domingo, 1 de junio de 2008

La isla de Stuparich

A comienzos del otoño del año 2000, Valeria Bergalli, una editora que vive en Barcelona comenzó Minúscula, una aventura editorial que a mi me atrajo desde el inicio. Recuerdo que escribí entonces que me llamaba la atención el profundo sentido que se intuía en aquella iniciativa. Han pasado ocho años densos y llenos de peripecias, y me alegra poder afirmar que aquellas promesas iniciales han superado cuanto cabía esperar. Si alguien busca un catálogo que sea de verdad una obra literaria, que mire en el de esta magnífica editora. Una isla en el océano editorial español. Valeria ha publicado desde entonces algunos de los mejores libros en español de esta década. Podría hablar del catálogo entero (habrá ocasión) pero me voy a limitar a recordar algunas joyas: en primer lugar Verde agua de Marisa Madieri. Ha sido con toda justicia el best y long seller de la editorial. Las memorias-diario de una mujer que vive y muere en la Trieste de este siglo. El sexto libro de la colección Paisajes narrados fue Raymond Isidore y su catedral de Edgardo Franzosini. Si no lo tenéis os recomiendo que corráis a encargarlo. Nunca había leído una historia que me hiciera comprender el principio interno del arte, de todo arte (empezando por el de la vida) como la que se cuenta en las 150 páginas de ese libro. El undécimo volumen de la colección era de Pushkin: el célebre Relato de su viaje a Arzrum durante la campaña de 1829. ¡Qué traducción de Selma Ancira! No os lo perdáis tampoco.
Ahora ha aparecido otro texto excepcional: La isla de triestino Giani Stuparich. Traducido con mano maestra por mi amigo José Ángel González Sainz, narra la historia de un hijo que acude a la llamada de su padre moribundo. Juntos retornan a la isla que les viera nacer y en unos pocos días intentan recuperar un pasado que les proyectará sobre un futuro imposible. 

Notas para un diario 24


En pleno vuelo leo en la revista que aguarda en la bolsa frente al asiento unos consejos para hacer del viaje aéreo una experiencia placentera; los firma el Servicio Médico de Iberia. Escéptico, estrujado entre dos vecinos de fila que, por una extraña metamorfosis, se han convertido en gigantes cuyos hombros imponentes me amenazan por ambos flancos, me detengo especialmente en uno: “Pequeñas diferencias horarias pueden causarnos jet-lag, y por supuesto cuando éstas son mayores, son claramente acusadas por el “reloj interno” que nos marca las horas del sueño y la vigilia. Desgraciadamente poco se puede hacer para contrarrestar los efectos del cambio de los husos (sic) horarios”. En un primer momento creo reconocer una errata. No puedo afirmar, a estas alturas, si el escritor colectivo, ese servicio médico o quien quiera que haya redactado el vademécum, quería poner “husos”, como ha quedado escrito, o acaso se refiere a la palabra “uso”, con idéntico sonido pero muy distinto significado en nuestra lengua: ¿el uso horario o el huso horario?, ¿está nombrando la costumbre y la forma en la que distribuimos las horas del día o hay en esa expresión una alusión, sin duda metafórica, al instrumento en el que se recoge y devana el tiempo como si se tratara de un hilo?

De vuelta en casa, casi sin saludar a nadie, me lanzo sobre el diccionario deseoso de salir de dudas. Veo que efectivamente existe una acepción, que yo desconocía, según la cual se denomina huso horario a cada una de las partes en las que queda dividida la superficie de la tierra por los veinticuatro meridianos y en las que rige una misma hora. O sea que cambiar de huso horario no es cambiar el modo en que distribuimos las horas del día sino, más literalmente, pasar de un meridiano a otro y, por tanto, cambiar la hora del reloj por la que nos regimos. Me gustaría saber a quién se le ocurrió esa metáfora del mundo de la costura para hablar de un fenómeno que tiene que ver con el paso del tiempo. Es evidente que la forma achatada del globo puede recordar la forma de un huso. Los meridianos son líneas imaginarias que se tiran como si fueran hilos y que deben pasar por ambos polos. Pero todavía me gustaría más saber por qué el paso del tiempo se ha explicado tradicionalmente con metáforas textiles, como por ejemplo la que habla de la vida como de un hilo que se va tejiendo y deshaciendo en el telar de la Historia.

Han sido los griegos quienes han dado las más bellas explicaciones. Penélope, el famoso personaje de la Odisea, espera a Ulises cosiendo de día y destejiendo de noche. Les ha prometido a sus amadores que aceptará un nuevo matrimonio cuando termine de coser un vestido. Parece que se limita a matar el tiempo cosiendo pero en realidad espera fielmente a su marido, rechazando a los pretendientes que la acosan no tanto por amor cuanto para proclamarse reyes. Es una explicación enigmática del paso del tiempo y si lo pensamos nos damos cuenta de que la moda tiene mucho que ver con esto. Homero lo intuyó perfectamente y lo simbolizó en la figura de la mujer que hace y deshace constantemente la ropa. Penélope emplea el tiempo en superar los peligros que le salen al paso; se dedica precisamente a rehacer vestidos, como cualquier modista, mientras aguarda a su marido. Hace algo que parece inútil pero que le sirve para no caer en las peores manos y que además exige una inmensa creatividad. Todo trabajo en la moda tiene el signo de Penélope: el signo de la distracción, la paradójica función de atraer (por la belleza) y repeler a un tiempo. En este sentido podríamos concluir que las creaciones de la moda deben de ser discretas, la moda debe de resultar atractiva pero con un toque de contención. Y es que la moda esconde algo trágico –que el tiempo pasa- aunque también contiene la esperanza de que la solución a la vida se encuentra en un futuro que no se conoce pero que tampoco necesariamente se teme. En la moda se muestra, a través de innumerables recursos, la capacidad que tenemos para el cambio. Pero es preciso darse cuenta de que sólo se trata de lo que podríamos llamar un digno y noble pasatiempo.

(Foto: un cuadro de Peter Hammershoi)

sábado, 31 de mayo de 2008

Para Paula





Paula


Me has preguntado
como el hijo mayor
que por qué no te escribo un poema.

Pero tú eres más
que el hijo mayor.

Tú eres yo
y no quiero escribir para mí.

No es que te quiera
es que eres yo mismo



(Foto de M.C.)

El Cézanne de Roger Fry



Acaba de salir en la Colección Cátedra Félix Huarte (Eunsa, 2008) una edición del Cézanne de Roger Fry (1927), traducido y anotado por Paula. No conozco un libro que enseñe mejor a mirar un cuadro que éste. Es el libro que compendia todos los libros de Roger Fry, pintor y escritor del Grupo de Bloomsbury. Amigo íntimo de Virginia Woolf (de la que por fin ha aparecido en español la magistral biografía de Nadia Fusini, en Siruela, 2008), la obra escrita de Fry representa, junto a las novelas de la Woolf, lo mejor de ese grupo: ambos alcanzaron una densidad y sutileza únicas en sus respectivos géneros. En su biografía del crítico (Edhasa, 1984), Virginia Woolf escribió lo siguiente a propósito de este libro: "Como la mayoría de los libros que parecen completos y sin resquebrajaduras, el Cézanne le costó a su autor mucho trabajo pesado y mucha desesperación. Tuvo que luchar todavía más que de costumbre con las palabras y su imprecisión. Y a ratos surgían dudas: ¿podía ser tan grande Cézanne como creía Roger Fry? ¿No sería una ilusión? Entonces se iba a contemplar los cuadros "como por primera vez" y volvía con sus convicciones más reforzadas que nunca: "es el más grande porque posee la gravedad y ponderación de las cosas más grandes… es lo más colosal". Ejercicio exhaustivo de análisis de la evolución del pintor, Fry se detiene a propósito donde comienza lo más importante. Conocía demasiado bien el entramado del arte y la religión como para no hacerlo. Lo explica así: "El análisis se detiene antes de llegar a la última realidad concreta de una obra de arte y tal vez, proporcionalmente a la grandeza de la obra, deba dejarse sin explorar una parte más importante de su objetivo".

La edición de Paula parte y termina de esta gran intuición metodológica de quien ha sido (junto a Gombrich) su gran referencia intelectual a lo largo de su carrera como profesora. Rigor, perspicacia y contención. Virtudes que nacen de un temperamento templado y de una formación riquísima. El libro es una joya.

