miércoles, 18 de abril de 2012

Emily Dickinson



Tenemos la imagen de Emiliy Dickinson como una mujer frágil, cuando no apocada, obsesa por su propia persona, cuando no con sus pequeñeces, una mujer neurótica que sufría agorafobia y que se recluyó entre cuatro paredes mutilando absurdamente su vida en varios aspectos. Emily Dickinson fue una mujer fuerte, increíblemente dotada para la creación poética e hiperconsciente de lo que quería en la vida para sí misma. Pocas mentes han horadado con mayor agudeza y profundidad el muro de las apariencias, de los brillos y la corrupción de una sociedad industrial y postindustrial en la que estamos inmersos. Dickinson fue en el mejor sentido de la palabra una personalidad, con sus máscaras y bergamascas desde luego, un espíritu auténtico y contemplativo que, consciente como pocos de la brevedad de la vida (no hay casi ningún poema suyo que no contenga alguna referencia central a la muerte), no quiso perderse ni un sólo instante de su existencia. En unos versos memorables, recogido en este libro, dice que lo que nos duele es vivir, no morir. Su producción poética constituye una cumbre de la creación artística por la capacidad de observación y de expresión, por su dominio de la rima y la versificación, por su oído, por el rigor lógico, intelectual y ético que despliega siempre, y por la originalidad de cuanto apuntó con sus certeras palabras. La poesía de Emily Dickinson ha sido vertida muchas veces al castellano, con desigual fortuna. Los de Victoria Ocampo, Ernestina de Champurcín, Mariá Mannent, Carlos Pujol, Nicole D´Amonville o Margarita Ardanaz son algunos de los intentos que yo prefiero. Ahora, Nórdica (2012) nos presenta El viento comenzó a mecer la hierba, uno de sus volúmenes ilustrados (es una serie notable ya de textos la que ofrece esta editorial), en este caso realizada por Kike de la Rubia, con veintisiete poemas en edición bilingüe. Me gusta la traducción de Enrique Goicolea, y la selección de Juan Marqués (menudas angustias ha debido de pasar con los descartes). El volumen constituye una magnífica introducción al frío, duro y a la vez bellísimo mundo de Emily Dickinson; De la Rubia ha captado bien ese difícil equilibrio. Pongo un ejemplo, el más evidente: el título, tomado del primer verso del poema 824: "El viento comenzó a mecer la hierba", The Wind began to rock the Grass, en el original. El comienzo suave del poema se dispone en paralelo con el comienzo de la acción del viento sobre la roca. Una acción delicada (está sólo comenzando) pero destinada a un fin terrible. Naturalmente que dice "rock" en el sentido de mecer, mover una cosa hacia delante y hacia atrás, pero también expresa que esos elementos, el Viento y la Hierba, reforzando su dimensión sustantiva y hasta personal con el uso de las mayúsculas, en un diálogo cósmico y genésico, se petrifican ("a rock" es también una roca). Es un ejemplo mínimo pero elocuente de la bella dureza de la poesía de este genio de la humanidad.

domingo, 15 de abril de 2012

Mesdames


A la vuelta de un pequeño viaje recojo del correo varios libros de personas a las que conozco y quiero, y todas ellas son francesas. Anne Picard me manda su antalogía de Victoria Campo titulada En témoignage (Antoine Fouquet, 2012). Una maravilla la selección, la traducción y el postfacio de Anne. El pasado miércoles Philippe Lanson le dedicaba un artículo encomioso en Libération. Florence Delay ha transformado su libro sobre las pinturas de mujeres de las paredes de Fontainebleau en un volumen de la nrf titulado Il me semble, mesdames (2012), fórmula que le sirvió para comenzar su discurso de entrada en la Academia, y le sirve como anáfora en varios de las treinta y una estampas, nouvelles o cuadros del del famoso castillo, de sus damas, reinas, favoritas o cortesanas, de sus pintores, de "sus amores y sus fiestas" escribe Florence. No hay amor verdadero sin presencia de la muerte, y Laura Bossi me manda un libro titulado Les frontières de la mort (Payot, 2012), del que había leído algunas partes, y que trata sobre los criterios para determinar que alguien ha muerto en efecto. Copio sólo dos frases que dan mucho que pensar: "Parece que ha sido detectada actividad cerebral (con los mismos niveles que se obtienen durante el sueño) mediante el electroencefalograma varias horas más tarde de que un diagnóstico clínico de muerte encefálica se hubiere producido y minutos después de la parada cardiaca y del cese de la circulación… Conocemos mal el proceso de la muerte, y aún menos las vivencias conscientes de los moribundos". Apasionante el estudio de Laura, los análisis que realiza y las conclusiones a las que llega, también en el orden ético y antropológico. Pero a lo que voy: cuando telefoneo a estas mujeres para felicitarlas por sus obras y agradecerles el envío, me quedo pasmado porque en la conversación, no contentas con quitarse cualquier mérito (parece que esos libros se hubieren escrito solos) me anuncian el envío inminente de próximos trabajos. Qué maravilla de laboriosidad, de pasión intelectual, de entusiasmo. Eso es para mí Francia. ¡Qué ejemplo!

P.S. También he recibido la edición de Kashtanka de Chéjov (Tres en Línea, 2012) ilustrada por mi amiga Eleonora Arroyo (la autora del hobbyhorse de mi cabecera. Otra persona que trabaja como mil haciendo el ruido de uno). Lo hemos leído Inés y yo entusiasmados con el texto y con las imágenes de Eleonora. Es una maravilla que guardo como un tesoro).

viernes, 13 de abril de 2012

Christopher Domínguez Michael


Oí hablar por primera vez de Chistopher Domínguez Michael a Enrique Vila-Matas. Le hice caso e intenté, sin demasiado éxito, encontrar algún escrito suyo en librerías de España. Todos sus trabajos estaban editados en México: tuve que contentarme con sus colaboraciones en la revista hispano-mexicana Letras Libres. Por eso cuando vi que la editorial Sexto Piso publicaba (El XIX en el XX) un volumen de ensayos del gran crítico, además centrados en el siglo XIX (¿su especialidad?), y en autores franceses, rusos, hispanos, de lengua portuguesa, leídos por alguien del siglo XXI, no paré hasta tener el volumen entre manos para leerlo con la calma que sin duda merece y el deleite que yo había anticipado. No resulta fácil presentar brevemente un libro que a su vez habla de cientos de ellos. Domínguez Michael, además, lo hace de forma diversa, adaptándose al espacio que tiene, a las características del autor o a su propio estado anímico. Unos pocos puntos fragmentados le sirven para introducirnos magistralmente en Balzac (acaso sea el mejor ensayo de todo el libro), allí hace la descripción de una figura histórica o de una polémica teológica entre calvinistas y puritanos, al hilo del comentario crítico, aquí se enfrenta con una serie de novelas o se centra en una obra entera o en una sola frase de otra narración. Decir que está suficientemente informado, que a la vez es prudente y arriesgado en sus juicios (en literatura no queda otra solución), tenaz en sus elecciones, que escribe claro y ameno, que no habla de sí mismo ni es pedante y que no antepone sus prejuicios a la hora de leer (liberalisme oblige), ya es decir mucho de un crítico, pero no es lo esencial en Chistopher Domínguez Michael: a mí me ha parecido un maestro de la crítica porque tiene el don, mucho más raro de lo que la gente cree, de la admiración ilusionada. Eso se nota cada vez que habla de alguien, sea o no autor predilecto suyo. Hasta de los más lejanos sabe sacar algo bueno, no digamos de aquellos otros que le han acompañado siempre (Chateubriand, especialmente, pero también Sainte-Beuve, Nerval, etc). Por eso alguien tan apasionado intelectualmente como él, tan inquisitivo, no se rompe, ni se vuelve dogmático, frente la famosa encrucijada modernismo-clasicismo que ha sobrevolado el paso del siglo XIX al XX, y que reaparece con nuevas formas al comienzo del XXI . Le interesa todo, y sabe como lo saben los más sutiles, que ambas dimensiones o facetas están íntimamente ligadas entre sí. La querelle es ante todo una cuestión de familia. Da gusto por eso leerle, a diferencia de lo que ocurre habitualmente con tanto sabihondo que no para de descubrir la pólvora, esos loros de repetición de los que se mofaba Kant. Lector asiduo de Béguin y de Bénichou (qué bien sabe donde está lo bueno), pero también de Barthes o de Bloom, entre muchos otros que no cita porque no vienen al caso y porque él no juega a epatar a nadie, Domínguez Michael no hace otro distingo que el de la agudeza crítica: la sensibilidad crítica es la sensibilidad crítica sea quien sea quien nos la brinde. Falta el siglo XX, y en realidad también el XXI. Yo espero que él componga pronto esos otros libro, que Sexto Piso se lo edite con el primor y el acierto acostumbrados y que con eso se "cierre" el círculo de estos tres siglos que definitivamente son los nuestros.

miércoles, 11 de abril de 2012

¿Filosofía sentimental?

