lunes, 15 de noviembre de 2010

W.S. Merwin

Llevo semanas leyendo y memorizando el cuarto de los Cuatro salmos de W.S. Merwin (en la foto) que ha publicado, en su colección de poesía, Vaso Roto. Te lo podría recitar par coeur. Es un poema bellísimo que se titula Las mortajas (The Cerements), y en el que alguien habla a la muerte, al trabajo que la muerte hace en cada uno de nosotros desde el momento mismo en el que nacemos (viejo tema del que ha hablado aquí varias veces, por ejemplo a propósito de un poema de John Donne). Se dirige a la muerte y le dice cosas tan increíblemente justas como esta: Ella hizo un techo para sus manos/de la voz de él tejió los muros/para detener el viento/pinto las ventanas con sus sueños/cada una con su reino/y las puertas eran espejos diseñados/desde sus ojos, o esta: Ella hizo para él una caja de cierta madera dulce/que sabía que él añoraba desde su niñez/en las esquinas se alzaron las columnas que ella pintó como humo/diseñó una estrella en el interior de la tapa. Y así algunas imágenes más en las que la muerte se le acerca, va rodeando al personaje, rondándole a esa voz que no tiembla, y va deshaciendolo todo. Está compuesto como una escalera cuyos místicos escalones ni suben al cielo ni bajan hasta el infierno. El final es grandioso, y lo copio en inglés: Law of the hands gone/night of the veins gone/gone the beating in the temples// and every face in the sky. Qué no podríamos decir de la sutileza de esos versos finales: cómo, en el terceto, la ley que ha guiado el actuar cede antes que la noche que circula por el interior, socavando íntimamente el sistema circulatorio, hasta que las sienes dejan de batir por último,; qué inmediatez consigue con el hiperbatón y la repetición de ese gone, que además de un referente de la huida es un sonido, una gota final que cae y se disuelve en la nada. No hay rostros en el cielo, aunque a veces se nos aparezcan como ensoñaciones o fantasmas en los momentos más inesperados. Queremos, queremos ver un rostro, pero no está… ¿No me decías, el otro día, que nos preocupamos demasiado por el más allá? Yo sólo sé que hay algo que nos trabaja por dentro, y me resisto a creer que sea sólo la muerte.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Vila-Matas en Alt Wien

El próximo jueves, día 18 de noviembre de 2010, el escritor Enrique Vila-Matas estará en el café Alt Wien (en la foto), en el Parque de la Taconera de Pamplona, para conversar, a las cinco de la tarde, sobre su novela Dublinesca con Mercedes Monmany.







P.S: Si alguien está interesado en acudir a ese encuentro, puede solicitar una invitación en el siguiente correo electrónico: cfhuarte@unav.es (las solicitudes se atenderán, por estricto orden de llegada, hasta completar el aforo)

viernes, 12 de noviembre de 2010

La niña mala

En una entrada reciente, de este blog, elogiaba la figura literaria de Mario Vargas Llosa, pero decía que había dejado de leerle, que a partir de un momento dado sus temas no me interesaban, que sus demonios (ya) no eran los míos. Un buen amigo, novelista y peruano, me leyó y le faltó tiempo para mandarme una breve misiva: "Eso lo dices porque no has leído Las travesuras de la niña mala". El breve mensaje lo recibí estando en el aeropuerto, camino de Niza. Me dirigí al puesto de periódicos de la T4 madrileña sin muchas esperanzas de encontrarlo, pero, entre una inmensa pila con el último libro del flamantepremionobel, como escondido, quizás aguardándome, había un viejo ejemplar de la novela que me habían recomendando. La compré y me dispuse a leerla de inmediato. La acción comienza en el barrio limeño de Miraflores y se va adentrando poco a poco en varias de ciudades tan bien conocidas por mí como Madrid, Londres, París, sobre todo París, y también Tokio. Vargas Llosa reconstruye con mano maestra esos paisajes urbanos por los que he paseado y ensoñado mil veces. El argumento no es otro que el de un personaje que nos cuenta sus desventuras amorosas con una mujer a la que ama locamenente y que no sólo no le corresponde (más que nada porque es incapaz de amar) sino que lo va utilizando de todos los modos posibles. Es una novela erótica, no más que puedan serlo las mejores de Philip Roth, a quien por momentos me lo recuerda. Debo señalar que no he terminado de leerla. Es larga (más de 400 páginas). No ha cambiado mi opinión sobre algunas limitaciones de Vargas Llosa como narrador: en particular, pienso que no es capaz de introducirse en la intimidad de los personajes. Eso tiene algo de estrategia (es clásica ya su reivindicación de la "superficialidad" de Tolstói frente a la "profundidad" de Dostoievski: el verdadero arte, como ocurre de facto en la pintura, tiene que ver más con las superficies que con los hondones), pero a mí juicio revela un cierto rechazo a ir más allá en un territorio humano que todos los grandes han recorrido de una forma o de otra buscando un logos, un mito, un porqué. No obstante, la lectura me ha resultado gratificante. Yo no podía dejar de pensar, al avanzar por sus páginas y capítulos, en el Conde de Sade, y en los infortunios de la virtud. Justamente eso es lo que le ocurre al protagonista, que por ser bueno y amante no recibe, en su cuerpo y en su alma, más que flechazos envenenados. Al contrario que la protagonista femenina, la niña mala, la devoradora de hombres, una persona enferma pero que sale con bien de todos sus desmanes. Creo que tiene bastante de Justine, la protagonista. Quiero ver como acaba, quiero ver adonde se dirige el narrador. No puedo creer que se quede, sin más, en la reiteración (viejo vicio sadiano) que despliega un capítulo tras otro: distintos escenarios y subtramas, variadas modulaciones de unas actitudes idénticas: la chica engaña a todos, seduce a un enamorado que asiente y consiente, el deseo se impone sobre todo lo demás, hasta que el mal se revela crudamente, el espejismo del amor se esfuma ajeno al dolor que causa y, cosa curiosa, que habría que estudiar, los amigos, los verdaderos amigos, siempre mueren.

