martes, 9 de junio de 2009

Notas para un diario 112

Se ha dicho muchas veces, me temo que con cierto fundamento, que no hay nada más difícil de describir que la felicidad. En los anales de la mejor literatura, la felicidad brilla por su ausencia, aunque, no se puede negar, la mejor de entre la mejor contiene, de forma más o menos secreta, la felicidad: bastaría con evocar ejemplos como el Magnificat, a León Hebreo, los sonetos del Dante (Vita Nuova) o de Petrarca, para justificar en parte esa afirmación. Pero, para el resto de los mortales, la felicidad es esquiva literariamente y se presenta ordinariamente con el pertubardor rostro de la ausencia. El hombre que busca la camisa de la felicidad, en el cuento popular friulano (otra versión del traje del emperador de Andersen), se da cuenta de que sólo es feliz cuando no lleva ninguna puesta. La felicidad humana está siempre amenazada, no hay luz sin sombra y, para colmo, corre el riesgo de volverse autocomplaciente, cuando no directamente estúpida. Reconozco que he pasado cuatro días, navegando entre Ibiza y Formentera (en la foto), muy cerca de la felicidad más completa. Rodeado de mar, in paradisum, acompañado por personas a las que quiero cada día más (conste que con ellas hubiera sido igualmente feliz, no en el infierno, no, no voy a exagerar, pero sí en el purgatorio, un lugar del que no sé porqué no hablo mucho, teniendo en cuenta que lo tengo siempre en mente). Las horas pasadas bajo el sol, con un ligero viento del norte, bucear cerca de las rocas, suspendidos en un agua turquesa y transparente, viendo peces de mil colores, durmiendo mecidos por el ligero balanceo del barco, antes de comer, sin tiempo para pensar en el tiempo, abstraídos con su misma duración casi interminable, hasta exprimir la bondad de la mera existencia, han sido otras tantas de las ocupaciones con las que hemos llenado nuestras jornadas. También hemos hablado bastante, de nuestros hijas e hijos respectivos, de nuestras carreras profesionales ya más que iniciadas, de nuestros proyectos (esos que la mano de Dios puede desbaratar de un palmetazo), y hemos celebrado la infancia que compartimos, dado gracias por nuestros padres que nos quisieron hasta la locura, por la libertad interior que nos transmitieron, unos padres de esos que hubiera podido tener un personaje realmente santo, et pourtant…; nos hemos observado en silencio, hemos compartido el tiempo. 
Para mí, el momento de mayor plenitud y abandono, ocurrió la noche del domingo, en Ibiza, cenando en el restorán de la foto, también gracias al habano y al vino ribero, al buen hacer de los camareros, a su elegancia natural, a su sensibilidad exquisita. Quizás porque habíamos decidido no cenar en tierra, limitarnos a pasear por los alrededores de la Catedral y volver pronto al barco a dormir. De repente, sentimos hambre y cambiamos de planes. Había una luz azul y oro, como la de los cielos en los paisajes de escuela española. Nos dieron la última mesa libre. Fue como si la felicidad de aquellos días fugaces se estirara hasta estallar, materializándose inesperadamente en el momento de compartir la cena improvisada. No sé. Lo que viví fue una verdadera comunión, una despedida y al mismo tiempo un memorial de unos días de ensueño. La mañana del lunes, ya en MadridPaula y yo contemplamos, en el pase de la prensa, la exposición de Matisse que Tomàs Llorens ha preparado en el Museo Thyssen. Al ver aquellos cuadros y dibujos plenos de color y de mar, de talento y de amor por la vida, volví por unos instantes a las horas anteriores y reconocí la extrema suavidad de una felicidad recién acariciada.

lunes, 8 de junio de 2009

Hometown Glory (Adele)

Mi hija Victoria (16/casi 17) es una entusiasta de Adele, y me estaba esperando con este vidéo.

