domingo, 6 de diciembre de 2009

Without You (Mariah Carey/Nilsson)

Hace hoy justo cuatro años murió mi madre. En una madrugada templada, como la de hoy. Me parece que ha ocurrido hace cinco minutos, o que todavía no ha acabado de perpetrase del todo esa tragedia. Recuerdo la voz de mi hermano mayor, a las seis de la mañana: "Mamá ha muerto". Aún no me lo puedo creeer del todo. Sigo de duelo. La quise con toda mi alma, pero siempre tuve la sensación de que, con todo ese amor, no había siquiera empezado a devolverle ni una mínima parte de lo que ella me había querido primero, antes. Cuando se murió pensé, con la canción de Harry Nilsson, que no podía seguir viviendo, que no podía dar un paso más sin ella. Y lo peor es que ya no me quedaba absolutamente nada que dar a nadie. Con su muerte lo había perdido todo. Entonces, yo, sólo miraba a mis hijos. Sólo a ellos: Álvaro. María Victoria. Paula. Inés. Sólo ellos podían en parte suplir ese amore perduto. Y me di cuenta enseguida de que ellos me miraban a mí. De que me estaban esperando. Cuatro años más tarde, me doy cuenta de que acerté, por puro instinto: se vive por ellos, se vive para ellos. Lo demás, importa muy poco, o nada, en realidad. Es una cadena, una cadena de amor.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Notas para un diario 143

