Probablemente, una de mis tres o cuatro canciones favoritas.
viernes, 15 de enero de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
Notas para un diario 152

Ayer noche releía algunas de las cartas de Las amistades peligrosas, y volví a reparar en las palabras finales de Madame de Volanges: "Adiós mi querida y digna amiga; en este instante experimento que nuestra razón, tan insuficiente para prevenir nuestras desgracias, lo es todavía más para consolarnos después". ¡Qué gran verdad contiene la frase y qué bien enunciada está! El sentimiento, primero, desoye a la razón, ya que lo que ésta le aduce como motivos, para negarse a sí mismo, le dejan totalmente frío. En eso consiste la insuficiencia de la razón, en su carácter mortecino e insulso frente a las exigencias del sentimiento y la voluntad. Pero, cuando, por falta de prudencia, hemos desoído a la razón, son los sentimientos los que quedan dañados, a veces de forma cruel e irreparable. Véte ahora a pedirle cuentas a esa diosa altiva. De nuevo se mostrará impotente. ¿De qué le sirve, a un corazón herido, un "ya te lo avisé…" o un "no me escuchaste…"? Entonces, ¿de dónde le vendrá, al alma, el consuelo? ¿Del paso del tiempo? Yo no lo creo. Lo único que, a estas alturas, me dice la experiencia es que, en efecto, el hombre es por naturaleza un ser reincidente. Para cuando se le pudiera pasar el mal que le aquejaba, estará de nuevo metido de lleno en otra trampa, no menos mortal. Y, ¿es que nunca aprende? No lo sé, pero creo que no, que no aprende nunca a seguir los dictados de la razón. Y a veces pienso que menos mal que no lo hace. La vida sería lo más parecido a la muerte. Cuando todo parece perdido y arruinado, recuerdo, en cambio, la célebre frase de Flaubert, de la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 4 de septiembre de 1858, a la que tantas veces he debido de acogerme: "Le seul moyen de supporter l´existence, c´est de s´étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpétuelle". (La única manera de soportar la existencia es la de aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua). Y ahora me voy corriendo a mi clase de literatura.
lunes, 11 de enero de 2010
Eric Rhomer
Hoy ha muerto, a la edad de ochenta y nueve años, Eric Rhomer. He visto toda su obra. Varias veces. Y la volveré a ver, no una sino muchas veces más. Ya explicaré por qué. Ahora no puedo hablar. Su muerte, como la de Bergman, me afecta en lo más profundo de mi ser; tampoco entonces pude hablar de ese hecho. Lo que sé es que me siento un poco más solo desde que me lo han dicho. Era un gran hombre, y un gran artista. Sabía, quizás como nadie, contar la historia de un alma, con todos los cambios sutiles que se van produciendo en el ánimo de alguien, según va pasando el tiempo, los encuentros, las circunstancias. Era magnífico y delicado. Con el tiempo, se fue interesando, casi de manera exclusiva, por personajes femeninos. A mí eso no me extraña.
sábado, 9 de enero de 2010
Nuit de neige

Nieva copiosamente sobre Pamplona. Nieva sobre España y sobre Europa entera. A primera hora, el alféizar de mi ventana estaba tapado por un murete de nieve blanca. Los niños, que se han levantado a las 6 de la mañana para ir a esquiar, han tenido que volverse a la cama: el autobús de Francia no ha podido circular. Yo, mientras reescribo con dificultad y afecto un texto fotográfico, me abismo por un instante en unas frases extraordinarias que me manda, desde la montaña, Menchu Gutiérrez:
Llega la nieve. Primero, en forma de lenta colonización del espacio; pronto, la suma de todos esos fragmentos empieza a cubrir la tierra, los tejados, las ramas de los árboles. Rezamos en nuestro interior para que no se detenga, para que siga nevando y no haya vuelta atrás. La nieve borra una realidad e instaura otra. El mundo conocido queda sepultado bajo el manto blanco y, sin dejar de ser, se vuelve invisible. De algún modo, la nieve pone a dormir una parte de nosotros y despierta otra. La vigilia queda abajo, y ahora caminamos por el territorio del sueño.
