Solamente he hablado en este blog de tres asuntos que tenían que ver directamente con la política. La razón es muy simple: la política me aburre soberanamente, aunque he aprendido que, cuando le cierras del todo la puerta, se te cuela por la ventana. He hablado del escándalo de la COPE, he hablado de la elección de Obama y he hablado del posible pacto entre populares y socialistas en el gobierno del País Vasco. En dichas entradas, expresaba tres deseos. Ayer, domingo de Ramos, domingo de victoria y de reinos que parecen de este mundo, pero que en el fondo no lo son, los periódicos recogían, como espuma del día, que la dirección de la COPE ha reaccionado al escándalo que suponía mantener a una persona manifiestamente desequilibrada al frente del programa estrella de la cadena, que Zapatero y Obama han dado un paso importante para mejorar las relaciones entre los dos países y que el pacto de los partidos constitucionalistas vascos se ha materializado en un cambio de gobierno.
Ni es la panacea, ni me he convertido a la idea ilustrada del progreso. Ni siquiera voy a sacar a relucir los corsi e ricorsi viquianos. Más bien recuerdo siempre la advertencia del llanto por las plegarias atendidas. Cualquiera de estas situaciones, y otras aún más complicadas y decisivas, puede de nuevo enquistarse. Soy cristiano y soy liberal, y por tanto sólo creo en que a veces algunas personas de buen entendimiento luchan para que no impere la sinrazón, el sectarismo y la voluntad de exclusión del prójimo. Así me parece que ha sido en este triple caso.
Mas en la celebridad del cumpleaños de Herodes prendió a Juan, y atado con cadenas le metió en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano. Porque Juan le decía: No te es lícito tenerla por mujer. Y Herodes bien quería hacerle morir, pero no se atrevía por temor al pueblo; porque todos tenían a Juan por profeta.
Mas en la celebridad del cumpleaños de Herodes, salió a bailar la hija de Herodías en medio de la corte, y gustó tanto a Herodes, que le prometió con juramento darle cualquier cosa que le pidiese. Con eso ella, prevenida antes por su madre, dijo: Dame aquí, en una fuente o plato, la cabeza de Juan Bautista. Contristóse el rey. Sin embargo, en atención al juramento, y a los convidados, mando dársela. Y así envió a degollar a Juan a la cárcel. En seguida fue traída su cabeza en una fuente, y dada a la muchacha, que se la presentó a su madre (Mt, 14, 6-12)
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No has querido dejarme besar tu boca, Iokanáan. Pues bien, la besaré ahora. La morderé con mis dientes como si fuera un fruto maduro. Sí, besaré tu boca. Iokanáan. ¿Acaso no te lo dije? Ahora la besaré. Pero, ¿por qué no me miras, Iokanáan? Tus ojos tan terribles, con aquel fulgor de cólera y desprecio, ahora están cerrados. ¿Por qué están cerrados? ¡Abre los ojos! Alza tus párpados, Iokanáan. ¿Por qué no me miras? ¿Es que acaso me temes, Iokanáan? Y tu lengua, que era como una serpiente roja que destilara veneno, está ahora, inmóvil y muda, Iokanáan, esta víbora roja que vomitó sobre mí todo su veneno. Es extraño, ¿verdad? ¿por qué está ahora inmóvil esa víbora roja? No has querido saber nada de mí, Iokanáan. Me has rechazado. Me has dicho cosas infámes. Me has tratado como a una cortesana, como a una puta. ¡A mí, hija de Herodías, princesa de Judea! Pues bien, Iokanáan, yo vivo aún, pero tú has muerto y tu cabeza me pertenece. Puedo hacer con ella lo que quiera. Puedo arrojarla a los perros o hacer que sirva de pasto para las aves. Las aves devorarán lo que hayan dejado los perros… ¡Ah! ¡Iokanáan! Iokanáan, has sido el único hombre a quien he amado
(El cuadro, Salomécon la cabeza de Juan Bautista, óleo sobre lienzo, 122,6x96,5 cm. fue pintado por Carlo Dolci y pertenece a la colección Windsor)
(La traducción de Mateo es de Carmelo Ballester; la del Salomé de Oscar Wilde fue realizada por Pere Gimferrer. Ambas han sido ligeramente modificadas por mí)
No entiendo porque se me había pasado dejar constancia de que, hace ya unos pocos meses (en concreto en el mes de septiembre), el escritor norteamericano David Foster Wallace apareció ahorcado en su casa de California. Nacido en Nueva York, hijo de profesores universitarios, me lo descubrió mi amigo Diego Doncel. No me parece el genio que algunos quisieron ver en él, ni mucho menos. Ni percibí en sus obras más ambiciosas (La broma infinita, especialmente) a un gran innovador, ni de la lengua, ni de los géneros. A pesar de que se ha dicho lo contrario, veo en Foster Wallace a un continuador de los realistas sucios. Y lo digo como un gran elogio. Traducido al español por Javier Calvo, lo que más me ha interesado de su obra son sus crónicas y ensayos: originales, agudos, y con una carga ética que va mucho más allá de lo que en principio parece. He añadido a esta entrada un fragmento de una intervención del escritor en Italia (2006). Habla, improvisando, de lo que significa ir a un país del que no se conoce una palabra de su lengua. Así era él y su literatura: divertida, fresca, brillante y con un punto muy logrado de ternura. Me gusta especialmente el comienzo de la intervención (Everything that is a failure, is always a victory) y como es capaz de desarrollar la idea del divino fracaso, que desde luego comparto. Ojalá pueda decirse eso en algún sentido de su último paso.
1. Ayer por la noche pude ver por fin My Blueberry Nightsde Won Kar Wai. Lo que me faltaba para el duro. Si ya antes estaba enamorado de Norah Jones, de su forma de cantarte al oído con una dulzura celestial, qué voy a hacer ahora. ¡Qué horror! Y eso que aquí no abre la boca ni para besar ni para cantar en toda la cinta (directamente, me refiero). De vez en cuando, en la escena pública, aparece un ser así: angelical, ¿no? A mí me lo parece, para que luego digan algunos listos que los personajes buenos en el arte no son atractivos. Pues yo debo de ser un bicho rarísimo porque como os digo me quedé enamorado de su bondad, de su pureza, de su luminosidad. Tiene el don ese que yo he buscado siempre para mí, hasta ahora sin la menor fortuna, el don de la separación: el personaje es alguien que se aparta siempre, pero que apartándose se aproxima, por otra vía, aún más tierna e incisiva. La historia de amor del policía borracho (en el que en secreto os confieso que me reconocí hasta un punto en extremo doloroso), me parece bellísima: el amor y la muerte aparecen, como no puede ser de otra manera, íntimamente maridados. La incomprensión, el dolor, la imposibilidad de expresar el amor por ningún cauce acaban matando a los vivos y resucitando a los muertos. Por un momento, mi escepticismo cinematográfico parecía casi vencido. Eso sí, después me quedé sentado, solo, a oscuras (Paula se había acostado) y reconozco que me fumé un puro y me pimplé, contemplando en un libro los encuadres y los colores familiares de Hopper, media botella de whisky. Creo que era del bueno, porque esta mañana apenas tenía resaca. Me dieron las tres de la mañana pero lo necesitaba, como el respirar (mal síntoma). Como los astronautas que, al bajar del cielo, necesitan unas horas (o días, no tengo ni idea) de descompresión.
2. Otro tema. De nuevo sobre el amor a Dios (tranquila, si quieres te puedes saltar esta parte, no vaya a ser que tú también acabes por ignorarme y por retirarme, si no el saludo, sí la palabra). Estos días he releído con calma el discurso de la última cena. No quería que me cogiese el jueves, asistir a la misa de oficios y no poder asimilar lo que allí se dice. Además, si Dios no lo remedia, entonces no estaré en mi casa, de manera que andaré de aquí para allá, como un pelele, en casa de quien sea, sin posibilidad alguna de recogerme (Paula,que sí vive recogida y que, sin duda, es la que mejor me conoce, se ríe de mí y me dice que eso no es recogerse: que es ensimismarse y reconcentrarse, o sea exactamente su opuesto). Bueno, pues sea como sea, yo vivo la semana santa preventiva, o por adelantado. El otro día, leyendo ese discurso que el jueves, rodeado de sobrinos, suegros, etc, etc, no podré leer, comienza hacia la mitad del capítulo 13 de San Juan, una vez que Judas sale del cenáculo, cuando el Señor exhorta a sus amigos (Judas no quiso serlo) justamente a amarse "unos a otros, y que del modo que yo os he amado a vosotros, así os améis recíprocamente" (13,34). Luego lo repite incansablemente a lo largo de la sobremesa: 15, 12 y 17 por ejemplo. El problema yo lo veo ahí: ¿cómo se puede exigir el amor, sea a los demás o al Cristo (a los que veían los discípulos) o a Dios Padre (al que nadie ve)?. Muchos me habéis ilustrado con ideas muy valiosas: por ejemplo, la que dice que se trata de una forma de hablar, que en realidad lo que dice es "os doy mi amor, no lo malgastéis, y que corra entre vosotros y por el mundo entero". Así se entendería mejor aquel impresionante "permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros" (15,4). A mí eso no me convence del todo porque, aunque el amor sea algo recibido, debería contar con muestra libre adhesión, y exigir a alguien que participe de ese movimiento amoroso siempre me parecerá mucho exigir. El discurso continúa, sin desperdicio alguno. Imposible entenderlo, tal es su intensidad, densidad, intimidad. Pero, cuando menos se lo espera uno, se produce un prodigioso giro: el Cristo deja de dirigirse a sus amigos y se pone a hablar directamente con el Padre. Asistimos, como en figura, al núcleo de la fe: la vida trinitaria, las relaciones entre las personas divinas expuestas con toda sencillez ante las miradas de los hombres, que nos negamos a mirar. "Oh Padre, santo! Guarda en tu nombre a éstos amigos, a fin de que sean una misma cosa por la caridad, así como nosotros lo somos por la naturaleza" (17,11). Casi nada: el amor no es sólo la señal por la que los cristianos serán reconocidas; es eso, y mucho más: es la esencia misma de la vida del cristiano, su auténtica participación en el ser; la única posibilidad que tenemos de ser realmente. Lo repite poco después: "Ruego que estos amigos, y los que me vayan a conocer en adelante por su predicación, sean uno, como Tú Padre estás en mí, y yo en ti por identidad de naturaleza, así sean ellos una misma cosa en nosotros por unión de amor" (17,21). Queda más que claro que a Dios sólo se llega amando al prójimo. Una puerta muy estrecha. No sé si es correcto decir que el amor al prójimo es Dios mismo. Pero, yo sigo con mi perra: ¿se puede eso exigir? El pequeño paso que he dado estos días, me vino no obstante, en este contexto, por una frase, la última que pronuncia el Cristo en la llamada oración sacerdotal, o sea en ese diálogo de mediación con su Padre. Dice así: Yo les he dado a mis amigos tu nombre para que el amor con el que me amaste, en ellos esté, y yo mismo esté en ellos.
