sábado, 31 de octubre de 2009

Una coda (de apenas unas horas más tarde)

Como se puede ver por estas fotos mediocres pero significativas, el otoño sí ha entrado en Navarra, al menos al norte del viejo reino. Por ahí he paseado yo solo esta mañana, después de escribir la última entrada de este blog. He recordado, rodeado de rojos, de amarillos y de malvas, a una persona que ama los bosques. Y he pensado en la forma en el que lo hace, la delicadeza y la perspicacia con la que se adentra en él y se deja invadir por todas las maravillas que contiene el bosque. Para mí, el corazón de esa persona, con toda su capacidad de amar, es como un límite, un ideal que yo nunca alcanzaré. Tendría que haber nacido mujer, y para eso ya es demasiado tarde. Me conformo con estar cerca, aprender de ella y recibir lo que quiera darme.

Notas para un diario 137

Veo en el blog de mi amiga Anna Alejo, uno de mis preferidos, una foto maravillosa (Anna es la autora de la foto que preside Hobby Horse, una imagen sin la que sencillamente jamás hubiera escrito este cuaderno), veo la foto de un camión amarillo apostado a un lado de la carretera, bajo los árboles: y ¡qué recuerdos me trae! Cuando éramos niños, íbamos en el coche de viaje (recuerdo especialmente los viajes, eternos, desde Madrid a S´agaró) jugando a ver quien veía, antes que los demás, tres cosas que no se me olvidarán jamás (todavía cuando veo alguna, cosa rara, me recorre el alma el aire limpio del país perdido de la infancia): ropa tendida, gorra de plato y camión amarillo. Cuando he visto ese camión, que Anna ha fotografiado en la carretera Huesca-Pamplona, me he acordado de cada uno de mis hermanos, de mis padres, y de las personas que nos cuidaron aquellos años primeros, con un amor que nunca podré pagar de un modo suficientemente justo. Hay una melancolía y una nostalgia del pasado, y la hay también del futuro. Hubo una época de mi vida, no hace mucho, en el que yo sabía que tenía que separarme de una persona a la que adoraba, y me pasé los últimos meses antes de su marcha realmente amargado, aprendiendo a distanciarme de ella mientras aún estábamos juntos. "Enfádate cuando me haya ido", me decía, pero yo no podía aplazar la tristeza por lo que su marcha, futura, representaba en el presente que es siempre la amistad. ¿Falta de persuasión? ¿Incapacidad de vivir el instante? Sin duda, pero yo siempre pensé que se me había instalado en el corazón la nostalgia del futuro. Hay cosas por venir que nos duelen, amorosa o fatalmente, mucho antes de que acontezcan. La semana que viene, para mí, se verficarán algunas de esas cosas, y escribo esto con el temor y temblor con el que debe escribirse cualquier predicción. El ejemplo máximo de la nostalgia del futuro es la muerte, que tiñe la vida con un sentimiento trágico. En ningún pasaje literario se ha mostrado esto con más eficacia que en el discurso del Cristo en la última cena. ¿No lo has leído, en Juan 14 y siguientes? Sin eso, no se entiende nada. Es el alma sacerdotal del Cristo, o sea, los sentimientos del Cristo al descubierto. El secreto de los secretos. Ahí está todo, y no me canso de meditar en esas páginas indestructibles. Tampoco se cansaba Juan Sebastián Bach, cuya Pasión según San Juan es una cima de belleza y comprensión de esa verdad revelada. En realidad, ahí está también todo mi libro sobre Kafka, o al menos tal y como yo lo veo. Magris, un día, paseando por Barcelona, me lo reconoció: lo valioso de tu libro es la interpretación del pasaje Ante la ley, tanto el hecho de que el campesino se salve por permanecer cerca de la puerta, como la posibilidad, inversa, de que el campesino sea precisamente la instancia que pretende entrar en la puerta del alma. Con razón alguien decía ayer en una nueva reseña que mi interpretación es neotestamentaria. No lo niego: para mí una cosa no está explicada hasta que se establece la relación con el Cristo, Dios y Hombre, alfa y omega. Partis pris? Sin duda, lo reconozco abiertamente. O, mejor, al menos, no lo niego. Otros han hablado, en mi caso, de precomprensión, pero no puedo dialogar con alguien que empieza y termina insultando. Volviendo a Magris, le dije que mi libro se contenía entero en dos citas bíblicas, que por lo demás no he citado explícitamente en él. La primera es del Salmo 83: "Más vale un día en tus atrios que mil en otros ámbitos/mejor permanecer en los umbrales de la Casa de Dios que habitar la tienda del malvado". La segunda, es del Apocalipsis (3,20): "He aquí que estoy a la puerta de tu corazón, y llamo: si alguno escuchare mi voz, y me abriere la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo". Ahí está todo: sólo el espíritu puede conseguir, también en la escritura, que mirándote no te mires, que viéndote, no seas tú quien se vea. Yo percibo eso en cualquier autor, si son uno, o son dos, o sea, si está escribiendo para sí, o no; si escribe para alguien o para nadie. La escritura debe de estar habitada, pero hay que saber por quien lo está. Aucune vraie connaissance ne couronne l´exercise autobiographique, dice Patrick Kechichian en su reciente Petit éloge du catholicisme (Folio, 2009), que acabo de leer, y que me ha maravillado. Llevaba veinte años leyendo sus críticas en Le Monde, pero no tenía ni idea de que era católico. Sabía en cambio que era un experto en la literatura erótica del XVII y XVIII francés, en los libertinos. El caso es que ha escrito ahora una pequeña obra maestra, de equilibrio, de inteligencia, de sabiduría. J´écris en mon nom, appuyé sur un autre Nom, divin celui-là, avec déférence et timidité. Cet appui, cette inspiration ne me confèrent aucune autorité ou autoritation, mais provoquent en moi, au contraire, un tremblement, une inquietude, une doute quant à mes capacités et quant à la simple legitimité de mes propos… J´écris, non para goût de l´introspection ou pour me connaître moi-même à travers le moyen que seraient la religion et la foi, mais pour rendre, si Dieu le veut, une infime part de la lumière reçue. J´écris selon ma conscience –ce premier vicaire du Christ, disait le cardinal Newman… Gracias a Mercedes Monmany lo conocí en París hace un par de años. Daniel Mordsinski nos tomó una foto que conservo, pero si hubiera sabido lo que nos unía (y no me refiero sólo a la fe) le hubiera besado las manos. Y ahora me voy, en moto, a ver si de una vez por todas entra el otoño en los bosques de Navarra.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Dos notas sobre Kafka

