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lunes, 28 de junio de 2010

Notas para un diario 162

Esta mañana, nada más levantarme, después de abrir los ojos y rezar, he escuchado varias veces a mi adorado Battiato, y su interpretación magistral de la Canzone dell´amore perduto de Fabrizio de André; es como desayunar dos tazas de melancolía: creo que este acto reflejo se ha debido a que mis tres hijos mayores están dando tumbos por Europa. Por una parte, me alegra que descubran un mundo, a la edad en que yo lo hice, pero, por otra, lo llevo mal, siempre he llevado mal el hecho de que el tiempo pase, de que los niños crezcan, de que la vida siga su curso imparable y de que yo me quede solo. Pensaba que la vida es como un cigarillo, que se enciende con un fuego que le viene de fuera, se consume con un destello más o menos brillante, fugaz siempre, casi instantáneo, y acaba en puras cenizas que se dispersan con la primera brisa de la tarde. Como dice Florence Delay, en el vídeo que os pasé el otro día, en el que habla de Mes cendriers, lo curioso de la religión cristiana es que, en su timing, primero vienen las cenizas (la muerte) y después el fuego (la resurrección). Nadie me negará que para creer eso se necesita una fe del tamaño de un grano de mostaza. ¿La tengo yo? ¿La encontrará el Cristo cuando vuelva sobre la tierra? Y en todo caso, ¿a quién le importan ya esos cuentosdevieja? A mí, por ejemplo.

Estoy a gusto sola en la oscuridad. Estoy a gusto en la habitación oscura, me basta la poca luz de la calle, y el cigarrillo, la chispita de vida. Qué bien vio esa dimensión del cigarro y del fumar la Kaschnitz, como lo vio Florence. Fumar un cigarillo es como tener, mientras dura, la vida entera entre las manos, y poder contemplarla a placer.

Te estoy oyendo…, "¿chispita de vida?", sí, pero fumar mata. Joder, y escalar montañas, y bucear, y volar, y los toros, y amar, y la poesía (mata de hambre) y las motos. Vivir mata. Ya lo sé, además, justamente, se trata de eso, se trata de las cenizas, de acostumbrarse a vivir entre las cenizas. Ashes in the mouth. Life is just ashes in the mouth. Todo esto me recuerda que quería recomendarte un clásico de la interpretación literaria. Yo soy muy malo recomendando libros. Pero, ¿no te dedicas a eso? En absoluto. Cada vez que alguien me pide un libro (algo que me distraiga…), se me corta la digestión. A ti no me importa recomendarte un libro, porque formas parte de mí, la mejor parte además. Me refiero al Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim. Lee lo que escribe sobre la Cenicienta, sobre Hansel y Gretel, o sobre Caperucita Roja, y te verás reflejada ahí como en un espejo roto. Ahora me doy cuenta del sentido que están teniendo las últimas entradas de este blog. Eres tú. Tu vida, vista como un cigarrillo que se consume.

Todo esto es un poco rebuscado y autorreferencial y oscuro, ¿no? Pues depende como se mire: yo lo veo más bien como una escala dei, como la de esta foto, una escalera amplia y bien iluminada, con libros apilados en los descansillos. Yo, lo que sí diría es que me encuentro en un ejercicio permanente de narcisismo. Qué mal se ha entendido este término por regla general. No hay nada peor que un lugar común lingüístico. Intento enseñarlo cada año a los alumnos pero, en la mayoría de los casos, es perfectamente inútil el esfuerzo. Ir a los diccionarios, les digo. Yo lo he hecho esta mañana. He buscado en media docena de volúmenes de antropología, de alquimia, de teología e historia de las religiones, la voz ceniza. He encontrado algunas perlas. Ya te lo contaré. Pero, lo que de verdad me ha impresionado, en el Cirlot, es como se aproxima el poeta al mito de Narciso. Te lo recopio entero: "Joachim Gasquet concibe el mito de Narciso no como una manifestación primordial del plano sexual, sino del plano cósmico, y dice que el mundo es un inmenso Narciso en el acto de pensarse a sí mismo, por lo que Narciso es símbolo de esa actitud autocontemplativa, introvertida y absoluta". Genial. El mundo entero como un cigarillo que se consume despacio a la vista de alguien.