Esta mañana he paseado por un monte cercano a Pamplona, aprovechando que aquí se celebra la Fiesta de San Francisco Javier, Patrón de Navarra. Comprendo que la cosa no es nada laica, pero el hecho cierto es que yo he subido a San Miguel de Aralar (uy, perdón otra vez, estoy incurriendo en una insufrible invasión del espacio público, Leyre dixit; por cierto, esa señora tan refinada podría cambiarse el nombre de virgen benedictina, en una ceremonia de ciudadanía presidida por Bono, que cada vez tiene más facha de obispo laico, o no laico, es igual). Voy a confesar una cosa: yo me creeré que lo de la laicidad va en serio el día en que los ingleses quiten de su bandera la cruz de San Jorge. Ese día, os juro que yo mismo me rebautizo y me confirmo en un único acto, y me autodenomino zapatero de nombre de pila. Bueno, sea como sea, el caso es que me he perdido, por un rato, entre las hayas que nada saben de semejantes chorradas con las que sus señorías se entretienen, con la sin par finalidad de sacarnos de la crisis, de ilustrarnos de una vez, y, de paso, de enfrentarnos de nuevo a quienes creemos y a los que, crean o no crean, no están dispuestos a reemplazar la Catedral de Burgos (otra aberrante invasión del espacio público) por otro Corteinglés más. Por mí pueden quitar los crucifijos de donde les dé la gana: yo lo llevo en el corazón, grabado a fuego. Dios ha muerto, ya lo sabemos (y el Crucifijo es un cadáver a los postres), pero es un muerto que tiene la mala costumbre de resucitar al tercer día (Claudel). A los rusos les cerraron las iglesias y les asesinaron a los popes, y ellos iban a los museos a rezar ante los iconos; a los marranos españoles les obligaron a convertirse y ellos lloraban, en las Misas, cuando se entonaban los salmos de David. He leído que Gallardón ha decretado que la cabalgata de Reyes de este año, en Madrid, sea sustituida por un "Encuentro de las culturas por la paz" (sic), y que ha dispuesto que sus Majestades no viajen en carrozas sino en unas enormes palomas piccasianas de la paz. ¡Qué gran avance, Monsieur Homais! Yo propongo que el Niño Jesús sea sustituido por una imagen de el futbolista Messi, de niño. Si lo lleva en el nombre: Messi-as. ¿A qué no os habíais fijado en este signo de los tiempos? Como dijo Chesterton, lo preocupante no es que alguien deje de creer en Dios; lo terrible es pensar en aquello con lo que va a sustituirlo. Pues eso, que yo me he subido al monte, con mi querido hijo Álvaro (en la foto, esta misma mañana). Cuando llevábamos una hora de paseo, se ha levantado una ventisca. Se oía un viento muy fuerte por encima de las copas de los árboles. He creído por un instante en que podíamos perdernos. Me parecía estar en alta mar. Como mi imaginación se mantiene siempre alerta, enseguida he empezado a pensar que existía un fuerte paralelismo entre la situación exterior en la que nos encontrábamos, y el estado de mi alma. Sobre todo lo digo por el intenso frío. Perdido. Helado. Cuando, después de algún titubeo, hemos reencontrado la buena senda, Álvaro me ha pedido que le contase la historia de la cabrita.
Es una historia jasídica, preciosa, que yo le contaba cuando era niño. Cada noche, sin faltar ni una. Siempre con las mismas palabras. A veces me saltaba alguna (o las cambiaba aposta), y él, rápidamente, me corregía. La historia más o menos es así: Una familia vive en medio de un bosque. El padre es leñador, y viven de la leña que corta y después vende en las aldeas cercanas. Un día, al volver del mercado, trae con él una cabritilla. Su hija pequeña la ve y se enamora de ella. El padre no puede por menos que decirle que en realidad la ha traído para ella. La niña la cuida, la limpia y hasta duerme con ella. En lo más crudo del invierno, una noche, la niña oye a sus padres que discuten en su cuarto. Pega su oído a la puerta y escucha a su madre decir lo siguiente: "Pero ¿cómo le vas a quitar la cabrita a la niña? Si la adora. Ya sé que no tenemos ya casi comida. Pero esperemos a ver si mejora el tiempo y podemos evitar su sacrificio". La niña se queda muda de espanto. Esa noche, en plena tormenta de nieve, coge a su animal y huye por el bosque. Cuando los padres se dan cuenta ya es de día. El padre sale a buscarles. No hay forma. Con su experiencia, sabe que su hija ha muerto de frío. Finalmente, encuentra, cerca de un roble centenario, un talud de nieve. Empieza a escarbar con su hacha y se encuentra a la niña enterrada, agarrada a la cabra, pero viva. El calor del animal le ha salvado la vida. Naturalmente, estaba tan contento que lo primero que hizo fue asegurarle a la niña que nunca mataría a ese animal. Había salvado la vida de aquella a quien más quería.
Nunca he sabido muy bien qué significa esa historia, pero si sé que a los dos nos ha unido mucho, andando el tiempo. Creo que él sentía que yo nunca sacrificaría su felicidad. Por nada del mundo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Danilo Kis

Ayer vi, en mi librería de cabecera, que se ha reeditado Laúd y cicatrices, de Danilo Kis (Acantilado, 2009). Al contemplar la portada, sutil, con una imagen de Runge, me acordé de un montón de cosas: recordé que la primera reseña que escribí para un periódico nacional (El Mundo) fue sobre ese libro; recordé que por entonces trabajaba en El Cultural –menudo lujo, más desaprovechado por cierto– el poeta Martín López-Vega (aún conservo el tarjetón que me mandó solicitándome la reseña); recuerdo que yo estaba emocionado con el encargo y que me esmeré todo lo que pude en mi debut: cuando había redactado el texto se lo mandé, con más miedo que vergüenza, a una amiga con la que me unen lazos cada vez más invisibles e irreales; recuerdo que lo leyó y que me lo devolvió corregido, con la gratuidad y la elegancia que le caracterizan; lo que ni ella ni yo podíamos imaginar por entonces es que, años después, sería precisamente esa persona la que editaría de nuevo el libro.
Este es el pequeño y primer ensayo de crítica de libros, ante el que ahora no puedo por menos que sonreír:

Danilo Kis nació en 1935 en Novi Sad, en la frontera danubiana entre Hungría y Yugoeslavia, en una familia de religión mixta judeo-cristiana, y se suicidó en París en 1989, tras haberle sido diagnosticada una enfermedad incurable.
En los últimos años, especialmente con la escritura de La enciclopedia de los muertos (Alfaguara, 1987), alcanzó un arte narrativo funerario mediante lo que él llamaba “un soporte metafísico en el amor y en la muerte”. Alertado por su enfermedad, consideró que su deber era consignar unos breves epitafios en prosa, dejar esculpido un testimonio que la desmemoria de los hombres no pudiera borrar. Su amplia cultura, y su peripecia vital, le condujeron a recuperar por esa vía la relación entre la escritura y la muerte. 
Los relatos de Laúd y cicatrices, escritos entre 1980 y 1986, forman parte de ese intento último de narrar la vida desde la cercanía de su final, y representan incluso un paso más allá: ante su propia muerte, Kis abandonó la ficción y se enfrentó en estos textos de carácter autobiográfico con los peores fantasmas del destino.
En “La deuda” recrea las últimas horas del Nobel bosnio Ivo Andric. “Después de unos días horribles, esta mañana ha sobrevenido la calma”. Bajo la apariencia descriptiva de la frase inicial del cuento, se refleja la sabiduría que inspira cada una de estas historias últimas. En el siglo XX son legión las vidas que han llamado desesperadamente a la muerte: “Existen vidas que nunca merecieron ser vividas”, dice otro personaje que conversa con el autor. La vida de Andric y tantas otras existencias que se cruzaron con la de Kis habían padecido el horror del siglo pasado, con su bagaje de fanatismo, violencia y odio. Seres reconocidos o anónimos que lo habían perdido todo, excepto la posibilidad de vivir lo que Rilke llamaba una muerte propia. Los personajes de Kis mantienen una actitud estoica que les permite comprender en un sutil claroscuro la necesidad del mal y aceptar la muerte como una realidad liberadora. 
Danilo Kis era capaz de reflejar lo visible con tal belleza que su mundo se transforma, en la lectura, en un lugar inquietante y distinto. En Laúd y cicatrices tiende los últimos puentes para que cada lector los atraviese si desea asomarse al fondo invisible de las cosas.

He recorrido palmo a palmo el París que Kis ha delineado en este libro. Aún permanezco allí. He reconstruido en algún relato esa geografía urbana presidida por los Jardines del Odéon y del Luxemburgo. Exactamente el mismo por el que transitan la Mansfield, la Tsvetáieva o Florence Delay. Todo es una tela de araña, cada vez más pesada, en un libro de vivos y muertos. No obstante, supongo que me alegra que Laúd y cicatrices, un libro mágico, se empeñe en seguir pegado de alguna manera a lo que me resta de vida.