En mi último viaje a Portugal, recalé en Oporto, en casa Agustina Bessa-Luis. Fue una visita inolvidable, por muchas razones. Tuve en mis manos sus manuscritos: unas hojas grandes, más grandes que un folio, cubiertas en un 98% o más de su superficie por una escritura minúscula, perfecta, recta (una de esas páginas manuscritas equivalen de hecho a unas tres o cuatro páginas impresas; otro dato increíble, pero cierto, es que un número importante de los manuscritos llegan exactamente hasta el folio 100). Apenas había borrones. A veces, una palabra tachada con cuidado. La cara de atrás en blanco, y cada treinta o cuarenta páginas, a la vuelta, una línea de sustitución o añadido al texto principal. Para mí estaba claro que no se trataba de una cuestión de economía de papel (¿por qué dejar entonces la vuelta en un blanco impoluto?). Los manuscritos, que me recordaban sin duda a los indescifrables microgramas de Robert Walser, tenían de por sí un valor y una belleza buscados. Le comenté a Alberto Luis, el marido de Agustina, mi admirada sorpresa, y me dijo lo siguiente: "Los manuscritos reflejan, en su perfección, el modo en el que María Agustina se concentraba en la escritura". Claro. En el fondo ya lo sabía. En una conferencia sobre Kafka (Kafka y el bacilo de la indecisión), que yo no había leído antes de terminar mi libro, Agustina dijo que la concentración en la escritura era la forma que ella tenía de acceder a lo sagrado. Sus manuscritos demuestran ambas cosas: el modo en el que se concentraba cuando escribía, y aquello a lo que esa concentración apunta.
En El Cazador Graco, de Guy Davenport, después de acabar mi libro,  y sin tiempo ya para recogerlo en un añadimiento, encuentro varias ideas e intuiciones idénticas a las que yo he formulado en mi escrito. "Todo en Kafka trata de una historia que aún no sucede. Su hermana Ottla moriría en los campos de concentración, junto con todos sus demás familiares. La palabra alemana para insecto (Ungeziefer, "sabandija"), que Kafka usó para Gregor Samsa, es la misma palabra que los nazis usaron para referirse a los judíos, y exterminar insectos era uno de sus eufemismos obscenos, como lo ha señalado George Steiner. Muy poco tiempo después de la segunda Guerra Mundial se hizo evidente que con El Castillo y El Proceso, y especialmente En la colonia penitenciaria, Kafka estaba describiendo con precisión los mecanismos de la barbarie totalitaria". Como María Zambrano, Davenport afirma que "el tiempo de Kafka es el tiempo del sueño, el tiempo interminable de Zenón". Hay muchas más, algunas consideraciones muy iluminadoras sobre el oximoron en la obra de Kafka. Pero, hay una, de método, que me resulta increíblemente próxima, a pesar de no haberla leído antes de escribir yo: "Kafka tenía que ser muy claro y muy simple precisamente para afirmar que nada es claro y simple. En su lecho de muerte dijo, refiriéndose a un jarrón de flores, que éstas eran como él: vivas y muertas simultáneamente. Todas las demarcaciones son algo difusas. En contra de lo que pensaba Heráclito (Davenport añade, en otro lugar, que Kafka era pre-pre-socrático), algunas series poderosas de opuestos no cooperan. Luchan. Oscilan indecisas sobre el fiel de la balanza de toda certeza. Como decía Kafka, es fácil creer en cualquier verdad y en su contrario."
Resulta emocionante reconocer que alguien llegó, por caminos muy distintos, a formulaciones tan exactas de lo que uno ha pensado sobre algo. Y más aún, si cabe, a vivir cosas tan íntimas del mismo modo que uno; naturalmente me refiero al manuscrito de Todesabanden, y a la concentración que yo siempre he buscado.
(La foto fue realizada por Claude Cahun en los años 30)