El ensayo es de por sí un género proteico: admite y hasta reclama mil variaciones, una constante experimentación con las formas de religar las ideas, los recuerdos, los sentimientos. Schiffter (Filosofía sentimental, 2012, 451 documentos) ha comprendido esto a la perfección, en parte por una propensión natural, en parte debido a las lecturas y afinidades elegidas a lo largo de una vida mucho más activa (al menos intelectualmente hablando) de lo que él está dispuesto a hacernos creer.

No sé si para darnos envidia, se presenta a sí mismo como un holgazán que no hace más que leer lo que se le antoja, dormir plácidas siestas y dar paseos por un Biarritz particular, convertido poco más o menos que en parte de la negra provincia flaubertiana. En el perfil de su blog se define a sí mismo como un "nihiliste balnéaire". Incluso llega a afirmar, para pasmo de cualquier lector mínimamente instruido, que no se prepara nunca las clases de filosofía que imparte en un instituto de la villa vasca. No me lo creo: ¿o es que todas esas lecturas, sobradamente asimiladas, no son ya una preparación próxima y remota, para afrontar una clase de filosofía?

A mí me parece que, a pesar de la imagen de sí mismo que dibuja, anclada en el trauma de la pérdida del padre a los nueve años, y la consiguiente incapacidad para dotar de sentido alguno al mundo, lo que él llama a-cosmismo, o sea la imposibilidad de hacerse con algo que se pueda parecer a eso que llamamos un mundo propio ordenado siquiera a la manera de uno, Schiffter, que no me parece nada nada sentimental (salvo, acaso, en asuntos amorosos), tiene un talento extraordinariamente dotado para 1. explicar las cosas, las posturas de otros (especialmente las que admira; pasaré de largo por su lectura, a todas luces injusta, de Derrida), 2. para ofrecerse a los demás de un modo auténtico mediante la escritura, 3. para poner al servicio de los demás sus lecturas, los desarrollos brillantes a los que una simple frase le conduce. Ojalá hubiera yo tenido un profesor tan abierto, claro y honesto intelectualmente como él.

He disfrutado de lo lindo con la lectura de Filosofía sentimental, que no es, lo recuerdo, casi nada sentimental. Su capítulo sobre Montaigne me parece digo de figurar en la mejor antología de lecturas ejemplares que quepa realizar. Una delicia de libro.

lunes, 9 de abril de 2012

Du côté des femmes


Además de mi querida mujer, tengo seis hermanas (de las cuales con dos me crié día a día durante toda mi infancia) y tres hijas maravillosas, distintas, enigmáticas. Cada una de las tres contiene un mundo y mantengo con ellas una relación que va de la ternura a la tensión y la empatía. También tengo tres sobrinas, las tres hijas de mi hermana a las que quiero como si fueran hijas mías; con su madre hablo al menos una vez al día, en ocasiones dos, tres o las que nos hagan falta. Y además tengo otra hermana (ésta no de sangre sino de elección) judía que se llama Esther. A mí me sacó adelante, espiritualmente hablando, es decir como persona necesitada de que le quieran sólo por ser quien es, una mujer de Zamora que se llama Isabel y a la que amo como a una madre, o más aún. Tengo no menos de media docena de amigas íntimas (lo que me parece un milagro que me lleva, como una ola, adelante en mi vida), es decir, personas que me conocen completamente a fondo, que me quieren, me comprenden, no me juzgan ni tampoco me ríen la gracia. Esa lista de oro no está para mí ni mucho menos cerrada. Por cierto confío sólo en ellas también intelectualmente, como lectoras, escritoras, traductoras, comentaristas, correctoras, creadoras y ahora por suerte para mí también editoras. Interiormente he recurrido a la Virgen en los momentos decisivos de mi existencia. María Magdalena, Clara de Asís, Catalina de Génova, Hadewijch de Amberes… son mis ángeles defensores, pero también lo es Antígona, la Catherine de Cumbres Borrascosas y hasta la Bovary y tantas otras figuras femeninas que me emocionan y me inspiran. ¿Qué decir de las escritoras, filósofas y teólogas? ¿De las pintoras olvidadas de la historia como Giulia Lama o Artemisia Gentileschi? ¿Y de las grandes cantantes del siglo XX, de Carmen McRae a la Simone, de Lauryn Hill y Tracy Chapman a Natalie Merchant cuyas voces me acompañan a diario? ¿Y las músicas, las pianistas o por ejemplo la Du Prè? Alguna persona me ha dicho que tengo una sensibilidad femenina, y no sabe hasta que punto eso constituye para mí el mejor de los halagos, casi el único que me gusta recibir. Saben expresar más, se miran menos el ombligo, están más atentas a lo esencial, tienen una capacidad inmensa de acogida. En fin, no sé porqué me ocurre esto, ni si será bueno, malo o regular, irracional seguramente, buscado más o menos de manera consciente cada vez más pero, en todo caso, ya lo aviso desde aquí, si me pierdo, buscadme du côte des femmes…

