sábado, 9 de julio de 2011

Notas para un diario 210

Hace unos días fui a visitar a un amigo que vive como un ermitaño en una casa de cristal empapelada de libros en pleno campo. Llegué a las seis de la tarde y salí a las 2 de la mañana. Cenamos un gazpacho, un filete de las vacas que tiene en su finca y un gin-tonic. Al llegar vi una oropéndola, por primera vez en mi vida. A golden uriol. Esta mañana he ido a un vivero. Quería comprar una alegría, una planta de flor blanca que Brako se había comido durante la noche (sí, a mucha honra tengo un perro lotófago). Me ha atendido una mujer joven y le he dicho lo que quería en castellano, "una alegría", y después lo he traducido al francés para ver si colaba. Inútil. No sabía de qué le hablaba. "Une joie, ça ne me dit rien…". He deambulado por las hileras de plantas y por fin he encontrado lo que buscaba. Se llaman impatiente o impatience. En realidad es la valeriana latina. He pensado al volver si la alegría tiene que ver con la impaciencia y tan sólo he podido recordar que mi madre, que tenía el defecto de la impaciencia (y la generosidad del amor), de pequeños no nos dejaba no estar alegres. Según ella la alegría era una obligación. Esta mañana mi hija mediana me ha dicho que se había pasado la noche pensando que yo estaba cerca de ella en el cuarto. "¿Y eso?" "Es que oía la cadena que llevas en el pecho". En efecto para dormir mi hija la menor me había pedido mi cadena con la cruz que llevo en el pecho. Mi otra hija conoce el sonido de memoria y como duermen juntas pensaba que era yo quien estaba a su lado. Ayer llegué a casa después de un largo día de playa. Las niñas se querían bañar. En el jardín, debajo de un árbol, estaba la persona que cuida de mi anciano padre. El hombre estaba leyendo muy cerca de la piscina bajo una sombra. Cuando volví a salir, vi a las tres chicas jugando entre risas. Él ya no estaba. Di una vuelta a la casa y comprobé que se había instalado incómodamente en el garaje, en una banqueta baja, a ras de suelo junto a los coches. Seguía leyendo con una sonrisa. Me admiró su dignidad y su delicadeza inmensa al saber apartarse… Hace unos meses di una conferencia. Una amiga vino a escucharme. A la salida le pregunté si le había interesado. Me dijo que lo que de verdad le había gustado era la vieja cartera de profesor con la que salí al escenario. Y no me extraña: es una manufactura de cuero gris tirando a verde oscuro que compré en San Juan de Luz hace años.

5 comentarios:

Eleonora dijo...

Qué hermoso relato, Alvaro. Cuántas imágenes. Para ilustrarlo del principio al fin.

delarica@unav.es dijo...

Gracias!!!
Si te animas, avisa

Zina Vasilache dijo...

Me ha gustado esta estructura walseriana. Pienso que ningún diario puede ser realmente cronológico. Me tomo el permiso de decir que tu estilo mejora.
un saludo.

Juan Pablo L. Torrillas dijo...

"Según ella la alegría era una obligación"...; así debería ser y, sin embargo, tantas veces se nos olvida.

Yo me siento muy afortunado por tener una Abuela, infinitamente paciente y generosa de amor, que también se tomaba la alegría como obligación. Nos dejó hace 14 años y todos los días me acuerdo de ella y de su "alegría". Siempre estuvo alegre pese a haber perdido a uno de sus seis hijos a falta de escasos meses para ser ordenado Sacerdote salesiano.

Lectura, soledad, dignidad y humildad..., un buen hombre cuida de su anciano padre.

Emocionante relato, reciba un cordial saludo,
Juan Pablo

delarica@unav.es dijo...

muchas gracias a los dos