martes, 27 de octubre de 2009

lunes, 26 de octubre de 2009

Presentación Kafka en Barcelona

El próximo miércoles día 4 de noviembre, a las 19:30, en la Llibrería Central de la calle Mallorca 237, tendrá lugar la presentación en Barcelona del libro Kafka y El Holocausto (Trotta, 2009). Sergio Vila-San Juan (Culturas de La Vanguardia) moderará un diálogo entre Nora Catelli (Universidad de Barcelona) y Xavier Pla (Universidad de Gerona). Yo también diré algo. Estáis todos más que invitados, es más: os rogaría que fueseis, y que además invitarais a quien creáis que pueda interesarles el acto, y el libro. Al final, se ofrecerá una copa de vino y a continuación celebraremos una cena a la que todo el que quiera puede asistir (se pagará a escote), siempre que se avise para así poder reservar el número aproximado de plazas para los comensales.

domingo, 25 de octubre de 2009

Bulerías (Estrella Morente)

Para mi amiga Lauren Mendinueta, poeta, caribeña, por sus buenos oficios lisboetas. Por su profunda hospitalidad.

Manuel de Falla

Al comienzo de Niels Lyhne de Jacobsen, el narrador cuenta que, tras el matrimonio de Bartholine Blider con el padre de Niels, ella, que había amado en su juventud la poesía, por culpa de la vida gris y rugosa de casada que le tocó llevar, acabó odiándola, y que entonces ya solo le quedaron sus sueños, adolescentes e inseguros. En concreto, dice lo siguiente: "El intento de liberación que aquello (la poesía) implicaba fracasó. Volvió a sumirse en los sueños, en los sueños de su juventud, pero había ahora una ligera diferencia, pues ya no mantenía una esperanza capaz de atraversarlos y, además, había aprendido que sólo eran sueños, seductores y lejanos espejismos que ningún anhelo en el mundo sería capaz de bajar a su tierra. Y, por tanto, cuando se abandonaba a ellos, lo hacía con turbación y a pesar de una voz recriminatoria en su interior que le decía que era como el borracho que sabe que su afición es perniciosa y que cada nueva borrachera son fuerzas que roba de su debilidad y añade al poder de su pasión. Pero aquella voz sonó en vano, pues una vida ebria, despojada del vicio alegre de los sueños, no es una vida digna de vivir. Al fin y al cabo, la vida sólo tiene el valor que le confieren los sueños".
Siempre me impresionó ese párrafo, y podría comentarlo durante horas. En él está contenida la sustancia de una de las mejores novelas del novecientos y, aún más importante, del ethos de varias generaciones de europeos, incluida la nuestra. Seguimos viviendo, también en el arte, en tiempos románticos; a mí de eso no me cabe la menor duda. Pero no quiero hacer ese comentario, por mucho que me tiente. Voy a otra cosa distinta. Me gustaría contar el historial de uno de mis primeros cuentos, y las extrañas circunstancias que lo han rodeado siempre. El cuento, como tantas otras veces, lo soñé del principio al final. De hecho, nunca escribo una pieza de ficción si no la he soñado antes. Así ocurrió en este caso: lo soñé estando en Madrid. Por aquel entonces, iba a menudo con los niños a un pequeño parque situado en el fondo de la calle de Manuel de Falla, entre las calles de Juan Ramón Jiménez y la de Rafael Salgado. Por ahí vive mi padre y allí mismo murió mi madre, en una ventana que da a los árboles de ese pequeño jardín. Aquella era una época dura para nosotros, aunque muy feliz. Me pasaba el día en los parques, entreteniendo a mis cuatro hijos. Procuraba, al tiempo que los atendía, lleno de aprehensión, leer poesía y seguir soñando. Era difícil y así se iban pasando los días, largos, melancólicos, inolvidables. Cuando me dormía, muy cansado y con una sensación agridulce de insatisfacción, soñaba a placer. Como el mundo del sueño parte de un modo inexplicable de los lugares que frecuentamos, y de lo que abunda en el corazón, un día soñé esto (sólo voy a reproducir el principio de esa historia):
