lunes, 15 de diciembre de 2008

Ganarle a Dios

Aparece por fin editado en España el libro de 1977 de Hannah Krall titulado Ganarle a Dios. Hannah Krall pertenece a una generación de escritores polacos que hizo de todo (desde guiones de cine, en su caso para Kieslowski, novelas y el mejor periodismo literario del siglo XX) y que vivió aplastada entre el recuerdo vivo de la Shoah y el horror presente del totalitarismo comunista (la Krall fue corresponsal en la Unión Soviética del semanario Polityka). En este libro suyo, uno de los mejores reportajes que se hayan escrito nunca, retrata a uno de los comandantes de la sublevación judía del gueto de Varsovia. Alterna la narración del horror del gueto, el exterminio constante de seres humanos, el envío en los trenes de la muerte de más de 400.000 judíos desde la capital polaca a los campos, y la preparación de la sublevación, con el presente en el que el entonces comandante ejerce como cirujano en un hospital polaco, intentando retrasar la muerte de sus pacientes, otra forma de ganarle (un poco de tiempo) a Dios. De una manera indirecta sigue siendo uno de los testimonios más fieles sobre lo ocurrido en Polonia a partir del año 1942. La lectura de Ganarle a Dios me ha ayudado a comprender la cuestión, siempre latente, de porqué los judíos europeos no fueron capaces de organizar una resistencia efectiva al nazismo.
El libro de Krall tiene de una maestría narrativa poco común. El contrapunto de pasado y presente consigue al mismo tiempo una perspectiva ágil y toda la hondura reflexiva que permite la distancia. Con cada página aumenta en nosotros la presencia de lo siniestro. Me ha recordado, por su fuerza, al libro de Tadeusz Borowski, Nuestro hogar en Auschwitz (Alba Editorial), acaso el testimonio más ajustado y denso que se haya escrito jamás sobre la vida en los campos y que me he apresurado a releer seguidamente.
La descripción de los hechos que consigue Krall me ha permitido comprender una frase de Borowski que no había sido capaz de entender: "Somos insensibles como árboles, como piedras. Y permanecemos callados, como los árboles mientras los talan, como las piedras cuando se rompen". Este misterioso abajamiento al que puede llegar el hombre, y al que el sistema nazi conducía de la manera más impía, prefigurado en la metamorfosis kafkiana, lo he encontrado también en la tercera lectura que he hecho estos días: la nueva traducción de La sala número seis de Anton P. Chéjov que mi amigo Víctor Gallego ha realizado con la misma maestría de siempre para la edición del volumen recién publicado  Cinco novelas cortas, también en Alba. Leedlo sólo si sois capaces de soportar mucha realidad. El parentesco entre todos estos escritores, testigos de la peor parte de la condición humana, la cainita, la que es capaz de ignorar al otro, de utilizarlo en el provecho propio y convertirlo en nada y en menos que nada, en una absurda y despreciable cantidad, una dimensión mucho más cercana a cada uno de lo que pensamos, es absoluto. Nadie como ellos ha descrito la maldad. Una maldad que cobra, en su testimonio, una entidad casi absoluta.
(La primera foto es de un barracón de Bierkenau es de Nicolas Dobigeon y se titula En sortir vivant. La segunda, de unos niños pidiendo limosna en el gueto de Varsovia: el niño se parece un montón a K.)