jueves, 4 de junio de 2009

Ibiza

Ayer terminaron las clases. Un año más. Acabaron con una explicación de lo inexplicable: Ante la ley de Kafka. Y tuvo que ser justo ayer, 3 de junio, en el 85 aniversario de su muerte, en el sanatorio Hoffman de  Kierling, a orillas del Danubio. La sensación que me deja el fin de las clases es siempre una sensación agridulce, bittersweet. ¿Habrán aprendido algo? Lo dudo. Quizás alguno sí. A última hora de la mañana, una alumna vino a verme. Se expresó con toda amabilidad pero en el fondo estaba sinceramente indignada. Dijo que yo era, como el guardián de la parábola kafkiana, alguien que impedía el acceso a la literatura. Que me veía en el examen, lleno de satisfacción, con mi boli rojo. Y con toda serenidad añadió que ella no había aceptado en absoluto ese status quo. Que había mantenido su camino, su propia vía de acceso a la poesía. En otras palabras, que en lo que a ella se refería mi esfuerzo por constreñirla/castrarla intelectualmente había sido perfectamente vano. Cuando acabó de hablar se fue como había venido. Yo me quedé pensando. Aquello era duro de oír, pero me alegré de haber hablado con ella. Quizás había algo más en sus palabras, que yo no supe entrever. O no quise. En todo caso me recordó a mí mismo hace treinta años y también lo cerca que están, en cualquier actividad creativa, la pasión y el ridículo. Me recordó que el intento de enseñar a leer, en mi caso concreto (nunca he pretendido otra cosa), está rodeado por la posibilidad de cosechar el más radical de los fracasos. En fin… Me da mucho que pensar esa conversación y me alegro de que haya tenido lugar.
Con estos pensamientos tan alentadores, y otros más melancólicos aún (espero una carta desde hace días que no acaba de llegar), me voy a Ibiza. Os libráis de este blog al menos hasta el martes próximo. Vamos en nuestro coche hasta Zaragoza. Desde allí, en avión a Alicante. Alquilamos un coche y nos trasladamos a Dénia. Allí cogeremos el barco para hacer la travesía hasta Ibiza. Después alquilaremos unas motos para patearnos la isla entera. A la vuelta, desde Madrid, tomaremos el AVE hasta Zaragoza. ¿Están locos estos romanos? Y a todo esto, yo sin gafas de sol, pero con los ojos bien abiertos.

miércoles, 3 de junio de 2009

Eunate

La primera vez que vi Santa María de Eunate, hace ya más de veinte años, en el término municipal de Muruzabal (Navarra), a pocos kilómetros de la villa de Puente la Reina, supe que mi destino estaría intensamente vinculado con esta ermita jacobea. Intuí a la primera, y después no he hecho más que confirmarlo, que allí había un orden y una armonía a los que era profundamente sensible. Desde aquella primera visita, nunca he tomado una decisión importante, o intentado superar una pena, sin pasar por allí (especialmente me ha sido necesario acudir cuando ha muerto alguien próximo). Me siento más en casa en su cercanía que en ningún sitio, y además de una manera distinta. Me admira su emplazamiento, que he contemplado desde muchas distancias y perspectivas, su lugar, su sitio, su orientación. Conozco sus proporciones, como si yo mismo la hubiera levantado con mis manos. Me he entretenido interpretando sus figuras (especialmente la del arrodillado), acariciado cada una de sus columnas, adorado en su interior, bajo su bóveda, escuchado el silencio particular que la rodea y, cómo no, leído todo lo que he encontrado sobre ella. Ahora acaba de salir un libro que le está enteramente dedicado, Las estrellas de Eunate, Guía simbólica de la portada norte, escrito por Pablo Alonso Bermejo y editado por la Sociedad de Estudios Templarios y Medievales Templespaña (2009). Estoy aprendiendo muchas cosas increíbles acerca de Eunate (Eu+natos, la bien nacida o Ehun+ate, la de las cien puertas o heautoi, la que está en sí misma), aunque lo esencial –su potencialidad curativa– lo conocía por intuición desde aquel primer coup de foudre. If you came this way/Taking the route you would like to take/From the place you would be likely to come from/If you came this way in may time, you will find the hedges/White again, in May, with voluptuary sweetness./It would be the same at the end of the journey/If you came at night like a broken king/… (Litte Gidding). Pues eso, que no hace falta que os lo traduzca, veniros por Pamplona, como reyes de noche o como almas rotas, y os llevo encantado a curaros en este rincón secreto.

martes, 2 de junio de 2009

Santa Lucía (Miguel Ríos/M-Clan)

Hablando de gafas: Santa Lucía. Te la dedico a ti, porque todo lo que dice esta canción te lo podría decir yo a ti.