Al tiempo que se incorporaba, miró el reloj: eran las ocho y cuarto de la mañana, la hora en la que, cada día, mientras él se desperezaba en la cama, su mujer atendía a los niños.
Los gritos de la pequeña le habían despertado. Aunque hubiera querido levantarse de inmediato, no fue capaz. Decidió esperar a ver si se callaba. Naturalmente no fue así y no le quedó otro remedio que ir a ver que pasaba. No era nada. La cogió en brazos y la estuvo besando un rato mientras la niña reía feliz. Al dejarla de nuevo sobre la cuna olió el intenso olor a pis al que no se acostumbraba. Acarició sus rizos dorados que se posaban suavemente, como pequeños pájaros, sobre la felpa azul claro del pijama, le dijo en voz baja unas palabras y salió del cuarto cerrando la puerta despacio. Mientras acompañaba el movimiento de subida de la manilla se dio cuenta de que había luz en la habitación de al lado. Al pasar por delante vio a su hijo mayor tendido sobre las sábanas.
No le dijo nada y se volvió a la cama. A través de la ventana, un cielo de color ceniza descendía sobre las casas. Entonces se metió más adentro entre las sábanas cubriéndose totalmente el rostro. Sintió un dolor intenso en las manos y una tristeza cerrada. Repasó mentalmente la lista de cosas que le quedaban por hacer aquel día que no había siquiera comenzado y se le escapó un suspiro.
Su mujer no estaba. La niñera tampoco vendría. Tendría que hacerlo todo él solo. Su mujer le había asegurado que era una buena chica y que jamás mentiría, que si no podía venir era realmente que no podía. Pero él se había enfadado mucho por el teléfono, al principio medio en broma hasta que acabó poniéndose como una fiera; al final acabó gritándole las cosas más desagradables e hirientes que se le ocurrieron. ¡Qué coño hacia ella fuera de casa, trabajando en fin de semana, la madre de dos criaturas! A mitad de conversación, antes de los insultos, su mujer le había dicho llorando que lo único que le pasaba era que le faltaba amor. Cuando colgó se quedó con aquello grabado y le pareció que en su vida todo iba a peor.
De nuevo se quedó adormilado hasta que notó una mano pequeña abriendo la suya. La angustia quedó momentáneamente disipada. Saltó de la cama, se puso la bata, preparó el desayuno, hizo las camas, sacó las ropa de los pequeños del armario y se lavó a toda prisa.
A las nueve en punto sonó el teléfono. Era Myriam desde París. Sin que a él le diera tiempo a decir nada, ella le pidió perdón y le prometió que nunca más iba a aceptar tener que irse de viaje, que hablaría allí mismo con su jefe, de verdad que lo sentía, que había llamado in extremis a su propia hermana y que le había suplicado que le ayudara a él con los niños a la hora de comer, y que ésta no sólo había aceptado sino que le había dicho que se los llevaría por la tarde al cine, así puedes estar tranquilo y dormir la siesta, no te preocupes que ella les baña y acuesta, porqué no llamas a Dani y os dais una vuelta, de verdad que no me importa, te juro que no sé que hago aquí, el trabajo no me importa nada, sólo me importáis tú y los niños, por favor no vuelvas tarde, y no te emborraches, yo llego mañana a las diez, a ver si puedes venir a recogerme con los niños, les encantará ver los aviones, si no, no te preocupes que me cojo un taxi, qué quieres que te regale, ¿me has perdonado?, un libro, no me has dicho aún qué quieres, veré si te encuentro algo, y yo, ¿qué me compro?…
Él no le pidió perdón pero le aseguró que irían al aeropuerto, sólo faltaba, le dijo que estaba deseando verla, mañana hablaremos, no tenía ningún derecho a hablarte así, no se te ocurra traerme nada, los niños te echan tanto de menos.