(Fotos: Roger Fry pintando y los Fry (Roger y Margery) junto a los Woolf (Virginia y Leonard) en un viaje a Atenas en el año 1932)

viernes, 30 de mayo de 2008

Absence of Colour



Tempus fugit…

Al

miércoles, 28 de mayo de 2008

Notas para un diario 22

Discusión en el Parlamento español sobre los crucifijos en las tomas de posesión de los miembros del Gobierno y en otros ámbitos públicos. Recuerdo siempre la frase de Cyprian Norwid, el poeta modernista polaco: "Nunca detrás de sí mismo con la Cruz del Salvador, sino detrás del Salvador con la propia cruz". Qué difícil es encontrar un liberal. Hablo con L., entre otras cosas, de liberalismo, postmodernidad y no sé como llegamos a lo que ambos pensamos sobre la Cruz. Me dice que me ve ensimismado (otro amigo me confirma que mi escrito sobre la amistad es "humano, demasiado humano"). Tiene razón. Me ofrece su ayuda en un gesto de amistad. Cuando he estado en sitios y momentos especiales (Auschwitz, por ejemplo), he sentido el impulso de llamarle o de ponerle un mensaje. He puesto a los alumnos la película Sin destino. Muchos salían llorando: las mujeres de un modo más visible (y honesto, comosiempre). Releo algunas partes de la correspondencia de Rilke (Merlín, la amiga venciana, Tour und Taxis, Benvenuta, Clara, cómo no). Me doy cuenta de que Trieste se convirtió para él en un polo de atracción. Empiezo a escribir el texto sobre Magris y el viaje interior. Algunos de los más grandes viajeros han sido los viajeros al interior: Juan de Patmos, Virgilio y Dante en el infierno. Ayer me dormí oyendo, en la radio, una lectura de las visiones del infierno de Faustina Kowalska. Siete estrados en el infierno. Como en la escala de Mahoma. Como en el Eliot del tercer movimiento de Ash Wednesday. Me parece que el cuarto o quinto es la falta de luz que no obstante permite distinguirse (hombres y demonios). Me levanté a apuntar la referencia y a sacudirme el miedo con un lingotazo de whisky. El que bebía Josep Pla, otro gran viajero interior. Los mejores libros comienzan cuando se afinca en El Ampurdán. Volvió a Argentina por razones eróticas. Y escribió las Notas per a un diari. "Toma catalán". Eran los años 65 y 66, en los que nací.


(La foto es de Bracha LICHTENBERG-ETTINGER)

martes, 27 de mayo de 2008

Notas para un diario 21

KEINER

A Cristina Kaufmann
In memoriam


Sintió a su mujer inquieta a su lado, y eso le molestó.
-¿Te pasa algo?
-No. Nada.
-¿Te encuentras mal?
-No te preocupes. Estoy bien, más tranquila que nunca. Duérmete, que es tarde y te vas a desvelar.
-No puedo dormir. Díme qué te pasa. Tienes cara de haber perdido algo.
-¿Perdido?… no sé.
-Ya estamos como siempre.
-Lo siento pero no te entiendo.
-No hay nada que entender–, dijo él, girándose hasta darle la espalda.
-De repente me dices no sé que de mi cara y no sé que quieres que te diga.
-Sencillamente lo que te pasa– insistió volviéndose hacia ella.
-Es que no lo sé. No tengo ni idea y, además, qué más da lo que me pase. Llevo toda la vida buscando algo que no sé qué es y estoy cansada. Lo he buscado dentro de mí desde pequeña. Lo he buscado en los libros y en los cuadros, en la religión, en los demás sobre todo, en las tres o cuatro personas que he amado. Quizás más que buscar algo se trata de buscar a alguien.
-O sea que puede ser que a lo largo de tu vida en realidad no hayas encontrado a nadie. Me alegro de que me lo digas a mí.
-Me ha parecido alguna vez que lo había encontrado. Quizás sólo fueran momentos en los que ya no buscaba nada. Pienso ahora, con la distancia y la paz que tengo esta noche, que no he estado nunca ni siquiera cerca de lo que sigo buscando.