martes, 1 de diciembre de 2009

Philip Roth

El otro día, en el Alvia Pamplona/Madrid leí, de un tirón, Engaño (Deception) de Philip Roth (Seix Barral, 2009). Una vez más comprobé que los libros caen en nuestras manos en el momento más oportuno; a veces, no nos damos cuenta, pero otras el hecho es tan patente que las manos nos tiemblan al sostener ese libro, que nos está leyendo, y diciendo exactamente lo que nos ocurre por dentro. De todos los libros de Roth que conozco (y van unos cuantos), esté es sin dudarlo el que me ha parecido más completo y esencial, el que de alguna manera contiene a todos los demás. Pienso que es una novela cubista, teniendo en cuenta que el cubismo consiste en reflejar aleatoriamente los diferentes planos de la realidad, yuxtaponiéndolos de un modo que resulte a la vez libre y significativo. Los planos principales aquí son, al menos, los siguientes: la sucesión serial de las conversaciones, o los fragmentos de conversación, de dos amantes adúlteros, después del coito (a veces son dos o tres frases, a veces parecen haikus), la historia de amor del narrador con una mujer checa, contada por ella misma, las reflexiones sobre la relación vida-literatura (secreto-expresión), y sobre la condición de judío, el diálogo (amplio, profundo, matrimonial) del narrador con su esposa, acerca de lo que escribir significa en el plano del compromiso que mantienen, y, finalmente, una larga charla telefónica del narrador con su antigua amante, en la que tratan de dilucidar el valor de la ficción en su ya lejana, pero nunca del todo olvidada, historia de amor. Parece un embrollo, y en parte lo es, pero para quien se dedica a escribir, por vocación, cada uno de esos sistemas solares, fijados en el negro firmamento del escritor de Newark, se perfila como un horizonte de comprensión radical del fenómeno literario, y de algunos de los recovecos más radicales de la propia alma. En un momento dado, la mujer del narrador le pregunta, en forma de reproche, que por qué ha mantenido el nombre de Philip en la historia del adulterio. Le dice que hubiera sido mejor, para todos (ella incluida) haber recurrido al expediente Zuckerman (ese alter-ego de Roth). El narrador (al que "le crispa que le digan lo que debe escribir"), le indica que las notas del cuaderno (o sea, la parte del libro que trata de los encuentros amorosos, o mejor dicho de lo que se cuentan, después de, los amantes), se refieren directamente de él. Que por eso ha mantenido su nombre propio. "¡Pero si acabas de decirme que ese hombre no eras tú!", contesta la mujer. Y el narrador responde, con una sabiduría cervantina: "No, te he dicho que soy yo en el acto de imaginar. Es la historia de una imaginación que ama". Extraordinario. No conozco una aproximación más exacta.
La conversación nocturna continúa así:
-Si, ya veo que dejar la decisión (de pensar a quien se refieren tus historias) en manos de tus lectores puede ser muy divertido tanto para ti como para tus lectores, pero ¿y yo?
-Si insistes en no creerme también tendrás que decidir.
-Me refiero a mi humillación.
-¿Cómo puede humillarte algo que no es cierto? No soy ese hombre, estoy lejos de serlo… ¡Es una representación, un juego, una imitación de mi mismo! Hago ventriloquia conmigo mismo. O quizás sea más fácil entenderlo al contrario: todo está falsificado excepto yo. Tal vez incluso yo mismo lo esté. Pero de uno u otro modo, cariño, todo se reduce a una invención, un entretenimiento del homo ludens.
-¿Y quién va a saberlo aparte de nosotros?
-Mira, ni puedo vivir ni vivo en el mundo de la discreción, por lo menos como escritor. Te aseguro que lo preferiría, pues mi vida sería así más fácil. Pero, por desgracia, la discreción no es para los novelistas, como tampoco la vergüenza. Sentirme avergonzado es algo automático en mí, ineludible, incluso puede ser bueno. Lo criminal es ceder a la vergüenza.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Madrid

Me doy perfecta cuenta de que, cuando viajo a Madrid, me confino en un territorio extraño, en una parte de la ciudad que no es, en principio, a la que pertenezco. Uno de los límites (que no son sólo físicos, sino más bien psíquicos, y morales, quizás también) está marcado por la Puerta de Alcalá, convertida por mi caprichoso imaginario en una frontera, hoy por hoy infranqueable, entre el Madrid preterido (el del Barrio de Salamanca), el Madrid burgués, de buen tono, el financiero y aislado, el del ocio caro y el negocio turbio, y un Madrid distinto que, poco a poco, he ido reconociendo como propio y familiar. Gracias a un guía invisible, que me ha llevado a veces literalmente de la mano, voy recuperando un Madrid nada convencional, extranjero en muy buena medida, el Madrid del Barrio de las Letras, de Atocha y la Plaza de Santa Ana, el Madrid del oriente austria y tabernario, cuyo centro neurálgico es el Museo del Prado (el de Goya, Tiziano, Velázquez y Patinir). Ese Madrid, que comparto con los turistas chinos, se parece bastante más al de mi infancia, al de la calle Zurbano, que el que hoy puedo encontrar a ambas orillas de la Castellana (más arriba de Colón, se entiende). Si yo viviera en la capital, cosa que espero que no ocurrirá nunca, pasaría los fines de semana entre el Retiro y el Café Gijón. Sin necesidad de huir de nada. Y menos que nada de la ciudad, cuyo acogimiento a buen seguro encontraría. Procuraría que el tiempo pasase lo más lentamente posible. Me estaría más quieto que un Molinos. Entre la gente. Bebiendo un carajillo o mirando desde una ventana. Aburriéndome, a ojos vista, pero disfrutando de la luz, por dentro, de la brisa, de un poema leído y meditado en un lugar público. El Madrid de Zuñiga y de Baroja, y el que sale una y otra vez en lo que escribo. Puede que se trate de una ciudad que me he creado yo en la mente, y que acaso no exista. Mejor en ese caso. Como dice Philip Roth, en el último libro suyo traducido al castellano (Engaño, Seix Barral, 2009), llegados a una edad, un escritor "no traduce su experiencia en una fábula, sino que impone su fábula a la experiencia". Yo vivo así desde hace años. Lo mismo, exactamente lo mismo, que señala, en su  artículo de ayer, Enrique Vila-Matas: "Ya veo que mañana actuaré según el designio de lo escrito y lo pensado aquí mismo…"

