domingo, 6 de noviembre de 2011

F.P.O.

Ha muerto hace dos semanas escasas Fernando Pérez Ollo (F.P.O). Yo (que soy extraterritorial y jamás leo un periódico local) me enteré ayer. ¿Era mi amigo? Con Fernando nunca se sabía, nunca se podía dar nada por supuesto. Y conmigo tampoco, la verdad, de modo que nos habíamos juntado el hambre con las ganas de comer. Simone Weil decía que la distancia era el alma de la bondad y pocas veces lo he visto encarnado como en mi relación amistosa desde luego con Fernando. Durante años, y no exagero un pelo, coincidimos a diario ( eso de la una de la tarde) en El Parnasillo y he aquí una lista incompleta de las cosas que compartimos: la lectura de autores como Artemidoro, Sidonio Apolinar y Sinesio de Cirene, el piano romántico (nos fascinaba a los dos el último Beethoven y él me descubrió al pianista ruso Sokolov, en el genio alemán y en Brahms o en Schuman; yo le apunté el Liszt de Volodos), compartimos nuestros descubrimientos acerca de un personaje tan fascinante como María Luisa Elío, la lectura admirada de todo Caro Baroja y del último Tony Judt, las visiones abiertas sobre la política y sobre España, la pasión por las interpretaciones del Libro… Fernando tenía el gran estilo, el que que te está diciendo con su distancia nada desdeñosa que no le preguntes más de la cuenta porque "la cosa te concierne sólo a ti". Era un maestro y yo he aprendido muchas cosas de él. Dejaba espacio y su amada Pamplona será mucho más pobre sin alguien como él. Un día me lo encontré en plenos San Fermines. Me dijo que eran los únicos días en los que la ciudad parecía una ciudad. Él la amaba cada día, como amaba a Navarra y al mundo entero: su curiosidad era literalmente universal. He sentido su muerte como algo personal. Debe de ser que sí era mi amigo mío. Hasta eso lo dejó en suspenso…

sábado, 5 de noviembre de 2011

Ser judío


Poco a poco voy descubriendo aspectos esenciales de mi modo de ser (judío). Por ejemplo, qué revelación tuve cuando caí en la cuenta de que shabat se extiende veinticuatro horas desde el viernes a las siete de la tarde. Por alguna razón mi cuerpo y mi mente, sobre esa hora del atardecer del viernes, caen en picado. No puedo hacer nada, limitarme sin más a estar, quedarme recostado en algún sillón. Antes, cuando era católico, tenía que esperar al domingo para parar y eso me descolocaba. El sábado no podía con mi alma y el domingo, con la inactividad general, la mucha comida del mediodía, la Misa, todo tiraba para abajo de mi espíritu. De ese modo pasaba dos días inactivo y creó recordar que Yhavé descansó un día sobre siete, no dos. Pero hablando de la adecuación de unas cosas con otras, quiero entrar en un segundo tema mucho más delicado. La primera vez que te amé sentí, y desde entonces siempre ha sido así, el modo en el que nuestras anatomías encajaban. No me refiero sólo a las partes íntimas, no. Todos nuestros cuerpos: desde la cabeza a los pies, los brazos, cada hueso, cada órgano sensible. Cuando he amado a mujeres – no son tantas pero sí las suficientes como para asegurar lo que te digo – no había forma de encajar. Dejemos de lado, insisto, los genitales, me refiero más bien a codos y a hombros, a rodillas que se me clavaban donde no debían a media noche. Contigo he podido permanecer abrazado horas: tu cuerpo era como un negativo del mío, y eso es una maravilla que no deja de asombrarme. Y el tercer punto. La tercera revelación que me hace entrar cada día a paso más decidido por la puerta abierta del judaísmo. He descubierto en Pirkei Avot un principio que jamás he leído en libro piadoso alguno (esos libros en los que el autor habla de todo y de nada como si "el buen Dios" mismo se le estuviera revelando a cada instante: "tienes que hacer esto, deja de hacer lo otro, etc"): dice que el derecho a decir sí a Yhavé es tan importante como el derecho a decirle que no; es más, que sólo si tenemos el segundo podemos hablar en serio del primero. Nunca entendí cuando me lo explicaban el concepto de libertad de los católicos: la capacidad de elegir el bien. ¿Y el mal? ¿Por qué tiene tan mala prensa entre esos aburridos? ¿No se dan cuenta de que son términos correlativos, de que el uno sin el otro carece completamente de sentido?