Hacía frío. Del jardín devastado por el invierno entraban como cuchillos ráfagas de un viento helado. Una noche más la fugitiva nieve era arrastrada con violencia contra las paredes de las colinas. Los árboles eran sombras destinadas a desaparecer en cualquier instante. En el valle, no lejos de la casa, se oían los quejidos de los animales.
-En todo caso veo que para ti no cuento nada.
-La alegría que sentí aquel verano en Holanda o con D. en París: recuerdo horas leyendo al sol en la plaza de la Sorbona, frente a Vrin, y como de repente nos mirábamos y subíamos corriendo al hotel, ¡qué forma de amarnos! O cuando nació mi hijo –entonces noté que me daban algo, algo que me era puesto en el corazón–, o esos momentos, no tan infrecuentes, instantes de plenitud que surgen de la nada, de improviso, como esas otras sensaciones inesperadas de algo que ya hemos visto.
-¿Has encontrado lo que buscabas en las alegrías del cuerpo y del corazón?
-No, porque todas esas cosas han estado siempre amenazadas por algo o por alguien.
-Vamos, que siempre has vivido con miedo. Eres como una niña pequeña.
-¿Crees que se me habrá quedado perdido en el país de la infancia?
-No. No creo en la magia de la infancia. ¿Te acuerdas de quién hablaba de la irrecuperable magia de la irrecuperable infancia? Pura retórica. No tengo hijos pero es horrible contemplar los movimientos de un niño y constatar en qué escasa medida puede decirse que se encuentre ya en tierra firme. A la hora de la verdad no tiene a nadie y hasta los que parecen adorarle se pueden convertir para él en nadie. ¿Crees tú que esa es realmente la última palabra?

Los dos permanecieron callados, en un silencio a la vez tenso y cansado. La nieve, el viento, toda la tierra parecía huir moviéndose en círculos…
-“No tengo a nadie”, como dijo aquel ciego del abrevadero.
-El abrevadero de los carneros aptos para el sacrificio.
-Somos huéspedes de nadie y la posada no puede decirse que sea precisamente espaciosa ni acogedora. Para colmo la puerta se abre siempre hacia dentro y va a dar sobre un precipicio. No me extraña que tantos se nieguen a pasar por la puerta.
-Veo que he conseguido pasarte toda mi melancolía. Y lo que es peor he conseguido robarte tu sueño, tu sueño de niño.
-Tu melancolía se añade a la mía.
-No sabes cuanto lo siento…, pero, me has preguntado antes por la última palabra y quería contarte una cosa. Una vez estaba en París. Fue antes de conocerte, cuando vivía con mi marido. Estaba desesperada porque había dejado de hablarme. Me juré que si él no me hablaba yo tampoco hablaría con nadie. Cada día pasaba por una iglesia a la orilla del río. No entraba. Me quedaba en el jardín que la rodea, junto a un viejo árbol que se tiene en pie gracias a unas lañas de hierro. Un día vi a un hombre enfermo que se había colocado cerca de mí, casi rozándome. Al principio me asusté pero enseguida me di cuenta de que se trataba de un ser totalmente inofensivo. Parecía extranjero. De vez en cuando me miraba sonriendo, hasta que yo le miraba y entonces bajaba la vista como un niño tímido. Siempre estaba moviendo los labios como si recitara en bajo una salmodia. Desde aquella primera vez me lo encontraba allí cada día. Empecé a observarlo con una curiosidad que se transformó en simpatía. Sus ropas estaban viejas pero no eran malas. Llevaba una camisa blanca recién lavada. Siempre igual: llegaba en silencio y al rato se hacía notar, se colocaba más cerca, sin molestar pero muy cerca. Solamente recitaba su plegaria y a ninguno de los dos se nos ocurrió decir nunca nada. Sabíamos que los dos estábamos sufriendo mucho y eso bastaba. Mi silencioso amigo me recordaba la relación que había mantenido siempre con mi hermano. Era como cuando sus depresiones empezaron a hacerse agudas, y yo tenía las mías y apenas nos veíamos un minuto por la mañana. No nos hablábamos pero creo que nadie me ha querido y acompañado nunca como él. Nos bastaba una pregunta un tanto enfática: ¿te has tomado las pastillas? ¿no se te habrá ocurrido comer queso? Esa complicidad nos consolaba. Cuando murió mi hermano recordé la expresión ida de su cara preguntándome cada mañana por el dichoso queso. Por fin, un buen día dejó de venir el viejo. No me preguntes porqué pero creo que se murió de pena aquellos días. La tarde anterior ocurrió algo extraño. No se colocó tan cerca como las otras veces. A los pocos minutos se acercó al árbol, se agachó y dejó algo en la parte exterior de las raíces. Se fue con paso rápido y al poco rato yo también me fui porque sentí un enorme frío por dentro. Al día siguiente, al ver que no venía me acerqué al lugar donde había depositado aquel objeto. Era una tira de tela azul, quizás un marcador de lectura. Sin pensarlo lo recogí y me lo llevé a los labios como si fuera una reliquia. Una flor azul en el camino. Supe que la había dejado para mí.


(La foto es de la iglesia ortodoxa de Saint Julien-le-Pauvre de París, donde se desarrolla la escena final del relato, incluyendo una vista del árbol con las lañas que ahí se menciona)