Una hora más tarde salieron los tres de paseo hasta el pequeño parque de la calle de Manuel de Falla, en un lateral de la Castellana. Nada más pasar la esquina de su calle vio a lo lejos su pelo rojo y su figura alta y bien conformada. No podía verle el rostro y por un instante temió que no fuese ella. Le saludó con la mano mientras los pequeños corrían hacia los columpios. Los niños son lo suficientemente pequeños como para no enterarse de nada, pensó. Hubiera deseado correr él también pero en cambio ralentizó el paso. De repente, se sintió avergonzado ante aquella chica que cuidaba otros niños en el mismo parque. Llevaba meses obsesionado con ella, deseando siempre encontrársela a solas. Se quedó de pie a su lado, columpiando los dos a los niños, rozándose los brazos, sonriéndose con ternura, la adolescente convertida de pronto en una mujer por la que tal vez hubiera merecido la pena perder la cabeza.
Pero el cielo vino en su ayuda: una gran nube negra se posó encima de los tejados más próximos justo en el momento en el que hubiera dicho una palabra de la que se habría arrepentido. Cayeron las primeras gotas, recogieron a los niños con rapidez y apenas se despidieron. Habría querido invitarle a tomar algo en cualquier cafetería. Sería poco rato, lo suficiente para preguntarle por tantas cosas que le interesaban de ella, de su carrera recién comenzada, de sus padres separados de los que le había hablado un día con toda la frialdad del mundo, de los dibujos que ella hacía, siempre en blanco y negro, como el que le había regalado un día y él había guardado en una cajón entre las cartas de amor de su mujer. Era una figura del tamaño de un puño dibujada a plumilla: una especie de boca de la verdad con un ojo de cíclope colgado de la comisura de los labios. Un día estuvo mirándolo fijamente, un largo rato, y le pareció que el ojo se desplazaba hasta el centro de la boca, quedándose situado como un espejo en la parte más carnosa. En realidad estaba loco de deseo por ella, más ahora que llovía. En ese momento pasaron mil cosas por su mente, los segundos parecían horas, sentía calor en el pecho y un sudor frío en las manos que intentaban evitar que los niños se metieran en los charcos que se iban formando a gran velocidad por todas partes.
Con una mezcla de pena y alivio la había mirado alejarse, como tantas otras veces, incapaz de decir nada, hundiéndose cada vez más en esa apatía en la que se encontraba desde hacía más de dos años.
Se dirigió hacia casa donde le esperaba su cuñada. Los niños andaban callados y arrastraban los pies por el agua. Ya no estaba tan seguro de que no se enteraran de nada. Miró su cabellos, sus manos pequeñas, sus zapatos empapados y se sintió muy unido a ellos y al mismo tiempo alejado a una distancia infinita.
La comida fue tranquila y al poco rato los niños, felices con su tía, estaban de nuevo en la cama. Ana, la única hermana de Miryam, lo había recogido todo y después se había tumbado frente a la televisión, donde al poco rato se quedó completamente dormida.
Tenía entre las manos el lazo blanco de su hija pequeña. Pensó en lo mucho que se parecía a su mujer y en el modo en el que sin quererlo formaba parte de su vida. No la deseaba pero había algo en ella que le atraía con fuerza. Se recostó de muevo en la cama con un único pensamiento fijo: la niña del parque.
Copio sólo hasta aquí. Es una historia larga, sin demasiado interés y, según me doy cuenta al recopiarla ahora, muy influida por mi insistente lectura de los cuentos de Raymond Carver. Ayer, de madrugada, recordé esa vieja historia, y me asombré al comprobar la importancia que algunas de las circunstancias, sobre todo ese pequeño parque madrileño, han tenido después en el desarrollo de mi vida. Pero esa es otra historia distinta, conectada con ésta pero en el fondo mucho más luminosa y de la que no quiero hablar.