La nieve no es sólo felicidad, no es sólo calma o anestesia para el dolor... diríamos que la nieve, como el desierto, como el espacio invadido por la niebla o la noche, se convierte en el espejo de quien la contempla: es lo que tú eres o lo que desearías ser, despierta a la imaginación, y hace que el escritor torturado pueda ver sobre ella un ángel negro. Este raro espejo poético, hace que cada cosa pueda ser esa misma cosa y su contraria.
(La imagen es del pintor japonés Ito Shinsui)
jueves, 7 de enero de 2010
10 años con minúscula

En efecto, si miro los créditos de mi destartalada edición de Verde agua, veo que se publicó hace ahora diez años, en el prometedor año 2000. No salió solo, ni siquiera fue el primer libro de la nueva editorial, ya que en su lomo lleva un flamante número 2. El primero, la primera apuesta de minúscula, fue un espléndido Joseph Roth, Las cuidades blancas, traducido de manera excelente por Adan Kovacsics. Era no sólo prudente sino lógico empezar con Roth. Era lo adecuado. Pero era importante continuar inmediatamente con Marisa Madieri. ¿Por qué? Roth constituye un símbolo para alguien como Valeria Bergalli, editora y creadora del sello: el símbolo de una Europa cosmopolita, de raíz griega y judeocristiana, moderna y racional, ilustrada, subjetiva y política, abierta y combativa, democrática y ética. Una Europa civilizada y civilizadora que supera las fronteras físicas del continente europeo. Quizás nadie como Roth (habría que remontarse a Cervantes, a Moro o a Erasmo) representa más a fondo la grandeza de un fracaso, el intento desesperado por vivir con la plena dignidad inherente a la vida humana. Pero, al mismo tiempo, era necesario que le siguiera de cerca Madieri: esa Europa ensoñada, y vivida, está lejos de ser una quimera, algo que pertenece sólo al pasado. Se trata de un espacio vivo, presente, que debe reencontrarse en la experiencia de escritores coetáneos. Marisa Madieri lo era. Y el tándem funcionó a las mil maravillas: Verde agua se convirtió en un éxito, el long seller de la editorial, que, al mismo tiempo, lo redescubrió en más de un país europeo. He seguido esta aventura intelectual desde el primer volumen hasta el último (el no menos imprescindible París, Francia, de Gertrude Stein). En medio, he paseado de la mano de minúscula por los paisajes (narrados) de media Europa, de Nápoles a Praga, de Venecia a Kolyma, de Nueva York a las fronteras árabes del Estado de Israel. Hay que decir claramente que la selección de minúscula es grandiosa. Los temas que le interesan a Valeria (el lenguaje, el sexo, la memoria, la creación poética, los mecanismos perversos de la exclusión y la violencia política) son los que más me interesan a mí también. Me atrae una tradición, pero sólo en la medida en que permanece viva y renovada en la actualidad. Eso, con la prudencia que aconseja una empresa económicamente muy dificultosa, lo ha sabido hacer Valeria como nadie. Un día de diciembre de 1983, Marisa Madieri miraba "el trozo de cielo que se recorta al fondo de la calle Catraro, y que se tiñe, durante la puesta de sol, de púrpura, y que cuanto más frío y terso es el aire, más se enciende el rojo y refulge el rubí" (Verde agua, 134). Yo estoy seguro de que, en estos diez años, Valeria Bergalli habrá sentido el frío de una empresa titánica y, en buena medida, solitaria. Pero, como en la descripción citada, ha sido ese frío, aceptado con coraje, el que ha hecho que tantas páginas de literatura brillen como el rubí ante los ojos de los lectores de minúscula.
