sábado, 17 de mayo de 2008

Notas para un diario 14

Hace ya algún tiempo paseaba con La maga: nos habíamos confesado, mostrado las heridas aún abiertas y curado mutuamente. Como si fuera una consecuencia de la paz que nos invadía en ese momento, me quiso mostrar un lugar, una casa de thé escondida entre las calles de Grácia. Eran las ocho y diez de la tarde. Me acuerdo de la hora exacta porque el lugar estaba ya cerrado. Miramos con pena el letrero que indicaba las horas. Nos disponíamos a dar media vuelta cuando el rostro delicado y sonriente de una mujer se aproximó al cristal de la puerta. Con una amabilidad oriental nos invitó a pasar. Agradecidos por la deferencia, no sin cierto pudor por estar tal vez molestando, nos introdujimos en un espacio naranja en el que había una mesa de madera oscura preparada con una docena de servicios de thé. Las tazas y los platos formaban el más armonioso mosaico azul y verde agua. Todo estaba dispuesto. ¿Para quién? A nosotros nos estaban reservados sólo los olores. La mujer nos invitó a pasar al interior y nos hablaba con una voz suave y melodiosa. A la vez que nos mostraba los olores más insólitos y penetrantes (aún hoy podría recordarlos y describirlos con la máxima precisión), nos contó una parte de su vida, seguramente la más hermosa: sus viajes, sus dones naturales (entre los que sobresalía un "olfato absoluto": la capacidad de distinguir olores uno entre mil), su inquietud, sus ilusiones para el tiempo por venir. Mientras éramos introducidos en una atmósfera de ensueño (no era fácil distinguir aquel espacio de un rincón de una calle en un cuadro de Vermeer), yo pensaba por mi cuenta. Junto a la primera mujer había otra. Por un momento me pareció una ninfa. Permanecía en silencio pero nada hubiera sido lo mismo sin ella. Me admiró desde el principio su delicadeza al saludarnos. ¿Nórdica? ¿Mediterránea? No sabría decirlo con precisión; acaso reunía lo mejor de ambas. La escena que se me presentaba no era la de la magdalena de Proust, aunque la anámnesis tampoco estaba del todo ausente: " y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de thé en la que había echado un trozo de magdalena. En el mismo instante, me estremecí… un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba… ¿cuál puede ser ese estado ignoto que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las realidades?" La escena era también otra, ocurrida una y mil veces desde hace dos mil años: recuerdo a mi madre que me la susurraba de niño, antes de acostar: dos hermanas amaban al mismo hombre. Un día le invitaron a cenar. El mismo amor revestido de dos actitudes casi opuestas. Una prepara su cuerpo y su alma para recibir al Amado. Un día entero de autocontemplación y cuidados propios. La otra hermana, menor en años, se olvida de sí misma y atiende a los preparativos del encuentro: la comida, la mesa, las flores de la casa. El amor no le permite detenerse hasta lograr una atmósfera única. Por fin llega el hombre y se admira de cuanto le rodea. Está feliz en esa casa. Conoce mejor que nadie el amor que le prodigan. Pero cuando tiene que elegir, escoge a ambas por la sencilla razón de que las dos le aman.
Mirando a mi alrededor, aquella pequeña estancia me pareció Betania.
Nos costó salir de allí…
¿Habíamos vivido un sueño?

(La mujer de la foto es Inés Bertón)

domingo, 11 de mayo de 2008

Notas para un diario 13


Ahora que se acerca el verano, pienso en Emily Bronté, la gran poetisa de Thorton, y en particular en sus poemas sobre la nieve y la muerte. Hermana de Charlotte (la autora de Jane Eyre) y de Anne, Emily escribió una de las diez mejores novelas de todos los tiempos (Cumbres borrascosas), de la que hablaré pronto aquí, y un puñado de poemas que ni siquiera se atrevió a publicar con su nombre. Personaje solitario y fascinante, visionario y al mismo tiempo dotada de un agudo sentido de lo real, puso en práctica la idea pascaliana de que las grandes venturas de la vida son las aventuras interiores. De ella dijo su querida hermana Charlotte: "Mi hermana Emily amaba el páramo. Flores más relucientes que las rosas florecían para ella entre los pardos brezales; de la más pálida ladera de una colina podía hacer su mente un Edén. Encontró en la amarga soledad muchos y queridos deleites, y era de ellos la libertad el más amado". De la nieve dijo cosas maravillosas tales como:

O transient voyager of heaven!
O silent sign of winter skies!
What adverse wind thy sail has driven
To dungeons where a prisioner lies?