De los Apócrifos de Ravelstein, Saul Below (la traducción es mía)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Todos los poetas eran suecos (Tranströmer)


En los primeros años de entusiasmo poético percibí que todos los poetas eran suecos. Eliot, Trakl, Éluard – todos eran escritores suecos, al menos tal y como aparecían en traducciones imperfectas pero de incalculable valor… Debemos de creer en la traducción de poesía, si queremos creer en una Literatura del mundo.
Tomas Tranströmer

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El inimitable mundo de Joseph Conrad


Acaba de aparecer, en la nueva colección Alba Brevis, una traducción impecable de Amy Forster de Joseph Conrad (2011). Publicada por primera vez en Illustrated London News (¿cuándo se decidirá algún dueño de periódicos a publicar relatos? La gente quiere historias y a lo mejor es un modo creativo de capear la crisis), la novela cuenta la peripecia de un joven polaco que naufraga en las costas inglesas, salva la vida de milagro pero no es capaz de sobrevivir a la hostilidad de sus “semejantes”. El personaje, trasunto del propio Conrad, se instala en el país y se casa incluso, pero un buen día estalla por dentro, comienza a delirar y muere presa de un ataque de apoplejía. Al mismo tiempo, Sexto Piso ha publicado el ensayo biográfico Joseph Conrad y su mundo (2011), en el que Jessie Conrad, mujer del autor de La línea de sombra, narra con destreza y sencillez no pocos aspectos de su vida cotidiana, entre otros el hecho en el que se basó Conrad para Amy Foster, su propio colapso mental ocurrido en 1896, poco después de su boda con Jessie. Dos años antes, a la edad de 36 años, Conrad había decidido abandonar su vida marinera, instalarse en Inglaterra y concentrarse en la escritura. Amy Foster es una gran novela corta, una de las mejores salidas de la pluma Conrad. Escrita en un periodo de plenitud, muy poco antes habían aparecido El corazón de las tinieblas y Lord Jim, refleja la perfección con la que el narrador genial era capaz de articular una historia, de dotarle de elementos simbólicos más allá de la anécdota, y de seguir los distintos hilos de un relato en un conjunto de idas y venidas, de desplazamientos narrativos a derecha e izquierda que hacen de su prosa una de las más inimitables de la literatura moderna.

lunes, 31 de octubre de 2011

Giorgio Manganelli


Giorgio Manganelli (Milán 1922-1990) ha sido no el mejor (la literatura no es un concurso de belleza, antes lo sería de fealdad) pero sí uno de los más personales y fascinantes autores europeos de los últimos cincuenta años. Desde textos como éste Centuria (Anagrama, 2011), con la que obtuvo el Premio Viareggio, A los dioses ulteriores, Del infierno (en el que perora sobre la muerte y los novísimos) y su contrapartida Amore, hasta el último encontrado poco después de su muerte e intitulado con lo que podría la gran metáfora de su obra La ciénaga definitiva, la obra de Manganelli se ha caracterizado por las notas siguientes: una concepción radical de lo literario como algo único y distinto de cualquier otro género de discurso (cuánto simple le ha tildado de “gnóstico” sin saber que la literatura está en otro plano con el que esa denominación tiene poco o nada que ver), la convicción de que el elemento central de una propuesta poética es el texto y nada más que el texto, que éste debe convertirse en algo único y a la vez cambiante, dependiente de todos los anteriores y posteriores del autor y de las diferentes tradiciones de las que se nutre, la valentía para dejar correr la pluma desde el punto mismo en el que se posa sobre el papel blanco, sin miedo, arriesgando a cada momento todo el proyecto, la sabiduría de reconocer que lo esencial está siempre en los nexos (una lección que aprende en las Metamorfosis de Ovidio), en el modo sutil y misterioso en el que las cosas de las que se habla y el modo en el que se habla (su trabajo con el lenguaje fue hercúleo) se van conectando sin más ante la mirada asombrada del autor, en este caso él mismo. Esto último es particularmente visible en esta novela de novelas, novela experimental que tiene como subtítulo justamente Cien breves novelas-río, en las que el mundo entero, sus símbolos, sus facetas aparentes, sus caras más visibles pero también cada uno de sus recónditos recovecos aparecen hilados por un yo literariamente omnipresente.