Anne Sexton, por Cristina De Stefano

Acabo de leer el retrato que Cristina De Stefano ha escrito sobre la poetisa Anne Sexton en su libro Aventureras americanas (Circe, 2009). Siempre me fascinó la personalidad de la autora de Live or Die. Cristina De Stefano, a la que conocía por su biografía de Cristina Campo, traza en pocas páginas un retrato tan certero como impresionista. La infancia terrible, el abuso "paterno" ("No es para nada el príncipe, sino mi padre/borracho e inclinándose sobre mi cama/en círculos alrededor del abismo como un tiburón"), el matrimonio/el sexo/la poesía, sin lugar a dudas el nudo gordiano que jamás pudo cortar. Que nadie se equivoque, en Anne Sexton son importantes los tres elementos, sus entrecruzamientos, sus incompatibilidades. Y, en el fondo, siempre, la tentación del suicidio. Una historia triste, sin duda. Cuando leía la versión un tanto naif de De Stefano, me preguntaba si en realidad se puede salir en esta vida de una tela de araña tan venenosa como una infancia malograda. Si se puede reconstruir un cuerpo y una psique maltratados. No lo sé. Que me acuerde, en los grandes textos clásicos, sólo la Biblia ha hablado directamente de eso. Jesucristo dice con toda claridad que si destruyen el templo, él lo reconstruirá en tres días. Todos pensaban que se refería al templo que Herodes El Grande había empezado a edificar hacia el año 19 a.C., pero no, él se refería a su cuerpo de carne que sería traspasado por el dolor de la Pasión, y a su resurrección a los tres días. No habla sólo de ruinas, sino de la piedra viva que es su cuerpo (Jn, 2, 19/22). Sólo Juan lo entendió, y años más tarde se lo explicó al resto y lo escribió en su Evangelio y también en el Apocalipsis, cuando dice que en la ciudad celestial no habrá templo, sólo el Agnus Dei y el Árbol de la Vida (cf. los cápítulos finales, 21 y 22). Un amigo mío dice que, desde Job, sabemos de Dios, pero de verdad, sólo si nos toca la carne con el sufrimiento. Aunque, y esto lo añado yo, eso es siempre una prueba y una señal, ¿la señal de Jonás? (Mt, 16,4). Algo que sólo puede comprenderse desde el Espíritu, que misteriosamente sopla sólo donde quiere. Sin ese auténtico re-nacer en el Espíritu, es imposible aceptar que un padre o una madre nos hayan hecho daño. La importancia decisiva del cuerpo y sus dolores, también psíquicos, es uno de los secretos mejor guardados de la Biblia: me refiero a la relectura que hace Pablo del Salmo 40 (7-9) en la carta a los Hebreos, cuando pone en boca del Cristo ese insondable "Me has preparado un cuerpo" (10,5). Por cierto, en ese Salmo 40, con el que he rezado miles de veces, hay una referencia directamente metadiscursiva (40,8) que debe de ser casi única en la literatura antigua (siempre he pensado que así se indica de manera explícita que hay una relación entre cuerpo y letra de la escritura, como la hay entre alma y espíritu de la letra). Una vez más me he ido por los cerros de Úbeda. ¡Lo siento!