lunes, 4 de abril de 2011

Notas para un diario 201

Cómo brillaba la luna sobre nuestra cama en el dormitorio de vía Sardegna, y el aroma de glicinas entraba por las paredes. En mi sueño, un sueño muy concreto que tenía a mitad de los años veinte, no era la luz de la luna sino la voz de mi esposo la que me despertaba. Ahora, dice, levántate, ven. Y eso, adónde, digo, en mitad de la noche? Ven, repite mi esposo, y ya ha salido de la cama. Lo sigo, primero al vestíbulo, después al salón. Pero está distinto, cambiado, los muebles son otros. Aunque mi esposo no dice ni una palabra más, sé que tiene la intención de quitarse la vida y que espera de mí que le acompañe en la muerte. Pero, por qué, pienso, acaso no somos felices, acaso no nos queremos? Mi esposo me mira serio, se acerca a la ventana y aferra mi mano. Habrá sido, pienso, todo una gran equivocación, sólo yo feliz, en absoluto tú, iré contigo, por supuesto, si quieres. Pero esos pensamientos me aterran, y me resisto, quiero vivir, nunca había deseado tanto la vida. De que estemos tan cerca de la ventana deduzco que mi marido tiene la intención de que saltemos, él y yo, una forma de morir que siempre me ha parecido especialmente desagradable. Pero sé que al darle el sí en el altar también le di el sí a nuestra muerte. Sí, sí, sí, digo, aunque me parezca terrible, aunque me duela morir tan joven. En el último y desesperado sí me despierto, estamos en la cama y nos cogemos de la mano. A la mañana siguiente no me atrevo a contarle el sueño, no lo hago hasta que empieza a repetirse, tras la segunda o tercera vez. Tenemos largas conversaciones al respecto, quién tiene la culpa de mi sueño, si el soñador o su materia, y mi esposo se opone con energía a mi intención de atribuirle la culpa. Pero estoy convencida de que en él, incluso o ya desde los tiempos felices, habitaba una poderosa voluntad de muerte, y cómo iba a poder abandonarme, si nos sentíamos, nos percibíamos como un único ser.

Marie-Louise Kaschnitz, Lugares, p. 143.

viernes, 13 de febrero de 2009

Dos sensibilidades

Para L.F.
Recibí carta de una coetánea, decía: todos vivimos en el corredor de la muerte, nadie nos visita, no podemos salir de aquí, sólo esperar hasta que nos recojan, y la plataforma ya está construida en el patio. No comprendo a la mujer que escribe la carta, sé que he de morir, pero no me siento encerrada en una celda. Oigo los ruido salvajes y violentos de la vida, siento el sol y el granizo en la cara. La edad no es un calabozo para mí, sino un balcón desde el que todo se ve más distante y más preciso. Desde el que, en ocasiones, uno cae herido por el rayo o desmayado por un mareo, pero no porque todo sea oscuro y solitario, sino porque el sol resulta demasiado poderoso.
(De Lugares, de Marie Luise Kaschnitz)
(En la foto, Kristin Scott Thomas)

martes, 10 de marzo de 2009

Soledad y matrimonio

No estoy a gusto sin mi esposo, le sigo extrañando tras quince años tanto como el primer día. Vivir sola me gusta, me agrada dar vueltas por la casa, miro al patio o más allá, hacia los álamos, me embriaga el silencio. Tengo miedo al silencio, giro el botón que le dará sonido a mi radio, oigo incluso los anuncios, los oigo, no los escucho. No necesito conversaciones, sino voces, dejo que las voces ajenas llenen mi casa, puedo trabajar mejor, hace menos frío. Porque tengo muchos amigos, la gente me considera de carácter sociable, en realidad soy una eremita, estoy a gusto en compañía y al final renuncio con gusto a toda compañía. Hago escaso uso del teléfono, la idea de vivir sin él es pavorosa, sin conexión, sin buenas tardes, buenas noches. Estoy a gusto sola al aire libre, ir al teatro sin acompañante me entristece, ver una película sola me parece la cima de la melancolía. Recibo las buenas noches de los presentadores de televisión, estoy feliz de verles desaparecer cuando finaliza la emisión, cuando llega la oscuridad, estoy a gusto sola en la oscuridad. Estoy a gusto en la habitación oscura, me basta la poca luz de la calle, y el cigarillo, la chispita de vida.
(El texto pertenece al libro Orte, Lugares de Marie Luise Kaschnitz)
(En la foto aparece la escritora Annemarie Schwarzenbach. Acaba de aparecer en minúscula su último libro Todos los caminos están abiertos)