domingo, 30 de octubre de 2011

Novedades en el Restaurante La Nuez


El otoño es una época de cambios: los árboles, las plantas, la hierba y el cielo se mudan dejando ver su esplendorosa belleza. Todas las estaciones implican cambios, las metereológicas y las de la vida social e individual. Todo se transforma permanentemente y el restaurante La Nuez también se adapta al nuevo tiempo ofreciendo -junto a su ya clásica carta- un menú de precio más asequible, elaborado con una inmejorable materia prima local. No estamos ante una pirueta camaleónica. Es simplemente la adecuación a un momento severo que a todos nos exige ajustes. Su nueva propuesta, este menú de 28 € recoge la esencia que La Nuez ha logrado que sea su signo de identidad: antes que nada, el respeto incondicional a la excelencia de la naturaleza y el uso de la técnica para realzar el valor único de cada producto, huyendo de elementos superfluos que lo enmascaren. Y, después, la elaboración en el momento de la práctica totalidad de los platos de la casa. Cada estación marca una renovación; cada estación aparece asociada a una estética particular. Y el otoño, unas veces poético y melancólico, y otras intimista y fresco, nos trae sus tesoros. Las dulces, festivas y vibrantes notas estivales se convierten en profundos e intensos sabores minerales, terrosos y, algunos, afilados y casi eléctricos, como el de la trufa negra. Esta esencia es la que recoge, precisamente, este menú estacional. Actualmente, cualquiera de estos días entre grises y azules, se puede encontrar en el menú de otoño alcachofas a la provenzal, alcachofas de la huerta navarra, tan delicadas y nobles, que Julio Flames –chef y propietario- las utiliza también para preparar un risotto blanco, con la misma técnica que aprendió trabajando en Roma. También se pueden disfrutar de unos raviolis de faisán de tiro, con pasta fresca elaborada en casa, en una receta italiana y tradicional. O degustar el bacalao al gratin, acaso el plato más emblemático e imprescindible de La Nuez, felizmente incorporado a este menú otoñal. A la hora de los postres, cabe destacar esa inmediatez o “instantaneidad” de la propuesta de La Nuez a la que ya aludíamos, y así asombrarnos ante una tarta fina de manzana con helado de calvados hecha en el momento. Los helados y sorbetes, por su parte, están elaborados artesanalmente en casa. A propósito de dulces, hasta los más renuentes al azúcar y a los excesos suelen rendirse ante la clásica tarta Tatin de La Nuez. Un pecado a medias, se justifican, porque la manzana tiene valor nutritivo en forma de fibra, vitaminas, minerales y ella misma es más digestiva así que cruda. ¿Pero y la mantequilla? ¡También contiene una importante cantidad de vitamina A y D! El tiempo impone cambios, pero es de sabios llevarlos a cabo sin rigideces y con el mismo espíritu que ha inspirado desde la apertura a esta joya gastronómica navarra que es el restaurante La Nuez. Admirable resulta comprobar en cada detalle, culinario, del servicio (en el que destaca Valentina, su inteligente soumelier), una pasión por la buena mesa y por el entorno –especialmente por el cinturón hortofrutícola pamplonés- y la fidelidad a una forma de concebir y ejecutar la cocina. Ingredientes de este nuevo y asequible menú de otoño que servirá sin duda para que surjan nuevos clientes y para acoger más a menudo a aquellos que ya están en su nutrida carpeta de clientes amigos.
Artículo de El Diario de Navarra de 28-10-2011. En la foto de la cocina, Cristina Puig y Julio Flames, maître y chef, co-propietarios del restaurante.

sábado, 29 de octubre de 2011

Charla con Hiraki Sawa


P.- Lo primero que me llama la atención son las cajas de madera en las que Ud. coloca las pantallas con sus videos.
R.- Sí, es una conexión que mantengo con mi afición infantil por los trabajos manuales.

P.-¿Es sólo eso?
R.- No, no sólo. Las cajas en la cultura japonesa, hako, tienen algunos significados particulares: se les regalan a los niños para que encierren allí sus miedos. Así aprenden a ponerles límites, las paredes de las cajas, y a controlarlos.

P.- ¿Su trabajo tiene que ver con el miedo? ¿Esas proyecciones de imágenes maravillosas e inquietantes son producto del temor? ¿Meterlas en una caja sería como esconderlas?
R.-Sí, pero en el hako se esconden los sueños y los deseos. En un acto también de pudor.

P.-¡Qué bonito! Sueños, miedo, pudor… en todo caso un mundo de pensamientos íntimos.
R.- ¿Pensamientos? No creo. Son más bien sensaciones, visiones, todo lo que obtengo cuando no me propongo pensar o, mejor aún, cuando consigo separarme de la presión del pensamiento, cuando creo en mí un vacío en el que pueden entrar otras cosas entre las que me muevo más como en mi propia casa.

P.- ¿Entre aquellas cosas que le permiten constatar que Ud. es Ud. y no nadie más?
R.- Exacto. Ese es mi rostro y lo demás sobra. En las inauguraciones como la de ayer me cuesta tanto aparecer… en la anterior me pasé todo el tiempo en el gabinete y nadie preguntó por mí.

P.- Pues eso le honra la verdad. R.- Es mejor ser nadie, no ser ni siquiera el genio de lámpara de Aladino que aparece cuando frotas, dejar espacio a los demás, dejar que los demás se encuentren consigo mismos al contemplar una obra. P.- En eso me recuerda a tantos autores japoneses de literatura a los que tanto admiro (Kabawata, Tanizaki, Endo y hasta Murakami).
R.- Sí claro, son maestros en el arte de decir pero sin imponerse, dejando que nuestra imaginación vague a su antojo, se encuentre como en casa. Hay tantos motivos para permanecer en casa.

P.- Yo por ejemplo he leído no menos de cinco veces País de Nieve de Kabawata y la verdad es que aún no lo entiendo. No ya el significado, no entiendo del todo el argumento ni a los personajes, hasta el punto de que me había preguntado muchas veces si era una cuestión de la traducción.
R.- No lo creo. Kabawata es un artista de la sugerencia. Pero yo le recomiendo que lea también a Kôbô Abe. Encontrara una parte de sí mismo. Es mágico.