martes, 3 de abril de 2012

El esplendor y el autodidacta


Dos obras publicadas recientemente por la editorial Siruela nos devuelven de golpe el esplendor del arte y el pensamiento del novecento europeo. Las Lecciones de estética y metafísica de Henri Bergson y Proust contra la decadencia de Josef Czapski. Dos libros por buenos, breves, sustanciosos, ilusionantes. En la serie menor de la colección de Ensayo, en un precioso volumen de bolsillo, 150 páginas, podemos leer un conjunto de lecciones tomadas de entre los numerosos cursos que impartió el filósofo francojudío en esos años. Algunos los daba en Universidades (en la Sorbona, pero también en Clermont-Ferrand) y también en liceos como por ejemplo en el célebre Henri-IV. Leyendo estas páginas, en las que Bergson plantea con sencillez y claridad, pero en términos estrictamente filosóficos, cuál es el terreno (y el tiempo) de lo que llamamos la ciencia de la belleza artística, recuperamos la convicción (por lo demás muy discutida en ámbitos académicos) de que su influencia en la literatura de Proust es más que notable. Yo pienso que el libro de éste ejemplifica sin quererlo el concepto bergsoniano de duración (durée) desde el momento en que trabaja denodadamente para marcar la frontera psicológica y metafísica que existe entre lo que llamamos tiempo y lo que llamamos espacio. ¿No pervive, en toda la grandiosa novela, la infancia, y no lo hace precisamente a través de la materia que actúa como un disparador de la memoria? Lo explica sabiamente Jósef Czapski en Proust contra la decadencia. Son también unas lecciones, en esta ocasión preparadas e impartidas por el artista polaco en el campo de Griazowietz. Para no perder el tiempo y luchar contra la desesperanza, Czapski ofreció a sus amigos un pequeño curso sobre la novela de Proust. De manera clara, completa, plena de sensiblidad, les presenta los rasgos generales, y no pocos matices, de A la búsqueda del tiempo perdido. Nadie podía entonces imaginar que la máquina asesina de los soviets eliminaría a muchos de ellos poco después en la fosas de Katyn.
Alguien me preguntaba el otro día si yo ya había dicho adiós a la Universidad. Se refería a que él pensaba que la Universidad ya no existe. Sí, y no. La Universidad está muerta (son muchos los que se empeñan cada día en matarla, especialmente los burócratas, los que todo lo miden, los obsesos del número, viva el reino de la cantidad, a ver quién la tiene más larga) pero a la vez pervive en libros como éstos dos que presento aquí brevemente. La Universidad es un espíritu (el que lo tiene lo tiene y el que no pues mala suerte para él y para los que caen bajo su mando) y como tal no puede morir. Hoy hay que llegar al esplendor de la Universidad a través del autodidactismo.

No hay comentarios: