miércoles, 22 de julio de 2009

Tiziano y la poesía

La noticia de la restauración de El triunfo del amor de Tiziano, que se expone estos días en una pequeña sala de National Gallery de Londres (qué no daría yo por plantarme allí, esta tarde, y contemplar contigo ese azul veneciano de las riberas y las montañas del fondo), y a la que por lo visto, a pesar de las riadas de gente que visita el Museo, casi nadie entra, me trae a la mente una cosa de la que hace tiempo quería hablar. Según Catherine Whistler, curator del Ashmolean, el museo del que procede la obra, Tiziano pintó El triunfo del amor hacia 1540 por encargo del patricio veneciano Gabriel Vendramin. En un principio, la pieza fue utilizada como "tímpano" o cubierta para ocultar otro cuadro. Se trataba del retrato de una hermosa mujer con la mano derecha en el pecho. La posibilidad más verosímil es que Vendramin quisiera mantener así sólo para sus ojos el rostro de la que quizá era su amante, o su amor platónico. La tela de Tiziano, que representa a Cupido con arco y flecha, de pie encima de un león, con un paisaje veneciano al fondo, podría ser un mensaje elegido por el patricio veneciano: el amor y el ideal de belleza imponiéndose a las pasiones bestiales; naturalmente, un mensaje que se desvanecía tan pronto el buen señor sucumbía a la tentación de retirar el tímpano y enfangarse en la tela de sus pecados. He hablado aquí de mi pasión intelectual por Tiziano, a propósito de un libro deslumbrante escrito por los Berger, padre e hija. La cosa que me llama ahora la atención, en la obra de ese gran pintor, es el hecho de que llamara a sus pinturas mitológicas, y a muchos de sus retratos y desnudos de mujeres, que a su vez eran alegorías de temas clásicos tomados especialmente de Ovidio, que los llamara digo poesie y pittura di fabulosa inventione. Tiziano se las estuvo enviando durante una década a su regio mecenas, cuando aún éste era un alma libre, el Príncipe de España, entre ellas, según el inventario de Gil Sánchez de Bazán, de 1552, una Venus mirando al espejo sostenida por Cupido, cuadro que desapareció de España en la Guerra de Independencia (el cuadro de la foto de abajo sería su primo hermano: la Venus con un espejo de la Andrew Mellon Collection de la National Gallery de Washington). Un ejemplo bien conocido es el famoso cuadro Venus y Adonis que Tiziano envió a Londres en 1554 al "nuovo gran Re d´Inghilterra" para festejar la boda con María Tudor. Aquella es una pintura que he visto mil veces en el Prado (aunque odie los museos, no soy tan tonto como para no acudir siempre que puedo) y que muestra, cómo no, justo el momento del alba en que los amantes se despiden (ese momento inmortalizado también por Shakepeare en su versión del mito venusiano: Con esto rompe el abrazo dulce/que le une al hermoso seno/, y corre presuroso a esconderse en su oscura cueva en el campo/; deja al Amor tumbada sobre su espalda, en aflicción profunda/Atiende, como una estrella brillante disparada desde el cielo/así se desliza él en la noche a la vista de Venus; por cierto, en la noche oscura de Juan de la Cruz, al final, al alba, los amantes no tiene porqué separarse… nunca le daremos suficientes vueltas a este hecho de una pasión- ¿acaso no sea humana?- sin fin). Como siempre, me estoy desviando. Sólo quería apuntar una intuición, para que el que quiera me machaque. Recapitulemos de un modo abrupto (me han entrado las prisas, como a Adonis, y esto no son textos pensados, ni conferencias, son tan sólo unas vulgares notas de trabajo, unas notas para algún día, a lo peor, escribir algo de verdad, como un diario/espejo claro de mi alma turbia): el tímpano del triunfo del amor esconde una pintura erótica que el pintor denomina fabula, poesie y que, es el paso que da Tiziano respecto de Botticelli, por ejemplo, muestra a una dama/venus/amada frente al espejo/objeto, con un tocado, más que salida de las aguas/naturaleza/melena mojada y al viento. Pues era sólo eso, que me fascina la relación eros/secreto/reflejo/composición/arte poético. Son las aguas profundas de las que procuro sin éxito beber cuando escribo, también en este blog infernal. Pero estoy seco.