For many a week, for many a day,
My heart was weighed with sinking gloom,
When morning rose in mourning grey
And faintly lit my prison room;
But, angel like, when I awoke,
Thy silvery form so soft and fair,
Shining through darkness, sweetly spoke
Of cloudy skies and mountains bare.

Sus versos, clásicos y rotundos, hablan de la nieve como de un visitante luminoso, en cuyo esplendor los ojos cansados de los hombres redescubren la belleza de otro mundo. Un elogio del rigor y del frío, del silencio que penetra poco a poco en el alma y le hace comprender el sentido del tiempo y de la muerte: "Then let us sit and watch the while/the blue ice curdling on the stream"

Emily Bronté vió en la nieve un signo de los esplendores de la muerte. En su poema The visionary dejó constancia de esta identificación. Mientras los demás duermen seguros materialmente, sólo el poeta vela de noche y espera la caída de la nieve y los presagios que se esconden entre las sombras blancas que se extienden por los paisajes del alma:

Silent is the house; all are laid asleep
One alone looks out o´er the snow wreaths deep,
Watching every cloud, dreading every breeze
That whirls the wildering drift, and bend the groaning trees

What I love shall come like a visitant of air,
Safe in secret power from lurking human snare;
What loves me, no word of mine shall e´er betray,
Though for faith unstained my life must forfeit pay

Burn, then, little lamp; glimmer straight and clear-
Hush! a rustling wing stirs, methinks, the air;
He for whom I wait, thus ever comes to me;
Strange Power! I trust thy might; trust thou my constancy


(Traducciones:
¡Oh fugaz peregrino del cielo!
¡Oh señal silenciosa de los cielos en invierno!
¿Qué viento hostil tu vela ha conducido
a la cárcel donde yace el prisionero?

Día tras día, semana tras semana,
el corazón ha sentido una honda tristeza
cuando con grises de luto nacía la mañana
y apenas iluminaba mi habitación, mi celda.
Más cuando depertaba, igual que un ángel,
tu forma de plata tan suave y hermosa,
brillando en lo oscuro, con dulzura hablaba
de cielos nubosos y desnudas montañas.

***

Siéntate pues conmigo a mirar el instante
en que la helada azul va cuajando en el río

***

Silencio en la casa: están todos dormidos.
Sólo alguien mira la nieve amontonarse,
contemplando las nubes, temiendo que las brisas
agiten los cúmulos de nieve y los gimientes árboles.

Visitante del aire, así vendrá mi amor;
con secreto poder, a salvo de las trampas acechantes del hombre.
No habrá palabra mía que traicione al amado
aunque deba pagar mi vida por esta limpia fe.

Arde, pues, lamparita; clara y pura centellea.
¡Silencio!: un ala susurrante agita el viento:
es el esperado que ya viene hacia mí.
¡Extraño Poder! En tu fuerza confío; confía tú en mi constancia.

Las traducciones son de Ángel Rupérez. Las fotos son del Moncayo nevado: uno de los paisajes más bellos del mundo por el que paso no menos de veinte veces cada año)