Intuyo que en estas últimas palabras se encierra un secreto muy profundo, y creo que tiene que ver con la idea de que el amor que se nos exige no es tanto el nuestro propio como el que, a través nuestro, puede entregar a otros el mismo Dios. Al fin y al cabo, ¿no somos un pueblo de sacerdotes o mediadores, lo que queda de la estirpe judaica?
3. Esa necesaria elevación a un orden (el de la Gracia) es lo que convierte a la persona de Simone Weil, que tan lúcida y reiteradamente habló del amor de Dios , a pesar de su declarado cristianismo, en irreconciliable con la verdad cristiana más radical. Simone Weil rechazó el punto de partida esencial: la incorporación al orden sobrenatural por medio del bautismo. No voy a entrar más en esto, por ahora. Lo traigo a colación, en estas miradas en arrière, por la sencilla razón de que en su momento lamenté que su centenario hubiera pasado sin pena ni gloria. Era un olvido tremendo. Me alegré, por tanto, al leer una pequeña pero sustanciosa necrológica de Carlos Ortega en El País. Creí ver en el artículo de Carlos la presencia subterránea o no de dos pares de la Weil: María Zambrano y Cristina Campo. Por aquello de la noción de atención. La Campo estaba bautizada, eso seguro. La Zambrano, no lo sé (a sus biógrafos les parece éste un dato banal: acabo de repasar exhaustivamente dos cronologías muy elaboradas y nada, total, que más da, a quién le importa ese detalle sin importancia), pero lo que sí sé es que al hablar de estas cosas, a ambas amigas les gustaba recordar que no somos nadie para juzgar, y ni siquiera para hablar de cosas cuyas consecuencias en el fondo desconocemos. Comparto esa prudencia, así que me callo y no sigo por aquí.
4. Mis reflexiones de días pasados, sobre la literatura y la vida, han quedado abruptamente interrumpidas. Peu importe! Ya hablaré de Michelstaedter, con oportunidad o sin ella. Hablo de él en el libro de Kafka, de modo que si alguien quiere recuperar ese hilo le recomiendo que vea lo que pongo allí. En cambio, no quiero dejar de señalar la afortunada coincidencia de que Siruela haya publicado una monografía de Pilar Parcerisas acerca de la peripecia de Marcel Duchamp (en la foto) en tierras españolas, y más concretamente, catalaunicas. Duchamp en España. Se trata de un libro breve, bien informado, y que parte de un conocimiento preciso de la obra y las ideas duchampianas, hasta el punto que puede ser leído como una buena introducción a las mismas. Muestra con claridad la importancia que tuvieron en la vida de Duchamp sus estancias en España, su relación con Dalí especialmente, su fascinación con la cascada de La Caula, y su influencia en la culminación de Étant données, la obra final a la que dedicó más de veinte años de trabajo, los diez últimos veranos de su vida pasados en Cadaqués: Duchamp se limitaba a ser una sombra de artista, l´artiste respiratuer, y a perder el tiempo jugando al ajedrez. La pregunta es: ¿fue Duchamp el primero que se dio cuenta de que el tablero podía ser considerado una maquina soltera, la machine célibataire por excelencia? Pero, ¿qué es eso? Pues si lo queréis saber, os aconsejo que no leáis la Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas. Por mi parte, ya lo contaré otro día, que este post se ha convertido en algo que no tiene pies ni cabeza. Mira por donde, sin haberlo deseado, he llevado a cabo el ideal de los teóricos del poème en prose.
5. Quiero, por último, recordar que se ha abierto la exposición de Agorreta en Barcelona: en la Galería Carme Espinet, desde hoy y hasta el 9 de mayo (un día después de mi cumpleaños). Personalmente no pienso perdérmela; puedes estar tranquila: no pienso pedirte que me acompañes.