martes, 21 de julio de 2009

La Shoah bala por bala

Jorge Trías Sagnier me habla de un sacerdote francés, el padre Patrick Desbois, que ha dedicado muchos años de su vida a reconstruir la verdad de lo que ocurrió en Ucrania y Bielorusia durante la Shoah. El padre Desbois tuvo la intuición, aparentemente absurda, de que lo peor del paso de los alemanes por los países de la Europa Central sucedía fuera de los campos. Pensaba de manera muy inteligente que, si dentro de un sistema reglado ocurrió el exterminio masivo de los judíos del centro y el este europeo, qué no habría ocurrido fuera, donde la cruel arbitrariedad de los hombres, convertidos en bestias, podía campear a sus anchas. Y no se equivocó. Después de años de trabajo, ha podido demostrar, en obras como la exposición celebrada en París y titulada La Shoah par balles o en el libro Porteur des mémoires, (Michel Laffon, 2007), que sólo en Ucrania fueron fueron asesinados, bala por bala, de manera individual, más de un millón de judíos. Os propongo que veáis estos dos vídeos, en los que el padre Desbois conversa con Daniel Mendelsohn, autor de la importante obra Los hundidos. En busca de seis entre seis millones, de la que hablaré otro día. Se dicen cosas atroces sobre el asesinato individualizado de seres humanos, especialmente de niños, y, a él no le duelen prendas en reconocerlo, y a mí tampoco, sobre el antisemitismo de raíz cristiana que, ojo, sigue, según ha podido comprobar el propio sacerdote durante sus investigaciones sobre el terreno, muy presente entre los ucranianos (y yo me temo que no sólo entre ellos).

lunes, 20 de julio de 2009

Suzanne 2 (Leonard Cohen/Nick Cave)

Dublín,2

En las orillas del river Liffey me senté a llorar… Algo así de babilónico (Babylonne babille) podría perfectamente ser el resumen de mi jornada andariega en Dublín: ocho (¿o fueron diez?) horas de caminata a un lado y a otro de las riberas de ese río de la vida que baña la capital irlandesa y que me parece una belleza (ya quisiera el secarral de nuestro Madrid contar con algo parecido, qué distinta sería nuestra capital del horror y de la falta de gloria, cuanto mequetrefe y cuanto miasma se llevaría al paso del agua). Vaya por delante que adoro los ríos, sobre todo si son navegables. Esto demuestra que no hay genética que valga, que los ciclos son mucho más amplios: a ver si no como se explica mi pasión por los ríos manriqueños que van a dar al mar, con mi bagaje españolito de cuatro regatos que sólo llevan agua en plena riada y para hacer daño (no conozco bien el Guadalquivir y siempre he pensado que es lo más parecido a un río europeo que tenemos en suelo patrio). Los ríos de España, he ahí un título que brindo a quien quiera recrear nuestro patético pasado. No hay mejor imagen de una historia cainita donde las haya (aquí, con demasiada frecuencia, han sido los hombres de la iglesia y del estado la chusma que grita en la puerta: cada vez que pienso, por ejemplo, que alguien como Falla murió en el exilio argentino y que hasta Franco, que tiene cojones la cosa, tuvo tal vergüenza que lo trajeron a rastras, con el cadáver aún caliente, para ver si colaba y nadie se daba cuenta) que los raquíticos ríos españoles (del Ebro prefiero ni hablar, ¿será posible tanta fealdad?). Yo llegué a Dublín con las pupilas llenas del agua de otro río maravilloso, la Nive bayonesa en la que he pasado tardes inolvidables con mis hijos y sobrinos (en la foto, de hace apenas una semana, Alvarete haciendo wake en el río).
Y, claro, fue bajarme del taxi e ir, antes de entrar en el hotel, a ver al viejo Liffey. No me decepcionó en absoluto. Allí estaba, con toda su solemnidad y su brillo negro, dispuesto a llevarse una buena parte de los pecados de los habitantes de ambas orillas, incluidos como no los míos. Mientras paseaba leopoldianamente por allí, recordé también (no conviene creerse una excepción, ni en lo bueno ni en lo malo) las venturas y desventuras de mis ancestros irlandeses, los grandes maestros en el arte de escribir. Por ejemplo, como no recordar, al paso por el río dublinés, la obsesión sexual del viejo Yeats (por cierto, anoche, me releí de un tirón su Purgatorio, una obra de teatro en un acto, tardía y lacerante, antecedente de tantas cosas elotianas y becketianas, en la que un padre mata primero a su padre y después a su hijo por las razones más absurdas y oscuras). Ellman recuerda (en Cuatro Dublineses) que el viejo poeta impotente acudió a Steinach, un matasanos londinense para que le operara y le restaurara su virilidad caída. El tipo lo que le hizo fue sin más una basectomía, pero él afirmó, toma castaña, que en los últimos cinco años de su vida vivió en plena segunda pubertad. Según el poeta, por eso pudo escribir tanto en ese lustro final: rehizo a conciencia Una visión, releyendo su propia juventud idealista, maniquea y puritana, escribió entre otras cosas cuatro piezas teatrales magníficas (entre ellas Purgatorio), terminó sus dos autobiografías, acabó la compilación de su Oxford book of modern verse, y sumó a su obra algunos poemas últimos, que constituyen una Spatwerk memorable. Los hombres no tenemos remedio, definitivamente: pasamos de lo beatífico a lo mundano sin solución de continuidad. Pero le dejo hablar a Yeats, que lo hace mucho mejor que yo, y así yo me escondo en un bosque de palabras: "Aquellas imágenes arrolladoras, por ser plenas/, en el intelecto puro crecieron, pero, ¿cuál fue su origen?/ Un montón de basura, la porquería de las calles,/ ollas viejas, botellas viejas, una lata rota,/ hierro oxidado, huesos, trapos, la pelandusca delirante que lleva las cuentas. Acabada la escalera,/ debo yacer donde todas las escaleras comienzan,/ en la repugnante trapería del corazón" Alucinante, y yo alucinando por las orillas del river Liffey, con ganas de llorar, con Yeats on the back of my head, con el verso de la pelandusca delirante que lleva las cuentas metido entre ceja y ceja.