jueves, 11 de noviembre de 2010

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Notas para un diario 182 (Sobre la literatura y el sueño)

He leído bastante estos días (ya iré dando cuenta de esas lecturas aquí): e.e. Cummings, el poeta más próximo: "pero vengo con un sueño en mis ojos esta noche/y llamo con una desolada rosa/a la verja de tu corazón./¡Ábreme!/Que yo te mostraré lugares que nadie conoce/y, si tú quieres,/las perfectas regiones del Sueño". Tenía estos versos de Cummings clavados cuando volví a leer el escrito que Stevenson dedicó a los sueños, en el que cuenta entre otras cosas el origen del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Uno de los mejores ensayos sobre lo que ocurre mientras dormimos que yo haya leído. Se titula Un capítulo sobre sueños, y entre otras ediciones españolas del mismo, Alberto Manguel lo incluyó en un su antología de la prosa del escocés titulada Memoria para el olvido (Siruela, 2005). El texto comienza con este paralelismo: del mismo modo que, por tenue que sea la memoria de nuestro pasado, personal, familiar, político, si nos depojaran de él nos sentiríamos desnudos, del mismo modo, por ilusorios que sean los sueños, sin su presencia, sin los restos de ese naufragio, no somos nada, ni nadie. Un escritor como él vivió siempre gracias a los duendes del sueño. No es nada, o casi. Pero tampoco lo es la vida vigilada. El sueño es un escape, como la literatura, y está unido a ella por hilos tan reales como invisibles. El mundo de los sueños fue creciendo en él, hasta el punto de que –era la materia de uno de los más recurrentes– soñaba que vivía una doble vida, en parte vivida, en parte soñada. Y aquí aparece la escisión de toda la modernidad literaria, de Arnim a Borges, de Nerval a Julien Green, de Rimbaud a Kafka. No hay modo de aclararse, metafísicamente hablando: quién soy, el que sueña, lo soñado, el que vive despierto o el que duerme, lo escrito, el que escribe o el que madruga cada mañana para trabajar. Stevenson habla de ese laberinto como una forma de castigo. Yo, personalmente, no diría tanto, salvo que el castigo sea el no poder soñar, confundirse y escribir lo soñado. El escrito del autor de La isla del tesoro está lleno de las mayores riquezas y aciertos. El mundo del sueño le aporta, no ya los arquetipos y las imágenes de su escritura, sino lo esencial: el ritmo de las historias, la cadencia, la estructura, el sonido. En la medida en que los mejores poemas han sido soñados, también una buena historia puede surgir de la lectura de algunas de esas poesías (o de una foto como la de mi amiga Anna Alejo con la que ilustro esta entrada; en cuanto la vi pensé en el fragmento heracliteano: el ser ama esconderse). Por ejemplo, anoche caí en la cuenta de que El chal, el mágico e insondable cuento de Cynthia Ozick, nace directamente de su lectura de la Fuga de muerte de Paul Celan.

martes, 9 de noviembre de 2010

Una idea de Europa



A Segundo Marey lo salva la orden de Pepe Barrionuevo para que lo suelten cuando se entera de que está detenido...


Tuve una sola oportunidad en mi vida de dar una orden para liquidar a toda la cúpula de ETA (…) el hecho descarnado era: existe la posibilidad de volarlos a todos y descabezarlos. La decisión es sí o no. Lo simplifico, dije: no. Y añado a esto: todavía no sé si hice lo correcto.

(Felipe González Márquez, Ex-Presidente del Gobierno de España)

lunes, 8 de noviembre de 2010