sábado, 10 de mayo de 2008

Notas para un diario 12

Otra conversación frente a un gin-tonic
-Lo siento pero a mí no me gusta lo clandestino.
-A mí tampoco.
-Entonces me estás pidiendo algo imposible.
-¿Por qué?
-Porque se va a complicar todo, si no cambias de actitud y no aceptas la realidad.
-La realidad no me queda más remedio que aceptarla.
-¿Entonces?
-Entonces, ¿qué?
-Que me pones entre la espada y la pared y la verdad es que no sé qué quieres que haga.
-Sólo quiero que me comprendas y que no te enfades conmigo.
-No me enfado pero no estoy segura de comprenderte.
-¿Qué es lo que no comprendes?
-Tu incapacidad para aceptar que no puedes ser el centro de todo.
-No lo pretendo pero creía que compartíamos algo.
-¿Y no lo compartimos?
-No como antes.
-Nunca nada es como antes, las cosas cambian y nosotros también cambiamos.
-Yo no he cambiado respecto a ti.
-¿Y yo?
-Tú estás ya ailleurs, en otra parte.
-¿Y no te alegras?
-La verdad es que no. No soy capaz de hacerlo, al menos por ahora.
-Entonces es que no me quieres lo suficiente.
-A mí me parece que es justo todo lo contrario.
-Creo que estás cayendo en un solipsismo.
-Explícate por favor.
-Tu razonamiento se encierra solamente en ti, en un solus ipse.
-Vaya, ahora te has puesto filosófica.
-¿Te molesta?
-En absoluto. Es lo que me atrae de ti precisamente. La capacidad que tienes de comprender situaciones difíciles y contradictorias. O sea la confusión en la que vivimos instalados.
-Sobre todo algunos...
-Tú y yo nos movemos bien en ese terreno limítrofe.
-No estoy segura de que me interese mantenerme ahí por más tiempo.
-A eso me refería cuando te decía que has cambiado.
-Volviendo a tu tendencia al solipsismo, no te das cuenta de que ha sido una manera indirecta de decirte que eres un egoísta.
-Ahora me atacas por ahí.
-Por supuesto, para ti la vida consiste en apaciguar todo lo que no conduzca a tu felicidad.
-No sé si te entiendo.
-Te lo voy a decir más claramente: creo que en el fondo sólo te mueves por un gigantesco amor a ti mismo, selbstsucht, un inmenso amor propio que adopta la formas destructivas de la suficiencia y de la arrogancia.
-Me dejas planchado.
-Lo siento. No me lo tengas en cuenta. Estoy muy cansada y seguramente no me he expresado bien.
-Te has expresado con una precisión y una energía admirables.
-No exageres.
-Te lo juro.
-A lo mejor es que te he dicho algo verdadero.
-Pero lo has dicho con una precisión fría.
-Eso es porque te quiero.
-Pues vaya forma de demostrarlo.
-No se me ocurre otra forma mejor.
-Pues a mí se me ocurren varias.
-Ya estamos con lo mismo de siempre.
-Por supuesto, reconocerás que es más agradable.
-Te he dicho que estoy cansada. Me empieza a aburrir esta conversación.
-Pues no hablemos…
-Lo mejor es el silencio
-Después de tus palabras, no es posible el silencio
-Sí ... (Entonces me acerca un dedo a los labios como queriendo cerrármelos)

(Alex Katz, White Hat, 1990)



miércoles, 7 de mayo de 2008

NOtas para un diario 11




Cuatro días en Pamplona con J.C y L.B. Cuatro días de paseos y largas conversaciones. De preguntas y de silencios compartidos. Salimos de Pamplona y nos encontramos de pronto en un mar de hierba. Llegamos a Roncesvalles y estaba sonando el órgano. Permanecimos sentados media hora deslumbrados por el azur de las vidrieras. Otra luz dorada nos esperaba en Artáiz para iluminar las figuras triformes de la fachada románica. Desde allí fuimos impacientes a ver los frescos que se conservan en el Museo. No encontramos ningún rastro de una edad oscura. Otra mañana nos detuvimos también ante la pietá de un maestro de Peralta en el museo diocesano: la Virgen, en presencia de un San Juan vestido de un rojo intenso, quita una a una las espinas de la blanca cabeza del Señor. J. saca a menudo su libreta y anota cuanto ve. Hemos paseado mucho por las callejuelas y murallas de la vieja capital y, con frecuencia, al darme la vuelta, veía a los dos cogerse de la mano y sonreírse con una ternura emocionante. Hemos pasado buenos momentos juntos. Hemos reído. Apuntábamos en la misma dirección. Buscábamos respuestas en el otro, y hemos encontrado no pocas pistas. En la taberna del gitano las confesiones cruzaban con libertad de un lado a otro de la mesa, animadas por varias botellas de rioja. Nos hemos despedido con pena en el aeropuerto de Biarritz.
Ayer cumplía años mi hija Poli. Un mayo florido de aniversarios y de vida. Apenas he podido estar con ella, pero nos hemos cruzado media docena de mensajes que acaban siempre con un tkm. Se parece tanto a mí. A veces no puedo siquiera creer lo que veo. Está cambiando por momentos. Mantiene intacta su enorme capacidad de atención hacia las cosas. Su cercanía. Su necesidad de amor y orientación. A punto de salir del país perdido de la infancia, se asoma a la vida adulta y parece no querer entrar en ella. Parece decir, como Saint-John Perse, aquello de que prefiere la llanura en la que no había más que reinos y confines de luces, cuando la luz y la sombra estaban más cerca de ser una misma cosa.