domingo, 14 de diciembre de 2008

Amor, Amore

Una coincidencia editorial feliz nos permite leer, comparar y reflexionar un poco acerca de algunas versiones de la literatura erótica de ayer y de hoy. Existe una extraña y significativa continuidad en el modo en el que la mejor literatura ha recogido el sentimiento y el uso amoroso de varias generaciones de europeos.
De la mano de Mauro Armiño, traductor e introductor del primer volumen, se presenta Cuentos y relatos libertinos, una antología de un subgénero literario de importancia histórica indudable: la narración llamada libertina, en este caso en la Francia del siglo XVIII, desde Voltaire a Sade.
Iniciada en paralelo con la literatura amorosa clásica, cuya expresión máxima pudieran ser Las portuguesas, todavía impregnada de la grandeza literaria del Siglo por antonomasia de las letras francesas, y en medio de un conjunto de circunstancias históricas y literarias entre las que destaca la traducción por Galland de las Mil y una noches, la narración libertina se caracteriza por un deslizamiento progresivo, desde el exotismo y el simbolismo, hacia un realismo cínico que culmina en la obra brutal del Marqués de Sade.
El volumen se abre con un cuento de Voltaire: “El mozo de cuerda tuerto”, escrito como un juego de sociedad, en plena juventud del filósofo iluminista, cargado de la densidad alegórica propia del talento de su autor, plantea algunas de las claves y tópicos de toda una centuria obsesionada con la limitación moral y con la búsqueda del placer sexual. La relación inmediata entre mente y cuerpo, la inevitabilidad del deseo o la proyección de la mujer como “machine à plaisir” se expresan en los relatos de Godard de Beauchamp, Claude de Crebillon, el abate Voisenon, Guillard de Servigné, Boufleurs, o en el Margot la remendona de Fougeret de Monbron.
De entre todo este material brillan por su valor literario dos obras, además del cuento volteriano. Primero, el ya famoso Point de lendemain, Ningún mañana de Vivant Denon. Una joya de la literatura universal, redescubierta por Étiemble, en la que el sentimiento amoroso y el deseo sexual recuperan la sutileza equilibrada del auténtico clasicismo. La expresión del juego y la seducción, de la atracción y la contención amorosa, tal y como las rehace con palabras Denon, han subyugado en nuestra época a lectores tan exigentes y lúcidos como Milan Kundera. En segundo lugar, Sade, en cuya obra Armiño es un especialista. Sade es un universo en sí mismo, y queda representado aquí por uno de las famosas nouvelles compiladas, tras su salida de la Bastilla, bajo la rúbrica de Los crímenes del amor. No se puede olvidar que Sade rechazó explícitamente la denominación de libertino porque sus coordenadas mentales eran otras: la sumisión corporal, la superación de todo límite, la exaltación de la crueldad. Un universo pavoroso del que el libro nos ofrece Émilie de Tourville, muestra puntual pero significativa de las obsesiones del marqués.
En segundo lugar, también Siruela publica casi al mismo tiempo una de las mejores creaciones de Giorgio Manganelli (en la foto de abajo), el largo monólogo de 1981 titulado Amore.
Manganelli, uno de los autores más difíciles del panorama de las letras europeas de las últimas décadas, no tuvo jamás la menor intención de conceder nada a la facilidad, a la complacencia y, menos que nada, a la vulgaridad en el gusto que se extendía por momentos en la vida literaria del final del siglo pasado. Con un aliento que a mí me parece épico, buscó y logró realizar una literatura pura, sutil, fundada en una necesidad expresiva tan radical como pudieran serlo autores tan irreductibles como Samuel Beckett o Maurice Blanchot.
Escritura manierista, sin ningún género de dudas, cargada hasta la extenuación de una densa marea conceptual, cada una de sus obras representa un verdadero acontecimiento y, para el lector que resiste el embate de sus frases inacabables y aparentemente repetitivas, de sus constantes neologismos, de sus oscuras parataxis, de sus infinitos juegos retóricos, puede convertirse en un verdadero hallazgo literario.
Amore, amor, es paradójicamente un escrito sobre el desamor. Metafísica que se hace eros, en un permanente anhelo de elevación amorosa, Amore está compuesto en siete partes, entre las que destacan las dos primeras: un largo monólogo magistral en el que se expone lo esencial del libro y un diálogo inmediatamente posterior, concebido en la esplendorosa tradición humanística del diálogo amoroso, que desenreda a posteriori algunos de los nudos internos de una costura literaria fascinante en la que acabamos de aturdirnos.
En el monólogo inicial, en el que resuena toda la historia de la literatura, desde las cavilaciones de Ulises hasta el astragamiento sadiano o el del propio Joyce, una voz vibrante expone su trauma ante la indiferencia de una amada impasible que vive sólo en el calor de un pasado convertido en amargas cenizas; la obsesión por la pérdida le lleva a recorrer, como un viajero cósmico, todos los lugares en los que queda un resto de la llama: cada recoveco del cuerpo de la mujer, principalmente, la propia humillación desolada, el bosque y las fuentes originarias de una pasión nunca del todo extinguida.
La autopercepción del yo como un deshecho, o como un bufón o hazmerreír, el fracaso que nos disminuye y que es, ante todo, la imposibilidad de rendir cuentas con lo verdaderamente sentido, y al mismo tiempo la creencia, posiblemente de origen védico, de que toda regresión ontológica puede significar una cierta purificación, están en el fundamento de este bellísimo retrato de un alma enamorada.
(Este artículo salió publicado el pasado miércoles 10 de diciembre en el suplemento Culturas de La Vanguardia)

jueves, 11 de diciembre de 2008

De viaje

Salgo de viaje. A Milán, a la Ambrosiana. Una conferencia. Vuelvo el sábado. Hasta entonces!