domingo, 19 de julio de 2009

10 años de la muerte de Claudio Rodríguez

El próximo miércoles, día 22, se cumplirán diez años de la muerte de Claudio Rodríguez. Ese día, el cristalero azul , el cristalero de la mañana vino a buscarle y se lo llevó para siempre. Fue uno de los raros poetas en los que su intuición estuvo a la altura del don de la palabra que le fuera concedido. Nadie en cincuenta años ha empleado el castellano como lo hiciera Claudio Rodríguez; con semejante plasticidad y capacidad de encarnación verbal. Sus poemas son emocionantes, inolvidables, insuperables. Reflejan también su rectitud como persona, su humildad, su clarividencia. Debería instituirse una fiesta nacional ese día. En memoria de quien de verdad limpió las palabras tribales que todos malgastamos. Elegir un único poema de Claudio Rodríguez es una misión suicida, pero me dejaré llevar por mi estado de ánimo, y os copio el comienzo de Casi una leyenda, su último poemario (1991). Un libro distinto, más tenso, fragmentario, más introspectivo también, pero lleno de la misma luz (negra) que todos sus poemas reflejan. Además se trata un poema en el que la muerte, en otro mes de julio, está claramente rondando el alma del poeta.
Aquí está ya el milagro,
aquí, a medio camino
entre la bendición, entre el silencio,
y la frecundación y la lujuria
y la luz sin fatiga.
¿Y la semilla de la profecía,
la levadura del placer que amasa
sexo y canto?
Esta noche de julio, en quietud y en piedad,
sereno el viento del oeste y muy
querido me alza
hasta tu cuerpo claro,
hasta el cielo maldito que está entrando
junto a tu amor y el mío.