P.S. No lo hago nunca, pero, ¿sería mucho pedir que, quienes hayáis leído y disfrutado de algún libro de la editorial, dejarais al dorso un comentario para Valeria? Se lo merece.
miércoles, 6 de enero de 2010
domingo, 3 de enero de 2010
Nicolás Gómez Dávila

Hace unos meses, leí las más de 1400 páginas de la edición completa de los Escolios a un texto implícito, que ha publicado Atalanta (2009). Pido por adelantado excusas por citarme a mí mismo, pero después de esa lectura, escribí este breve texto: Tratándose de Gómez Dávila, donde cada palabra, empezando por el título general de su obra, está doblada por una o varias referencias cultas, me perdonarán que escriba una nota culturalista. En primer lugar, no se entiende por qué Franco Volpi, en su por lo demás espléndido ensayo introductorio, insiste en la singularidad del escritor colombiano. ¿De dónde surge? ¿Cómo ha aparecido, en esa pequeña república hispanoamericana, semejante rara avis? La herencia ubérrima de un pensamiento discontinuo, en forma de máximas o sentencias (morales o filosóficas) conforma una parte esencial de nuestra tradición cultural común. ¿Qué se quiere decir con esas preguntas retóricas? ¿Acaso que Colombia (que lleva en su nombre el del ilustre navegante) quedaría fuera de esa cadena europea? Entonces tampoco se entendería la posición de García Márquez o de Mutis. ¿De dónde sale Cien años de soledad? Pues de la Iliada, para empezar. Y Gómez Dávila, de la hilera de los moralistas grecorromanos, rehabilitados en el Renacimiento y recreados con la máxima originalidad, primero en el Gran Siglo francés y, más tarde, en el propio siglo XX: basta mencionar la obra de Valèry, Léautaud, Jouhandeau, Reverdy, Max Jacob, Montherlant, Cioran o Albert Caraco, por ceñirnos solo al ámbito de expresión francesa, para darnos cuenta de que esa escritura de retales prosigue hasta hoy más viva que nunca.
Camus decía de Chamfort que su obra, aparentemente dispersa y fragmentaria, conformaba la novela, disimulada, de un yo enfrentado al mundo, y al final, autodestructivo. Algo perfectamente aplicable, en todos sus extremos, al libro de Gómez Dávila. Pero, si hubiera que buscar un precedente aún más ajustado, yo miraría de la parte de Joubert, por ser más espiritual y materialista, de quien la editorial Periférica ha publicado recién una selección con el título Sobre arte y literatura.
Montaigne se jactaba de haber descrito no el ser, sino su paso, o su sombra; Gómez Dávila, más propenso a la confusión del dogmatismo, afirma que no pertenece “a un mundo que perece. Prolongo y transmito una verdad que no muere” (858). De aquí nace al mismo tiempo su serena lucidez, y no pocos excesos y confusiones en el orden político, y en el literario. “Pasamos la vida golpeando siempre a la misma puerta cerrada”, señala Gómez Dávila. Kafka le contestó, por adelantado, mostrando que pasamos la vida delante de una puerta que, a pesar de estar abierta de par en par, y pensada específicamente para cada uno de nosotros, no nos atrevemos jamás a franquear.
El genio del autor, no obstante, queda patente, en frases como ésta: “Si la ironía consiste en pensar que la verdad es precisamente lo contrario de lo que estamos pensando, pero que no basta invertir nuestro pensamiento para captarla –así como la acera de enfrente es aquella en la que nunca estamos–, pido que se me admita como ironista”. Sin duda, se trata de su gran principio de desasimiento epistemológico.
No puedo olvidarme, al repensar en el título, Escolios a un texto implícito, de Gilliant, el personaje de Los trabajos del mar, la novela de Hugo. Despechado por una mujer, el héroe se enroca en una cueva, encaramado a un escollo, asiste a la partida del barco de los amantes, mientras el agua va subiéndole por el cuello hasta sumergirse por entero. Así veo yo a Gómez Dávila: testarudo, brillante, pero despechado, enfrentado oscuramente contra la textura de la vida.
No quiero dejar de mencionar la excelente edición de Atalanta. Más de mil páginas y, abras por donde lo abras, el libro se deja leer plácidamente, sin revolverse ni cerrarse, como era el caso de los libros manufacturados del pasado.
P.S. El señor de la foto, el tipo con pinta de ruso satisfecho, rodeado de libros y de figuritas de porcelana, no es Gómez Dávila. Ya lo sé, pero se le parece mucho.
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