sábado, 16 de julio de 2011
jueves, 14 de julio de 2011
Mística de la escritura (Marguerite Duras)
La escritura ha existido siempre sin referencia alguna o bien es… Sigue siendo como el primer día. Salvaje. Diferente. Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo escrito. , también los gritos de las bestias de las noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad desesperante, masificada, de la sociedad. El dolor; también es Cristo y Moisés y los faraones y todos los judíos, y todos los niños judíos, y también lo más violento de la felicidad. Siempre, eso creo.
martes, 12 de julio de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
Notas para un diario 210
Hace unos días fui a visitar a un amigo que vive como un ermitaño en una casa de cristal empapelada de libros en pleno campo. Llegué a las seis de la tarde y salí a las 2 de la mañana. Cenamos un gazpacho, un filete de las vacas que tiene en su finca y un gin-tonic. Al llegar vi una oropéndola, por primera vez en mi vida. A golden uriol. Esta mañana he ido a un vivero. Quería comprar una alegría, una planta de flor blanca que Brako se había comido durante la noche (sí, a mucha honra tengo un perro lotófago). Me ha atendido una mujer joven y le he dicho lo que quería en castellano, "una alegría", y después lo he traducido al francés para ver si colaba. Inútil. No sabía de qué le hablaba. "Une joie, ça ne me dit rien…". He deambulado por las hileras de plantas y por fin he encontrado lo que buscaba. Se llaman impatiente o impatience. En realidad es la valeriana latina. He pensado al volver si la alegría tiene que ver con la impaciencia y tan sólo he podido recordar que mi madre, que tenía el defecto de la impaciencia (y la generosidad del amor), de pequeños no nos dejaba no estar alegres. Según ella la alegría era una obligación. Esta mañana mi hija mediana me ha dicho que se había pasado la noche pensando que yo estaba cerca de ella en el cuarto. "¿Y eso?" "Es que oía la cadena que llevas en el pecho". En efecto para dormir mi hija la menor me había pedido mi cadena con la cruz que llevo en el pecho. Mi otra hija conoce el sonido de memoria y como duermen juntas pensaba que era yo quien estaba a su lado. Ayer llegué a casa después de un largo día de playa. Las niñas se querían bañar. En el jardín, debajo de un árbol, estaba la persona que cuida de mi anciano padre. El hombre estaba leyendo muy cerca de la piscina bajo una sombra. Cuando volví a salir, vi a las tres chicas jugando entre risas. Él ya no estaba. Di una vuelta a la casa y comprobé que se había instalado incómodamente en el garaje, en una banqueta baja, a ras de suelo junto a los coches. Seguía leyendo con una sonrisa. Me admiró su dignidad y su delicadeza inmensa al saber apartarse… Hace unos meses di una conferencia. Una amiga vino a escucharme. A la salida le pregunté si le había interesado. Me dijo que lo que de verdad le había gustado era la vieja cartera de profesor con la que salí al escenario. Y no me extraña: es una manufactura de cuero gris tirando a verde oscuro que compré en San Juan de Luz hace años.
miércoles, 6 de julio de 2011
Campanadas por Valeria Luiselli (2)
3. A diferencia de la propia Luiselli, Gilberto Owen daba a las coordenadas espaciales un valor que iba más allá de la pura forma: de hecho llegó a pensar (en la novela, claro) que la ceguera homérica "como los castigos y las cataratas, viene desde arriba, sin un propósito o sentido determinable" (70). De modo que la famosa Ley de Owen, que enunció Jorge Cuesta en el retrato que le escribió ("Cuando el aire es homogéneo y casi rígido/y las cosas que envuelve no están/ entremezcladas el paisaje no es un estado de alma/sino un sistema de coordenadas"), más que Ley de Owen fue Ley de Cuesta, porque exigía reprimir las emociones hasta que parecieran suprimidas del todo para que "el juego poético parezca un mero juego de sombras en una campana pneumática" (Owen). Todo este juego entre la forma y la emoción se puede quizás apreciar en algo en la exposición que organiza el Prado: Roma. Naturaleza e ideal (Paisajes 1600-1650). Aquí (y no en los impresionistas de finales del XIX) empezaron a cambiar muchas cosas, cuando los pintores volvieron a atreverse a pintar lo que veían, no lo que sabían. Mira Velázquez en su cuadrito de la Villa Medicis como jugó con la vertical y la horizontal. En materia artística un giro copernicano pero al revés. También me gustaría ver lo que ha hecho Peter Zumthor en Hyde Park, construyendo una galería secreta. ¿Secreta? Mira tú por donde el arte muestra más cuanto más esconde.
lunes, 4 de julio de 2011
sábado, 2 de julio de 2011
Campanadas por Valeria Luiselli
1. En un programa de radio que pude oír por internet, le escuché decir a Valeria Luiselli que el ensayo que ella escribe tenía raíces profundas, que al menos entroncaba con Francesco Petrarca y sus "cartas familiares". No era el hecho de que en una carta el emisor, entre bromas y veras, hablase de esto y lo otro más o menos desordenadamente, ni tampoco el que para escribir una misiva hubiese que adoptar necesariamente y a la vez una perspectiva autobiográfica manteniendo en el punto de mira al interlocutor al que uno se dirige. No. Todo eso por supuesto, lo que llamaba la atención de la escritora era que Petrarca se correspondiera por ejemplo con Marco Tulio Cicerón y que lo hiciera como si ambos están vivos, han compartido cantina y les separa sólo un espacio físico. ¿Es ese el origen del ensayo? Puede ser que ésta mujer, como su soul mate Josif Brodsky, tenga mente de geómetra y entienda mejor que nadie el modo real en que espacio y tiempo nos condicionan. En todo caso, ahí comienza su concepción del ensayo, género que cada vez que aparece debe reinventarse a sí mismo para ser lo que es (no siendo) o lo que no es (siendo).2. En su novela Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), entre los muchos y fértiles planos de la realidad que explora con mano maestra, destacan los ejes de coordenadas alto-bajo, horizontal-vertical. Naturalmente que quedan afectados por la ley de la gravedad, la constancia de que la tierra atrae hacia sí (como la muerte a la vida) cualquier peso con una fuerza proporcional a su masa. Todo parece ser que empezó, según me confesó ella misma, cuando encontró en la correspondencia de Gilberto Owen la confidencia de que cada mañana se pesaba en el metro de Nueva York: el poeta no entendía como podía simultáneamente estar cada día más gordo (tenía unas tetas formidables) y sentir por momentos su propia desaparición física por medio de la ingravidez. Bella, paradójica y fecunda idea germinal para una novela. Algo así debió de entrever (sin acertar a reconocerla) Tabucchi con los cambios de peso de su Pereira.
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