Después de todos estos días, no puedo quitarme ciertas ideas de la cabeza: Un peso sobre mis miembros que crecen nutridos de años.

(Las fotos: J.C. en Navarra está tomada por mi; Poli hace unos meses en la costa de Santander; la foto del capitel de Artáiz la he tomado yo también)

lunes, 5 de mayo de 2008

Notas para un diario 10

Cuando me he encontrado más solo, he buscado el consuelo de mis amigos. Y nada. Les he pedido que entren conmigo más adentro, en el jardín del dolor. Y nada. Cuando por fin me han acompañado un trecho, se han dormido. Como niños. Han soñado con sus cosas: sus proyectos, sus ensueños, sus amores. No he contado entre sus ilusiones. No he conseguido apenas nada. No he querido despertarles. Quién soy yo para despertar a nadie. Eso me pasa por ser un iluso, por creer que alguien va a querer acompañarme a mí. Ni siquiera un tramo del camino. Nadie. He hecho el ridículo, una vez más. "Si quieres atrapar algo, no lo agarres". Cuántas veces te lo he repetido. Y tú, nada: eres incapaz de comprenderlo. ¡Tonto! ¡Tonto! ¡Eres un tonto! Ama tu soledad, soledad del cuerpo y del alma. No hagas cargar a nadie con ella. Muévete en el enorme espacio que te ofrece. Deja tu condición. Sufre como sufren los hombres. Permite que la tristeza se apodere de tu alma porque hay motivos para sentir una tristeza inmensa. Motivos que están más allá de ti y de tu sensación de soledad. Soledad santa. Y, entonces, sólo entonces comprenderás que nada es tuyo y que es una locura querer atrapar el aire. Una suave brisa acariciará las praderas interiores, purificando el calor que asciende de la tierra. Sólo te pido que intentes olvidarte y sonreir un instante. Olvida. No te turbes: "seguirás solo. Sin nada. Sin nadie".

(El paisaje es de María Perelló)

viernes, 2 de mayo de 2008

Notas para un diario 9


Hoy, 2 de mayo, es un día histórico. Inés cumple seis añazos. Increíble pero cierto. Como si fuera un sueño del que nos hemos despertado de repente, aún recuerdo sus primeros movimientos, recién nacida. Recuerdo también que era una niña tranquila y rellena los primeros años. femenina, delicada, abierta, desde siempre. Tiene el mismo equilibrio de mente y corazón que su hermano mayor; algo innato en lo que los padres como mucho podemos intentar no estropearlo.
Hemos pasado un día perfecto. A primera hora en la playa, nos hemos bañado los dos mientras los mejores surferos del mundo practicaban en la olas para el campeonato que empieza aquí el lunes. Al fondo, el Faro de Biarritz y los Pirineos (en concreto Las Tres Coronas). Hemos procurado estar todo el día juntos, siesta incluida. Aquella niña pepona tenía ya clarísimo que de regalo sólo quería ropa. Y además la elijo yo, papi. "De acuerdo, princesa" (siempre le he llamado así, desde pequeña).
Pensaba hoy en el inevitable paso del tiempo. Más que instalarse en el presente (algo que obsesiona a mi amigo Claudio y obsesionaba también a Fernando I., más cuánto más se acercaba su muerte), creo que hay que vivir fuera del tiempo o en otro tiempo. Sobre esto habría mucho que decir pero es algo que se percibe con claridad en las relaciones paterno-filiales. Uno de esos terrenos en los que quiebra la dimensión lineal de la vida: aquí se produce más bien un círculo o quizás una elipse. Cuando los dos chapoteábamos en el agua esta mañana, me preguntaba quién era de verdad el hijo de quien. Al mismo tiempo pensaba en mi madre, de la que hablaré a fondo algún día, cuando sea capaz de ser objetivo. Figlia dal tuo figlio, el gran título de quien también es Teotokós. Hizo falta Miguel Ángel para esculpir la imagen en piedra: una imagen que proyecta una dinámica circular de las almas y de los cuerpos: ¿quién ejerce la pietas? ¿quién sufre más? ¿quién ama más? Cada uno a su tiempo: nacimiento, vida, muerte, vida, (re)nacimiento.

(La foto de la Pietá es de Robert Hupka, que entendió lo esencial de la figura miguelangelesca)

martes, 29 de abril de 2008