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Guerra (in)civil, literatura y memoria

Naturalmente, en un blog como éste tan sólo aparecen retales. No hay apenas elaboración. Llevo toda la vida garabateando algo así, aunque antes lo hacía en unos cuadernos negros que se amontonan en las estanterías de mi casa. ¿Sirve todo esto para algo? A mí me sirve, desde luego, pero dudo de que estas briznas puedan ser útiles a nadie más. Es lo más parecido a entrar en la cocina de otro a media mañana, cuando todo está siendo apenas despiezado. A mí me gusta cocinar bebiendo vino (os podéis imaginar mi estado a mediodía, tras un plato un poco elaborado), y con música, y me gusta tenerlo todo limpio (no sé cocinar sin pinche, además, así me siento un poco menos solo que de costumbre). Pero no creo que nadie pueda alimentarse seriamente con algo así. Empeñado como estoy en un libro sobre "la guerra nuestra" (por cierto, me parece que lo más trascendente de la política española actual es, sin ningún género de dudas, la sentencia, anunciada y eternamente postergada, sobre el Estatuto de Cataluña: empieza a resultar escandaloso este retraso, que está dando pábulo a todo tipo de excesos y salidas de pata de banco; desde aquí pido que la publiquen de una puñetera vez, y eso por decirlo finamente), no puedo por menos que interesarme por la nueva novela de Antonio Muñoz Molina. 1000 páginas. Bueno… Lo que no me gusta es el tono paternalista de las entrevistas. Me dicen que el libro está siendo un éxito. Pues me alegro por él. ¿Se trata de un éxito fácil? Tal vez. Por ahora, me quedo con el final de la reseña de Jorge Carrión (Letras Libres), cuya idea de fondo puede tener que ver tanto con el disgusto que me produce el paternalismo aludido, como con el "éxito" del libro: La posible aportación de La noche de los tiempos al cansino subgénero de la guerra civil se encuentra en la voluntad de llevar a cabo un retrato sin maniqueísmo, en que las barbaridades de la guerra sean atribuidas por igual a los responsables de ellas, miembros de cualquiera de los muchos bandos que la protagonizaron. Aunque Abel tenga una mirada un tanto machadiana, aunque defienda una visión contra-esencialista del paisaje español, aunque sea un declarado socialista, no es un fanático. Es capaz de ver, gracias a un espíritu crítico forjado en el estudio y en una experiencia determinante en la Bauhaus. No sólo sufre la violencia de las facciones conglomeradas en el bando republicano, también es capaz de analizar sus causas, para comprenderlas, no para maquillarlas. Su formación germánica, su amistad con un profesor ruso exiliado en España y su amor por una judía norteamericana amplían, además, el marco de reflexión y sitúan el caso español en el mapa global. Estilística, técnica y conceptualmente, La noche de los tiempos es una novela superior a Sefarad. Más equilibrada; con un mejor acabado. Pero ésa no es la cuestión de fondo. Porque la lectura de la novela no consigue apagar las preguntas que, (im)pertinentes laten en el fondo de la literatura de esta primera década del siglo XXI. ¿Qué sentido tiene escribir otra novela sobre la guerra civil? ¿Son necesarias esas mil páginas? ¿Tiene en cuenta La noche de los tiempos la existencia previa de Lefeu o la demolición, de Austerlitz, de Las benévolas, de Zona, de Europa Central? Si lo hace: ¿por qué apuesta por un lenguaje propio del cambio del siglo XIX al XX en vez de hacerlo por un lenguaje propio de nuestra época? Y sobre todo: ¿dónde han quedado el ejemplo de Jean Améry y de Primo Levi? Testigos directos del horror, se negaron a perpetuar la noche del realismo decimonónico para retratarlo. Por eso inventaron un idioma personal. Ésa es la única opción del arte.

