en espejo convexo, indica una madurez sorprendente (el pintor frisaba la veintena) y una especial delicadeza de orden claramente espiritual (tiene un enorme interés, ajeno a estas páginas, la comparación técnica de todas estas obras, y especialmente del autorretrato vienés con el último retrato de Parmigianino, Autorretrato con sombrero rojo). El pintor busca al comenzar la década de los veinte el equilibrio alma-rostro, reflejar por medio de la mirada juvenil, del gesto de la cabeza reposando en la mano hospitalaria, del color tenue de la piel, del cabello y de los ojos, la serenidad de un ser pleno de una belleza por lo demás andrógina, no del todo definida sexualmente, pero no obstante asentada con tal perfección interior que refleje un equilibrio anímico. En un tiempo en el que la cuestión de la imagen del hombre sigue todavía en evidente relación ideológica con la cuestión de la imagen divina, de la que es reflejo y semejanza, no cabe descartar del horizonte interpretativo dicha dimensión espiritual, desarrollada a fondo en la obra de Nicolás de Cusa (cf. por ejemplo los Diálogos del idiota). No cabe tampoco obviar, al menos en el caso de los autorretratos de Parmigianino, la presencia del mito de Narciso. Ashbery es particularmente sensible a esta fuente literaria. No creo que lo esencial sea, en este punto, la conexión del mito señalada por Alberti (Tratado de la pintura) con el origen de la pintura. Podría ser más bien que aquellos pintores fascinados con su imagen (Durero especialmente pero también Parmigianino) fueran transitando hacia la búsqueda de un autoconocimiento cada vez más autónomo de un conocimiento en paralelo de Dios, caminado con paso firme hacia una recuperación más genuina del ideal agustiniano noverim me, noverim te (o la intuición de lo divino a través del auto-conocimiento). El instrumento del espejo contribuye materialmente a este fin en la medida en que permite observar a placer la propia imagen en la superficie plateada y acuosa del espejo; pero, a diferencia de lo que ocurre en el mito griego, la superficie ahora está asegurada frente a posibles alteraciones naturales y permanece al alcance de la mano que lo empuña. Las únicas variaciones vienen marcadas por la forma del espejo (convexión, concavidad) y por las variaciones de la posición de la mano respecto de la luz y de la cara. Los pintores se afanan por investigar en todas las direcciones. Esta tendencia tiene un sesgo inmanente (el movimiento que describe empieza y acaba en el interior del hombre), pero también manente, es decir que es lo reflejado por sí mismo, un rostro, una mano, sin dejar de ser imagen in speculo, lo que nos habla de sí mismo. Y esta conexión está también apuntada en el poema por las repetidas alusiones en el poema de Ashbery a la nada superficial superficie:

But your eyes proclaim
That everything is surface. The surface is what´s there
and nothing can exist except what´s there…
(79-81)

And just as there are no words for the surface, that is,
No words to say what it really is, that it is not
Superficial but a visible core,/then there is
No way out of the problema of pathos vs. experience.
(92-95)

P.S. Quinta y última parte de un ensayo sobre Autorretrato en espejo convexo de John Ashbery que aparecerá próximamente en revisones 05. El cuadro es de Caravaggio (c. 1598)

lunes, 4 de abril de 2011

Notas para un diario 201

Cómo brillaba la luna sobre nuestra cama en el dormitorio de vía Sardegna, y el aroma de glicinas entraba por las paredes. En mi sueño, un sueño muy concreto que tenía a mitad de los años veinte, no era la luz de la luna sino la voz de mi esposo la que me despertaba. Ahora, dice, levántate, ven. Y eso, adónde, digo, en mitad de la noche? Ven, repite mi esposo, y ya ha salido de la cama. Lo sigo, primero al vestíbulo, después al salón. Pero está distinto, cambiado, los muebles son otros. Aunque mi esposo no dice ni una palabra más, sé que tiene la intención de quitarse la vida y que espera de mí que le acompañe en la muerte. Pero, por qué, pienso, acaso no somos felices, acaso no nos queremos? Mi esposo me mira serio, se acerca a la ventana y aferra mi mano. Habrá sido, pienso, todo una gran equivocación, sólo yo feliz, en absoluto tú, iré contigo, por supuesto, si quieres. Pero esos pensamientos me aterran, y me resisto, quiero vivir, nunca había deseado tanto la vida. De que estemos tan cerca de la ventana deduzco que mi marido tiene la intención de que saltemos, él y yo, una forma de morir que siempre me ha parecido especialmente desagradable. Pero sé que al darle el sí en el altar también le di el sí a nuestra muerte. Sí, sí, sí, digo, aunque me parezca terrible, aunque me duela morir tan joven. En el último y desesperado sí me despierto, estamos en la cama y nos cogemos de la mano. A la mañana siguiente no me atrevo a contarle el sueño, no lo hago hasta que empieza a repetirse, tras la segunda o tercera vez. Tenemos largas conversaciones al respecto, quién tiene la culpa de mi sueño, si el soñador o su materia, y mi esposo se opone con energía a mi intención de atribuirle la culpa. Pero estoy convencida de que en él, incluso o ya desde los tiempos felices, habitaba una poderosa voluntad de muerte, y cómo iba a poder abandonarme, si nos sentíamos, nos percibíamos como un único ser.