martes, 3 de abril de 2012

El esplendor y el autodidacta


Dos obras publicadas recientemente por la editorial Siruela nos devuelven de golpe el esplendor del arte y el pensamiento del novecento europeo. Las Lecciones de estética y metafísica de Henri Bergson y Proust contra la decadencia de Josef Czapski. Dos libros por buenos, breves, sustanciosos, ilusionantes. En la serie menor de la colección de Ensayo, en un precioso volumen de bolsillo, 150 páginas, podemos leer un conjunto de lecciones tomadas de entre los numerosos cursos que impartió el filósofo francojudío en esos años. Algunos los daba en Universidades (en la Sorbona, pero también en Clermont-Ferrand) y también en liceos como por ejemplo en el célebre Henri-IV. Leyendo estas páginas, en las que Bergson plantea con sencillez y claridad, pero en términos estrictamente filosóficos, cuál es el terreno (y el tiempo) de lo que llamamos la ciencia de la belleza artística, recuperamos la convicción (por lo demás muy discutida en ámbitos académicos) de que su influencia en la literatura de Proust es más que notable. Yo pienso que el libro de éste ejemplifica sin quererlo el concepto bergsoniano de duración (durée) desde el momento en que trabaja denodadamente para marcar la frontera psicológica y metafísica que existe entre lo que llamamos tiempo y lo que llamamos espacio. ¿No pervive, en toda la grandiosa novela, la infancia, y no lo hace precisamente a través de la materia que actúa como un disparador de la memoria? Lo explica sabiamente Jósef Czapski en Proust contra la decadencia. Son también unas lecciones, en esta ocasión preparadas e impartidas por el artista polaco en el campo de Griazowietz. Para no perder el tiempo y luchar contra la desesperanza, Czapski ofreció a sus amigos un pequeño curso sobre la novela de Proust. De manera clara, completa, plena de sensiblidad, les presenta los rasgos generales, y no pocos matices, de A la búsqueda del tiempo perdido. Nadie podía entonces imaginar que la máquina asesina de los soviets eliminaría a muchos de ellos poco después en la fosas de Katyn.
Alguien me preguntaba el otro día si yo ya había dicho adiós a la Universidad. Se refería a que él pensaba que la Universidad ya no existe. Sí, y no. La Universidad está muerta (son muchos los que se empeñan cada día en matarla, especialmente los burócratas, los que todo lo miden, los obsesos del número, viva el reino de la cantidad, a ver quién la tiene más larga) pero a la vez pervive en libros como éstos dos que presento aquí brevemente. La Universidad es un espíritu (el que lo tiene lo tiene y el que no pues mala suerte para él y para los que caen bajo su mando) y como tal no puede morir. Hoy hay que llegar al esplendor de la Universidad a través del autodidactismo.

domingo, 1 de abril de 2012

Francesca Woodman

Francesca Woodman en el Guggenheim de Nueva York. He hablado de ella al menos en nueve entradas de hobby horse. Cuanto más miro sus fotos, más convencido estoy de que no se puede decir nada sobre ellas. Nada que merezca la pena, me refiero. ¿Será porque es como de otro mundo?, porque es sobrenatural, digamos… no, todo lo contrario, es porque es humana, demasiado de este mundo y la cruda realidad es que no entendemos nada, mortales orgullosos de motores…