martes, 24 de noviembre de 2009

Lugares donde se calma el dolor

Sigo leyendo, con entusiasmo, el nuevo libro de César Antonio Molina. Me permite ir, de ciudad en ciudad, por todo el mundo, con la boca abierta y el corazón caliente: increíble la cultura de César, es decir, la tolerancia con la que observa todo cuanto le rodea. Yo ya sabía del conocimiento que tiene de la Italia meridional, y de Roma, pero he descubierto que conoce aún más a fondo un lugar como Trieste. Si en Sicilia persigue de cerca la sombra de Lampedusa y Visconti por cada una de las piedras, salas y estancias desconocidas de mil y un palacios, en el norte serán Rilke (al que dedica unas páginas extraordinarias) o el Joyce triestino y hebraico. Como Schliemann, lo que hace es regresar a aquellos lugares y reconstruir, como el que no quiere la cosa, los estratos del proceso creativo de obras como El gatopardo, Las Elegías o el Ulises. Me atrevo a sugerir que esa puede ser la tesis de fondo de este libro, o al menos una de ellas: que el dolor (de la vida) se calma con la creación, con la entrega, la honestidad y la concentrada exposición que exige la creación artística genuina. Me he dejado, para el final, el viaje a Praga. Retraso la lectura de esa parte con delectación. De hecho, lo primero que leí no fue el paso italiano. Al contrario, me sumergí en lo más lejano: en China. Me pareció lo correcto. Recordaba la experiencia de Magris, en la segunda parte de El Danubio, para mí la mejor, en la Panonia magiar, en la que el viajero, lejos de la seguridad de la bibliografía "diligentemente consultada", deja de moverse con la desenvoltura de quien se encuentra en una tierra familiar; quería ver si, en el caso de César, aparecía la "prosa en tejanos" de la que hablaba nuestro común amigo triestino. No me parece casual que, el cuaderno de China, esté precedido de una corta, e inesperada, visita al cementerio de Montmartre. Ni me parece casual que, en el país asiático, en varios momentos, ante lo más desconocido y lejano, aparezca el recurso a la comparación con la tierra natal gallega. Ya lo había hecho en un poema escrito en el aeropuerto de Pekín, y que no me canso de recordar:Una densa niebla y una gran ventisca impiden despegar./Donde quiera que vaya: peligro y dificultades./Haga lo que haga: complicaciones y fracasos./Al igual que en Madrid pierdo el Metro,/ ahora en este otro continente/me detienen aires adversos./Envejezco en cada terminal./Envejezco en cada sala de espera./¿Adónde van a parar estas horas?/¿podré reclamarlas al final de mis días?/Como nimbo vagabundeo a merced de los altavoces./Como nimbo vagabundeo a merced de las pantallas./La azafata de información me sonríe/y me entrega una rama de sauce./T´u Lung escribió esta máxima: un buen viajero es el que no sabe a dónde va./Un viajero perfecto es que no sabe de donde viene./El el aeropuerto de Pekín el río humano de pasajeros perdidos/también se llama Eume".