domingo, 7 de diciembre de 2008

Babette´s Feast

Bella Martha

Notas para un diario 84

En casa. Cocinando: "1. Cortar la carne en cuadrados pequeños. Mezclar todos los ingredientes para el marinado en un recipiente de cobre y agregar la carne. Tapar y dejar marinar al menos 12 horas. 2. Retirar la carne, guardando el marinado. Secar los cuadrados de carne y pasarlos por harina. En una cacerola, saltear la carne en la mantequilla clarificada hasta que esté bien dorada por todos los lados…" Pues sí, aquí me tienes, cocinando, que no es sino otra forma de "engañar a la melancolía" que me invade "desde que tú te has ido…", especialmente ahora, tres años después de la muerte de la madre que me trajo al mundo. Te adelanto dos de los diecisiete pasos que tiene mi receta de la bouef bourguignon que me dejo en herencia mi señora madre hace ya tres años. (A propósito, te voy a confiar el secreto de una mentira que corre por ahí: que a los hombres se les conquista por el estómago. No voy a entrar en la verdad que pueda contener ese resabio popular sino en lo que oculta: que a la mujer también, si no más; te lo digo por experiencia: cocina para una mujer, con el amor debido, y habrás ganado un lugar en su corazón). Bueno, hablando en serio, y después de beberme tres cuartos de botella del Cuatrocientos de Inurrieta (cabernet y merlot) que me descubriste tiempo ha, oyendo boleros de Carlos Cano toda la mañana, te confieso que no me puedo olvidar de nada de lo que mi madre me dejó, especialmente de su amor a todas estas cosas que paso a enumerarte: a España, a Francia, al mediterráneo franco-catalán y al cantábrico vasco-francés (en ambos casos cuanto más al norte, y cerca de las fronteras, mejor), al anonimato, al cuidado de las cosas pequeñas, a la música y a la literatura, a los místicos castellanos (eran judíos), a la libertad interior, a la confesión sacramental, a la alegría de dar, a ponerme siempre del lado del que sufre, a la conversación, a la buena mesa. No es poco, no.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Mi guitarra y vos (Jorge Drexler)

Notas para un diario 83

En casa. Y tú (mira que eres fría), a orillas de un lago helado. La verdad es que ya te estaba echando de menos, pies de nácar, que si mucho libro con o sin alma, que si esto que si lo otro, pero me faltabas tú, nuestras charlas llenas de humor, de libertad en todo caso, de un sentido de la libertad un poco bárbaro que me ha dado cuenta de que compartimos, aunque me temo que estas lunas de miel duran poco, acaso lo que dure este maldito blog, al final acaban transformándose, cual coleóptero kafkiano, en algo distinto, mejor o peor pero distinto, bueno pues como te iba diciendo te estaba echando de menos y el otro día cuando estabas outre mer pensé, en un momento dado, que quería escribir sobre la decrepitud corporal, tú que acechas a todos los hombres guapos que pasan por delante de ti, y quería empezar cómo no por el famoso verso baudeleriano/gatopardescco que me llevo repitiendo desde hace veinte años y que dice así: Donnez-moi la force et le courage/de contempler mon coeur et mon corps sans dégoût (he tenido que buscarlo porque, como parte de la decrepitud, el órgano de la memoria también me falla y lo había reconstruido así en mi cabeza: Donnez moi Seigneur la force et le courage/de contempler mon corps sans dégoût, toma ya, le había añadido una imprecación celeste y le había quitado la referencia al corazón, prueba de hasta que punto se me está desecando…). Bueno, te cuento pues como se ha producido el déclic que me ha traído hasta aquí, una vez más hasta las orillas vellosas de tu rubia cabellera para susurrarte lo que pasa por mi siempre agitada mente (no soy un poeta sino solamente un manojo de nervios, dijo el ruso acaso pensando en mí): todo empezó leyendo en el famoso ensayo sobre Torrentius el  adjetivo con el que Herbert califica la luz del cuadro de marras sobre el que escribí ayer: dice que es una luz "clínica". Yo, que no he visto el cuadro al natural (la foto, a pesar de que hice pruebas con otras cinco, es plenamente insatisfactoria), me puedo imaginar perfectamente a lo que se refiere, más después de haber visto en cosaswood (un blog que te recomiendo, cuando lo explores entenderás porqué lo digo) la foto del pasillo de un hospital que preside este malogrado post: no voy a decir aquello del poema de Kavanagh (Hace un año me enamoré de la sala funcional/ de un hospital…), pero sí puedo en cambio afirmar que me he enamorado de los colores de esa fotografía, lo suficiente al menos como para ponerme a escribir sobre ti. Y es que el bueno de Patrick, otro gran olvidado poeta local (me muero de risa con las famas y cronopios actuales), en ese poema que se titula The Hospital y que cualquier día te copiaré enterito solo para ti, dice una cosa que esconde el secreto y la verdad (son lo mismo) de la decrepitud corporal y de la muerte (justo lo que a su vez está escondido en los colores sobresaturados de la belle photo): a saber, que nombrar las cosas es de por sí un acto de amor y aquello que el amor promete, for we must record love´s mystery with out claptrap,/Snatch out of time the passionate transitory, que más o menos quiere decir lo siguiente: "Porque debemos dejar constancia del misterio de amor sin buscar aplausos de hojalata/arrebatar al tiempo lo apasionado transitorio". Toma ya, que como siempre hemos terminado tú y yo a orillas del mediterráneo, esta vez con los filósofos jonios (¿sabes que Irlanda más que romanizada fue directamente cristianizada por monjes? ¿aún no has leído La confesión de Patricio? Aunque no haya más que leer las cartas eróticas de Joyce a su mujer para darse perfecta cuenta de ello, cuando quieras te doy el resto de la bibliografía), y yo con estos pelos. Bueno pues termino por hoy: eso es lo que veo yo en esa foto, pies de nácar.