jueves, 16 de julio de 2009

martes, 14 de julio de 2009

Dublín, 1

Hace unos días recibí una carta extraordinaria. Me la enviaba, desde Berlín, mi amiga Irene Antón, editora de la casi recién creada Errata Naturae, uno de los proyectos más inspirados y prometedores del panorama editorial español. Irene, además de su labor editorial, es una ensayista fuera de lo corriente (basta con leer su presentación a El niño criminal de Jean Genet, que acaba de aparecer) para darse perfecta cuenta de su talento literario. Me decía, entre otras cosas, lo siguiente: Yo sigo muy bien, con dolor de ojos, pero eso son gajes del oficio (traducir, corregir... la pantalla del ordenador). Por eso me mantengo algo alejada del ordenador. Pero ¿sabes? Ayer miré algo de manera muy distinta. Con otra intensidad. Te lo cuento. Fui a ver el famoso busto de Nefertiti, en el Altes Museum. ¿Lo has visto? Yo voy a visitarlo siempre que vengo. Es impresionante, de una belleza que deja sin aliento. Lo miré muy bien durante unos cinco minutos, desde distintas perspectivas, el cuello, extraordinario, los pómulos, deliciosos, la nariz, perfecta, los ojos, abrumadores y los labios... creo que haría casi cualquier cosa por poder rozarle los labios, pasarles el dedo despacio por encima. En estos cinco minutos me interrumpieron varias veces para pedirme que me apartara: querían, sin cesar, hacerle fotos. Entonces, cansada, me retiré un poco y miré el cuadro general, a toda esa gente agolpada en torno al famoso busto. Ahí estaban, sin mirar, sin mirar de verdad. Con sus cámaras y sus audioguías, como si llevasen guantes, protegiéndose. Ni una mirada limpia: sólo una ojeada rápida a través del objetivo para ver si la cámara había captado bien la imagen. Parados el tiempo justo para escuchar el breve discurso de la audioguía, igual para todos y cada vez. Qué relación más extraña la de nuestros contemporáneos con la belleza. Cuánto miedo. Nadie mira y nadie piensa: todos salen corriendo. Qué gran vacío de verdad, de experiencia. Me recordó también al pasaje de Genet sobre el que hablamos en nuestro desayuno: aquél en el que reprocha a los burgueses su relación con la violencia y el crimen, esa manera de sólo poder soportarla de lejos, a través de la representación que de ella hacen actores y artistas. ¿Te acuerdas? Cuando he tenido ganas de gritarles a todos, de despertar a tanto zombie, he recordado que ésa es la razón por la que me gustan tan poco los museos, me he despedido de Nefertiti que, impasible, nos observa desde sus siglos y me he ido.
A mí tampoco me gustan los museos. En los dos días que llevo en Dubín, no he entrado en uno, ni por asomo. Para mí toda la cuidad es un museo. Las calles especialmente, los rostros enrojecidos. Sólo pensar en quienes se han paseado por aquí, me deja exhausto. Llevo treinta años (leí El retrato del artista adolescente a los 13) leyendo sin parar a los irlandeses: Joyce, Wilde, Beckett, Yeats muy especialmente, Elisabeth Bowen, Le Fanu, Lord Dunsany, Heany, Trevor, Kavannagh, la lista es interminable. Yo he muerto a Dublín a través de sus escritores. Hace mucho que aposté por la muerte vital, por instalarme en el teatro del mundo. Como una máscara. En un escenario. Si hay espectadores mejor, pero al menos siempre hay uno ante el que jugar (play) la divina comedia. Much more than enough! Claro que los burgueses sólo aceptamos el mal a través de las representaciones, Irene. Y follamos con condón. ¿Qué hacen a diario si no los mass media? ¿quién podría desayunar con sangre de la de verdad? Demasiada realidad para ser soportada. Callejeando por las calles peatonales del centro (Dawson, Exchequer, Grafton, Duke Street) he entrado en un anticuario y comprado una edición del De Profundis de Wilde, que he releído mientras cenaba un espectacular monkfish, o sea un rape, sólo, con mi ángel de la guarda que ha impedido por lo demás que me haya metamorfoseado en pez. Wilde era otro sujeto carcelario como Genet. Y otro homosexual, pero éste enamorado del Cristo. ¿Sabes que, cuando salió de la cárcel, tenía como obsesión escribir un ensayo que habría de haberse titulado De Cristo como precursor de los poetas románticos. Lo que nos hemos perdido, aunque en su autobiografía, un monumento de desnudamiento y genio inscrita para los siglos venideros, hay más de una muestra de lo que quería decir al respecto. Salió tan lacerado y crucificado de Reading Goal que no le hizo falta siquiera escribirlo. André Gide, cuando fue a visitarlo, no dudo ni un instante en afirmar que había esperado encontrarse con un poeta y que se dio de narices con un santo. Otro que sabía bien de lo que hablaba. Del bien. Del mal. De la santidad de lo real. Y de la necesidad de la representación.