Marie-Louise Kaschnitz, Lugares, p. 143.

sábado, 2 de abril de 2011

Notas para un diario 200 (El triunfo de la vida)

Al maestro E V-M en su 63 cumpleaños

"Let the wind blow against the perfect flowers" (Ernst Dowson, The Garden of Shadow), o algo así era lo que me salía implorar ayer cuando el termómetro marcó en Pamplona los 28 º. Me siento viejo. Soy sólo un comentarista y prueba de ello es que después de tres semanas encerrado escribiendo estoy desecado. Recordé cómo no a mi Manolo Altolaguirre y su deslumbrante "quisiera curarme la vejez como se curan del invierno los árboles, lo mismo que el arrugado ceño de los montes recobra su verdor en primavera" (Rubor). No estoy hecho para el calor, y menos si aparece prematuramente. Nada aparta de mí la religión como el calor; también me aleja de la sensualidad, soy así de raro. Ayer fue el día en que se perdió la primavera. Por eso pensaba una vez más que lo más necesario de todo es la paciencia. Pathos contra experiencia. En su magnífico ensayo sobre Kafka en El canon occidental, pedazo de libro, Harold Bloom escribe que toda la obra de Kafka apunta en una dirección: hacer del Dios de los judíos una persona más paciente. Siempre me ha impresionado que alguien quiera o exija algo de Dios, cosa que no resulta absurda en la tradición judeocristiana. Encararse con Dios puede ser una forma muy humana de tratarle. A Dios le gusta lo humano. Y jugar con los hombres y reírse con ellos. Saray se río de Él cuando les anunció que se iba a quedar encinta a los noventa años (Jan Provost lo insinúa en su bella tabla de 1520, puedes picar en la foto para verlo). "Una vieja como yo. Si no tengo ni la regla". Si se río fue en parte por miedo; bien sabía como se las gastaba Dios con los que ama. En uno de los pasajes más bellos de toda la literatura occidental, el canto octavo de los Proverbios (Mislé) de Salomón, se narra el matrimonio de Dios con la sabiduría (por cierto, después de tres capítulos enteros, 5º, 6º y 7º dedicados al adulterio). ¡Qué cosas se dicen en esos versos! Ahí sí que se habla de "lo irreductible", el concepto sobre el que, para el Bloom del Canon, no el otro, gira todo Kafka. "Yahveh me poseyó al principio de sus andanzas, con anterioridad a sus obras, allí estaba yo… y cuando actuó también estaba yo… junto a El como artífice permanecía yo, y cada día hacía sus delicias, jugando ante El todo el rato, jugueteando con su globo terrestre (el De ludo globi del Cusano que pronto editaré en mi modesta colección de libros), y divirtiéndome con los hijos de los hombres… Feliz el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día (como el campesino ante la puerta de la ley), guardando las jambas de mis entradas. Quien continúa así, ha hallado la vida…" Recuerdo con melancolía que siendo adolescente, casi niño aún, yo también quería saber (tenía amor a la verdad). Mucho después vino, con la náusea del conocimiento, el sentido de la enfermedad. No como medio de conocimiento, como dijo Mann en su conferencia-ensayo sobre Freud en el que habla de todo esto, sino como triunfo de la vida (Shelley). Creo que por eso canta Leonard Cohen, en I´m your man, aquello de que Poetry is just the evidence of life. If your life is burning well, poetry is just the ash.