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Jenny (Flight of the Conchords)

Notas para un diario 85

Vamos a ver, lector, mon hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère!, vaya por delante que te considero un lector y que escribo para ti, sí, especialmente para ti, para enseñarte a leer literatura, a entrar de una vez en ese laberinto, a jugar con la literatura como Calder jugaba con sus esculturas/estructuras móviles (no tocar, no tocar: te recuerdo que el blog se llama por algo hobby horse), en el que por lo que se ve no te encuentras nada cómodo, peor para ti, y por eso, lo primero que tengo que decirte es que tengo mi alma en mi almario, que "debajo de mi manto al rey mato" y que por supuesto no rehuso ningún reto, ni dejo comentario sin comentar por absurdo e impertinente que sea (eso sí, lo hago solo una vez y si lo prefieres quédate tú con la razón y en el uso de la palabra). Por seguir citando al maestro de maestros (otro cristiano viejo como Baudelaire), te diré que escribo lo que quiero –el aire de los poetas es la libertad–, "sin temor a que me calumnien por el mal ni me premien por el bien", que todo es figura, que aquí vemos como en un espejo y, te prometo que es la última cita del terciario franciscano, "allá se lo haya cada uno con su pecado, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres". Si, con todo, estas razonadas sinrazones mías te fueran insuficientes a tu mal pensar te reitero lo que escribí, siempre con palabras prestadas, no ha mucho en esta misma sección de notas para un diario: "Lo que te escribo nunca es la verdad/sólo medias verdades que simulan/un decoro ingenioso, traspasado/por ráfagas extrañas de pasión;/aunque jamás simulo el amor mío,/que es tan mío,/lo visto con las mil/apariencias bizarras que componen/el teatro de la vida". Comprendo que no es fácil de digerir para alguien como tú, tan mal pensado, pero te recuerdo con el furor y el misterio de mi adorado Char que el poeta transforma su derrota en victoria y que le poème est l´amour réalisé du désir demeuré désir. En otras palabras que la diferencia entre tú y yo, hipócrita, es que a mí no me gusta el anonimato ni la miel pero que, dicho todo esto, la verdad es que escribo para ti y para todos los que como tú, dispuestos a lanzar siempre la primera piedra, os situáis ahí, en la frontera del reino de los muertos. Como he dicho en muchas ocasiones en este cuaderno de condenado, yo amo la vida y pienso que el peor pecado es justamente no vivirla. Tant pis pour toi!

martes, 9 de diciembre de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

La sombra de un amor


Cantar de los Cantares
Como manzano entre los árboles del bosque/así es mi amor entre los hombres/cuanto deseo recostarme a su sombra/y que dulce es su fruto a mi paladar/Me llevó a la casa del vino/y me cubrió con su enseña de amor/reanimándome con pasas/reconfortándome con manzanas/que estoy enferma de amor/su brazo izquierdo bajo mi cabeza/con el derecho me abraza.
Isaías
¿En poco tiempo el Líbano no se convertirá en vergel/y el vergel parecerá un bosque?
Juan de la Cruz
Oh llama de amor viva/que tiernamente hieres/de mi alma en el más profundo centro
Francisco de Aldana
Amor, mi Filis bella, que allá dentro/nuestras almas juntó, quiere en su fragua,/los cuerpos ajuntar también tan fuerte/que, no pudiendo como esponja el agua/pasar del alma al dulce amado centro/llora el velo mortal su avara suerte.
Ineffabilis Deus
ab omni originalis culpae labe praeservatam immunem
Louis Bouyer
Kenosis: término procedente de la expresión griega ekenosen eauton, se anonadó o, más exactamente, se vació; la kenosis de la Encarnación no debe buscarse más que en el hecho de que el Hijo de Dios, sin dejar de ser lo que es desde toda la eternidad, consiente no obstante, para salvar a la humanidad caída, en asumir no sólo la condición de criatura sino la de una criatura sufriente y mortal.
(el cuadro es de Giulia Lama)