viernes, 5 de diciembre de 2008

In the Sun (Cold Play)

Herbert y Torrentius

Si tuviera que seleccionar una sola lectura de este año (en el que la Providencia me ha bendecido con auténticas maravillas inesperadas), no dudaría en elegir el ensayo que Zbigniew Herbert dedica al pintor holandés Torrentius, y en particular al único cuadro que hoy en día puede verse de este ser cuasi legendario y que se titula, como el propio ensayo de Herbert, Naturaleza muerta con brida. No lo dudaría ni un instante. Comienza así: "Empezó de la siguiente manera: hace años, cuando visité por primera vez el Museo Real de Ámsterdam, al pasar por la sala donde se encontraba la excelente Pareja de esposos de Hals y el bello El concierto de Duyster, di con un cuadro de un pintor que me era desconocido. Comprendí en el acto –aunque sería difícil de explicar racionalmente–que algo trascendental, relevante, había sucedido, algo significativamente más importante que un hallazgo fortuito entre una multitud de obras maestras". Naturalmente, el largo ensayo que le dedica Herbert al cuadro pretende descifrar la lógica de ese encuentro crucial para el hombre que escribe poesía. Herbert se ve obligado por el cuadro a pasar revista a aquello que constituye el eje de su pensamiento y de su modo de ver el mundo: desde su capacidad de investigar un asunto (con un ejercicio heroico de las virtudes de la paciencia y de la humildad: yo calculo que tardó varias décadas en terminarlo) y de observar un objeto, hasta sus convicciones morales más íntimas: todo acto de libertad (política, creativa, espiritual) depende de una epistemología, de un modo de hilar, en un relato increíble y apasionante, una sabiduría (que dicho sea de paso espero que no acabe con él, y que por el contrario sea retomada por muchos de nosotros en esta nueva era informática y multicultural). Es la mejor tradición europea de la tolerancia y de la mirada admirada hacia las cosas bellas y de valor. No os perdáis el relato de un episodio en el que Herbert discute con Witold Gombrowicz acerca de las ruinas de un antiguo monasterio a las afueras de París.
El ensayo lo encontráis en el libro homónimo que ha publicado Acantilado. No me resisto a elogiar la traducción del polaco que hace mi amigo Xavier Farré. Y la nota de elegancia y de preciso buen hacer que supone por su parte la inclusión, en este contexto, de la palabra "estatúder", con ese regusto holandés e imperial a la vez.