lunes, 1 de junio de 2009

De amigos y libros

Bajo un sol inclemente, el sábado pasé unas horas en la Feria del Libro de Madrid. Tengo una sensibilidad nórdica, de modo que ese sol me hace, literalmente, bastante daño. Para colmo, hace quince días que perdí las gafas de sol, estoy en crisis y no tengo presupuesto para comprarme otras. Pero mi querencia hacia septentrión (cada día es más acusada, sobre todo desde que leí aquel verso de Celan en el que dice que la escritura, como las sombras platónicas, está in den Flüssen, nördlich der Zukunft, en los ríos, al norte del futuro) no sólo se refiere a los fenómenos físicos, sino más bien queda afectada por las realidades metafísicas. En concreto tengo (como suele ocurrir en los pueblos del norte) una concepción maximalista de la amistad, y debo decir que, desde este punto de vista, el sábado fue un día casi perfecto. Amistades viejas, nuevas amistades y, cómo no (¿será el necesario elemento de contraste?), alguna que otra dolorosa decepción.
Al primero que vi, nada más llegar a la Feria, fue al poeta Martín López Vega. Librero de La Central, lo conozco desde la época en la que ambos trabajábamos para El Cultural del periódico El Mundo. Le vi feliz en su nueva situación. Me alegré mucho por él. Hablamos poco, pero lo suficiente para comprobar una vez más que Martín es un espíritu sumamente refinado. Me recomendó (y no pienso dejarlo pasar) las cartas americanas de Burucúa, publicadas por Adriana Hidalgo. De ahí pasé a saludar a Pepo Paz, fundador de la extraordinaria editorial  Bartleby. Pepo y yo nos habíamos carteado a menudo, pero no nos conocíamos. Me encantó estrecharle la mano, mi admiración por él es bien grande. Os recomiendo encarecidamente que pongáis entre vuestros favoritos la página web de su editorial (hablaré en cuanto pueda de Guardia Nativa, de Natasha Trethewey, el mejor libro de poesía que he leído este año, y que Pepo acaba de editar). Después busqué a otros dos amigos editores, pero sin éxito: a Luis Solano, creador de Libros del Asteriode, que acaba de publicar un gran libro (Los días contados, del húngaro Miklós Banffy, con un prólogo espléndido de Mercedes Monmany), y a Carlos Pardo, poeta y editor de Machado Libros. He terminado de leer recién, de esa editorial, Germen, las memorias de infancia del filósofo angloamericano, de origen alemán, Richard Wolheim. Otra vez será; tengo a los dos siempre presentes. Finalmente llegué a la caseta de Trotta. Allí me esperaba Alejandro del Río, filósofo, editor, gran persona y responsable del editing de mi libro sobre Kafka. Alejandro es de esos hombres por los que merece la pena no ya pasar unas horas de calor sino atravesar el desierto de Gobi, siempre que sea en su compañía. Hablamos mucho, pero con pausa. Me presentó a algunas personas, entre ellas a Pedro Lomba, el editor de la versión que ha publicado Trotta de Discurso sobre la servidumbre voluntaria de La Boétie. Pedro, experto en la filosofía francesa del Gran Siècle, Descartes y Spinoza especialmente, lo ha traducido, anotado y escrito un pequeño ensayo sobre la etiología del texto que es precioso. En realidad, además, el libro contiene, junto al memorable discurso/oxímoron, una monografía de Claude Lefort con la lección más lúcida que quepa hacer del escrito que ha dado justa fama al amicus de Montaigne. O sea que en realidad, comprando el libro te lleva al menos dos. A media mañana vino a verme una pequeña, pero significativa, representación de mi familia. Desde aquí les doy las gracias a los tres por compartir esa experiencia conmigo. A última hora de la mañana, dos personas maravillosas, con cuya amistad me honro, pasaron por la caseta: Valeria Bergalli, la editora de minúscula, que acaba de rescatar para su colección Paisajes Narrados otra joya olvidada: Una temporada en Venecia, de Wlodzimierz Odojewski, del que hablaré aquí en cuanto lo lea; y, al mismo tiempo, mi amiga Isabel Nuñez, que ayer domingo firmó en la caseta de Alba su imprescindible libro balcánico Si un árbol cae (On reparlera prochainement)
