sábado, 30 de octubre de 2010

Literatura y fracaso


Veo horrible escribir para total acabar logrando, con suerte, algún feliz hallazgo literario, siempre negado por los demás, que para compensar su mezquindad esperarán al funeral para darte un estúpido aplauso cerrado. En cuanto a la vida literaria, ésta en esencia es enredo de tedios, rencores, lucha de vanidades y trasvase de venganzas. Entrar en esa vida equivale a caer en el derrotero mismo de la derrota. En cualquier caso, el auténtico verdadero gran fracaso del escritor, aquel que alcanza a tantos, llega siempre con puntualidad, generalmente muy temprana. Es un fiasco doloroso, íntimo. Llega cuando no podemos reproducir con fidelidad lo que acabamos de pensar y querríamos haber escrito. Llega cuando comprendemos que no hemos podido ser fieles a la ambiciosa idea que nos habíamos propuesto al comenzar un libro o un artículo. Son fracasos que a veces, por prudencia (surgen los enemigos como hongos), se silencian. Querríamos que nuestros libros y artículos contuvieran la verdad de nosotros, o por lo menos la parte de esta que puede ser transmitida mediante el lenguaje. Pero escribir sabe a traición. Ese fracaso lo conocen todos los escritores serios
(De Enrique Vila-Matas, "Fracasa otra vez". Artículo entero en ELPAÍS.COM, 30-10-2010)

viernes, 29 de octubre de 2010

jueves, 28 de octubre de 2010

La vida cotidiana

Tu vida cotidiana es tu templo y tu religión. Al adentrarte en ella, entrégate en cuerpo y alma.

de El profeta (1923) de Gibran Khalil Gibran

miércoles, 27 de octubre de 2010

Dos joyas bibliográficas

Este sábado por la mañana, y después de dos meses de dificultades, he podido pasar un buen rato en varias librerías de la ciudad. No os puedo describir la alegría que sentí (al principio creí que era un engaño de mis ojos) cuando vi, entre los libros de latín y griego, la edición de la Biblioteca Clásica Gredos de Las Confesiones de San Agustín (2010, 45 €). Llevaba años esperando esta edición. He podido leer el estudio introductorio (100 páginas) y hojear la traducción y las notas al texto, y puedo afirmar que el resultado (nada fácil) es sobresaliente. Alfredo Encuentra Ortega es el autor, y le felicito desde aquí. He pasado quince años de mi vida explicando en clase este libro mágico. Un libro del que el propio San Agustín esperaba que le dijera "no cómo he sido sino cómo soy". Un libro realmente presencial, o sea, para el presente vivo de cada lector. María Zambrano, que escribió las páginas más lúcidas sobre el texto, dijo con razón que como auténtica confesión era más bien una acción que una visión escrita, y que para penetrar su secreto hay que sentir "repetirse aquello en nosotros mismos". De Petrarca a Thomas de Quincey, de Teresa de Jesús a Cristina Campo muchos han experimentado una transformación dentro de esta lectura. Mi felicidad libresca se completó el sábado al descubrir, revolviendo y revolviendo, que va a aparecer pronto, en la Colección de los Autos Sacramentales Completos de Calderón, la edición crítica de El Pleito matrimonial del cuerpo y el alma. Indagando descubro que la estudiosa es una antigua alumna mía, una de esas a las que les aticé en su momento un tostón sobre el santo de Hipona. Hablaré aquí de este libro cuando aparezca, pero confieso que me sentí íntimamente orgulloso de haber formado parte de esta bendita cadena del saber. P.S. El puesto de libros de la foto está en Eau Claire (Nueva York)

martes, 26 de octubre de 2010

Exilio


ME EXILIO
En los huecos
Rotos
De tu corazón.
Como las palomas
En las verdes rocas.

Mark Rothko, Rojo, marrón, verde, rojo (1962)

lunes, 25 de octubre de 2010

Lucky (C. Caillat/J. Mraz)

Notas para un diario 179

Una buena amiga me regala las Recomedaciones para formar una biblioteca de Gabriel Naudé. Naudé (1600-1653), además de sabio escritor, ejerció de bibliotecario de gentes tan ilustres como la reina Cristina de Suecia. Fue él quien compuso la biblioteca del Cardenal Mazarino, sobre la que después se conformó el Instituto de Francia y su Academia de la Lengua. Abro ansioso el capítulo titulado "El orden que conviene darles (a los libros)", y me encuentro con este jugoso párrafo: "Queda suficientemente expuesto este punto sobre el que no hay necesidad de extenderse más, pues el orden de la naturaleza, que siempre es igual o parecido a sí mismo, aquí no se puede observar, ya que debido a las peculiaridades y a la diversidad de los libros, sólo se puede aplicar al orden del arte, que cada cual pretende establecer a su antojo según le dictan su sensatez y buen juicio, tanto por satisfacción propia como por negarse a seguir las huellas y las opiniones de los demás". Ainsi soit-il!