Comí en un rincón del viejo Madrid. Comí on my own, que no es lo mismo que comer solo, la expresión inglesa encaja perfectamente en este caso: así pasé dos horas con mi ángel de la guarda y mi daimón griego (¿son o no son el mismo?), medité, escribí, leí parte de dos libros de ensayos de Mircea Eliade que Alejandro me había recomendado. Un gusto.
Por la noche, el novelista chileno Carlos Franz celebraba su quincuagésimo cumpleaños. Su mujer Jeanette, haciendo gala de la hospitalidad chilena, acaso la más hospitalaria del mundo, nos ofreció una cena y una velada difíciles de olvidar. En la fiesta encontré a otro puñado de amigos queridos. Julio Trujillo, el director de Letras Libres, flamante premio Observatorio d´Achtall 2009 al Intercambio Cultural entre España e Iberoamérica. Julio acaba de publicar Bipolar, un bello libro de poesía, en la prestigiosa Pretextos (el día 11 se lo presenta en Madrid nada menos que Tomás Segovia). Además tuve la suerte de conocer a su encantadora mujer, Tania. También estaba mi admirado, y querido, Jorge Benavides, de cuyo trabajo literario hablaré un día aquí con la calma que merece. Como yo estaba solo, y a pesar de que ellas venían muy bien acompañadas, por sendos caballeros, me pasé la mayor parte de la velada con Blanca Soto, quizás la galerista joven con más talento de Madrid, que estaba recién llegada de Buenos Aires, y con Esther Bendahan, a la que considero como a una hermana. Esther acaba de publicar en La Esfera de los Libros una novela histórica, El secreto de la reina persa, que va mucho más allá de las convenciones de un género que ha sido maltratado últimamente, y de la que también hablaré aquí más adelante y a fondo. Blanca, Esther y Mercedes (que se hallaba en la boda del año) son el alma de Achtall y se han convertido en estos últimos años, como Carlos o Jorge, en parte fundamental de la parte mejor de mi vida.
No puedo beber alcohol (estoy a régimen), de modo que me retiré temprano. A las dos de la mañana caí en la cama a plomo, después de una larga conversación telefónica con Paula y otra, aún más larga, con alguien a quien quiero mucho y que tenía la necesidad de hablar conmigo (la necesidad era mutua). No puedo contar nada de esta última conversación, por varias razones, pero supongo que, si no le molesta a la interesada, su contenido aparecerá transmutado en alguna de estas notas infernales. Quiero a esa persona y le deseo la mayor de las suertes, sencillamente porque se lo merece. Y no digo más. Finalmente, en el momento justo de caer en el sueño, en el momento kafkiano de la jornada que se acaba, y que se funde con el abismo del ser, pensé en una amiga a la que no pude ver. Por su culpa o por la mía, quién sabe. Eso da igual. Ella no comprende que para mí la amistad es algo entre dos, y yo no comprendo que eso signifique por mi parte aceptar toda su vida, todo lo que ella es y especialmente todo lo que quiere, y no sólo una parte. A veces hay amistades destinadas fatalmente a perderse, pero no por un malentendido (los malos-entendidos, contrariamente a lo que se cree, acercan a la gente, siempre que no haya mala voluntad y no se aprovechen para dañar al otro), sino precisamente, como nos ocurre a mi amiga y a mí en este caso, porque se entienden las cosas demasiado bien. Por ese motivo me dormí triste y pensando que en el fondo yo tenía la culpa, toda la culpa. Recordé los versos del epílogo cernudiano a los poemas para un cuerpo, acaso el más bello poemario amoroso del XX español: Un plazo fijo tuvo/Nuestro conocimiento y trato, como todo/En la vida, y un día, uno cualquiera/Sin causa ni pretexto aparente/Nos dejamos de ver, ¿Lo presentiste?/Yo, sí, que siempre estuve presintiéndolo… Y añado yo, que no sólo lo había presentido sino que te lo había avisado. Entonces tú sonreías ante mi negra profecía. Pero yo había leído a Platón, y sabía que ante la belleza/el amor/el bien uno siente, junto al gozo por la posesión, por lo demás siempre momentánea, el miedo abismal por la pérdida definitiva. Yo divisé las nubes cuando tú tan sólo querías mi protección en plena tormenta. No te puedes imaginar lo que siento haber tenido razón.